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Su familia le asegura que nunca tuvo familia propia tras el accidente que borró su mente, pero un documento oculto le revela la decisión más dolorosa y definitiva que jamás podrá deshacer.

Su familia le asegura que nunca tuvo familia propia tras el accidente que borró su mente, pero un documento oculto le revela la decisión más dolorosa y definitiva que jamás podrá deshacer.

PARTE 1

A Clara le molestaba Toledo a las cuatro de la tarde.

No Toledo entero, claro. No tenía nada contra las piedras viejas, ni contra las cuestas imposibles, ni contra los turistas que se quedaban parados en mitad de una calle estrecha como si acabaran de descubrir la gravedad. Le molestaba esa hora concreta, cuando el sol caía de lado sobre las fachadas color miel y todo parecía recordar algo menos ella.

Aquella tarde, desde la ventana del salón, veía la torre de una iglesia recortada contra un cielo blanquecino. Abajo, una señora discutía con el repartidor de butano aunque ya casi nadie usara butano, un niño arrastraba una mochila más grande que su paciencia y dos japoneses se hacían una foto con una puerta antigua que, según su tía Puri, “no era para tanto, que en Toledo levantas una piedra y te sale una puerta antigua o un cuñado”.

Clara se tocó la sien derecha. La cicatriz era fina, casi elegante, si una cicatriz podía permitirse tal cosa. Había pasado un año desde el accidente y, según todos en su familia, lo importante era que estaba viva.

Lo decían mucho.

Demasiado.

Su madre, Encarna, lo repetía cada vez que Clara hacía una pregunta incómoda. “Lo importante es que estás viva”. Su hermano Diego lo usaba como quien usa una tapa para tapar una olla que hierve. “Tía, que estás viva, que no es poco”. Y su tía Puri añadía, porque ella no podía dejar una frase sin ponerle una puntilla: “Y con la cara bien, que mira mi prima Mari Tere, que se cayó en la boda de su hija y desde entonces sonríe como si estuviera oliendo lejía”.

Aquella tarde, los tres estaban en el salón, sentados alrededor de la mesa camilla aunque no hiciera frío. Encarna planchaba servilletas por nerviosismo. Diego fingía mirar el móvil. Puri comía pipas con la solemnidad de una magistrada.

Clara estaba de pie, junto a la ventana.

—Lo he vuelto a oír —dijo.

El hierro de la plancha se detuvo sobre una servilleta.

Diego levantó la vista.

Puri dejó una cáscara de pipa en el plato con demasiado cuidado.

—¿El qué, hija? —preguntó Encarna.

Clara no se giró.

—El llanto.

Silencio.

Ese tipo de silencio que no cae de golpe, sino que se extiende, como una mancha de aceite. En la calle, el niño de la mochila gritó algo sobre unos cromos. Las campanas dieron media hora. Dentro del salón, nadie respiró con naturalidad.

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