PARTE 1: EL REGRESO A LAS PIEDRAS MUDAS
El taxi era un Mercedes de los ochenta que olía a tabaco de liar y a ambientador de pino barato.
Mateo apoyó la frente contra la ventanilla, sintiendo cada bache de la carretera comarcal en sus propios dientes.
Manolo, el taxista, no había dejado de hablar desde que lo recogió en la estación de tren a cuarenta kilómetros de allí.
—Te digo yo, chaval, que este pueblo se muere porque la gente no tiene aguante —decía Manolo, moviendo las manos fuera del volante con una temeridad envidiable.
Mateo no contestaba.
Simplemente miraba el paisaje de encinas y tierra seca que se extendía como una alfombra vieja bajo el sol de la tarde.
El aire que entraba por la rendija de la ventana era caliente, denso, cargado de un polvo que sabía a pasado.
—Tú eres el nieto de la Dolores, ¿no? —preguntó el conductor, mirándolo por el retrovisor con ojos de lince.
Mateo asintió levemente, con un nudo en la garganta que parecía un hueso de aceituna mal tragado.
—Vaya tela —suspiró Manolo—. Cuántos años sin verte por aquí, por lo menos quince, ¿verdad?
—Doce —corrigió Mateo con voz ronca.
—Doce, quince… para el caso es lo mismo: una eternidad para los que se quedan y un suspiro para los que se van a la gran ciudad.
El taxi redujo la marcha al entrar en la calle principal, una vía estrecha donde los espejos retrovisores pasaban a milímetros de las fachadas de cal blanca.
Mateo reconoció el olor a leña quemada incluso en pleno mayo.
Reconoció el sonido de las persianas de plástico bajando de golpe ante el ruido del motor.
En el pueblo, un coche desconocido era un evento; un taxi, una noticia de portada; y Mateo, un fantasma que volvía a cobrar carne.
—Déjame aquí, en la plaza —dijo Mateo, sintiendo de repente que el coche era una jaula.
—¿Seguro, hijo? Que tu abuela vive al final de la cuesta, y con ese mochilón te vas a poner como un pollo asado.
—Prefiero caminar. Gracias.
Pagó a Manolo, quien aceptó la propina con un gesto de cabeza que mezclaba gratitud y lástima.
Mateo bajó del coche y el silencio del pueblo lo golpeó como una ola de hormigón.
Era un silencio que no existía en Madrid.
No era ausencia de ruido, era una presencia física, un peso que se instalaba en los hombros.
Caminó por la calle de la Amargura —qué nombre tan apropiado, pensó— cargando con su mochila y con una culpa que pesaba bastante más que su ropa.
A medida que subía la cuesta, el tiempo parecía ir hacia atrás.
Pasó por delante de la casa de la Toñi, que estaba barriendo la puerta con una energía que desafiaba sus ochenta años.
La mujer se detuvo en seco, apoyada en el mango de la escoba.
Entornó los ojos, protegidos por unas gafas de culo de vaso que hacían que sus pupilas parecieran huevos fritos.
—¿Mateo? —preguntó ella, con una voz que era puro escepticismo.
—Hola, Toñi —dijo él, sin detenerse, temiendo que la conversación lo retuviera allí una hora.
—¡Virgen de la Cabeza! ¡Si estás hecho un hombre! ¡Y qué barba me llevas, parece que vienes de la guerra!
Mateo forzó una sonrisa y aceleró el paso.
—¿Vas a ver a tu abuela? —gritó ella a sus espaldas—. ¡Corre, hijo, corre, que la pobre está que no está!
Esa frase le dolió más que cualquier reproche directo.
“Que la pobre está que no está”.
El resumen perfecto de la decadencia, de la espera agónica de quien ha estirado su vida solo para ver un último rostro.
Llegó frente a la casa número catorce.
La fachada tenía desconchones que parecían mapas de continentes olvidados.
Las cortinas de la ventana del piso de abajo se movieron apenas un centímetro.
Alguien miraba desde dentro.
Alguien que no era su abuela, porque ella ya no podía levantarse.
Mateo se quedó parado en la acera, con el sudor corriéndole por la nuca.
Miró su reloj: las siete de la tarde.
La luz del atardecer teñía las piedras de un tono anaranjado, casi sangriento.
Sentía que si tocaba la puerta, el mundo que había construido en la ciudad se desmoronaría por completo.
Allí no era el “Director Creativo Senior” de una agencia de publicidad.
Allí no era el tipo que salía en los “afterworks” a hablar de métricas y de campañas virales.
Allí era simplemente el nieto que no llamó por Navidad.
El hijo que se olvidó de los cumpleaños.
El joven que prometió volver en verano y dejó que pasaran doce veranos sin cumplir su palabra.
Inspiró profundamente, llenando sus pulmones de ese aire rancio y querido.
Se acercó a la puerta de madera, cuya pintura verde se caía a tiras como piel muerta.
Levantó la mano.
Dudó un segundo que pareció una hora.
Finalmente, golpeó con los nudillos.
El sonido fue seco, sordo, definitivo.
—Abuela… —susurró para sí mismo—. Perdóname por haber tardado tanto en volver.
La puerta se abrió con un quejido de bisagras oxidadas.
Era su tía Carmen, con un delantal manchado de harina y los ojos rojos de no dormir o de llorar, o de ambas cosas.
Al verlo, Carmen no gritó, ni lo abrazó de inmediato.
Se limitó a dar un paso atrás, dejándole el camino libre, como quien permite el paso a un verdugo o a un santo.
—Ha preguntado por ti hace media hora —dijo Carmen con una frialdad que cortaba el aliento—. Pasa. Está en su cuarto.
Mateo entró en el recibidor, donde el olor a cera de suelo y a sopa de ajo lo transportó a su infancia de un plumazo.
Cada mueble, cada cuadro de la Virgen, cada tapete de ganchillo sobre la televisión vieja parecía estar juzgándolo.
Subió las escaleras de madera, que crujían bajo su peso como si protestaran por su intrusión.
El pasillo estaba en penumbra, solo iluminado por una pequeña lamparilla de aceite al final.
La puerta del dormitorio estaba entreabierta.
Mateo empujó la madera con la punta de los dedos.
La habitación olía a limpio, a alcohol de romero y a esa fragancia inconfundible de las personas que se están despidiendo del mundo.
Allí estaba ella.
Una mancha blanca y pequeña sobre la inmensidad de la cama de matrimonio.
La luz cálida del atardecer entraba por la ventana, creando un camino de motas de polvo que bailaban en el aire.
Mateo se acercó con pasos de algodón, como si temiera que el sonido de sus botas pudiera romper la fragilidad de aquel momento.
Se sentó en la silla de mimbre que había junto a la cama.
La abuela Dolores tenía los ojos cerrados.
Su piel era de un papel de fumar casi transparente, donde las venas azules dibujaban ríos de una historia larguísima.
Mateo estiró la mano y, con una ternura que no sabía que aún poseía, tomó la mano de la anciana.
Estaba fría.
Tan pequeña entre la suya que sintió miedo de apretar demasiado.
De repente, los dedos de la abuela se movieron.
Un espasmo leve, casi imperceptible.
Ella abrió los ojos lentamente.
Eran dos lagunas grises, nubladas por la catarata y los años, pero en ese instante parecieron brillar con una claridad sobrenatural.
No hubo sorpresa en su mirada.
No hubo reproche.
Solo una aceptación profunda, como si su regreso fuera una pieza de un puzle que ella ya tenía montado en su cabeza.
