El CJNG se alimenta del ecosistema industrial legítimo de cada lugar donde opera. En Guadalajara usa la industria automotriz para su taller de blindaje. En Nayarit usa la industria de viveros para transportar droga. y en Querétaro usa la industria aeroespacial para fabricar drones bomba. Cada estado con su especialización industrial le ofrece al cártel los insumos y el talento humano que necesita para sus operaciones.
Es parasitismo industrial a escala nacional. Ahora vamos al taller paso a paso, área por área, porque lo que había dentro de esas dos naves industriales es lo que define la capacidad militar aérea del CJNG y lo que anticipa el futuro de la guerra contra el narcotráfico en México. El taller ocupaba dos naves industriales contiguas en un parque industrial al sur de la ciudad de Querétaro.
Las naves estaban registradas a nombre de una empresa de desarrollo tecnológico y sistemas electrónicos que, según su documentación fiscal se dedicaba a la integración de sistemas de automatización industrial, una fachada perfecta para justificar la compra de componentes electrónicos, motores, sensores, baterías y materiales compuestos que en realidad se usaban para fabricar drones de combate.
La empresa fachada tenía una presencia digital convincente, página web profesional con fotos de equipo industrial, testimonios de clientes ficticios y un portafolio de proyectos realizados que incluía automatización de líneas de producción y sistemas de inspección por drones para el sector agrícola.
Tenía perfiles en LinkedIn donde varios de los operadores del CJNG aparecían como ingenieros de desarrollo con currículums inventados. tenía un perfil en Google My Business con calificación de cuatro estrellas y reseñas positivas escritas probablemente por los mismos operadores. La inversión en crear una identidad digital creíble habla del nivel de sofisticación de la operación.
El CJNG entiende que en el mundo empresarial moderno, una empresa sin presencia en internet genera desconfianza. Los proveedores verifican a sus clientes en línea antes de venderles. Los arrendadores de naves industriales buscan a las empresas en Google antes de firmar contratos. Si tu empresa no tiene página web ni LinkedIn, parece sospechosa.
Así que el CJNG creó todo eso. Invirtió en una fachada digital que complementara la fachada física del taller. Capas y capas de apariencia cubren la realidad, como las capas de pintura cubren el óxido. Las empresas vecinas del parque industrial no sospecharon nada. La de al lado, una fábrica de empaques de cartón, tenía empleados que entraban y salían todos los días por el mismo estacionamiento que usaban los operadores del taller de drones.
Los veían con sus overoles, con sus mochilas, con sus loncheras. Parecían ingenieros de cualquier empresa tecnológica del parque. Jóvenes, limpios, callados. Pensábamos que hacían robots o algo así, dijo el gerente de la fábrica de empaques cuando los reporteros le preguntaron. Nunca escuchamos nada raro.
Nunca vimos nada raro. Son paredes de lámina, se escucha todo y nosotros nunca escuchamos nada que no fuera normal. El aislamiento acústico del taller de drones era deliberado. Las paredes interiores estaban forradas con paneles de espuma acústica. El mismo material que se usa en estudios de grabación de música.
El laboratorio de explosivos tenía una puerta doble con cámara de aire entre ambas hojas que funcionaba como trampa de sonido y los motores de los drones cuando se probaban se hacían funcionar dentro de una caja de prueba cerrada que amortiguaba el zumbido. El secto ONG invirtió en insonorización con la misma seriedad con la que invirtió en la fachada digital.
Cada detalle pensado, cada riesgo mitigado, cada posible señal de alarma eliminada antes de que se produjera. La primera nave de unos 400 m² era el taller de ensamblaje propiamente dicho. Estaba dividida en cuatro secciones. La sección uno era el área de fabricación de armazones, mesas de trabajo con herramientas de corte, moldes de fibra de carbono, resina epóxica, lijas, prensas.
Aquí se fabricaban las estructuras de los drones a partir de planchas de fibra de carbono y plástico de ingeniería. Los armazones se cortaban con plantillas, se pegaban con resina, se lijaban y se reforzaban en los puntos de estrés. Cada armazón tomaba entre dos y tres días de trabajo y los operadores producían entre tres y cinco armazones por semana.
