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Eran las siete de la tarde de un domingo cualquiera en Madrid.

PARTE 1

Eran las siete de la tarde de un domingo cualquiera en Madrid.

El cielo tenía ese color grisáceo y pegajoso que solo tienen los domingos de bajona.

Ese momento en el que el fin de semana se escapa por el sumidero y empiezas a oler el lunes.

Sara estaba sentada en el sofá de Ikea que todavía estaban pagando a plazos.

Tenía el portátil sobre las rodillas y una cara de pocos amigos que se veía desde la Puerta del Sol.

Javier, por el contrario, estaba en su salsa.

Llevaba puesta una camiseta vieja de una carrera popular de 2018 y unos pantalones de chándal con un tomate en la rodilla.

Comía un yogur griego directamente del envase de un kilo.

Hacía ese ruido rítmico con la cuchara contra el plástico que a Sara le ponía de los nervios.

CLAC.

CLAC.

CLAC.

Sara cerró el portátil de golpe, haciendo que Javier diera un respingo.

—¿Te pasa algo, cari? —preguntó él con la boca a medio llenar.

Sara se giró lentamente, como una villana de película de sobremesa.

—Me pasa que acabo de ver el extracto del banco, Javi.

—Ah, eso. El banco siempre da sustos, es su función social.

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