—Sabía que volverías… —dijo ella, con una voz que era apenas un suspiro de viento entre las cañas del río.
Mateo sintió que las lágrimas que había contenido durante todo el viaje empezaban a agolparse tras sus párpados.
—Abuela, estoy aquí —consiguió decir, con la voz quebrada.
—Ya lo veo, hijo… ya lo veo.
Ella apretó la mano de Mateo con una fuerza sorprendente para su estado.
Se inclinó un poco hacia él, haciendo un esfuerzo que le costó una serie de tosidos secos.
Mateo se acercó más, poniendo su oído casi junto a los labios de la anciana.
—Pero hay algo que debes saber —susurró ella, y el tono de su voz cambió por completo.
Ya no era la voz de una moribunda.
Era la voz de alguien que guarda un secreto que quema, un misterio que ha esperado décadas para ser entregado.
Mateo la miró a los ojos, intrigado, con el corazón martilleando contra sus costillas.
La habitación pareció volverse más pequeña.
El silencio del pueblo se filtró por las paredes.
—Dime, abuela, lo que sea —respondió él, conteniendo el aliento.
La abuela Dolores miró hacia la puerta, asegurándose de que Carmen no estaba escuchando.
Luego, volvió a clavar su mirada en la de su nieto.
—Tu abuelo… tu abuelo no murió de un infarto, Mateo.
El joven frunció el ceño, desconcertado.
—¿De qué hablas? Eso fue hace treinta años.
—Escúchame bien —continuó ella, ignorando su interrupción—. En el desván, detrás de la viga del fondo… hay una caja de hojalata de galletas danesas.
Mateo sintió un escalofrío que le recorrió la columna vertebral.
—Dentro de esa caja está la verdad sobre esta familia. Y sobre por qué te fuiste. Y sobre por qué has tenido que volver hoy precisamente.
La abuela cerró los ojos un momento, agotada por el esfuerzo de hablar.
Mateo se quedó petrificado, con la mano de su abuela aún entre las suyas.
Lo que empezó como un viaje de redención y despedida acababa de transformarse en algo mucho más oscuro y complicado.
—No se lo digas a nadie —añadió ella, abriendo un solo ojo—. Ni a tu tía, ni a tu madre cuando llame. Primero ve al desván.
La intriga emocional flotaba en el aire como el humo de un cigarrillo que se niega a disiparse.
Mateo asintió, aunque no estaba seguro de querer saber qué había en esa caja.
Pero ya era tarde para dar marcha atrás.
Había vuelto al pueblo, y el pueblo siempre reclama sus deudas.
PARTE 2: EL POLVO DE LOS SECRETOS
Mateo salió de la habitación de su abuela con las piernas de gelatina.
En el pasillo, el silencio era tan denso que podía oír el zumbido de una mosca chocando contra el cristal de la ventana al final del corredor.
Bajó las escaleras buscando a su tía Carmen, pero la cocina estaba vacía.
Solo quedaba el rastro del olor a sofrito y un paño de cocina abandonado sobre la mesa de madera.
Se quedó allí de pie, en medio de la penumbra, procesando las palabras de la abuela.
“Tu abuelo no murió de un infarto”.
Toda la mitología familiar se basaba en aquella tarde de agosto de 1994.
El abuelo Paco, sentado en su sillón orejero, con la televisión puesta y un ventilador haciendo un ruido infernal.
Un dolor súbito, un suspiro, y fin de la historia.
O eso era lo que le habían contado a él, que entonces solo era un crío obsesionado con los cromos de fútbol.
Mateo miró hacia el techo, como si pudiera ver a través del forjado hasta el desván.
Esa parte de la casa siempre había estado prohibida.
“Hay ratas”, decía su madre.
“Te vas a clavar un clavo oxidado y habrá que llevarte al médico para que te pinchen”, decía su tía.
Excusas.
Ahora comprendía que eran excusas para mantenerlo alejado de la caja de galletas danesas.
Caminó hacia el final del pasillo del piso de arriba, donde una trampilla de madera con una cuerda colgando marcaba el acceso al ático.
Tiró de la cuerda con cuidado.
La escalera de madera se desplegó con un estruendo que pareció un terremoto en el silencio de la tarde.
Mateo subió los peldaños, sintiendo cómo el aire se volvía más viciado y cálido a cada paso.
Al asomar la cabeza al desván, la oscuridad era casi total.
Solo unos pocos rayos de luz se filtraban por las tejas movidas, creando columnas de luz donde flotaba el polvo de décadas.
Había baúles viejos, somieres oxidados y montañas de periódicos de cuando el hombre aún no había llegado a la Luna.
Se dirigió hacia la viga del fondo, tal como le había indicado la abuela.
Sus botas levantaban nubes de ceniza gris.
Se agachó, gateando entre trastos que parecían restos de un naufragio.
Allí, escondida detrás de un pilar de madera carcomida por la carcoma, estaba la caja.
Era una caja de hojalata azul, con dibujos de galletas de mantequilla que el tiempo había borrado casi por completo.
Tenía una capa de polvo de un centímetro de grosor.
Mateo la tomó con manos temblorosas.
Pesaba más de lo que esperaba.
Se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en la viga, y sopló sobre la tapa.
Una nube de polvo lo hizo toser violentamente.
—Joder —susurró, sintiendo que los pulmones se le llenaban de pasado.
Con cuidado, metió las uñas bajo el borde de la tapa y tiró hacia arriba.
El metal protestó con un chirrido agudo.
Dentro no había galletas.
Había un fajo de cartas atadas con una goma elástica que se deshizo al tocarla, convertida en polvo quebradizo.
Había una fotografía en blanco y negro, con los bordes rizados.
En la foto aparecía su abuelo Paco, joven, con un mono de trabajo y una sonrisa que Mateo nunca le había conocido.
Estaba abrazado a un hombre que no era del pueblo.
Tenían un aire de camaradería que trascendía la simple amistad.
Detrás de ellos, se veía una construcción a medio hacer, algo que no parecía una casa.
Mateo dejó la foto a un lado y tomó la primera carta.
Estaba escrita con una caligrafía apretada, nerviosa.
“Paco, no podemos seguir ocultándolo. El ingeniero dice que si el muro cede, la mitad del pueblo se irá abajo. Tú sabes lo que pusimos en los cimientos”.
Mateo sintió que el estómago se le daba la vuelta.
¿Qué muros? ¿Qué cimientos?
Siguió leyendo, devorando las palabras mientras la luz del desván se desvanecía.
La carta hablaba de una obra ilegal, de un desvío de fondos durante los años de la reconstrucción, de algo enterrado bajo la plaza del pueblo.
“Si alguien descubre que el cemento es arena de río, estamos muertos. Literalmente”.
La firma de la carta era ilegible, pero el sello era de una empresa constructora que Mateo recordaba haber oído mencionar en las discusiones de sobremesa de los adultos.
De repente, un ruido en la planta de abajo lo hizo sobresaltarse.
El sonido de la puerta de la calle cerrándose con fuerza.
—¡Mateo! —era la voz de su tía Carmen—. ¡Mateo, baja ahora mismo!
El tono de su tía no era el de antes.
No era tristeza. Era urgencia. Casi pánico.
Mateo guardó la foto y la carta en la caja, cerró la tapa y la escondió bajo su chaqueta.
Bajó las escaleras del desván tan rápido como pudo, casi tropezando en el último peldaño.
Al llegar al salón, se encontró a Carmen de pie, junto a la ventana.
Estaba mirando hacia la calle, con las manos entrelazadas con tanta fuerza que los nudillos estaban blancos.