Los peritos que inspeccionaron los armazones quedaron impresionados por la calidad de la fabricación. No eran piezas toscas pegadas con cinta, eran estructuras de fibra de carbono con acabados limpios, uniones fuertes y un peso optimizado para maximizar la capacidad de carga del drone. Alguien que entiende de aerodinámica y de materiales compuestos diseñó esos armazones.
alguien con formación en ingeniería, alguien que en otro contexto estaría trabajando en la industria aeroespacial legítima de Querétaro, diseñando componentes para aviones comerciales. La sección dos era el área de electrónica, mesas con soldadores de precisión, multímetros, osciloscopios, componentes electrónicos organizados en cajas con divisiones etiquetadas.
Aquí se armaban los sistemas de control de vuelo, los controladores, los receptores de señal. los módulos GPS, los variadores de velocidad de los motores y las cámaras FPV que transmiten video en tiempo real al operador. Cada dron requería un ensamblaje electrónico de varias horas que incluía soldar componentes microscópicos en placas de circuito, programar los controladores de vuelo con software especializado y calibrar los sensores para un vuelo estable.
Los técnicos de esta sección tenían formación en electrónica o mecatrónica. Varios eran egresados de Universidades Tecnológicas de Querétaro y Estados Vecinos. Uno tenía un título de ingeniero en mecatrónica del Tecnológico de Querétaro. Otro había trabajado como técnico de mantenimiento de drones industriales en una empresa de fumigación agrícola.
Otro era autodidacta, formado con cursos en línea y tutoriales de YouTube, que había construido drones recreativos como hobby antes de ser reclutado por el CJNG. La sección tres era la más escalofriante. El laboratorio de explosivos, un espacio separado del resto del taller por una pared de blog con puerta metálica y un letrero que decía área restringida.
Dentro había una mesa de trabajo con herramientas de precisión, balanzas analíticas y los materiales para fabricar las cargas explosivas que los drones transportaban. Los peritos identificaron explosivo plástico C4, detonadores eléctricos, circuitos de activación por impacto y mecanismos de liberación electromagnética que permitían al operador del drone soltar la carga desde el aire.
El C4 es un explosivo militar, no se fabrica en talleres caseros. Se obtiene de fuentes militares, robado de arsenales, desviado de inventarios o importado del mercado negro internacional de armas. La presencia de C4 en el taller de Querétaro indica que el CJ tiene acceso a explosivos de grado militar, lo cual amplifica enormemente la peligrosidad de sus drones.
Un drone con una carga de 200 g de C4 puede destruir un vehículo blindado. Puede matar a todas las personas dentro de un radio de 15 m. Puede derribar una pared de concreto. Es una bomba voladora con precisión milimétrica. Los peritos encontraron 26 cargas explosivas ya preparadas, listas para ser montadas en los drones.
Cada carga consistía en un cilindro de C4 de aproximadamente 200 g con un detonador eléctrico insertado conectado a un mecanismo de activación por impacto y a un circuito de seguridad que impedía la detonación accidental durante el transporte y el vuelo. El mecanismo se armaba en el aire. Cuando el operador estaba listo para soltar la carga, activaba el circuito de armado por radio y a partir de ese momento la carga detonaba al impactar contra cualquier superficie sólida.
Es una munición aire tierra guiada por control remoto. Es lo que en el mundo militar se llama una munición merodeadora, un arma que vuela, busca su objetivo y se lanza contra él. Los ejércitos del mundo gastan millones de dólares en desarrollar este tipo de armas. El CCAT ONG las fabrica en un taller de un parque industrial de Querétaro con componentes que compra en tiendas de electrónica y explosivo que obtiene del mercado negro.
La sección cuatro era el almacén de componentes, estantes metálicos con cajas organizadas por tipo, motores eléctricos de diferentes potencias, hélices de diferentes tamaños, baterías de litio de alta descarga, controladores de vuelo, receptores de radio, cámaras, antenas, cables, conectores. El inventario era enorme, suficiente para ensamblar más de 100 drones adicionales.
El CJNG estaba acumulando componentes para una producción a gran escala que si no hubiera sido interrumpida habría generado cientos de drones de combate en los próximos meses. Los componentes venían de múltiples fuentes, muchos eran de origen chino, comprados por internet a través de plataformas de comercio electrónico como AliExpress y Bangwood, que venden componentes de drones a cualquier persona en el mundo sin preguntas ni verificaciones.
Otros eran de fabricantes especializados en drones industriales comprados a través de la empresa fachada del taller como si fueran para proyectos de automatización. Y algunos, los más sensibles, como los detonadores y ciertos componentes electrónicos de grado militar, tenían un origen que los investigadores todavía están rastreando.
