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El desahucio digital y el “glitch” de las 3:11

 

Parte 1: El desahucio digital y el “glitch” de las 3:11

Mira que yo no soy de los que se asustan fácilmente. He sobrevivido a tres mudanzas en el centro de Madrid, he aguantado cenas de Navidad con mi cuñado explicándome por qué el aceite de oliva está a precio de sangre de unicornio y, lo que es más importante, he llegado a final de mes cobrando como autónomo en este bendito país. Eso te curte. Te da una piel de rinoceronte y una capacidad de aguante que ríete tú de los espartanos. Por eso, cuando anoche mi teléfono decidió enseñarme el futuro en formato .mp4, lo último que esperaba era que mi propia tecnología decidiera sabotear mi salud mental de una forma tan… personalizada.

Todo empezó por culpa de la falta de espacio. Eran las tres de la madrugada de un martes de esos que no sirven para nada. Yo estaba en la cama, con los ojos como platos, víctima de ese insomnio que te entra cuando te tomas un café de más para terminar un diseño y luego el cerebro decide que es buen momento para recordar todas las veces que hiciste el ridículo en el instituto. Para pasar el rato, agarré el móvil con la intención de borrar basura. Ya sabes: fotos de capturas de pantalla que no sirven de nada, memes de grupos de WhatsApp que ya no tienen gracia y fotos de comida que nunca llegué a publicar en Instagram.

—Venga, Javi, vamos a limpiar este vertedero —me dije a mí mismo en un susurro, porque si no hablas solo a esas horas, parece que la soledad no cuenta.

Fui bajando por la galería, dándole al icono de la papelera con la saña de un verdugo. Borré una ráfaga de fotos de mi gato (que en paz descanse el pobre), tres videos de un concierto donde solo se oía ruido y una carpeta entera de “Documentos_Varios”. De repente, al final de la lista, apareció un video que no recordaba haber visto nunca. La miniatura era oscura, pero se distinguía perfectamente el perfil de mi cómoda de IKEA y la esquina del póster de Star Wars que tengo en la pared.

—¿Y esto? ¿Cuándo grabé yo esto? —murmuré, frunciendo el ceño.

Lo primero que pensé fue que le habría dado al botón de grabar sin querer mientras dormía. No sería la primera vez que mi Xiaomi hace cosas raras por su cuenta; el otro día llamó a mi tía de Cuenca a las seis de la mañana mientras el móvil estaba debajo de la almohada. Pero cuando miré la fecha del archivo, el corazón me dio un vuelco de esos que te dejan un sabor metálico en la boca.

El video no era de ayer. Ni de la semana pasada. Según el sistema, el archivo se había creado “Hoy, 03:12 AM”.

Miré el reloj de la esquina superior de la pantalla. **03:11 AM**.

—Vaya tela… —sentí un escalofrío que me recorrió la columna vertebral de arriba abajo, como si alguien me hubiera pasado un cubito de hielo por la nuca—. El móvil va adelantado. Es un bug. Una actualización que ha petado el reloj interno.

Intenté convencerme de que era un error lógico, una carambola del software. Pero la curiosidad, esa maldita que mató al gato y que a los españoles nos pierde, pudo conmigo. Pulsé el botón de reproducción.

El video empezó con una nitidez que me dio miedo. No era la típica grabación borrosa de un móvil en la oscuridad; se veía todo con una claridad casi quirúrgica. Era mi habitación. Mi habitación tal y como estaba en ese preciso instante. Vi el calcetín desparejado que me había quitado hacía cinco minutos tirado en el suelo, vi la taza de café vacía sobre la mesilla y, lo más perturbador de todo, me vi a mí mismo.

En el video, yo estaba tumbado bocarriba, con los ojos cerrados y la boca ligeramente abierta, durmiendo profundamente. No era el Javi de ahora, el que estaba sentado con el móvil en la mano; era el Javi de dentro de un minuto. El tiempo en el video avanzaba. 03:12:01… 03:12:05…

Todo se veía normal. La normalidad de un piso de soltero a oscuras. Hasta que, en la esquina superior derecha del encuadre, la puerta de mi habitación empezó a abrirse.

No fue un movimiento brusco. Fue lento, pausado, con esa deliberación que tienen las cosas que no quieren ser vistas. El chirrido de las bisagras —ese que mi casero prometió arreglar hace tres años y nunca hizo— sonó en los altavoces de mi móvil con una fuerza que me hizo saltar sobre el colchón.

Una sombra empezó a filtrarse por la rendija de la puerta. Una figura alta, demasiado delgada, vestida con una gabardina que parecía hecha de parches de oscuridad. En el video, yo seguía durmiendo, totalmente ajeno a que alguien acababa de entrar en mi santuario privado. La figura se acercó a la cama, paso a paso, sin hacer ruido sobre el parqué viejo que a mí me cruje hasta cuando respiro.

Me quedé petrificado. El aire en mi habitación se volvió denso, como si se hubiera convertido en gelatina. Mis ojos saltaban de la pantalla a la puerta real de mi cuarto, y de vuelta a la pantalla.

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