—¿Qué pasa, tía? —preguntó Mateo, intentando ocultar el bulto bajo su chaqueta.
—Ha llegado el alcalde —dijo ella, sin mirarlo—. Y viene con el médico.
—¿El médico? ¿Tan mal está la abuela?
Carmen se giró por fin. Su rostro era una máscara de ansiedad.
—No vienen por la salud de tu abuela, Mateo. Vienen por ti.
Mateo retrocedió un paso, sintiendo el peso de la caja de hojalata contra su pecho.
—¿Por mí? Yo no he hecho nada. Acabo de llegar.
—Saben que ella te ha hablado —susurró Carmen, acercándose a él—. Saben que la Dolores no se iba a ir de este mundo sin soltar la lengua.
En ese momento, alguien llamó a la puerta.
Tres golpes secos. Autoritarios.
—¡Carmen! ¡Abre! Sabemos que el chico está ahí —gritó una voz grave desde el otro lado de la madera.
Mateo reconoció la voz. Era don Julián, el alcalde vitalicio del pueblo.
Un hombre que siempre le había dado caramelos de pequeño y que ahora parecía sonar como una amenaza de muerte.
—¿Qué hay en esta caja, tía? —preguntó Mateo, sacando la hojalata azul.
Carmen abrió los ojos como platos al ver la caja de las galletas.
Se llevó las manos a la boca, ahogando un grito.
—Hijo mío… no deberías haberla encontrado.
—La abuela me dijo dónde estaba. Dice que el abuelo no murió de un infarto.
Carmen se dejó caer en el sofá, como si le hubieran cortado los hilos que la mantenían erguida.
—Tu abuelo murió de miedo, Mateo. De puro miedo a que lo que hay bajo la plaza saliera a la luz.
Los golpes en la puerta se hicieron más fuertes.
—¡Abrid de una vez o tiramos la puerta! —gritó el alcalde.
Mateo miró a su tía, luego a la puerta, y finalmente a la escalera que subía al cuarto de su abuela.
Se dio cuenta de que su visita al pueblo no iba a ser una despedida tranquila.
Iba a ser una lucha por la supervivencia.
—Escúchame, Mateo —dijo Carmen, recuperando un poco la compostura—. Hay una puerta en el corral que da al callejón de las gatas. Tienes que salir por ahí.
—No te voy a dejar aquí sola con ellos.
—A mí no me harán nada. Soy del pueblo. Tú eres el que puede llevarse esa caja a Madrid y hablar con la prensa.
—¿Hablar con la prensa sobre qué? ¿Sobre arena de río en los cimientos?
Carmen lo miró con una tristeza infinita.
—No es solo arena, Mateo. Bajo la plaza no solo hay cemento malo. Hay algo que Paco ayudó a esconder y que ha mantenido a este pueblo en silencio durante cuarenta años.
Mateo no tuvo tiempo de preguntar más.
El sonido de la madera astillándose le indicó que el alcalde no estaba bromeando.
—¡Vete! —le ordenó Carmen, empujándolo hacia la cocina—. ¡Vete y no vuelvas hasta que sepas qué hacer con eso!
Mateo corrió hacia el corral, esquivando las macetas de geranios de su abuela.
Saltó la tapia baja, sintiendo cómo la caja de hojalata golpeaba sus costillas.
Cayó en el callejón de las gatas, un camino estrecho y oscuro que olía a orín y a humedad.
Empezó a correr, sin mirar atrás, mientras el sol se ocultaba definitivamente tras las montañas, dejando al pueblo en una oscuridad que parecía tragárselo todo.
Tenía que descubrir la verdad.
Tenía que entender por qué una caja de galletas danesas era más peligrosa que una escopeta de caza.
Y, sobre todo, tenía que saber si su abuela sobreviviría a la noche que acababa de empezar.
PARTE 3: LA HUIDA POR EL CALLEJÓN DE LAS GATAS
El callejón de las gatas no era más que una grieta de barro seco y piedras sueltas entre dos muros altísimos.
Mateo corría a trompicones, tropezando con sus propios pies en la oscuridad absoluta.
El olor a orines de gato callejero y a jazmín silvestre se le metía hasta el fondo de la garganta.
La caja de hojalata le golpeaba las costillas como un segundo corazón, duro, frío y metálico.
Detrás de él, los gritos del alcalde don Julián resonaban en el patio de la casa de su abuela, rebotando en la noche.
—¡Buscad al chico, coño, que no puede haber ido muy lejos con el mochilón que lleva!
Era una orden absurda, propia de un cacique rural de película en blanco y negro.
Pero en aquel pueblo perdido de la mano de Dios, don Julián era la ley, el juez y el verdugo de la sobremesa.
Mateo se pegó a la pared desconchada cuando escuchó pasos acercándose por la calle paralela.
Eran pasos pesados, que arrastraban las suelas de esparto típicas de los jubilados del lugar.
—Que digo yo, Julián, que el zagal corre que se las pela —dijo una voz cascada que Mateo reconoció al instante.
Era el tío Paco, el del estanco, un hombre que no había corrido ni para coger el autobús desde la época de la Transición.
—¡Pues tú busca, Paco, y déjate de hostias que te quito la licencia del tabaco! —bramó el alcalde a lo lejos.
Mateo contuvo la respiración hasta que los pasos de esparto se alejaron lentamente hacia la plaza mayor.
Tenía que encontrar un lugar seguro y con luz para leer el resto de las cartas.
No podía ir a la pensión del pueblo, la dueña era prima hermana del teniente de alcalde.
No podía ir al cuartelillo de la Guardia Civil, porque el sargento se jugaba los cuartos al mus con don Julián cada domingo.
Estaba atrapado en un laberinto de calles empedradas que conocía de memoria desde niño, pero que ahora parecían territorio comanche.
De repente, un zumbido eléctrico y una luz parpadeante llamaron su atención al final del callejón.
Era el letrero de neón fundido del Bar El Cazador.
La mitad de los tubos fluorescentes estaban rotos, así que en la noche solo se leía un inquietante “El ador”.
La puerta trasera, la que daba a los cubos de basura y al hedor a aceite frito de calamares, estaba sospechosamente entreabierta.
Mateo se coló por la rendija, pisando de puntillas para no resbalar en los charcos de grasa reseca del suelo.
El murmullo de las partidas de dominó y las voces discutiendo de fútbol lo envolvieron como una manta caliente.
Se escondió detrás de un barril de cerveza vacío de cincuenta litros que olía a levadura agria.
Necesitaba pensar con claridad.
Necesitaba aire puro en los pulmones.
Y, sobre todo, necesitaba abrir de una maldita vez esa caja de galletas azules.
El tintineo de un manojo de llaves lo hizo encogerse sobre sí mismo como un ovillo humano.
La pesada puerta trasera se abrió del todo, chocando contra la pared, y una figura recortada a contraluz salió al callejón.
La brasa roja de un cigarrillo recién encendido delató la posición exacta del recién llegado.
Mateo rezó a todos los santos que conocía, que eran básicamente la Virgen del Carmen y poco más, para que el tipo no mirara hacia el barril.
Pero el hombre se detuvo justo a su lado, apoyó una mano en la pared y suspiró profundamente hacia la luna.
—Manda narices, cuarenta grados a la sombra por el puto día y por la noche te pelas de frío como un tonto —dijo el hombre, hablando completamente solo.
Mateo cerró los ojos con fuerza, reconociendo el tono nasal y quejumbroso de la voz.
Era Manolo.
El taxista de las manos nerviosas.
El mismo que lo había traído desde la estación de tren y le había soltado el mitin sobre la despoblación rural.
