En el complejo tablero de la política colombiana, pocas figuras generan tanta división y fascinación como Abelardo de la Espriella. Conocido por sus trajes impecables, su estilo de vida extravagante y su retórica incendiaria, el abogado más famoso del país ha dado el salto definitivo: la búsqueda de la Presidencia de la República. Sin embargo, su camino hacia la Casa de Nariño no está pavimentado con propuestas técnicas, sino con los fantasmas de un pasado profesional que hoy se convierte en su mayor obstáculo. La pregunta que recorre cada rincón de Colombia es una sola: ¿Cómo puede un hombre que dedicó décadas de su vida a defender a los criminales más notorios del país, pidiendo incluso beneficios y casas por cárcel para ellos, presentarse hoy como el paladín de la justicia y la mano dura?
Esta transformación radical ha sido calificada por analistas políticos como David Suárez como una falta de coherencia que raya en lo insultante para una “persona seria”. No se cuestiona el derecho constitucional de cualquier individuo a tener una defensa técnica, labor que De la Espriella desempeñó con un éxito económico envidiable. Lo que se cuestiona es la viabilidad moral de que
quien protegió a los victimarios del Estado pretenda ahora ser el jefe de ese mismo Estado. La lista de sus clientes no es solo una hoja de vida; es un compendio de los escándalos más dolorosos de la historia reciente de Colombia.
El Mapa del Crimen: Los Clientes que Marcaron una Trayectoria
Para entender la magnitud de la contradicción, es necesario desglosar quiénes han sido los protegidos por la firma de De la Espriella. En el ámbito del paramilitarismo, su nombre aparece ligado a Jorge Bisbal Martelo, expresidente de Fedegán, investigado por vínculos estrechos con las AUC. Mientras Salvatore Mancuso declaraba que Bisbal les indicaba dónde “hacía falta” la presencia paramilitar, De la Espriella aseguraba ante las cámaras que su cliente “no representaba un peligro para la sociedad”. Esta defensa de figuras vinculadas a la violencia rural en Colombia choca frontalmente con su actual discurso de orden y seguridad.

No menos polémico fue su papel como defensor de David Murcia Guzmán, el cerebro detrás de DMG, la mayor pirámide de captación ilegal en la historia del país. De la Espriella calificó la intervención del Estado como “inconstitucional e ilegal”, defendiendo un modelo que dejó a miles de familias colombianas en la ruina. Hoy, ese mismo hombre que defendía la captación masiva y el lavado de activos, promete limpiar las calles de delincuentes, una paradoja que muchos ciudadanos no logran digerir.
La firma de De la Espriella también extendió su manto protector sobre Alex Saab, el presunto testaferro de Nicolás Maduro. El abogado nunca negó su vínculo, admitiendo incluso que solo renunció a la defensa por su condición de residente en Estados Unidos y la inclusión de Saab en la lista OFAC. En un momento donde la política exterior de Colombia es un tema sensible, el vínculo previo del candidato con los engranajes financieros del régimen venezolano genera dudas razonables sobre su independencia y visión de Estado.
Del Puente del Común a la Parapolítica: Una Defensa Sin Filtros
La corrupción administrativa también ha pasado por sus manos. El escándalo de los hermanos Nule, responsables de uno de los mayores desfalcos en la infraestructura de Bogotá, contó con la representación de su firma. Se habla de honorarios cercanos a los 800,000 dólares por representar intereses en licitaciones millonarias. ¿Cómo explicarle a un país que sufre por obras inconclusas que el candidato presidencial fue el encargado de proteger legalmente a quienes dejaron puentes a medio terminar y anticipos desaparecidos?
En el ámbito de la justicia, defendió al exmagistrado Jorge Pretelt, condenado por concusión tras exigir dinero para favorecer una tutela. En el de la política regional, abogó por Rocío Arias y Eleonora Pineda, figuras centrales de la “parapolítica”. Para ellas, De la Espriella no pidió justicia severa, sino “casa por cárcel”, el mismo beneficio que hoy critica con vehemencia en sus videos de campaña. Incluso Oneida Pinto, la exgobernadora de La Guajira inhabilitada por irregularidades en contratos de miles de millones, fue descrita por él como una “mujer luchadora y ejemplo para los guajiros”.
La Incoherencia como Estrategia Electoral
El analista David Suárez ha sido tajante: “Una cosa es como abogado y otra como candidato. El abogado puede defender a quien quiera, pero cuando ese abogado dice ‘quiero ser presidente’, la cosa cambia”. La crítica no es hacia el ejercicio de la abogacía, sino hacia la falta de coherencia entre la praxis de vida y el discurso electoral. Abelardo de la Espriella ha construido su marca personal sobre la base de ser el abogado de los “innombrables”, logrando una fortuna que exhibe con orgullo. Sin embargo, esa misma fortuna y esos mismos éxitos judiciales son hoy el ancla que detiene su credibilidad.

La propuesta de megacárceles y la promesa de no dar tregua a los bandidos suena hueca cuando proviene de alguien que ha utilizado todos los recursos del sistema para mantener a criminales fuera de las rejas o en condiciones privilegiadas. ¿Seguirá su firma de abogados pidiendo casa por cárcel mientras él, desde la presidencia, promete llenar las prisiones? ¿Cómo se manejarán los conflictos de interés con sus antiguos clientes ahora que él tendría el control de los organismos de seguridad y justicia?
¿Hacia Dónde va Colombia?
La candidatura de Abelardo de la Espriella es un espejo de la situación actual del país: una sociedad agotada de la delincuencia que busca figuras fuertes, pero que corre el riesgo de caer en liderazgos basados en la apariencia y la contradicción. La “mano dura” que promete De la Espriella parece ser un traje hecho a la medida para la campaña, pero su verdadera piel, la que ha mostrado durante décadas en los tribunales, es la de un protector del sistema que permite a los poderosos evadir la justicia severa.
Colombia se enfrenta a una decisión trascendental. La política no puede ser solo un cambio de vestuario. El país necesita líderes cuya trayectoria sea coherente con sus promesas. De la Espriella ha demostrado ser un excelente abogado defensor, pero la presidencia requiere ser el defensor de todos los colombianos, especialmente de las víctimas, y no solo de quienes tienen el capital suficiente para pagar honorarios de lujo. El veredicto final no se dará en un estrado judicial, sino en las urnas, donde los ciudadanos deberán decidir si compran el nuevo traje de “verdugo” de quien durante años fue el mejor aliado de los acusados.