Ahora vamos a la segunda nave industrial porque ahí estaba el centro de entrenamiento de pilotos y el dormitorio donde vivían los 69 operadores. El centro de entrenamiento ocupaba aproximadamente un tercio de la segunda nave. Era un espacio abierto con el techo alto de una nave industrial donde se habían montado dos áreas de práctica.
La primera área era un simulador de vuelo, tres estaciones de simulación con computadoras de alto rendimiento, gafas de realidad virtual y controles de mando que replicaban la experiencia de pilotar un drone FPB. Los pilotos en entrenamiento pasaban horas volando en simuladores antes de tocar un drone real.
Practicaban maniobras evasivas, vuelo a alta velocidad entre obstáculos, aproximación a objetivos y liberación de carga. El software de simulación era comercial del tipo que usan los pilotos de drones de carrera recreativos, pero configurado con escenarios que incluían vehículos militares, edificios y figuras humanas como objetivos.
La segunda área era un campo de pruebas interior, un espacio con redes de seguridad en el techo y las paredes donde los pilotos volaban drones reales sin carga explosiva, practicando las maniobras que habían ensayado en el simulador. Había conos de plástico, aros y objetivos de cartón distribuidos por el espacio que los pilotos tenían que sobrevolar, esquivar o impactar con precisión.
Era un campo de entrenamiento de combate aéreo con drones dentro de una nave industrial, en un parque industrial de Querétaro. Las computadoras del centro de entrenamiento contenían información que los analistas de inteligencia están procesando con urgencia. Había archivos de video, cientos de archivos, videos grabados por las cámaras de los drones durante vuelos de entrenamiento y lo que es más perturbador durante operaciones reales.
Los videos de operaciones reales muestran drones del CJNG volando sobre zonas de conflicto en Jalisco y Michoacán. Se ven carreteras vistas desde arriba, vehículos que se mueven por brechas de la sierra, retenes improvisados del cártel y en algunos videos se ven impactos. Drones que se lanzan en picada contra objetivos en el suelo.
La pantalla se sacude, la imagen se acerca rápidamente al suelo y luego se corta. La grabación termina en el momento del impacto. Esos videos son evidencia de que el SeNG ya ha usado drones bomba en ataques reales. No es una capacidad teórica, no es una amenaza futura, es algo que ya está pasando. Los analistas también encontraron algo que conecta el programa de drones del CJNG con conflictos internacionales manuales.
documentos en español traducidos del inglés y del ucraniano que describen tácticas de uso de drones en combate. Tácticas desarrolladas en la guerra de Ucrania, donde los drones FPB se usan masivamente como armas suicidas contra tanques, vehículos blindados y posiciones de infantería. Alguien en la estructura del CJNG está estudiando los métodos de guerra con drones que se usan en Ucrania y los está adaptando al contexto del narcotráfico mexicano.
Eso es transferencia de conocimiento militar internacional. Las lecciones aprendidas en los campos de batalla de Europa del Este están siendo aplicadas en las sierras de Jalisco y Michoacán. Los videos de drones ucranianos atacando tanques rusos que circulan por Telegram y YouTube están siendo usados como material de entrenamiento por los pilotos del CEJ ANG.
La guerra de Ucrania, a miles de kilómetros de México, está influyendo directamente en la capacidad de combate del narcotráfico mexicano. Es un fenómeno que los expertos en seguridad llaman difusión de innovación militar. Las tácticas que funcionan en un conflicto se propagan a otros conflictos a través de internet, de contactos internacionales y de la simple observación de lo que funciona y lo que no.
El CJNG no necesita enviar gente a Ucrania para aprender, solo necesita internet. Los tutoriales están disponibles, los videos de combate están disponibles, los planos de drones de combate están disponibles. Todo abierto, todo gratis. Todo accesible para quien tenga la voluntad de usarlo. Los instructores del Centro de Entrenamiento eran pilotos experimentados de drones que habían desarrollado sus habilidades en el mundo recreativo y competitivo de las carreras de drones FPB.
Las carreras de drones son un deporte electrónico que ha crecido explosivamente en los últimos años. Pilotos con gafas de realidad virtual compiten volando drones a alta velocidad por circuitos con obstáculos. Es un deporte que desarrolla exactamente las habilidades que el CJNG necesita para sus pilotos de combate. Reflejos rápidos, coordinación mano ojo, capacidad de volar a alta velocidad en espacios reducidos y la frialdad de mantener el control cuando todo pasa a 200 km/h frente a tus ojos.