Mateo calculó mentalmente sus escasas opciones de supervivencia.
Podía salir corriendo de nuevo, arriesgándose a tirar los cubos de basura y alertar a todo el bar.
O podía confiar su vida en el único tipo que tenía un vehículo con el depósito lleno de gasoil en cien kilómetros a la redonda.
Se tragó el orgullo y optó por la segunda opción.
—Manolo… —susurró Mateo, con un hilo de voz que apenas superaba el ruido de un grillo.
El taxista dio un brinco tan espectacular que casi se traga el cigarro encendido de golpe.
—¡Me cago en la leche de la vaca pinta! —gritó Manolo, ahogando la voz en el último segundo.
Se llevó la mano derecha al pecho, buscando un infarto de miocardio que afortunadamente decidió no presentarse.
Miró hacia el suelo, achinando los ojos entre la oscuridad y los sacos de patatas podridas.
—¿Mateo? ¿El nieto de la Dolores? ¿Pero qué coño haces tú ahí tirado como una colilla mal apagada?
—Habla bajo, por favor te lo pido —suplicó el joven, poniéndose de pie lentamente y sacudiéndose el polvo de los pantalones.
Manolo lo miró de arriba abajo, notando la ropa sucia de telarañas del desván y la caja de hojalata abrazada contra el pecho como si fuera un bebé.
—¿Qué has liado, muchacho? Que pareces el Lute huyendo de la Benemérita.
—No he liado absolutamente nada, Manolo, te juro que me persigue el alcalde.
El taxista parpadeó dos veces, soltó una carcajada sorda y le dio una calada profunda al cigarro.
—¿Don Julián? ¿El del bisoñé pelirrojo que parece que lleva un gato atropellado en la cabeza?
—El mismo, y viene con el médico y con medio pueblo armado con linternas.
La sonrisa de Manolo desapareció de su cara más rápido que un billete de cincuenta euros en las fiestas del pueblo.
Si algo sabía un taxista rural por pura experiencia, es que cuando el alcalde y el médico se juntan a deshoras, alguien va a acabar visitando el cementerio.
—¿Qué demonios llevas en esa caja de ahí? —preguntó Manolo, señalando la lata azul con la punta de su zapato castellano.
—La verdad —respondió Mateo, sintiéndose un poco ridículo y excesivamente dramático al decirlo en voz alta.
Manolo tiró el cigarro al suelo, lo pisó con fuerza y miró a ambos lados del callejón.
—Pues vámonos al coche pitando, que la verdad en este pueblo siempre huele a problemas graves y a juzgado de guardia.
Caminaron en el más absoluto de los silencios hasta la explanada de tierra donde aparcaban los tractores y el viejo Mercedes de Manolo.
El coche estaba estratégicamente oculto bajo la sombra espesa de un nogal centenario.
Manolo abrió la puerta del copiloto desde dentro y empujó a Mateo hacia el asiento de escay.
Él se sentó al volante, cerró los seguros y encendió la pequeña luz amarilla del techo del habitáculo.
—Venga, desembucha, suelta la bomba. ¿Qué le has robado al alcalde? ¿Los cálices de plata de la parroquia?
—No he robado nada a nadie, me la dio mi abuela antes de que tiraran la puerta abajo.
Mateo apoyó la pesada caja sobre sus rodillas, sintiendo cómo le temblaban las manos.
Volvió a meter las uñas en la tapa de hojalata, que chilló de nuevo como una rata atrapada.
La luz moribunda del Mercedes iluminó el interior polvoriento del recipiente.
Manolo se asomó por encima de la palanca de cambios, frunciendo el ceño hasta juntar las cejas espesas en una sola línea.
—¿Galletas danesas de mantequilla? ¿Me estás diciendo que te persigue don Julián por unas pastas resecas de la Expo del noventa y dos?
—No son galletas, Manolo, fíjate bien —Mateo sacó el fajo de cartas atadas con la goma podrida y la fotografía en blanco y negro.
Le tendió la foto antigua al taxista, que se rebuscó en la guantera hasta sacar unas gafas de cerca unidas con esparadrapo.
—Coño… este de aquí es tu abuelo Paco de joven, con pelo y todo. Y el de al lado… el de al lado me suena muchísimo.
—¿Quién es? Dime que lo sabes —preguntó Mateo, devorado por la ansiedad.
—Espera un segundo, que la memoria me patina un poco. Ese bigotillo fino… ese traje gris de oficinista… esa cara de mala hostia permanente…
Manolo dio un golpe seco en el volante con la palma de la mano abierta.
—¡Claro que sí! ¡Es el inspector de Hacienda!
Mateo lo miró fijamente sin entender absolutamente nada de lo que estaba diciendo.
—¿Qué inspector de Hacienda, Manolo? ¿De qué me estás hablando?
—A ver, chaval, céntrate, que tú eras un mico o ni habías nacido. Esto pasó en el verano del ochenta y cinco.
Manolo se acomodó en su asiento, adoptando la postura solemne de un cuentacuentos de taberna a punto de revelar el secreto de Fátima.
—En este pueblo, por aquella época bendita, todo cristo se dedicaba a fabricar chorizos y salchichones de forma ilegal en las trastiendas.
Mateo asintió lentamente, eso formaba parte de las leyendas menores que circulaban en las cenas de Navidad familiares.
—Ganaban dinero a espuertas, a paladas, pero nadie declaraba ni un solo duro al Estado. Éramos Suiza, muchacho, pero con un sabor exquisito a pimentón de la Vera.
—¿Y qué tiene que ver todo eso con mi abuelo Paco?
—Que tu abuelo era el encargado principal del matadero clandestino, el que partía el bacalao. Y don Julián, que entonces ya era el alcalde, era el cabecilla indiscutible de la mafia choricera.
Mateo tragó tanta saliva que le dolió la garganta.
Su abuelo, el hombre tranquilo y afable que le enseñó a montar en bicicleta, ¿un capo del embutido negro?
—El caso principal —continuó Manolo, bajando el tono de voz— es que en agosto del ochenta y cinco apareció por aquí un inspector enviado directamente desde Madrid.
El taxista señaló la fotografía frotando su dedo manchado de nicotina sobre el rostro del hombre trajeado.
—Ese mismo de la foto. Un tipo estirado, pijo a más no poder, con traje gris en pleno agosto, preguntando por las calles de dónde salían los Mercedes de los vecinos y los abrigos de visón de las abuelas.
—¿Y qué le pasó a ese hombre? —preguntó Mateo, temiendo visceralmente la respuesta.
Manolo se acercó más a Mateo, como si las ventanillas del coche tuvieran oídos.
—Desapareció de la faz de la tierra. Se esfumó como el humo. Un día estaba pidiendo los albaranes de la carne de cerdo, y a la mañana siguiente su coche ya no estaba aparcado en la puerta de la pensión.
—Se volvería a Madrid asustado —dijo Mateo, buscando a la desesperada la lógica más simple y pacífica.
—Eso es lo que nos vendió el alcalde a todos. Pero mira bien qué pone en esa carta que tienes en la mano. Lee despacio.
Mateo desdobló el papel amarillento que había leído a medias y a oscuras en el desván.
Bajo la luz amarilla del taxi, la letra cursiva y nerviosa de su abuelo se leía con aterradora claridad.
“Paco, no podemos seguir ocultándolo ni un día más. El ingeniero de la Diputación dice que si el muro cede, la mitad del pueblo se irá abajo. Tú y yo sabemos perfectamente lo que pusimos en los cimientos.”
