Posted in

De M-19 al Palacio de NARIÑO – La historia que CAMBIÓ a COLOMBIA

 Su familia no poseía tierras ni grandes riquezas. Eran de clase media baja, su padre un maestro de escuela y su madre una mujer dedicada al hogar. Sin embargo, en su casa abundaba algo que el dinero no podía comprar, los libros y los valores. Su padre le inculcó desde niño una sensibilidad aguda ante la injusticia que lo rodeaba. En la Colombia de los años 60 y 70, la desigualdad no era una estadística, era el paisaje diario.

 Era ver a los hijos de los campesinos caminar descalzos mientras los hijos de los terratenientes iban a colegios privados. Era saber que el lugar donde nacías determinaba, casi con certeza, el lugar donde morirías. A los 10 años, mientras otros niños jugaban al fútbol, el joven Gustavo se hacía preguntas que incomodaban a los adultos.

 ¿Por qué el trabajo de un campesino valía que el de un oficinista en Bogotá? ¿Por qué la tierra estaba en manos de unos pocos? No encontraba respuestas en la iglesia ni en la escuela, las encontró en los libros. Se sumergió en la historia de las revoluciones, en las biografías de líderes como Jorge Eliezer Gaitán y en las novelas de Gabriel García Márquez que retrataban la cruda realidad de su tierra.

 En su mente adolescente comenzó a gestarse una convicción. El sistema no estaba roto. Estaba diseñado para funcionar así, para perpetuar la desigualdad. Y si el sistema no ibichen a cambiar por las buenas, quizás había que obligarlo. 1977. Bogotá es un herbidero. Gustavo Petro con 17 años es un estudiante brillante y un líder innato.

 Pero Colombia atraviesa uno de sus periodos más oscuros. El gobierno del presidente Alfonso López Mitchelsen responde a las protestas estudiantiles y a las huelgas sindicales con una represión brutal bajo el estado de sitio. Ser joven y tener ideas era peligroso. La voz del pueblo no se escuchaba en el Congreso, se silenciaba a tiros en las calles.

 Para un joven como Gustavo, las opciones eran limitadas y extremas: la indiferencia, la resignación o la acción. Y la acción en esa Colombia a menudo significaba la clandestinidad. Una noche, en una reunión secreta en una modesta casa del barrio Minuto de Dios en Bogotá, la vida de Gustavo cambió para siempre. A través de un amigo conoció a miembros del movimiento 19 de abril, el M19.

No eran los guerrilleros rurales de las FARC o el ELN, eran en su mayoría jóvenes urbanos. estudiantes, intelectuales y artistas, idealistas que habían perdido la fe en la democracia colombiana tras el presunto fraude electoral de 1970 que le robó la presidencia al general Rojas Pinilla. Su lucha era una mezcla de nacionalismo, socialismo democrático y un toque de romanticismo revolucionario.

En esa habitación con poca luz, rodeado de jóvenes que hablaban de patria, justicia y revolución, le hicieron la pregunta que definiría su destino. ¿Estás dispuesto a sacrificar tu vida por un cambio real en Colombia? Gustavo, que llevaba años viendo el sufrimiento de su gente, que había leído sobre revoluciones y que sentía la urgencia de actuar, no dudó.

Estoy dispuesto a vivir por la justicia”, respondió una frase que encapsulaba su filosofía. No se trataba de morir, se trataba de dedicar su vida a una causa. Contrariamente a lo que sus enemigos han afirmado durante años, Gustavo Petro nunca fue un guerrillero de fusil al hombro en la selva. Su inteligencia analítica y su capacidad estratégica fueron reconocidas de inmediato.

 Mientras otros eran entrenados en tácticas de combate, a él le encomendaron tareas políticas y logísticas. Su alias era Aureliano, un homenaje al coronel Aureliano Buendía, de 100 años de soledad. Su campo de batalla no era la montaña, sino la ciudad. Su trabajo consistía en organizar células urbanas. coordinar la propaganda, escribir panfletos y, sobre todo, mantener viva la discusión ideológica dentro del movimiento.

 Era el cerebro el estratega que pensaba no solo en la próxima operación, sino en el modelo de país que querían construir después. Vivió así 8 años, una vida en las sombras, cambiando de identidad, durmiendo cada noche en un lugar diferente, aprendiendo a desconfiar de todos, viviendo bajo la amenaza constante de la captura, la tortura o la muerte.

 Era una vida de renuncias donde el amor por una causa abstracta como la patria reemplazaba la comodidad, la familia y la seguridad personal. Pero en 1985 el mundo clandestino de Aureliano se derrumbó. Una traición, un descuido, una delación. El 19 de noviembre de ese año en el barrio Bolívar de Cipaquirá fue capturado por el ejército.

 El infierno para él apenas comenzaba. La captura de Gustavo Petro marcó el inicio de los 16 meses más oscuros de su vida. Lo que siguió fue un descenso a los infiernos de la represión estatal, una experiencia que habría destrozado a la mayoría, pero que en él obró una transformación inesperada y profunda. No fue solo un periodo de sufrimiento, fue la crisisálida donde el rebelde Aureliano comenzó a morir para dar paso al político Gustavo Petro.

 Fue trasladado a las caballerizas del ejército en Usaquén, un conocido centro de tortura en Bogotá. Allí, durante días fue sometido a interrogatorios brutales. Los métodos eran los tristemente célebres de la guerra sucia. Golpes, simulacros de ahogamiento, privación del sueño, tortura psicológica. Sus interrogadores no buscaban justicia, buscaban información, nombres de sus compañeros, ubicaciones de casas de seguridad, planes de futuras operaciones.

 Cada día era una prueba de resistencia física, cada noche una batalla mental para no quebrarse, para no traicionar a aquellos con quienes había compartido una causa. Me torturaron para que delatara a mis compañeros. recordaría años más tarde, pero en esos momentos, en el límite del dolor, descubrí algo. Aprendí que el dolor físico, por intenso que sea, es pasajero, pero la traición a tus principios, a tu gente, esa es una herida que te acompaña para siempre.

 Se aferró a sus convicciones como un náufrago a una tabla. No habló. Su silencio le costó más golpes, pero salvó su integridad y probablemente la vida de muchos de sus compañeros. Tras el periodo de tortura, fue juzgado por un tribunal militar y condenado por porte ilegal de armas. Fue trasladado a la cárcel modelo de Bogotá, una de las prisiones más acinadas y peligrosas del país. Allí el infierno cambió de forma.

ya no eran los interrogatorios sistemáticos, sino la lucha diaria por la supervivencia en un mundo de violencia, bandas y desesperanza. Pero fue en ese entorno hostil donde Petro comenzó su verdadera transformación. En lugar de dejarse consumir por el odio o la resignación, convirtió su celda en una universidad.

 Consiguió que le llevaran libros, decenas de libros. leyó con una avidez febril todo lo que caía en sus manos: economía, filosofía, historia, sociología. Estudió las obras de Kanes, analizó las políticas del New Deal de Roosevelt, devoró la historia de los procesos de paz en otros países. Fue en la cárcel donde llegó a una conclusión que cambiaría el rumbo de su vida y, en parte el del M19.

Read More