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Nino Bravo DETUVO el CONCIERTO al ver a un Empresario tratando Mal a un Niño POBRE

Había cantado Puerta de Amor, había cantado mi querida mamá con esa voz que subía hasta los agudos con una naturalidad que dejaba a los músicos boquiaabiertos. Esa voz del tenenor que Frank Sinatra había descrito con una frase que recorría las redacciones de toda España. Si ese valenciano cantara en inglés, nos dejaba a todos sin trabajo.

 Y ahora cantaba Noelia. Y estaba a mitad de la canción, exactamente en ese momento en el que la melodía abre hacia arriba y la voz tiene que sostenerse sobre sí misma sin red cuando sus ojos se desviaron hacia la esquina derecha del salón. y vio algo. Lo que vio en esa esquina, entre las mesas de los empresarios y los políticos y los hombres con relojes de oro en la muñeca izquierda hizo que algo se tensara en su mandíbula, algo pequeño, casi imperceptible.

Pero su guitarrista Pepe Juezas, que llevaba años tocando con él y que conocía cada uno de sus gestos, lo notó de inmediato. La música siguió. Dos compases más, tres. Y entonces Nino bajó el micrófono. La sala de 300 personas se quedó en silencio absoluto. Un silencio tan denso que se podía escuchar el hielo derritiéndose en los vasos. Nadie sabía qué iba a pasar.

Nadie excepto Nino. Y lo que pasó en los siguientes 10 minutos se convirtió en la historia más contada sobre él en toda Venezuela durante décadas. Una historia que los periódicos de Caracas no publicaron. Una historia que los venezolanos que estuvieron allí transmitieron de boca en boca, de generación en generación, como se transmiten las cosas que importan de verdad.

 Esta es esa historia y todavía hay personas en Caracas que no pueden contarla sin que se les quiebre la voz. Para entender lo que ocurrió esa noche en el Club El Hipocampo, hay que entender primero qué era Venezuela en 1971. Venezuela en 1971 era una contradicción enorme y hermosa y dolorosa al mismo tiempo. Era el país del petróleo, del bolívar fuerte, de las avenidas anchas de Caracas con sus edificios modernos y sus autopistas y sus centros comerciales que parecían copiados de Miami.

 Era el país donde los trabajadores ganaban sueldos que les permitían comprar electrodomésticos y llevar a sus hijos a la escuela y salir a cenar los sábados. Era un país que se sentía [música] en esos años como el futuro de América Latina, pero también era el país de los cerros. Los cerros de Caracas, donde los ranchos de bloque y zinc y cartón trepaban por las laderas sin orden ni permiso, apiñados unos contra otros como si se agarraran entre ellos para no caerse.

Los cerros donde los niños corrían descalzos por las escaleras de tierra y donde las madres lavaban la ropa en pilas de cemento con agua que llegaba dos días a la semana si había suerte. Los cerros que quedaban a 20 minutos en autobús del centro comercial Chacaito, del club El Hipocampo, de los hombres con relojes de oro y las mujeres con perfume caro.

 Eran dos mundos que existían en la misma ciudad sin mirarse o que se miraban exactamente de la manera equivocada. El hombre que organizó las presentaciones de Nino Bravo en Caracas ese noviembre se llamaba Enrique Solorzano Maduro. Era un empresario del espectáculo de 49 años, dueño de tres salas de eventos en el este de la capital, conocido en el gremio por su capacidad para conseguir contratos con artistas internacionales y por su habilidad para llenar los salones de la gente que gastaba dinero sin mirar el precio. Era un hombre eficiente.

Era también un hombre que había aprendido desde muy joven, [música] que en los negocios del entretenimiento había una regla no escrita, una regla que nadie pronunciaba en voz alta, pero que todo el mundo respetaba. Los espacios de lujo tenían que parecer exclusivos y para parecer exclusivos tenían que mantenerse cerrados a cierto tipo de presencia.

Solórzano había construido su reputación sobre esa regla y esa noche de noviembre la aplicó delante de 300 personas y del cantante más famoso de España. Lo que Nino Bravo vio desde el escenario en la esquina derecha del salón era simple en apariencia, simple y devastador. Un niño de unos 10 u 11 años, moreno, con una camisa celeste demasiado grande, que probablemente era de un hermano mayor, estaba de pie junto a la pared, cerca de la mesa donde Soló Sano cenaba con varios socios.

El niño tenía en la mano una pequeña lata de aluminio y miraba el escenario con una expresión en los ojos que no se puede fabricar. la expresión pura de quien está escuchando algo que nunca había escuchado y que no sabe cómo procesar tanta belleza de golpe. Había entrado probablemente por alguna de las puertas traseras, quizás siguiendo el sonido de la música desde la calle, quizás simplemente curioso como son los niños cuando tienen 10 años y el mundo todavía les parece completamente abierto.

Solorsa no lo vio y llamó al portero del local con un gesto de la mano. El portero era un hombre grande, de hombros anchos, con una chaqueta negra que le apretaba los brazos. Se llamaba, según los que estuvieron allí esa noche, Ramón, un hombre que hacía su trabajo. Un hombre que probablemente no tenía nada personal contra ningún niño de ningún cerro de Caracas, pero que había recibido instrucciones claras y que las cumplía con la eficiencia aprendida.

 de quien sabe que su puesto depende de hacerlo sin preguntar. Ramón se acercó al niño, le dijo algo en voz baja. El niño no se movió de inmediato, seguía mirando el escenario. Seguía mirando a ese hombre con traje oscuro que cantaba cosas que él no terminaba de entender del todo, pero que le llegaban al cuerpo de una manera que tampoco podía explicar.

Ramón repitió lo que le había dicho. Esta vez con menos suavidad. El niño giró la cabeza, miró al portero, luego miró hacia la mesa de Solorzano, donde el empresario ya había vuelto a su conversación sin prestarle más atención, como si el asunto estuviera resuelto. ¿Puedes imaginar lo que ese niño sentía en ese momento? 10 años.

Una camisa prestada, la música más hermosa que había escuchado en su vida sonando a 3 metros de él y una mano empujándolo hacia la puerta. Ramón lo agarró del brazo suavemente, pero lo agarró y empezó a llevarlo hacia la salida. Fue entonces cuando Nino Bravo los vio. No fue una mirada casual, fue la clase de mirada que tiene quien viene de un barrio donde las humillaciones de ese tipo no eran arte, eran la vida cotidiana.

¿Quién ha visto a personas ser tratadas de esa manera y ha guardado esa imagen en algún lugar del cuerpo donde se guardan las cosas que duelen verdad? Nino Bravo había sido Manolito, el chico del barrio de Sagunto en Valencia, el que ayudaba a su madre en la tienda de comestibles, el aprendiz de joyero que fregaba vasos en el bar del aeropuerto para llevar algo a casa.

 Ese chico no había desaparecido. Seguía ahí, detrás del traje oscuro y los focos y los aplausos de 300 personas. La música de Noelia se cortó. No fue un fade suave, no fue un final, fue un corte seco, incompleto, como cuando alguien apaga la radio en mitad de una frase. Los músicos de los super, que llevaban años tocando con él se miraron entre ellos.

 Pepe Juezas bajó la guitarra. El baterista Salvador Pelejero levantó las vaquetas y se quedó quieto con los brazos en el aire esperando una señal que no llegaba. La sala entera se quedó suspendida en ese silencio de algo que se ha roto. 300 personas conteniendo la respiración. Nino Bravo no dijo nada durante varios segundos. Miraba hacia la esquina del salón con esa mandíbula tensa que Pepe Juezas había visto pocas veces, pero que conocía bien.

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