Mateo levantó la vista hacia Manolo, con la cara pálida como el vientre de un pez muerto.
—¿Lo metieron dentro de los cimientos de la plaza? —susurró Mateo, sintiendo un escalofrío helado en la nuca.
Manolo se rascó la coronilla despoblada, resoplando como un toro cansado.
—Joder bendito. Yo siempre pensé para mis adentros que al inspector lo habían sobornado con diez jamones de pata negra y se había ido a vivir la vida loca a las Bahamas.
—¡Lo mataron, Manolo! ¡Mi abuelo ayudó a esconder el cadáver de un funcionario del Estado!
El grito histérico de Mateo retumbó en el interior del pequeño habitáculo del coche.
Manolo le tapó la boca rápidamente con una mano gigantesca que sabía a tabaco rubio y a colonia Varón Dandy a granel.
—¡Baja la voz, desgraciado de la vida, que nos van a fusilar al amanecer! —siseó el taxista con los ojos desorbitados.
Mateo asintió frenéticamente, apartando la mano de Manolo de un manotazo brusco.
Volvió a clavar la mirada en la carta, buscando más respuestas en esa caligrafía de pesadilla febril.
“Si alguien descubre que el cemento es pura arena de río y que debajo de la fuente está el señor Ramírez con sus libretas de contabilidad, estamos muertos. Literalmente muertos.”
—Se llamaba Ramírez el pobre infeliz —dijo Mateo, sintiendo unas ganas repentinas de vomitar sobre la alfombrilla del coche.
—Ramírez… —repitió Manolo, como saboreando la desgracia del nombre—. Pues menuda putada gorda para el tal Ramírez. Cemento barato y agua fría del grifo por toda la eternidad.
De repente, la radio de la emisora de taxis, que llevaba apagada y silenciosa todo el día, crujió con una estática brutal.
Una voz metálica y autoritaria rompió el tenso silencio del coche.
—Manolo, ¿estás a la escucha en el vehículo? Cambio.
Era la voz inconfundible del cuartelillo de la Guardia Civil del pueblo de al lado.
Manolo miró a Mateo, cogió el micrófono negro con desgana y pulsó el botón lateral con el pulgar.
—Dime, sargento Gutiérrez. ¿Qué se te ha perdido a estas horas de la madrugada? Cambio.

—Nos acaba de llamar don Julián, muy alterado el hombre. Dice que hay un forastero peligroso que ha entrado a robar en casa de la viuda de Paco.
Mateo se quedó petrificado en su asiento. El maldito alcalde le había dado la vuelta a la tortilla con una facilidad pasmosa.
Ahora él no era el nieto que huía buscando la verdad, era un vulgar ladrón de casas, un criminal a la fuga.
—Dice el alcalde que le ha robado las joyas a la pobre vieja enferma y que se ha dado a la fuga corriendo por los callejones.
Manolo miró fijamente a Mateo, luego bajó la vista a la caja de galletas danesas que solo contenía polvo, cartas y un crimen encubierto de Estado.
—¿Has visto a algún tipo raro con mochila por el pueblo esta noche, Manolo? Cambio.
El taxista soltó el botón del micrófono, dejando la línea en blanco durante unos segundos que a Mateo le parecieron años bisiestos.
Mateo lo miraba con los ojos brillantes, suplicándole clemencia sin articular palabra.
Manolo podía entregarlo allí mismo, limpiar sus manos callosas del asunto turbio y volver a dormir caliente a su casa como si nada hubiera pasado.
El dedo índice de Manolo volvió a apretar con firmeza el plástico negro del micrófono.
—Negativo, sargento, por aquí no se mueve ni una miserable lagartija. Yo estoy ya metido en la cama, que mañana madrugo para llevar a una abuela al médico. Cambio y corto.
Mateo soltó todo el aire que tenía acumulado en los pulmones de un solo y sonoro golpe.
—Gracias, de verdad… —musitó, casi llorando de alivio.

—No me des las gracias todavía, chaval —dijo Manolo, girando la llave y encendiendo el motor del viejo Mercedes—. Porque ahora mismo somos cómplices directos de encubrimiento de un robo falso que tapa un asesinato real de los años ochenta.
El motor diésel rugió con la fuerza bruta de un tractor agrícola, haciendo vibrar hasta el último tornillo del chasis del coche.
—¿Adónde vamos ahora? —preguntó Mateo, agarrándose instintivamente al asa de plástico de la puerta.
—A mi trastero a buscar un pico y una pala de obra —respondió Manolo, metiendo la primera marcha con una decisión kamikaze.
—¿Una pala? ¿Para qué coño queremos una pala a la una de la madrugada con la que está cayendo?
Manolo lo miró de reojo por el retrovisor interior, esbozando una sonrisa torcida que no presagiaba absolutamente nada bueno.
—Pues para ir al centro de la plaza mayor, destrozar a golpes la fuente de los cuatro chorros y sacar al señor Ramírez de su letargo de cuarenta años.
PARTE 4: EL AMANECER DE LAS PIEDRAS MUDAS
Mateo se llevó las dos manos a la cabeza, tirándose de los pelos con desesperación.
El plan del taxista era una locura monumental, un disparate digno de una película surrealista.
Dos hombres comunes, un conductor cincuentón con barriga cervecera y un publicista madrileño estresado, iban a cavar en el mismísimo centro del pueblo.
Iban a levantar una plaza pública para desenterrar el cadáver de un inspector de Hacienda delante de las narices del alcalde.
—Nos van a pillar en cinco minutos, Manolo. El alcalde nos está buscando con medio pueblo armado.
—El alcalde es un cacique cobarde y barrigón que no sabe coger una azada ni para rascarse la espalda en la ducha.
El coche avanzó a tirones sin encender las luces delanteras, guiándose únicamente por la luz de la luna llena que se filtraba fantasmagórica entre las encinas.
Cruzaron las calles secundarias del pueblo, esquivando contenedores de basura volcados y tractores aparcados en las aceras estrechas.
Mateo seguía agarrado a la caja de hojalata con una fuerza sobrenatural, sintiendo que ese metal oxidado se había convertido en su escudo y en su condena perpetua.
Pensó en su abuela Dolores, sola en aquella casa fría.
Pensó en lo pequeña, frágil e indefensa que se veía en esa cama enorme, esperando estoicamente a que llegara la muerte.
Ella había guardado ese monstruoso secreto durante casi cuarenta años, tragándose la culpa amarga cada vez que cruzaba la plaza para ir a comprar el pan.
Tuvo que vivir viendo cómo don Julián inauguraba la fuente con banda de música y confeti, sabiendo que justo debajo había un pobre hombre en traje gris pudriéndose en la oscuridad.
Tuvo que soportar el peso demoledor del silencio para proteger a su familia de la cárcel, para proteger la economía del pueblo entero.
Y ahora, en su último aliento, le había pasado el testigo explosivo a él, al nieto ingrato que nunca llamaba por teléfono, al moderno publicista que solo sabía vender humo en internet.
—Llegamos al punto cero —anunció Manolo en un susurro, frenando el coche en seco detrás del muro de piedra de la iglesia vieja.
La plaza mayor se abría inmensa y desierta ante ellos, iluminada pobremente por dos farolas parpadeantes que emitían una luz naranja enfermiza.
En el centro geométrico, la famosa fuente de los cuatro chorros lanzaba un agua cristalina que resonaba en la madrugada con un eco casi burlesco.
No había nadie a la vista, ni siquiera un perro callejero.
El pueblo entero parecía haber sido abandonado por culpa de una plaga silenciosa o un toque de queda militar.
