La ciudad de México fue testigo en el año 2022 de uno de los crímenes más espeluznantes, fríos y calculados de la historia reciente. Un caso que superó cualquier guion de película de terror, no por la presencia de entes paranormales, sino por la crudeza de la maldad humana camuflada en la cotidianidad de un hogar. Hablamos de la desaparición y posterior asesinato de Karen Itzel Rodríguez Barrales, una joven madre de 26 años recién graduada de odontología. Lo que inicialmente se reportó como la misteriosa desaparición de una estudiante que iba de camino a entregar su tesis, rápidamente se desmoronó para revelar una monstruosa conspiración familiar. Su propio esposo, junto a sus suegros, cuñados y sobrinos, actuaron como una jauría implacable para arrebatarle la vida, encubrir el crimen y engañar a las autoridades. Esta es la crónica exhaustiva de una traición imperdonable, del instinto inquebrantable de una madre que se negó a creer las mentiras de su yerno, y de un niño de apenas cuatro años que se convirtió en el testigo silencioso de su propia tragedia.
Para comprender la magnitud de la pérdida, es vital conocer quién era verdaderamente Karen Itzel. Nacida el 9 de octubre de 1995, Karen creció envuelta en el amor protector de sus padres, Javier Rodríguez y Nadia Barrales. Como la hermana mayor de cuatro hermanos y la única mujer en toda su extensa familia paterna y materna, Karen siempre fue el centro de adoración de sus abuelos y tíos. Quienes la conocieron la describen de manera unánime: una muchacha sumamente pacífica, educada, de hablar suave y que rehuía sistemáticamente cualquier tipo de conflicto. Desde su infancia, se destacó por su brillantez académica. Mientras otras niñas jugaban con muñecas, Karen ya le aseguraba a su madre que de mayor sería “dientóloga”, una forma infantil y tierna de referirse a su gran sueño de convertirse en odontóloga.
Ese sueño la llevó a matricularse en el Instituto Politécnico Nacional (IPN). Fue en los pasillos de esta prestigiosa institución donde el destino de Karen se cruzó fatídicamente con el de José Luis Galicia Palomares, un estudiante siete años mayor que ella. Al principio, la relación estuvo lejos de ser un cuento de hadas. Karen le confesaba a su madre la aversión que sentía por José Luis, describiéndolo como un joven perezoso, catalogado por sus propios profesores y compañeros como el “rezagado” del grupo, alguien que llevaba casi una década arrastrando materias sin lograr titularse. Sin embargo, la persistencia de José Luis rindió frutos. Con un acercamiento paulatino, disfrazado de amistad y atenciones calculadas, logró derribar las barreras de la joven estudiante. Del rechazo inicial, Karen pasó al enamoramiento, oficializando un noviazgo a los veinte años de edad. Lo que parecía ser el poder transformador del amor era, en realidad, una relación utilitaria: milagrosamente, las calificaciones de José Luis mejoraron y finalmente logró graduarse. Años más tarde, la cruda verdad saldría a la luz: fue la propia Karen Itzel quien le escribió la tesis con la que él obtuvo su título a los 29 años.
A la mitad de su carrera, a los 21 años, Karen quedó embarazada. Fue entonces cuando José Luis se presentó en la casa de sus suegros para pedir la mano de la joven. En un momento que retrospectivamente resulta escalofriante, el padre de Karen, don Javier, le otorgó su bendición con una condición clara y profética: “Cuídala mucho. Si en algún momento ya no la quieres, devuélvemela”. Una promesa que jamás sería cumplida. La boda civil se llevó a cabo sin celebraciones festivas, ensombrecida por el trágico e inesperado fallecimiento de don Javier un mes antes del enlace, arrebatándole la oportunidad de ver a su hija en el altar y de conocer a su nieto, a quien llamarían Naim.
Tras el matrimonio, comenzaron las primeras señales de alarma, sutiles pero persistentes. Aunque inicialmente vivieron con la señora Nadia, José Luis convenció a Karen de mudarse a la casa de sus padres, argumentando que habría más espacio, una vil mentira que escondía una necesidad patológica de control y un grave caso de dependencia materna. La casa de los Galicia Palomares estaba severamente sobrepoblada. Además de los suegros, habitaban allí los hermanos de José Luis con sus respectivas parejas e hijos. En este hacinamiento asfixiante, Karen se convirtió en el blanco de las hostilidades, particularmente de su suegra, Marta Beatriz, una mujer conflictiva que le restringía el acceso al agua e incluso manifestaba desprecio por el llanto de su propio nieto. Karen, fiel a su naturaleza pacífica, jamás levantaba la voz. Se limitaba a suplicarle a su esposo que se mudaran, pero él siempre postergaba la salida con falsas promesas. Finalmente, tuvieron que habilitar un minúsculo cuarto improvisado en la planta baja para tener algo de privacidad.
