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Edith González: De la Cama del MINISTRO a su Trágico DESTINO (La verdad del Testamento)

Edith González: De la Cama del MINISTRO a su Trágico DESTINO (La verdad del Testamento)

Adiós cuerpo. Muchas gracias por haberme tenido. Esas fueron las últimas palabras que pronunció con plena conciencia. No se las dijo a su hija, no se las dijo a su esposo, no se las dijo al médico que llevaba semanas preparándola para ese momento. Se las dijo a su propio cuerpo, como si el cuerpo fuera un compañero de trabajo al que le habían exigido demasiado durante demasiado tiempo y que nunca se había quejado lo suficiente.

49 años. 49 años frente a una cámara sin un solo día que el sistema le dijera para descansa. Tu cuerpo también tiene derecho. Eso no ocurrió nunca y lo que vas a escuchar hoy no está en Wikipedia ni en ninguna revista de espectáculos. Llegó a este canal porque hay personas que llevan años guardando estas historias y que decidieron que era momento de contarlas.

Hoy vas a descubrir cuatro cosas que la industria del entretenimiento mexicano prefirió enterrar junto con Edit González. Primero, el hombre poderoso que le pidió silencio durante 4 años mientras ella criaba sola a su hija. Y lo que ocurrió cuando ese silencio se rompió en el Senado de la República delante de las cámaras de todo México.

 Segundo, lo que realmente pasó en los estudios de TV Azteca en abril de 2019, semanas antes de su muerte, cuando Edit tuvo que pedir que detuvieran la grabación porque ya no podía más y lo que la producción hizo cuando se enteró. Tercero, lo que encontró la familia cuando revisaron su herencia, porque el testamento tardó 2 años en leerse y porque el hombre que la acompañó hasta el final no heredó un solo peso.

 Y cuarto, las tres personas que Edit dejó atrás y lo que cada una eligió hacer con ese peso. Te aviso cuando lleguemos a cada una. No te vayas antes de la cuarta. La cuarta es la que cambia todo lo que creías saber sobre esta historia. Pero para entender cómo llegamos ahí, necesitas conocer el mundo que construyó a esta mujer.

 Porque esta historia no empieza el día que todo terminó. Empieza en 1970 con una niña de 5 años de la mano de su madre. Es Ciudad de México. Televisa en ese momento no es solo una empresa, es la institución que decide que es real en la cultura popular mexicana. El aparato que construye estrellas, que las usa hasta que no pueden más y que después les pone flores en el féretro y dice que fueron grandes profesionales.

La televisión en esa época llegaba a todos los hogares de México. No había internet, no había plataformas, no había otra pantalla que compitiera. Si Televisa decidía que eras una estrella, lo eras en todos los rincones del país al mismo tiempo. Si Televisa decidía que ya no lo eras, la caída era igual de rápida e igual de pública.

 Y Televisa operaba con esa conciencia de manera sistemática, construyendo carreras con la misma eficiencia con la que las destruía cuando ya no le servían. Ofelia Fuentes es ama de casa. Su esposo Efraín González y García de León trabaja en un banco. No tienen contactos en la industria, no tienen agentes artísticos, no tienen nada que no sea una niña rubia de 5 años con ojos enormes que llama la atención en cualquier habitación donde entra.

 Una amiga le dice algo que le cambia la vida para siempre. Tu hija tiene algo. Llévala a la televisión. Ofelia la lleva al programa siempre en domingo de Raúl Velasco. El programa más visto de México. El escaparate que lanzaba carreras con solo mostrar una cara 2 minutos en pantalla nacional. Van como espectadoras, solo como espectadoras.

Pero ahí entre el público, un productor ve a esa niña y la selecciona para actuar en un sketch con Rafael Valedón y Marta Rot. Dos actores consagrados. Una niña de 5 años. Un foro de televisión en vivo frente a millones de personas. Así de rápido, así de simple. Así empezaban las carreras en la televisión mexicana de los 70.

 Alguien te veía, alguien decidía que servías y al día siguiente te ponían frente a una cámara sin preguntarte si querías estar ahí, sin preguntarte si estabas lista, sin ningún protocolo que protegiera a una niña de la maquinaria que acababa de tragársela. Nadie le preguntó a Edit González Fuentes, nacida el 10 de diciembre de 1964 en Ciudad de México, si ella quería ser actriz. Le dijeron que lo era.

 Y desde ese momento, en ese foro de siempre en domingo, su identidad y su trabajo se convirtieron en la misma cosa, sin separación posible, sin espacio entre lo que ella era y lo que el sistema necesitaba que fuera. Cosa juzgada fue su primera telenovela. tenía 5 años. 5 años. y ya tenía un crédito en pantalla, un nombre en los títulos, una obligación profesional con adultos que dependían de que ella apareciera cuando la llamaban, memorizara el texto, marcara la escena, repitiera todo cuántas veces el director

dijera que era necesario. Después vinieron Lucía Sombra, la maldición de la blonda, el amor tiene cara de mujer, el edificio de enfrente, mi primer amor, los miserables. una telenovela tras otra sin pausa larga entre ellas, porque en ese sistema las pausas eran sinónimo de olvido y el olvido era sinónimo de muerte profesional.

En 1974, con 9 años recién cumplidos, ganó el premio Heraldo como artista de revelación. 9 años y ya tenía un trofeo en casa. 9 años y la industria ya la señalaba como ejemplo de lo que es posible cuando una persona se entrega completamente sin cuestionarse si una niña de 9 años debería tener también tiempo de ser niña, sin preguntarse qué pasaba con su infancia fuera de los focos, sin detenerse a considerar que el nivel de entrega que le exigían no era normal en ningún contexto que no fuera el de una industria que necesitaba extraer el

máximo de sus activos lo más rápido posible. Guarda ese dato. 5 años cuando empezó, porque ese número va a regresar al final de esta historia y cuando regrese va a significar algo completamente diferente a lo que significa ahora. Entrar a Televisa en esos años no era entrar a una empresa normal, era entrar a un sistema de propiedad.

Los contratos de exclusividad eran candados que se cerraban por fuera y cuya llave solo tenía la empresa. Si firmabas, no podías trabajar en ningún otro lugar sin permiso expreso. No podías hacer cine independiente si ellos no lo autorizaban. No podías hacer teatro en foros que no fueran los suyos.

 Y si intentabas irte, perdías tu nombre artístico, tus contactos, tu agenda de trabajo, cualquier posibilidad de existir en la única industria que conocías. Era la tienda de raya del espectáculo mexicano. Tú generabas los millones con tu imagen, con tu tiempo, con tu cuerpo, con tus horas de ensayo y tus madrugadas en el foro.

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