Manolo tiró de la palanca del maletero desde dentro y bajó del vehículo sigilosamente, cerrando la puerta sin hacer ruido.
Mateo lo siguió tragando saliva, metiéndose la dichosa caja azul debajo de la chaqueta vaquera.
El taxista sacó del maletero un pico oxidado que pesaba como un muerto y una pala de albañil con el mango astillado por el uso.
Le tendió la pala rudimentaria a Mateo, que la cogió con la torpeza ridícula de quien solo ha manejado un lápiz táctil del iPad en la última década.
—¿Tú crees de verdad que el tal Ramírez seguirá entero ahí abajo? —preguntó Mateo, mirando el asfalto gris de la plaza con aprensión.
—A estas alturas de la película será un rompecabezas de huesos calcificados y un maletín de cuero podrido —bromeó Manolo, aunque su tono de voz vibraba de puro nerviosismo.
Caminaron lentamente hacia el centro de la plaza, sintiéndose exactamente como dos francotiradores expuestos en campo abierto a la vista de todas las persianas bajadas.
Detrás de cada ventana de madera cerrada, Mateo imaginaba los ojos inquisitivos de sus vecinos, observándolos y juzgándolos en silencio.
En un pueblo pequeño, nadie duerme del todo; el pueblo siempre vigila desde las sombras.
Llegaron jadeando a la base circular de la fuente.
El suelo perimetral estaba pavimentado con grandes adoquines de granito gris, unidos por una argamasa que a simple vista parecía bastante chapucera y porosa.
—Según la última carta, tu abuelo decía claramente que estaban bajo los cimientos principales —dijo Mateo, señalando la base de piedra húmeda.
—Pues habrá que empezar por levantar estas losetas de mierda —Manolo escupió en sus manos para agarrar mejor el mango y levantó el pico por encima de su cabeza.
Antes de que el acero golpeara la piedra con fuerza, un foco de luz blanca, potentísima y cegadora los iluminó de lleno desde la otra punta de la plaza.
Mateo soltó un grito ahogado y se cubrió los ojos con el antebrazo, dejando caer la pala al suelo empedrado con un estruendo metálico aterrador.
Manolo se quedó congelado en el sitio con el pico en todo lo alto, pareciendo una estatua grotesca dedicada al vandalismo nocturno.
—Vaya, vaya, vaya con los señores madrugadores —dijo una voz arrastrada, sarcástica y profundamente malvada desde la oscuridad detrás del foco—. Pero si son los ilustres albañiles de medianoche.
Don Julián, el eterno alcalde del pueblo, salió lentamente de las sombras con un puro apagado en la boca.
No iba solo, por supuesto que no.
Detrás de él, media docena de hombres robustos del pueblo avanzaban en formación, llevando escopetas de caza mayor cruzadas sobre el pecho.
No apuntaban a nadie directamente, pero el mensaje balístico estaba más que claro para los dos sepultureros aficionados.
El tío Paco el del estanco también estaba en la comitiva, apoyado pesadamente en un bastón de madera y mirándolos con una mezcla de lástima y reproche.
—Don Julián, alcalde, puedo explicarlo todo razonablemente —empezó a balbucear Manolo, bajando el pico muy lentamente hacia el suelo para no asustar a los del gatillo fácil.
—Tú no tienes absolutamente nada que explicar, taxista del demonio —escupió el alcalde, tirando el puro al suelo y pisándolo—. Y tú, niñato de ciudad, ¿te crees que puedes venir aquí de salvador a desenterrar a nuestros muertos?
Mateo, impulsado por una adrenalina que no sabía que tenía, dio un paso al frente, apretando la caja de hojalata contra su pecho como si fuera un chaleco antibalas.
Ya no tenía miedo, el miedo se había evaporado con la luz del foco.
Solo sentía una rabia fría, profunda y antigua, heredada directamente de su abuelo y fermentada durante cuarenta años de mentiras y silencios miserables.
—No son vuestros muertos, señor alcalde de pacotilla. Es un inspector de Hacienda al que asesinasteis a sangre fría para tapar vuestro asqueroso fraude.
Las palabras de Mateo resonaron en la acústica perfecta de la plaza, claras, altas y afiladas como cuchillos de carnicero.
Los hombres con las escopetas se miraron entre sí, visiblemente incómodos, bajando la vista hacia las puntas de sus botas manchadas de barro.
Don Julián soltó una carcajada ronca, amarga, que terminó inevitablemente en un ataque de tos de fumador empedernido.
—¿Asesinado dices? ¿Tú te crees que nosotros somos unos putos criminales de la mafia de Chicago, chaval?
El alcalde dio dos pasos pesados hacia adelante, deteniéndose a un escaso metro de la cara de Mateo.
Su aliento olía a coñac barato de garrafón, a tabaco negro y a pastillas de menta caducadas.
—El señor Ramírez no fue asesinado por nadie de este pueblo, so zoquete. Al pobre desgraciado le dio un patatús.
Mateo frunció el ceño intensamente, parpadeando y confundido por el absurdo e inesperado cambio de guion dramático.
—¿Un patatús? ¿Me estás tomando el pelo?
—Un infarto masivo de miocardio, fulminante —aclaró don Julián, gesticulando exageradamente con las dos manos—. Estábamos en mi garaje, contándole los jamones colgados para que nos hiciera la maldita multa, y el hombre vio un ratón de campo cruzando, se asustó como una colegiala, se cayó de espaldas tieso y se rompió la crisma contra el poyete de cemento de la matanza.
Manolo, desde atrás, no pudo evitar soltar una risita nerviosa y totalmente fuera de lugar.

—¿Me está diciendo en serio que se murió del susto por culpa de un ratón? —preguntó el taxista, incrédulo total.
—¡Era un señorito de ciudad, igual que este idiota de tu amigo! —gritó el alcalde señalando el pecho de Mateo con un dedo gordo—. ¡Esa gente se ahoga en un vaso de agua por ver un bicho!
—¿Y si de verdad fue un accidente fortuito, por qué diablos lo enterrasteis bajo el hormigón de la fuente? —atacó Mateo, sin dejarse intimidar por los gritos.
Don Julián suspiró profundamente, frotándose la cara ajada con ambas manos, pareciendo de repente un anciano decrépito y muy cansado de la vida.
—Porque si llamábamos a la pareja de la Guardia Civil y veían el dichoso garaje lleno hasta el techo de chorizos sin sello sanitario, nos metían a todos en la cárcel Modelo por contrabando alimentario y delito contra la salud pública.
El alcalde se giró y señaló con el brazo extendido a los hombres armados que lo acompañaban en la retaguardia.
—El padre de Paco pagó la carrera de ingeniero de su hijo mayor en Valencia con el dinero negro de esos chorizos. El tejado de la iglesia nueva que se caía a pedazos se pagó enterito con esos jamones ilegales. Y tu queridísimo abuelo, Mateo, le compró la casa de ladrillo a tu abuela con su porcentaje de las matanzas clandestinas.
La verdad aplastante cayó sobre los hombros de Mateo con el peso físico de una losa de granito macizo.
No había en su familia una gran conspiración criminal de fríos asesinos a sueldo.
Había, pura y simplemente, un pueblo entero de paletos aterrados por la ley, que habían tomado la peor y más estúpida decisión posible por pánico a perder lo poco que tenían para comer.
Una chapuza nacional a gran escala.
Un auténtico esperpento ibérico digno de Valle-Inclán, pero con olor a cerdo curado.