A pesar de este entorno tóxico y del machismo imperante en su familia política —donde su suegro criticaba abiertamente que una mujer casada y con un hijo quisiera seguir estudiando—, la señora Nadia se convirtió en el escudo y motor de su hija. Nadia cuidaba del pequeño Naim y financiaba la educación de Karen, exigiéndole que no abandonara sus sueños. Madre e hija compartían un vínculo inquebrantable, comunicándose telefónicamente todos los días durante los traslados de Karen a su trabajo en la alcaldía de Tláhuac, un detalle crucial que el esposo de Karen desconocía por completo y que terminaría siendo su perdición.
El 13 de mayo de 2022, el esfuerzo rindió frutos: Karen Itzel se graduó finalmente como odontóloga. Para celebrar, el miércoles 18 de mayo, la joven invitó a su madre a cenar a la casa de sus suegros. Sin embargo, un imprevisto obligó a la señora Nadia a cancelar. Durante una videollamada ese mismo miércoles, ambas acordaron reprogramar la reunión para el día siguiente, el jueves 19 de mayo, en casa de Nadia. Comerían pizza. José Luis y el niño llegarían por su cuenta, mientras Karen se dirigiría allí directamente tras salir de su trabajo a las tres de la tarde. Tras despedirse con un cálido “te quiero”, la pantalla se apagó. Fue la última vez que Nadia escuchó la voz de su hija.
El jueves 19 de mayo, la tranquilidad se quebró. A las 3:30 de la tarde, Nadia recibió una extraña llamada de un número desconocido; al otro lado de la línea, solo se escuchó el grito seco de una mujer antes de que colgaran. Aunque el tono de voz no parecía el de su hija, la angustia se instaló en su pecho. Los mensajes y llamadas a Karen comenzaron a desviarse directamente al buzón de voz. Media hora después, la fachada de normalidad comenzó a derrumbarse cuando José Luis apareció en casa de Nadia, solo, sin el niño. Con una actitud inquietantemente relajada y evasiva, preguntó si Karen había llegado. Ante el asombro de su suegra, relató una historia plagada de inconsistencias: afirmó que Karen había salido de su casa a las 7:00 de la mañana rumbo al IPN para entregar su tesis. La señora Nadia, sabiendo que su hija ya había egresado y que no tenía ningún trámite pendiente en la universidad, exigió ir a las autoridades de inmediato.
En la comisaría, el comportamiento de José Luis rozaba lo absurdo. Cuando le correspondió describir la vestimenta y características de su esposa para el boletín de búsqueda, describió a una mujer completamente diferente: dijo que llevaba lentes de aumento (Karen no usaba), que era de complexión robusta (Karen era delgada) y que tenía ojos grandes (Karen era de rasgos achinados). Además, aseguró que vestía una blusa negra y un pantalón claro, omitiendo que a esas horas de la madrugada, en la zona boscosa donde vivían, era impensable salir sin un abrigo. Mientras tanto, Nadia, con el corazón en un puño, pasó la madrugada del viernes peinando las instalaciones del IPN, revisando cisternas y bitácoras de entrada, confirmando lo que ya sospechaba: su hija jamás pisó la universidad ese día. Las autoridades de la escuela confirmaron más tarde que ella había finalizado todos sus trámites el 13 de mayo.
La actitud de la familia de José Luis era aún más macabra. Mientras los familiares y amigos de Karen empapelaban la ciudad con boletines de búsqueda, José Luis les prohibió pegar carteles cerca de su domicilio “para evitar problemas”. Cuando la policía acudió a su casa ese mismo viernes para interrogarlo, no respondió las llamadas. Estaba jugando al fútbol en un deportivo a tres cuadras de distancia, actuando como si la madre de su hijo no estuviera desaparecida. Al llegar finalmente, lo hizo a bordo de la camioneta de su padre, escondiendo el vehículo rápidamente en el garaje. Fue en ese momento de espera cuando el destino, o tal vez la intervención divina, jugó sus cartas. Los policías notaron una cámara de seguridad en una esquina, apuntando directamente al domicilio. Cuando el padre de José Luis intentó asegurarles que la cámara no funcionaba, los agentes ya habían incautado la memoria de grabación.
Para el domingo 22 de mayo, la farsa se vino abajo. En la fiscalía, reprodujeron las grabaciones. Las imágenes destrozaron la coartada del esposo: Karen jamás salió a las 7:00 de la mañana. Quienes salieron fueron José Luis, su padre y, más tarde, su madre Marta Beatriz, quien se dirigió a su trabajo como psicóloga de manera totalmente normal. A media mañana, las cámaras captaron a José Luis regresando y lavando compulsivamente la acera y la entrada de su casa con abundante agua. Las autoridades, sorprendidas por el cinismo del hombre, apartaron a la señora Nadia y le revelaron la espantosa verdad: su yerno y su familia estaban directamente involucrados. Le pidieron a la madre mantener la calma y fingir ignorancia mientras ellos preparaban el golpe legal.
