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Eran las cuatro de la tarde en un Madrid que parecía haberse derretido bajo el asfalto.

Parte 1

Eran las cuatro de la tarde en un Madrid que parecía haberse derretido bajo el asfalto.

El aire pesaba como una manta mojada sobre los hombros de Mateo.

Estaba sentado en una terraza de Lavapiés, de esas donde las mesas cojean y las servilletas no limpian, solo desplazan la grasa de sitio.

Frente a él, un tercio de Mahou que ya empezaba a sudar más que él mismo.

El cristal estaba tibio.

La burbuja había muerto hacía rato.

Pero Mateo no miraba la cerveza.

Mateo no miraba a la gente que pasaba buscando desesperadamente un chorro de aire acondicionado.

Mateo miraba una pantalla de cristal líquido que se había convertido en el centro de su universo conocido.

Una pantalla negra.

Inerte.

Cruel.

Llevaba exactamente seis horas y cuarenta y dos minutos esperando una señal de vida.

Un “hola”.

Un “estoy vivo”.

Incluso un emoji de un pulgar arriba le habría servido para calmar el tic nervioso que le bailaba en el párpado izquierdo.

Pero nada.

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