—Tu abuelo Paco se pasó los últimos diez años de su vida llorando por las esquinas del bar carcomido de pura culpa cristiana —continuó don Julián, con un tono extrañamente más suave y empático—. Se pensaba de verdad que el fantasma de Ramírez lo acechaba por las noches tirándole de los pies en la cama. Por eso el corazón no le aguantó el ritmo y reventó de pena.
Mateo giró la cabeza para mirar la estatua de la fuente, imaginando con nitidez al pobre señor Ramírez con su maletín y su corbata, atrapado bajo toneladas de agua clorada y cemento de pésima calidad.
—¿Y qué demonios vas a hacer ahora con nosotros, don Julián? —preguntó Mateo, irguiendo la espalda de forma desafiante—. ¿Nos vas a dar un tiro y nos vas a enterrar a los dos también bajo el asfalto del aparcamiento del polideportivo?
Don Julián sacudió la cabeza canosa, negando lentamente con evidente pesadumbre.
—No vamos a hacer nada de eso, porque no somos asesinos. Vosotros os vais a ir calladitos a vuestras respectivas casas a dormir la mona.
El alcalde levantó un dedo amenazador y señaló directamente la caja de galletas que Mateo sostenía como un escudo.
—Y mañana por la mañana a primera hora, tú vas a coger esa dichosa lata azul, la vas a tirar al fuego de la chimenea de tu abuela hasta que se haga cenizas, y te vas a volver pitando a Madrid en el primer tren que pase, para no volver nunca jamás.
—Ni de broma pienso hacerlo —dijo Mateo, plantando los pies firmemente en los adoquines húmedos de la plaza—. Esto se tiene que saber aquí y ahora. Hay una familia madrileña en algún sitio de España que lleva cuarenta años esperando a que su padre vuelva del trabajo.
Un murmullo tenso y ronco recorrió como una ola eléctrica el grupo de hombres armados en la retaguardia.
Las culatas de las escopetas volvieron a subir unos amenazantes centímetros hacia arriba.
La tensión en el aire de la madrugada se podía cortar en rebanadas con unas tijeras de podar viñas.
Manolo le dio un disimulado pero doloroso codazo a Mateo justo en las costillas flotantes.
—Chaval, por lo que más quieras, no seas el héroe del cementerio que las balas de plomo para jabalí duelen una puta barbaridad —susurró el taxista por la comisura de los labios.
Pero Mateo no iba a ceder ni un milímetro, algo dentro de él había hecho clic definitivamente.
Había llegado a ese pueblo maldito huyendo de su propia mediocridad cobarde, de su miedo patológico a comprometerse con su familia, de su desconexión vital con sus raíces de pueblo.
Y resulta que sus raíces estaban, literalmente, podridas hasta la médula.
Si daba media vuelta y se iba ahora mismo, sería tan miserablemente cómplice como su abuelo, como el alcalde barrigón, como todo el maldito código de silencio rural.
—Si me pegáis un tiro ahora mismo, tendréis que traer una excavadora para levantar la plaza entera y escondernos a los dos —dijo Mateo, manteniendo la mirada fiera y directamente clavada en los ojos del cacique.
—Y te advierto que mi taxi alemán ocupa muchísimo sitio bajo tierra, don Julián —añadió de pronto Manolo, uniéndose inesperadamente al motín con una sonrisa suicida que le iluminó la cara.
El alcalde apretó fuertemente las mandíbulas, haciendo rechinar los dientes mientras evaluaba la catastrófica situación.
La noche se estaba alargando de forma insoportable y sus rodillas artríticas protestaban por la intensa humedad del empedrado.
De repente, un ruido estridente y mecánico los sobresaltó a todos por igual.
El sonido de un claxon antiguo, asmático y muy agudo rompió brutalmente el silencio sepulcral de la plaza mayor.
Venía directo desde la pendiente pronunciada de la calle de la Amargura.
Un minúsculo Seat 600 de color verde pálido apareció derrapando torpemente por la esquina, avanzando a dos kilómetros por hora, con los faros amarillos parpadeando y apuntando hacia el cielo.
El cochecito clásico frenó dando un violento tirón a escasos tres metros del grupo de hombres armados.
La endeble puerta del conductor se abrió rechinando de forma espantosa.
De su minúsculo interior salió una mujer bajita, envuelta ridículamente en un grueso abrigo de lana de oveja a pesar de que estuviéramos a mediados de mayo.
Caminaba muy despacio, arrastrando las zapatillas de andar por casa sobre los adoquines, pero desprendiendo una autoridad y una dignidad absolutamente arrolladoras.
Era la tía Carmen, con el pelo alborotado y una expresión de furia homicida en el rostro.
Pero, para sorpresa de todos, no venía sola a la guerra.
En el asiento del copiloto del Seat, envuelta hasta el cuello en mantas de cuadros y respirando con evidente dificultad a través de la mascarilla de una bombona de oxígeno portátil, estaba la mismísima abuela Dolores.
Mateo soltó un grito sordo y corrió despavorido hacia el coche, soltando la pala pero abrazando la caja con fuerza.
—¡Abuela, por el amor de Dios! ¿Qué hacéis aquí en la calle? ¡Deberías estar metida en la cama descansando! —gritó Mateo, aterrorizado por la extrema palidez y fragilidad de la anciana.
Dolores giró el cuello lentamente y lo miró a través de la ventanilla bajada del coche.
Sus ojos hundidos, aunque profundamente nublados por las cataratas, brillaban en la noche con la fuerza devastadora de un incendio forestal en pleno mes de agosto.
Levantó una mano venosa y temblorosa en el aire, haciéndole un gesto imperioso a su nieto para que se callara la boca inmediatamente.
Luego, con un esfuerzo titánico que le costó un quejido, giró la cabeza hacia donde estaba plantado el alcalde don Julián.
—Julián… —pronunció la anciana, y su voz cascada, amplificada por el eco de las piedras de la plaza, sonó como un trueno bíblico—. Ya está bien de hacer el completo ridículo a tus años.
El todopoderoso cacique del pueblo tragó saliva ruidosamente, bajando los hombros de forma automática, como un niño pillado robando peras.
—Dolores, mujer de Dios, vete a tu casa que hace frío. Esto es un asunto de hombres que tenemos que arreglar entre nosotros.
La abuela soltó una carcajada seca y rasposa que rápidamente se transformó en un violento ataque de tos que le sacudió todo el cuerpo.
Carmen, casi llorando de los nervios, se inclinó dentro del coche y le ajustó la mascarilla de plástico del oxígeno durante unos largos y agónicos segundos hasta que la anciana recuperó un poco de color en las mejillas.
—Asunto de cobardes y de mangantes, querrás decir tú —escupió Dolores cuando finalmente pudo articular palabra—. Mi Paco se murió destrozado por dentro por culpa de vuestra maldita avaricia de paletos.
La mujer sacó el brazo por la ventanilla y señaló acusadoramente con un dedo gordo y deformado por la artrosis hacia la fuente de los cuatro chorros.
—Llevo la friolera de cuarenta años rezándole en silencio a esa fuente de mierda para que Dios Nuestro Señor perdone el alma en pena de mi marido.
El pueblo entero parecía haber contenido la respiración de golpe detrás de las persianas verdes cerradas.
—Y te juro por la Virgen que no me voy a ir al hoyo dejando a mi único nieto con esta asquerosa herencia de ladrones de jamones y de enterradores de pacotilla.
Dolores apartó la mirada del alcalde aniquilado y miró a Mateo con una ternura inmensa y dolorosa.
—Abre la lata ahora mismo, Mateo. Levanta las cartas de tu abuelo y saca el documento doblado que hay justo en el fondo pegado a la chapa.