El CJNG reclutó pilotos de carreras de drones. los contactó a través de comunidades en línea, foros de pilotos, grupos de Facebook y canales de Discord, donde los entusiastas de los drones comparten videos de sus vuelos y discuten sobre equipo y técnicas. Los identificó, los evaluó y a los mejores les hizo una oferta que para un joven de 20 años apasionado por los drones y sin empleo estable irresistible.
Un sueldo de 40,000 pes mensuales por volar drones. Varios de los pilotos detenidos declararon que cuando fueron contactados no les dijeron para qué eran los drones. Les dijeron que era un proyecto de seguridad privada que necesitaba pilotos expertos para operaciones de vigilancia aérea. Cuando llegaron al taller de Querétaro y vieron los explosivos, entendieron para qué los habían contratado. Algunos quisieron irse.
Les dijeron que no podían, que ya sabían demasiado, que irse significaba un riesgo que el CJNG no estaba dispuesto a asumir. Los pilotos se quedaron atrapados por el conocimiento, prisioneros de lo que habían visto. Quiero contarte la historia de uno de los pilotos porque ilustra algo que creo que es fundamental para entender cómo el CJNG construye sus capacidades tecnológicas.
Se llamaba, o al menos así aparece en los registros, Daniel, 23 años, originario de León, Guanajuato. Estudiante de ingeniería mecatrónica que dejó la carrera en sexto semestre porque no podía pagar la inscripción. empezó a volar drones recreativos a los 17 con un drone barato que le regaló un tío. Se enganchó inmediatamente.
Pasaba horas volando en lotes valdíos, grabando videos, mejorando sus habilidades. Empezó a competir en carreras de drones locales, ganó algunas. publicó videos de sus vuelos en YouTube. Tenía un canal con 4,000 suscriptores donde compartía tutoriales de ensamblaje de drones y reseñas de componentes. Un día recibió un mensaje privado en Instagram, alguien que decía representar a una empresa de tecnología aérea que buscaba pilotos con experiencia en drones FPV para un proyecto de seguridad.
Le ofrecieron 40,000 pesos al mes, comida y alojamiento incluidos y la oportunidad de volar los drones más avanzados del país. Daniel aceptó. Lo llevaron a Querétaro. Entró al taller, vio los armazones, los motores, los controladores. Pensó que era legítimo hasta que vio el cuarto de los explosivos y entonces entendió. Quise irme”, declaró durante el interrogatorio.
“Pero un tipo me dijo que si me iba iban a buscarme y que iban a buscar a mi mamá en León. Su madre vive sola en una colonia popular de León. Trabaja en una fábrica de zapatos. Gana 8000 pesos al mes.” Daniel le mandaba dinero de su sueldo del CJNG. Ella pensaba que su hijo trabajaba en una empresa de tecnología en Querétaro. Estaba orgullosa de él.
Daniel tiene 23 años. Va a enfrentar cargos por delincuencia organizada, fabricación de artefactos explosivos y posesión de material explosivo de uso exclusivo del ejército. Puede pasar 20 o 30 años en prisión. Y todo empezó con un mensaje de Instagram a un muchacho que volaba drones en lotes Baldíos de León.
La historia de Daniel se repite con variaciones en varios de los pilotos detenidos. Jóvenes con habilidades tecnológicas, sin empleo estable. con presencia en redes sociales donde el CJ los identifica con familias vulnerables que pueden ser usadas como presión. Son el perfil perfecto, talento técnico, necesidad económica y un punto de presión familiar que garantiza la lealtad forzada.
El CJNG está cazando talento en redes sociales. Monitorea comunidades de pilotos de drones, de programadores, de ingenieros electrónicos, de técnicos en sistemas. Busca jóvenes con habilidades específicas y situaciones económicas precarias. Los contacta con ofertas de trabajo que suenan legítimas y cuando los tiene adentro los atrapa con el conocimiento y la amenaza.
Las Universidades Tecnológicas de México deberían estar alertando a sus estudiantes sobre este tipo de reclutamiento. Los foros de drones deberían tener advertencias. Los canales de YouTube de pilotos deberían mencionar el riesgo porque el siguiente Daniel está ahora mismo volando un dron en un lote valdío de alguna Ciudad de México publicando videos en YouTube sin saber que alguien del CJ está mirando su canal y tomando nota de su habilidad.
