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HARFUCH CATEA la Casa Secreta de Arturo “El Negro” Durazo: La HISTORIA REAL Detrás Del MÁS TEMIDO

Ciudad de México, 1980. 12 cuerpos recuperados del río Tula con señales que no dejaban lugar a la interpretación. Más de 20 propiedades repartidas entre México, Estados Unidos y Canadá. Ninguna justificable con un salario de funcionario público. Una discoteca construida en el sótano de una mansión frente al océano Pacífico.
Réplica exacta del club más famoso de Nueva York. decorada con columnas de mármol y estatuas de dioses griegos, edificada con mano de obra, que no tenía otra opción más que obedecer, un niño de 11 años que cantó en esa mansión y que décadas después se convertiría en el artista latinoamericano más importante del siglo XX, una mujer que desapareció en 1986 y cuyo paradero nadie ha podido establecer oficialmente hasta hoy.
Y en el centro de todo eso, un solo hombre que no era presidente, que no provenía de una familia con apellido, que no tenía formación militar, que no había acumulado ningún mérito documentado que justificara lo que tenía, lo que hacía y lo que era capaz de ordenar sin que nadie pudiera detenerlo. Se llamaba Arturo Durazo Moreno.
Durante 6 años fue el jefe de policía de la ciudad más grande de México y durante esos mismos 6 años fue en los hechos algo considerablemente más peligroso que eso. Esta es su historia completa contada con todo lo que se sabe, con todo lo que se documentó, con todo lo que se susurró durante décadas y con todas las preguntas que todavía no tienen respuesta, porque algunas de esas preguntas pesan más que cualquier respuesta que pudiera darse.