Las investigaciones revelaron que el teléfono de José Luis recibía llamadas incesantes de la jefa de Karen, una mujer con la que, se descubriría más tarde, mantenía una relación extramarital. Pero los descubrimientos más desgarradores provinieron de la revisión profunda de los videos y del rastreo del GPS de la camioneta familiar. Las imágenes de la noche del 18 de mayo mostraron a Karen salir en pijama a las 6:50 de la tarde para recibir unas llaves de su jefa en un auto estacionado afuera. Ingresó a la casa para no volver a salir con vida.
Lo que las cámaras captaron en la madrugada del 19 de mayo es un testimonio de la frialdad de un clan criminal operando en perfecta sincronía. A las 10:00 de la noche, las camionetas de la familia salieron del domicilio. El padre, el esposo, el hermano y varios primos se reunieron en caravana, portando palas, y se dirigieron a un terreno baldío en los límites de Xochimilco. Horas más tarde, regresaron a la vivienda. A la medianoche, abrieron el garaje y cargaron un bulto pesado en la parte trasera del vehículo. Se subieron el padre, el hermano, José Luis y dos mujeres de la familia, mientras la suegra, Marta Beatriz, se quedaba barriendo la entrada de la casa para borrar cualquier evidencia. Cámaras de tránsito ubicadas en la carretera grabaron a este siniestro grupo utilizando las linternas de sus teléfonos celulares en la penumbra para sepultar el cuerpo de Karen Itzel.
El miércoles 25 de mayo, con pruebas irrefutables, la fiscalía ejecutó la orden de aprehensión contra José Luis Galicia Palomares. Ese mismo día, se realizó un cateo en el domicilio familiar. Las pruebas de luminol revelaron rastros masivos de sangre limpiada en el baño de la planta alta, el verdadero escenario del crimen. La casa, sin embargo, estaba desierta. Los padres, los hermanos y los primos habían huido como ratas, llevándose consigo al pequeño Naim.
La búsqueda del cuerpo se extendió durante días angustiosos en el terreno baldío, que era vigilado desde lejos por familiares del asesino que hacían labores de “campaneros”. Fue el martes 31 de mayo cuando ocurrió un suceso que trasciende la lógica. La señora Nadia, que acompañaba a los peritos, caminaba por el terreno suplicándole a su hija una señal. En un punto específico, se dobló fuertemente el tobillo. “Búsquenla aquí”, suplicó a los agentes, guiada por un instinto visceral. Aunque la tierra no parecía removida superficialmente, a metro y medio de profundidad hallaron el cuerpo de Karen Itzel. La habían despojado de su pijama y la habían vestido con la ropa que José Luis había descrito cínicamente a las autoridades, en un intento desesperado por sostener su mentira.
El dolor de la pérdida se vio exacerbado por la desesperación de no saber el paradero del pequeño Naim. Afortunadamente, dos meses después, el primero de julio de 2022, la arrogancia y la ignorancia legal de la suegra la traicionaron. Marta Beatriz se presentó ante una institución de la niñez con el niño, creyendo erróneamente que, al tramitar un amparo falso, los abuelos paternos tendrían prioridad sobre la custodia. Inmediatamente fue arrestada por desaparición forzada. Ese mismo día, el pequeño Naim corrió a los brazos de su abuela Nadia, llorando y agradeciéndole por haberlo rescatado.
Lo que Naim relató a través de terapias psicológicas y dibujos infantiles es la radiografía del infierno. El niño fue testigo presencial del asesinato de su madre. Con inocencia rota, contó cómo su tía y su abuela Marta Beatriz comenzaron a golpear salvajemente a Karen en el piso de arriba. Karen, en su desesperación, solo se cubría el rostro y suplicaba llorando: “No dejen que mi hijo vea esto”. En ese instante, subieron José Luis y su padre. El esposo se montó sobre ella y comenzó a asfixiarla con sus propias manos, mientras la abuela gritaba histéricamente: “¡Ya mátala, ya mátala!”. Alexander, un sobrino de la familia, se unió a la masacre propinándole patadas en el suelo, una de ellas en el glúteo derecho, una lesión que fue corroborada milimétricamente en la autopsia oficial.
Las razones detrás de este salvaje feminicidio en manada siguen siendo objeto de especulación y horror. Las investigaciones sacaron a la luz oscuros secretos de los Galicia Palomares. Vecinos aseguraron que años atrás, José Luis había llevado a vivir a otra joven de provincia a esa misma casa. Era conocida la violencia física que ejercía sobre ella, hasta que un día la muchacha desapareció sin dejar rastro, un caso que las autoridades nunca investigaron y que presumiblemente alimentó el delirio de impunidad de la familia. Otra línea de investigación, aún más perturbadora, sugiere que Karen pudo haber descubierto que su propio hijo, Naim, estaba siendo víctima de abusos por parte de su sobrino Alexander. Se cree que la fatídica noche del 18 de mayo, Karen enfrentó a su suegra y a su cuñada con esta aberrante verdad, sellando así su sentencia de muerte ante un clan dispuesto a todo para proteger sus monstruosidades.