Esa historia se repite con variaciones en cada caso que cubrimos. El reclutamiento con engaño parcial, la revelación gradual de la verdadera naturaleza del trabajo y la imposibilidad de salir una vez que sabes lo que sabes. El CJNG no recluta diciendo, “Ven a fabricar armas para un cártel”.
Recluta diciendo, “Ven a trabajar en un proyecto de tecnología.” Y para cuando el reclutado se da cuenta de en qué se metió, la puerta de salida ya se cerró. El dormitorio ocupaba la mitad de la segunda nave. catres, literas, lockers metálicos como los de un gimnasio, baños con regaderas conectadas a un boiler de gas, una cocina con estufa industrial, refrigeradores, mesas de comedor, un área de descanso con televisiones, consolas de videojuegos y sillones.
Las consolas de videojuegos me parecen un detalle revelador. Muchos de los operadores eran jóvenes veañeros que cuando no estaban fabricando drones bomba o practicando vuelo en simuladores, jugaban Call of Duty o Fortnite en las pantallas del área de descanso. Jugaban videojuegos de guerra mientras fabricaban armas de guerra reales.
La línea entre lo virtual y lo real en ese dormitorio era invisible. Y hay algo más sobre la relación entre los videojuegos y la capacidad de combate con drones que me parece necesario mencionar. Varios estudios militares realizados por ejércitos de países como Estados Unidos e Israel han demostrado que los operadores de drones más efectivos son personas que crecieron jugando videojuegos.

la coordinación mano ojo, la capacidad de procesar información visual rápidamente, la tolerancia al estrés de una pantalla que se mueve a alta velocidad. Todas esas habilidades se desarrollan jugando videojuegos y se transfieren directamente a la operación de drones de combate. El CJNG no necesita saberlo académicamente, lo sabe intuitivamente.
Los pilotos que recluta son gamers. Son jóvenes que han pasado miles de horas frente a pantallas, manejando personajes virtuales a alta velocidad, tomando decisiones en fracciones de segundo, procesando información visual en movimiento. Y esas miles de horas de entrenamiento involuntario los convierten en pilotos de drones naturales.
La transición del joystick de la Xbox al control de un dron FPB es casi inmediata. Los reflejos están ahí, Jos. La coordinación está ahí. La frialdad de ver una pantalla donde algo explota y seguir jugando está ahí. Es una generación de combatientes formada por la cultura del entretenimiento digital. Y el cejo TNG la está explotando con una eficacia que debería preocupar a cualquiera que entienda las implicaciones.
Hay millones de jóvenes mexicanos con las habilidades motoras perfectas para pilotar drones de combate. Lo único que los separa de ser pilotos del CJNG es un mensaje de Instagram y una oferta de 40.000 1000 pesos al mes. 69 personas vivían ahí, no salían del parque industrial. La comida les llegaba en vehículos que entraban por el andén de descarga de la nave.
Los componentes electrónicos llegaban por paquetería. Los explosivos llegaban en vehículos especiales con compartimentos ocultos. Todo entraba, nadie salía. El taller era un mundo cerrado, autosuficiente, donde la producción de armas y el entrenamiento de pilotos se realizaban las 24 horas del día en turnos rotativos.
Quiero ahora hablar de la inteligencia que llevó a La Sedena hasta este taller, porque el mecanismo de detección es diferente a los que hemos visto en otros casos. La pista no vino de un informante, no vino de un accidente, no vino de un paquete extraviado, vino de internet. Los analistas de inteligencia de la Sedena monitorean las redes sociales y las plataformas de comercio electrónico buscando patrones de compra sospechosos.
Un algoritmo diseñado para detectar adquisiciones de componentes de drones en volúmenes inusuales identificó una cuenta de comprador en una plataforma de comercio electrónico que en un periodo de 6 meses había adquirido cantidades de motores, controladores, baterías y hélices que excedían con mucho lo que cualquier usuario recreativo o empresa de drones comerciales compraría.
La cuenta estaba registrada a nombre de la empresa fachada del taller de Querétaro. La dirección de entrega coincidía con el parque industrial. Los montos totales de las compras superaban los 2 millones de pesos en componentes de drones, 2 millones de pesos en motores, baterías y hélices.