Para entender cómo alguien llega a ese punto, hay que empezar desde el principio, desde un lugar que Durazo nunca quiso mencionar por nombre. Desde una infancia que pasó su vida entera intentando borrar con mármol, con columnas griegas y con generales humillados en público. Arturo Durazo Moreno nació en Cumpas, Sonora, en una familia sin recursos, en una ciudad de provincia que no aparece en los grandes mapas del poder mexicano.
Fue el primero de esa familia el que tenía que abrirse camino en una dirección que el pueblo natal no podía ofrecerle. Como tantos jóvenes de esa generación que crecieron en estados alejados del centro del país, Durazo tomó la decisión que tomaban todos los que querían algo diferente. Se movió a la Ciudad de México.
No llegó con dinero, no llegó con contactos heredados, no llegó con estudios que lo distinguieran del resto. llegó con lo que tenían todos los que llegaban desde provincia, la necesidad de encontrar algo mejor y la disposición para hacer lo que fuera necesario para conseguirlo. Lo que encontró en la capital no fue inmediato ni espectacular.
Trabajó en el Banco de México durante un tiempo, el tipo de empleo estable y discreto que no abre puertas, sino que simplemente mantiene a alguien dentro del sistema sin ninguna distinción particular. Después pasó a ser inspector de tránsito, un cargo de la burocracia menor, de los que en México siempre tuvieron la reputación de ser la primera escuela de corrupción institucionalizada, el primer lugar donde alguien aprende que las reglas tienen precio y que ese precio puede negociarse en efectivo directamente en
la calle. Más tarde entró a la Dirección Federal de Seguridad el organismo de inteligencia y seguridad del Estado mexicano, que durante décadas operó con una autonomía que la convertía en algo muy parecido a un estado dentro del Estado. Ninguno de esos cargos habría bastado para escribir una historia como la suya.
Ninguno de esos puestos lo hacía diferente de miles de burócratas que pasaron por las mismas instituciones sin dejar ninguna huella. Lo que lo hizo diferente fue una cosa sola, un vínculo que en el México de ese tiempo valía más que cualquier título universitario, más que cualquier hoja de servicios, más que cualquier mérito acumulado durante años de trabajo honesto.
Tenía el teléfono de José López Portillo y no lo tenía como tiene alguien el número de un político distante al que conoció en un evento protocolar y con quien intercambió tarjetas sin que aquello tuviera ninguna consecuencia práctica. Lo tenía porque ambos habían crecido en el mismo barrio, en la colonia del Valle de la Ciudad de México, en la misma clase de infancia sin abundancia, compartiendo las calles y las peleas y la complicidad particular que se forma entre los que crecen juntos cuando todavía no saben en qué se van a convertir. Esa amistad de juventud, ese
conocerse desde antes de que cualquiera de los dos tuviera poder, ni nombre ni nada que lo justificara, fue el cimiento sobre el que Durazo construyó todo lo que vino después en el México de los años 70, donde el sistema político era un mecanismo de lealtades personales que funcionaba con una lógica tribal institucional, esa clase de vínculo era literalmente el activo más valioso que alguien podía tener.
No importaba lo que supieras, no importaba lo que hubieras hecho, lo que importaba era a quién le debías y quién te debía a ti. Y tener como deudor al futuro presidente de la República era en ese sistema el equivalente exacto de un cheque en blanco girado sobre las arcas del país entero. Cuando José López Portillo ganó la presidencia en 1976, lo que ocurrió a continuación no fue una sorpresa para nadie que conociera cómo funcionaba México.
Tampoco fue una anomalía dentro del sistema. fue exactamente lo que el sistema estaba diseñado para producir. López Portillo designó a su amigo de la infancia, al hombre sin preparación, sin mérito documentado, sin ninguna credencial que lo distinguiera de un burócrata promedio como director de la policía y el tránsito del Distrito Federal, a cargo de la Corporación de Seguridad de la Ciudad más grande de México, una metrópolis que para entonces ya acumulaba millones de habitantes y todos los problemas de violencia, de desigualdad y de criminalidad que ese
tamaño implicaba. No contento con eso, López Portillo también lo nombró general de división por decreto presidencial, sin academia militar, sin escalafón, sin un solo día de formación castrense en ninguna institución del país. De un día para otro, Arturo Durazo Moreno amaneció con el rango que los militares de carrera tardaban décadas en alcanzar, el que se ganaba con años de protocolo, de sacrificio, de obediencia dentro de una jerarquía que tomaba esos títulos con una seriedad que rozaba lo sagrado.
La reacción de los generales de carrera fue de una indignación que nunca encontró causa efectivo porque no podía encontrarlo. décadas de escalafón militar, de sacrificio personal, de renuncia a la vida civil para servir dentro de una estructura que premiaba el mérito con estrellas ganadas una por una.
Y de repente el amigo del presidente aparecía con más estrellas que cualquiera de ellos, sin haber pisado jamás ningún campo de instrucción. Según el relato del propio guardaespaldas de Durazo, que años después contaría todo en un libro que sacudiría al país, un general de carrera lo enfrentó en público, incapaz de contener una indignación que era en parte orgullo herido y en parte la intuición de que lo que estaba ocurriendo no iba a terminar bien para nadie.
La respuesta de Durazo al día siguiente fue clásica de alguien que ya entendía perfectamente el juego que estaba jugando. Apareció con cinco estrellas, una más que antes, solo para demostrar que la jerarquía la definía él y no el escalafón. No necesitaba ganar el argumento, solo necesitaba recordar quién mandaba y quién no podía hacer absolutamente nada al respecto.
Cuando alguien tiene el cargo, el título y el respaldo personal del presidente de la República en un sistema de partido único donde el ejecutivo concentra un poder que en democracias normales se distribuye entre instituciones independientes. Lo que ese alguien tiene no es simplemente autoridad administrativa.
Lo que tiene es impunidad operativa completa. No necesita protección porque él es la protección. No necesita rendir cuentas porque él define a quién se le rinden cuentas y a quién no. No necesita ocultar nada porque ocultarlo sería admitir que existe algo que podría causarle consecuencias y en su caso no existía ninguna consecuencia a la vista.
Lo que hizo Durazo desde el primer día no fue resultado de un cálculo político sofisticado ni de una estrategia elaborada con años de anticipación. Fue algo mucho más simple y mucho más revelador de la naturaleza humana cuando se la libera de cualquier límite real. Hizo exactamente lo que quiso porque podía hacerlo y dejó que todos lo vieran porque ni siquiera la apariencia de disimulo le parecía necesaria.
En 1982, cuando un periodista televisivo tuvo la valentía de preguntarle directamente sobre sus propiedades, sobre las mansiones que la ciudad entera conocía de nombre, aunque no de cifras exactas, sobre el contraste obseno entre su salario de funcionario público y el estilo de vida que exhibía sin ningún pudor.
Durazo miró la cámara con la calma de quien sabe que la pregunta no tiene ninguna consecuencia real y respondió que todo era producto de su trabajo honesto, que había sabido invertir bien. La respuesta era mentira y todos lo sabían, incluido el periodista que la recibió y el público que la escuchó. Pero eso no importaba porque Durazo ya operaba en un nivel donde la verdad no producía consecuencias y donde la mentira tampoco necesitaba ser convincente.
Solo necesitaba ser dicha. El sistema se encargaba del resto. El mecanismo que Durazo construyó para financiar su mundo era, en su estructura básica, de una simplicidad brutal que lo hacía casi más perturbador que si hubiera sido complicado. Cada agente bajo su mando debía pagar una cuota periódica para mantenerse en el cargo, para recibir el equipamiento al que tenía derecho por reglamento, para no ser trasladado a las zonas de mayor peligro de la ciudad, para que su nombre no apareciera en las listas que de vez en cuando servían para
mostrar que la institución hacía algo parecido a una depuración interna. era extorsión aplicada hacia adentro de la propia corporación, cobrada por el jefe a sus propios subordinados, por el hombre que supuestamente encabezaba la institución encargada de proteger a los ciudadanos, aplicada contra los mismos hombres que esa institución debía emplear para cumplir esa función.
simple, brutal, eficiente y completamente invisible desde afuera, porque las calles seguían viéndose patrulladas, los agentes seguían saludando a los ciudadanos, los reportes seguían llenándose como si nada de eso estuviera ocurriendo simultáneamente. La ciudad funcionaba con la apariencia de normalidad, que es el mejor disfraz que una institución corrompida puede ponerse, pero las cuotas de los policías generaban dinero.
Sí, aunque no suficiente para lo que Durazo construyó. Para eso se necesitaba algo de una escala completamente diferente, algo que no podía financiarse con los ahorros forzados de agentes mal pagados. Para eso se necesitaba controlar algo mucho más valioso que los salarios de una corporación policial. Lo que Durazo controlaba desde su posición era, en términos económicos, uno de los activos más valiosos que puede existir en una ciudad de ese tamaño con los niveles de actividad ilegal que México tenía en esa época. decidía qué delitos se perseguían
y cuáles no, qué operaciones podían continuar sin interferencia y cuáles serán detenidas, a quién se le aplicaba la ley

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