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EL REGRESO A LAS PIEDRAS MUDAS

PARTE 1: EL REGRESO A LAS PIEDRAS MUDAS

El taxi era un Mercedes de los ochenta que olía a tabaco de liar y a ambientador de pino barato.

Mateo apoyó la frente contra la ventanilla, sintiendo cada bache de la carretera comarcal en sus propios dientes.

Manolo, el taxista, no había dejado de hablar desde que lo recogió en la estación de tren a cuarenta kilómetros de allí.

—Te digo yo, chaval, que este pueblo se muere porque la gente no tiene aguante —decía Manolo, moviendo las manos fuera del volante con una temeridad envidiable.

Mateo no contestaba.

Simplemente miraba el paisaje de encinas y tierra seca que se extendía como una alfombra vieja bajo el sol de la tarde.

El aire que entraba por la rendija de la ventana era caliente, denso, cargado de un polvo que sabía a pasado.

—Tú eres el nieto de la Dolores, ¿no? —preguntó el conductor, mirándolo por el retrovisor con ojos de lince.

Mateo asintió levemente, con un nudo en la garganta que parecía un hueso de aceituna mal tragado.

—Vaya tela —suspiró Manolo—. Cuántos años sin verte por aquí, por lo menos quince, ¿verdad?

—Doce —corrigió Mateo con voz ronca.

—Doce, quince… para el caso es lo mismo: una eternidad para los que se quedan y un suspiro para los que se van a la gran ciudad.

El taxi redujo la marcha al entrar en la calle principal, una vía estrecha donde los espejos retrovisores pasaban a milímetros de las fachadas de cal blanca.

Mateo reconoció el olor a leña quemada incluso en pleno mayo.

Reconoció el sonido de las persianas de plástico bajando de golpe ante el ruido del motor.

En el pueblo, un coche desconocido era un evento; un taxi, una noticia de portada; y Mateo, un fantasma que volvía a cobrar carne.

—Déjame aquí, en la plaza —dijo Mateo, sintiendo de repente que el coche era una jaula.

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