Nadie gasta eso en drones recreativos. Nadie gasta eso en un proyecto de automatización industrial que no existe. Esa cantidad de componentes solo tiene sentido si estás produciendo drones en serie. Y producir drones en serie solo tiene sentido si eres una empresa de drones legítima o un cártel que fabrica armas aéreas. Quiero profundizar en el algoritmo de detección porque me parece que es una historia de innovación institucional que merece reconocimiento.
El algoritmo fue desarrollado por un equipo de analistas de la SEDENA que incluía a un ingeniero en sistemas y a un analista de datos, ambos menores de 30 años, que propusieron la idea de monitorear las compras en línea de componentes duale. Componentes que tienen usos legítimos, pero que también pueden ser usados para fabricar armas.
motores de drone, controladores de vuelo, baterías de alta descarga, fibra de carbono, circuitos de detonación electrónica. Cada uno de esos componentes se vende libremente en plataformas de comercio electrónico, pero las cantidades que compra un hobbyista son muy diferentes a las que compra una fábrica de armas. El algoritmo busca patrones de compra que excedan los umbrales normales.
Si alguien compra dos motores de dron, es un hobbyista. Si compra 20, puede ser una empresa de drones comerciales o un equipo de carreras. Si compra 200 en 6 meses y no tiene registro como fabricante de drones, algo no cuadra. El algoritmo detecta esos no cuadra y genera alertas que los analistas humanos revisan manualmente para determinar si la alerta es legítima o es un falso positivo.
En el caso del taller de Querétaro, la alerta fue clara. La empresa fachada compró cantidades de componentes que solo tenían sentido en un contexto de producción en serie. Y cuando los analistas verificaron que la empresa no tenía registro como fabricante de drones ni contratos con clientes de la industria, la alerta se convirtió en pista de investigación.
Ese tipo de inteligencia digital, el monitoreo de compras en línea como herramienta de detección de actividades criminales es relativamente nuevo en México, pero tiene un potencial enorme porque los cárteles compran casi todo por internet, componentes de drones, precursores químicos, equipo de comunicación, material de blindaje.
Cada compra deja un rastro digital y cada rastro puede ser seguido si alguien tiene las herramientas y la voluntad de hacerlo. La Sedena debería estar escalando este tipo de capacidades. Más algoritmos, más analistas, más monitoreo de plataformas de comercio electrónico, porque el internet es el catálogo de compras del narcotráfico.
Y cada artículo que el CJNG agrega a su carrito de compras en AliExpress es una pista que puede llevar a la siguiente fábrica de drones, al siguiente taller de blindaje, al siguiente laboratorio de drogas. Los analistas verificaron que la empresa fachada no tenía registro como fabricante de drones ni contrato alguno con clientes de drones comerciales.
La conclusión fue obvia. Se activó la investigación de campo, se desplegó vigilancia sobre el parque industrial y cuando la evidencia fue suficiente se autorizó el operativo. Es la primera vez, hasta donde sé, que un algoritmo de monitoreo de comercio electrónico genera una pista que lleva al descubrimiento de una fábrica de armas del narcotráfico.
es inteligencia digital aplicada al combate al crimen y es el tipo de herramienta que debería ser estándar en la estrategia de seguridad de México. Monitorear las compras en línea de componentes que pueden ser usados para fabricar armas, drones, explosivos, vehículos blindados, laboratorios de drogas.
Los cárteles compran sus insumos por internet y cada compra deja un rastro digital que puede ser rastreado si alguien sabe dónde buscar. Ahora quiero hablar de lo que este caso significa para el futuro de la guerra contra el narcotráfico, porque las implicaciones son enormes y aterradoras. Los drones bomba del CJ representan una evolución militar que cambia las reglas del enfrentamiento de una manera que las fuerzas de seguridad mexicanas todavía no están preparadas para enfrentar.
Hasta ahora el CJNG y las fuerzas de seguridad se enfrentaban en el suelo. Balaceras en carreteras, asaltos a casas de seguridad, retenes contra convoyes. Era una guerra terrestre donde la ventaja la tenía quien tuviera más armas, más hombres y más blindaje. Los drones cambian eso. Con drones el CJNG puede atacar desde el aire.
Puede atacar un convoy militar sin que sus combatientes estén cerca. Puede atacar un retén desde arriba donde los soldados no tienen protección. Puede atacar la casa de un rival, la oficina de un fiscal, el vehículo de un comandante. Puede atacar cualquier objetivo que pueda ser alcanzado por un aparato que vuela a 100 km/h, que mide 30 cm y que es prácticamente indetectable por los radares convencionales.
