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Un chef de Mallorca cocina por error un plato con cacahuetes para el crítico gastronómico más alérgico del país

Un chef de Mallorca cocina por error un plato con cacahuetes para el crítico gastronómico más alérgico del país

Parte 1

A Toni Morey le temblaba el párpado izquierdo desde las seis y cuarto de la tarde. No era un temblor grande, de esos que salen en las series médicas cuando el protagonista está a punto de descubrir que tiene una enfermedad rarísima. Era un tic pequeño, traicionero, justo debajo del ojo, que aparecía siempre que algo importante estaba a punto de pasar en el restaurante Sa Llimona.

Y aquella noche, importante era quedarse corto.

En la terraza, el mar de Port de Sóller parecía una postal de esas que compran los alemanes en mayo para mandarlas a sus cuñados en Hamburgo. El cielo estaba limpio, la luz se iba volviendo dorada, las copas brillaban sobre las mesas y el cartel de la entrada, recién pintado por el primo de Toni, decía en letras azules: “Sa Llimona. Cocina mallorquina con un puntito de atrevimiento”.

El puntito de atrevimiento, pensaba Toni, era básicamente cobrar veintisiete euros por unas croquetas de sobrasada líquida.

Pero esa noche podía cambiarlo todo.

—Toni —dijo Marga, su jefa de sala, entrando en la cocina con una tablet en la mano y cara de funeral con mantelería blanca—. Ha confirmado.

Toni no levantó la mirada del sofrito.

—¿Quién ha confirmado? Si es mi madre otra vez, dile que no puede venir a cenar con el táper de pimientos rellenos. Esto es un restaurante, no una extensión de su nevera.

—No es tu madre.

Toni dejó la cuchara suspendida en el aire.

—No me digas que es Hacienda.

—Peor.

El cocinero la miró despacio.

—Marga, hay bromas que no.

—Ramiro Belmonte.

 

El silencio que cayó en la cocina fue tan compacto que hasta la freidora pareció bajar el volumen por respeto.

Nico, el aprendiz, que estaba cortando cebollino con la concentración de un neurocirujano, se hizo un tajo mínimo en el dedo y soltó un “ay” tan flojo que no convenció ni a la cebolla. Xisco, el camarero más veterano, se santiguó con un trapo. Biel, el segundo de cocina, se quedó con una bandeja de calamares en la mano como si acabara de ver a un fantasma con reserva a las nueve.

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