Mateo, con el corazón martilleándole en la garganta a mil por hora, metió la mano y apartó las cartas atadas y la fotografía en blanco y negro.
Efectivamente, en el fondo mugriento de la lata de galletas, amarillento y cuarteado por los bordes, había un papel oficial doblado cuidadosamente en cuatro partes perfectas, coronado con el antiguo sello del Ministerio de Hacienda.
Lo desdobló con un cuidado extremo para no rasgarlo, acercándose desesperadamente a la luz amarillenta de los faros encendidos del Seat 600 para poder leer.
—Léelo en voz alta, que se entere todo el maldito pueblo de una vez —ordenó la abuela, golpeando la chapa de la puerta del coche con los nudillos.
Mateo aclaró su garganta reseca, sintiendo físicamente el peso de la mirada de todos los hombres armados clavándose como alfileres en su nuca.
—”Yo, Francisco Martínez, declaro libre y voluntariamente ante notario que los restos humanos enterrados ilegalmente en los cimientos de la plaza mayor corresponden al inspector…”
Mateo se detuvo en seco, releyendo atónito el nombre de la página dos veces seguidas porque su cerebro se negaba a procesar la información.
—Venga, sigue leyendo, muchacho, no nos dejes a medias —le animó Manolo, dándole un golpecito amistoso en el hombro derecho.
—”…corresponden al inspector don Emilio Ramírez, quien falleció por causas estrictamente naturales, derivadas de un fallo cardíaco masivo, en mi presencia y en la del actual alcalde, el día catorce de agosto del ochenta y cinco”.
Mateo levantó los ojos del papel y miró fijamente al alcalde, que parecía a punto de desmayarse.
—”Adjunto grapado a esta confesión jurada el acta de defunción original, firmada y sellada por el médico titular del pueblo, don Anselmo, que certifica de forma legal e inequívoca el infarto agudo de miocardio previo al lamentable e irregular enterramiento de sus restos”.
Don Julián, el hombre más temido de la comarca, se puso repentinamente más blanco que la cal de la pared de la iglesia.
—Paco guardó todo este tiempo una copia notarial… —susurró el alcalde, tambaleándose ligeramente sobre sus piernas como si estuviera borracho—. El muy cabrón nos traicionó y se guardó las espaldas.
—No os traicionó en absoluto, Julián, pedazo de animal —dijo la abuela Dolores desde el interior del coche—. Os salvó el culo de milagro a todos vosotros. Si alguna vez venía la policía secreta de Madrid y levantaba la plaza, este papelucho demostraba ante un juez que no fuisteis unos viles asesinos, sino solamente unos putos chapuceros miedosos y cobardes.
La espesa y violenta tensión de la plaza se desinfló de golpe, igual que un globo de feria pinchado con un alfiler.
Los hombres del pueblo bajaron definitivamente las culatas de las escopetas al suelo empedrado, y un par de ellos, derrotados por el peso de la noche, se sentaron pesadamente en los fríos bancos de piedra de la iglesia.
No eran mafiosos.
Eran solo un puñado de viejos aterrorizados y cansados, perseguidos durante media vida por un fantasma vengativo que resultó ser, en realidad, un simple acta notarial guardada en una caja de pastas suizas.
—¿Y qué narices quieres que hagamos ahora con todo esto, Dolores? —preguntó don Julián, arrastrando los pies con desgana hacia la ventanilla del coche como un perrillo apaleado—. El supuesto delito fiscal de los chorizos prescribió hace más de treinta años. Pero el ocultamiento ilegal de un cadáver en vía pública… eso es un escándalo monumental para la prensa.
La abuela Dolores cerró los ojos arrugados, completamente exhausta por el descomunal esfuerzo físico y emocional que acababa de realizar.
Su pequeño pecho subía y bajaba con una dificultad alarmante, emitiendo un silbido asmático preocupante.
—Quiero que hagáis las cosas bien de una puñetera vez en vuestra miserable vida —dijo ella con un hilo de voz apenas audible—. Llamad por teléfono a la Comandancia de la Guardia Civil de la capital a primera hora de la mañana y confesadlo todo.
Abrió los ojos lentamente y miró a Mateo por última vez, grabándose el rostro de su nieto en la memoria.
—Tú, Mateo… te vas a quedar a dormir aquí en la casa hasta que traigan a las excavadoras y saquen a ese pobre hombre de ahí abajo. Y le pondrás un ramo de claveles rojos de mi parte al pobre Ramírez el día que lo entierren como Dios manda.
Mateo asintió sin dudarlo, con los ojos completamente inundados de lágrimas calientes, agarrando con fuerza la mano fría de su abuela a través del marco de la ventanilla del coche.
—Me quedaré, abuela, te juro que me quedaré en el pueblo. Te lo prometo solemnemente. Me quedaré contigo todo el tiempo que haga falta.
Ella dibujó una sonrisa muy débil en sus labios partidos, una sonrisa pequeña, sincera y profundamente en paz consigo misma.
La asfixiante culpa de cuarenta años de silencio cómplice se había desvanecido por fin, disolviéndose suavemente en el aire cálido de la madrugada que empezaba a clarear por el horizonte.
—Menos mal, hijo mío… —susurró Dolores, cerrando los párpados muy despacio y relajando los hombros contra el respaldo del asiento—. Ya era puñetera hora de que alguien con sangre en esta familia tuviera el valor de hacer algo diferente a salir corriendo y huir.
El sonido mecánico y rítmico de la máquina de la bombona de oxígeno fue el único ruido constante que quedó flotando en el inmenso silencio de la plaza mayor.
Mateo soltó la caja en el suelo y abrazó con fuerza a su tía Carmen, que sollozaba en silencio apoyada desconsoladamente sobre el frío capó de chapa del diminuto 600 verde.
Manolo el taxista se rebuscó en los bolsillos, encendió un último cigarro arrugado de la cajetilla, miró melancólicamente hacia las aguas cristalinas de la fuente de los cuatro chorros y soltó una larguísima y lenta nube de humo blanco hacia el cielo.
—Descansa en paz por fin, querido Paco —dijo Manolo en voz baja y solemne—. Y tú también, señor Ramírez. Que sepáis que a partir de mañana por la mañana os vamos a dar el día libre definitivo a los dos.
El alcalde barrigón se sentó torpemente en el húmedo bordillo de piedra de la fuente maldita, sacó un teléfono móvil de los antiguos con botones grandes, y empezó a marcar el número de la comandancia.
Estaba totalmente resignado a salir en todos los telediarios y a ser la jugosa comidilla del país entero al mediodía siguiente.
Mateo recogió la caja de hojalata oxidada del suelo y la apretó nuevamente contra su pecho, sintiendo, por primera vez en su atropellada vida de treintañero, que el suelo que pisaba era suyo.
Sentía que por fin sus raíces errantes estaban plantadas en tierra firme, agarrándose al mundo.
Aunque, paradójicamente, esa misma tierra firme estuviera hecha a base de arena de río barata, cemento de pésima calidad y los huesos cansados de un pobre inspector de Hacienda embutido en los cimientos.
Miró las últimas estrellas brillantes que iban desapareciendo sobre los tejados del pueblo de las piedras mudas, mientras el sol asomaba tímidamente por las colinas secas.
Sonrió para sus adentros, secándose una lágrima rebelde con el dorso de la mano sucia de tierra.
Sabía con absoluta certeza que, a partir de ese mismo amanecer, las famosas y silenciosas piedras de su pueblo iban a empezar a hablar sin tapujos durante muchísimo tiempo.