Las fuerzas de seguridad mexicanas no tienen sistemas antidrones desplegados de manera generalizada. No tienen inhibidores de señal que puedan derribar un dron en vuelo. No tienen radares de baja altitud que puedan detectar un objeto del tamaño de una laptop volando a 100 m de altura. No tienen protocolo de defensa contra ataques aéreos con drones.
No tienen entrenamiento para reaccionar cuando un drone aparece sobre sus cabezas zumbando como un mosquito gigante con una carga de C4. Eso tiene que cambiar y tiene que cambiar rápido porque los 43 drones que encontraron en el taller de Querétaro son solo los que no alcanzaron a salir. Los que ya salieron, los que fueron enviados a las zonas de operaciones del CJNG en Jalisco, Guanajuato, Michoacán y Zacatecas están ahí fuera listos para volar, listos para matar y los soldados que van a enfrentarlos no tienen con qué
defenderse. Y aquí hay algo que me preocupa profundamente y que trasciende el ámbito militar, la vulnerabilidad de la población civil ante ataques con drones. Los drones del CJNG están diseñados para atacar objetivos militares, convoyes, retenes, bases rivales. Pero un drone no distingue entre un militar y un civil.
Un drone que se lanza contra un vehículo en una carretera no verifica si los ocupantes son soldados o una familia que va de vacaciones. Un drone que bombardea una posición en un pueblo no selecciona a quién le cae la carga encima. La guerra con drones en zonas donde hay población civil genera un riesgo de daños colaterales que es imposible de eliminar.
En la guerra de Ucrania, los drones han matado a civiles en zonas urbanas. En la guerra de Siria también. En los conflictos de Medio Oriente, los drones se han convertido en armas de terror que las poblaciones civiles temen tanto como los misiles. Y en México, si el programa de drones del CJNG sigue creciendo, vamos a ver los mismos escenarios.
Drones volando sobre pueblos de la sierra, sobre carreteras donde circulan familias, sobre ciudades donde los impactos pueden alcanzar a cualquiera. Los drones del CJNG no necesitan ser usados para ser peligrosos. Su mera existencia genera miedo. Un soldado en un retén que sabe que el CJ ONG tiene drones bomba, va a mirar al cielo cada vez que escuche un zumbido.
Va a estar nervioso, va a estar distraído, va a disparar al aire ante cualquier objeto volador que le parezca sospechoso. Y ese nerviosismo, esa distracción, ese disparo al aire puede tener consecuencias que van más allá del drone mismo. El miedo a los drones es un arma psicológica que el CJNG ya está explotando.
Hay reportes no confirmados de que el cártel ha volado drones de reconocimiento sobre bases militares en Jalisco para enviar el mensaje de que pueden llegar ahí. No drones con explosivos, drones con cámaras que graban las instalaciones militares desde arriba y que luego publican los videos en redes sociales como demostración de capacidad.
Es el equivalente aéreo de una narcomantra. Aquí estamos. Podemos llegar. La próxima vez puede ser diferente. Ese tipo de guerra psicológica es extremadamente efectiva. Un ejército que teme un ataque aéreo se comporta de manera diferente que uno que no lo teme, se dispersa más, se esconde más, se mueve con más cautela, se vuelve defensivo en lugar de ofensivo.
Y eso es exactamente lo que el CNG quiere, que las fuerzas de seguridad estén a la defensiva, mirando al cielo mientras el cártel opera con libertad en el suelo. La Sedena ha anunciado la adquisición de sistemas antidrones, pero el proceso de compra, capacitación y despliegue toma meses o años.
Mientras tanto, el CJNG sigue produciendo drones. Quizás ya abrieron otro taller en otro estado. Quizás los componentes que tenían almacenados ya fueron trasladados a una ubicación alternativa. Quizás los pilotos que no estaban en el taller de Querétaro el día del operativo ya están entrenando a nuevos pilotos en otro lugar.
La carrera entre la capacidad ofensiva del CJNG en drones y la capacidad defensiva de las fuerzas de seguridad es una carrera que en este momento el CJNG está ganando y cada día que pasa, sin que se desplieguen sistemas antidrones en las zonas de conflicto es un día más de ventaja para el cártel. Quiero cerrar con algo que me dijo un analista militar que ha estudiado el programa de drones del CJNG.
