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El Asqueroso Secreto que la Hija de Lola Beltrán Calló por 30 Años

Y cuando estallara, ya iba a ser demasiado tarde para ella. Pero hay un dato que tienes que conocer y que se cuenta poco. Antes de Alfredo Leal hubo otro marido, casi nadie habla de él. Su nombre era José Ramón Tirado, también era torero. Lola se casó con él muy joven en sus primeros años de fama. Ese matrimonio se rompió rápido y discretamente.

Francisco Beltrán, el hermano de Lola, lo recordaba como un buen muchacho del barrio de la 16 de septiembre. que jamás habló mal de la cantante, pero Lola tampoco habló de él, lo borró de su biografía pública. Esa fue la primera vez que Lola enterró un capítulo doloroso bajo siete capas de silencio. No sería la última.

Pero hay una pregunta que nadie hizo durante esos 40 años y es la pregunta que va a desordenar todo lo que crees saber sobre esta mujer. Mientras Lola estaba en París, en Moscú, en Madrid, en Nueva York, en La Habana, en Buenos Aires, ¿quién cuidaba de su hija en la Ciudad de México? Esa pregunta tiene respuesta y la respuesta es la primera pieza del horror que te voy a contar.

Lola Beltrán se había casado en 1961 con un hombre llamado Alfredo Leal Curi. Él era torero, le decían el príncipe torero. Era hijo de un general del ejército mexicano y de una mujer de origen libanés. Se conocieron en una fiesta organizada por un hermano de Alfredo en 1954. El flechazo fue inmediato.

Tardaron 7 años en casarse, pero cuando lo hicieron fue por la iglesia y con todos los honores que correspondían a la pareja más comentada del momento. Lo que el público no veía era lo que pasaba dentro de la casa. Lola y Alfredo eran dos personalidades de carácter feroz, dos egos del tamaño de una plaza de toros y los dos bebían. bebían mucho.

Las disputas se volvieron rutina. Las botellas vacías se acumulaban en los rincones de la casa junto a los trajes de luces y los vestidos de gala. De ese matrimonio nació en 1962 una niña. La llamaron María Elena Leal Beltrán, una niña que, según testimonios familiares posteriores, nació seis mesina.

Eso significa que llegó al mundo 6 meses después de la Concepción. Una niña prematura, frágil, traída a una casa que ya estaba al borde del colapso conyugal. Lola intentó tener más hijos. Quería un varón. Se embarazó dos veces más. Las dos veces el embarazo se le malogró. Las dos veces salió del consultorio con las manos vacías y los ojos secos, porque las grandes no lloran en público.

Y al día siguiente subía al avión rumbo a la siguiente gira. Quiero que retengas este detalle porque vas a necesitarlo después. Lola Beltrán quería desesperadamente un hijo varón y esa obsesión, años más tarde le iba a abrir la puerta a una decisión silenciosa que destruiría a su familia para siempre. El matrimonio con Alfredo Leal duró menos de una década.

Se rompió por una infidelidad. Su hermano Francisco Beltrán, el único de los siete hermanos que sobrevivió a Lola, declaró años después que Alfredo le había sido infiel y que Lola lo descubrió. Pero la relación ya estaba podrida desde mucho antes. Dos alcohólicos no construyen una casa, construyen un campo de batalla. Alfredo Leal salió de la vida de Lola y tiempo después se casó con una abogada de origen judío llamada Susana Balk en 1985.

Tuvo un hijo varón con ella en 1987. Lola, en cambio, no volvió a casarse jamás. No volvió a tener una pareja pública conocida durante el resto de sus días. Hay testimonios susurrados de su época. Susurros que las amigas íntimas no se atrevían a confirmar en cámara, pero que tampoco desmentían. Susurros sobre amores que Lola nunca pudo vivir en público.

Criada como había sido por las monjas carmelitas de Sinaloa, esos susurros nunca se confirmaron en vida, pero tampoco se fueron. Acompañaron a Lola hasta su tumba como una sombra que ella se negó a mirar de frente. Lo que sí está confirmado es que después del divorcio, Lola se sumió en lo que sus amigos llamaban una espiral, inseguridades brutales, insomnio crónico y siempre el alcohol al alcance de la mano.

La voz que cantaba para reyes lloraba sola en camerinos. La mujer que llenaba el Olimpia de París se quedaba en el hotel mirando el techo durante horas hasta que llegaba la siguiente función. Y mientras todo eso pasaba dentro de Lola, su hija María Elena crecía. Crecía mayormente sin su madre, porque su madre vivía dentro de un avión.

Crecía bajo el cuidado de una serie de personas que rotaban por la casa de Coyoacán, niñeras, peinadoras, asistentes. Y cuando Lola tenía giras largas bajo el cuidado de la familia extendida, específicamente bajo el cuidado de una tía, la hermana de Lola. Y aquí es donde tienes que prestar mucha atención, porque dentro de esa casa familiar, viviendo bajo ese mismo techo, había alguien más.

Un hombre joven, un primo de María Elena, un sobrino directo de Lola Beltrán. Y ese hombre tenía un acceso a la niña que jamás debió tener. Vamos a llegar al nombre, pero antes tengo que contarte lo que pasó cuando Lola, devastada por su matrimonio fracasado y por los embarazos perdidos, tomó la decisión silenciosa que después la condenaría. Era 1980.

Lola tenía cerca de 50 años. María Elena ya era una adolescente y Lola no había olvidado su deseo de tener un varón. La maternidad se le escapaba como agua entre las manos y ella no era una mujer que aceptara la derrota con facilidad. Su peinadora, una mujer cuyo nombre quedó borrado en los archivos, pero cuya decisión cambió esta historia, le dijo a Lola que conocía a un niño.

Un niño en el Estado de México, un niño sin padres, un niño que necesitaba un hogar. Lola dijo que sí. Ese niño llegó a su vida en circunstancias que nunca quedaron del todo claras. Su nombre era José Quintín Enríquez. Lola lo registró como hijo. Lo registró en un acta levantada en Rosario, Sinaloa, sin pruebas de ADN, sin trámites de adopción complicados, con la sola palabra de la cantante más famosa del país.

Quería tener al varón que la naturaleza le había negado. Pero hay un detalle que vas a tener que recordar más adelante. Lola nunca alcanzó a meter a ese niño dentro de su testamento. Nunca lo hizo. Y esa omisión, ese descuido, esa imposibilidad de último momento, iba a desatar después una guerra entre hermanos que duraría 14 años.

Una guerra en la que se llegó a plantear sacar el cadáver de Lola de su tumba. Quédate con esa fecha. 1980. Ese es el año en que Lola adoptó al niño que jamás pudo proteger en papeles legales. Y es exactamente el mismo año en que su hija biológica, María Elena, ya cargaba dentro un secreto que iba a guardar décadas más. Un secreto que tenía un nombre y un apellido.

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