Estamos viendo en México lo que vimos en Ucrania y en Siria, la democratización de la guerra aérea. Cualquier grupo con unos miles de dólares puede tener capacidad de ataque aéreo y eso cambia todo, porque la defensa contra ataques aéreos siempre ha sido cara, compleja y exclusiva de los ejércitos nacionales, pero el ataque aéreo con drones baratos es accesible para cualquiera.
Y cuando el ataque es barato y la defensa es cara, el atacante siempre lleva ventaja. Esa frase resume la amenaza. El CJNG puede fabricar un drone bomba por 10 o 15,000 pesos. Un sistema antidrone que pueda detectarlo y derribarlo cuesta millones. La asimetría económica favorece al atacante y mientras esa asimetría exista, los drones del CJNG van a seguir siendo una amenaza que las fuerzas de seguridad no pueden neutralizar de manera efectiva.
A ti que llegaste hasta aquí, gracias. La próxima vez que escuches un zumbido en el cielo y mires hacia arriba y veas un puntito volando, pregúntate qué es. Probablemente es un drone recreativo de alguien que lo está volando para sacar fotos. Probablemente es inofensivo, pero acuérdate del taller de Querétaro. Acuérdate de que en una nave industrial donde las empresas de al lado fabrican piezas de plástico, el CJNG fabricaba drones con explosivos capaces de destruir un vehículo blindado.
Acuérdate de que los pilotos que los vuelan aprendieron en simuladores que parecen videojuegos. Y acuérdate de que en este México hasta el cielo puede ser territorio del narco. Dale like, suscríbete, activa la campanita. Los registros de compra del taller están siendo analizados y las conexiones con proveedores de componentes y de explosivos van a revelar una red de suministro que abarca a varios países.
Cuando esa información salga, va a cambiar la conversación sobre la amenaza de los drones del narcotráfico a nivel internacional. Nos vemos mañana. Cuídate, mira al cielo de vez en cuando y si ves algo que no debería estar volando donde está volando, reporta, porque en este país la diferencia entre un juguete y un arma puede ser del tamaño de un paquete de C4.
Y esa diferencia a 100 m de altura es invisible hasta que es demasiado tarde. Quiero cerrar con una imagen que se me quedó grabada del operativo. Cuando los soldados terminaron de asegurar el taller y sacaron a los 69 detenidos al estacionamiento del parque industrial, el sol ya estaba saliendo. La luz de la mañana entraba por los tragalces de la nave y caía sobre los estantes donde estaban alineados los 43 drones, cada uno en su lugar como productos en exhibición.
Los drones proyectaban sombras pequeñas sobre las mesas de trabajo, sombras que parecían insectos dormidos, arañas de plástico y carbono que esperaban pacientemente la orden de despertar, despegar y matar. Un soldado que custodiaba el interior de la nave. Un cabo de 25 años miraba los drones desde la puerta.
Le pregunté a través de un contacto, ¿qué sintió cuando los vio por primera vez? Su respuesta fue la que más me ha impactado de todas las que he recibido investigando estos casos. Sentí miedo, no de ellos, de que son del tamaño de un juguete, de que mi hijo tiene uno parecido en la casa, de que si los ves volando no sabes si te van a sacar una foto o te van a matar.
Eso fue lo que sentí. Miedo de no poder distinguir. Miedo de no poder distinguir entre un juguete y un arma. Entre un drone recreativo y un drone asesino. Entre lo que vuela para divertir y lo que vuela para destruir. Esa incapacidad de distinguir es la verdadera arma del programa de drones del CJNG. Porque cuando no puedes distinguir, todo se vuelve amenaza.
Cada zumbido en el cielo, cada puntito que se mueve sobre tu cabeza, cada drone que un niño vuela en un parque, todo se convierte en fuente de ansiedad, de sospecha, de miedo. Y un país que vive con miedo de mirar al cielo es un país que ya perdió algo que va a ser muy difícil de recuperar. Los 43 drones del taller de Querétaro fueron decomizados.
Los 69 operadores están detenidos. El C4 está en una bóveda de evidencias. El taller está clausurado. Es un golpe enorme al programa de drones del CJNG. Pero el conocimiento no se decomiza. Los planos no se borran de la memoria de los ingenieros que los diseñaron. Los pilotos que no estaban en Querétaro ese día siguen libres.
Y en algún otro parque industrial de algún otro estado de México, probablemente ahora mismo, alguien está ensamblando el drone número 44. Dale like, suscríbete, activa la campanita. Nos vemos mañana.