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¿Quién Fue el Último en Ver a Teresa? La Verdad sobre su Hijo

¿Quién Fue el Último en Ver a Teresa? La Verdad sobre su Hijo

Hay una pregunta que los expedientes no responden por sí solos. Los registros de videovigilancia documentan movimientos, los mensajes de WhatsApp documentan palabras, los reactivos forenses documentan sangre, pero ninguno de esos instrumentos responde la pregunta que persiste detrás de cada pieza de evidencia.

 ¿Qué clase de estructura interna permite a un ser humano hacer lo que la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México le atribuye a Fernando Yael? ¿Qué ocurre en la arquitectura psicológica de un joven de 21 años para que una discusión por 2000 pesos y cuatro faltas escolares derive en lo que los peritos encontraron en el baño y la habitación de la calle Grabados 286? y que permite que ese mismo joven en las horas y días posteriores se siente frente a una cámara de televisión y llore. La pregunta no tiene respuesta en

un solo dato, tiene respuesta en la acumulación de comportamientos documentados, en la secuencia de decisiones verificables, en el patrón que emerge cuando las piezas del expediente se leen no como eventos aislados, sino como expresiones de una forma de estar en el mundo. Los peritos criminológicos que han analizado el caso no trabajan con suposiciones, trabajan con conductas.

 Y las conductas de Fernando Yael desde mucho antes del 25 de abril de 2026 forman un patrón que la criminología clínica reconoce con precisión. La dependencia económica de Fernando Yael respecto de su madre no era una circunstancia menor ni reciente, era la estructura sobre la que se construía su vida cotidiana. Teresa Guadalupe Molina Hernández pagaba la mensualidad de la escuela bancaria y comercial, pagaba los gastos del hogar, proveía los recursos para la vida social de su hijo.

 Era el eje económico de una unidad familiar que, en términos objetivos, funcionaba con una sola fuente de ingresos y dos personas. Esa estructura en sí misma no es patológica. Millones de familias operan bajo ese esquema. Lo que convierte esa dependencia en un dato psicológicamente relevante es la forma en que Fernando Yael la procesaba.

 El expediente y los testimonios de vecinos documentan que Teresa no era una proveedora pasiva. Era una madre que supervisaba, que cuestionaba, que imponía condiciones. Los vecinos reportaron haber escuchado discusiones frecuentes en el interior del domicilio. En ocasiones anteriores, la policía había sido llamada a la calle Grabados por conflictos verbales entre ambos.

 Eso significa que el conflicto documentado en los mensajes de WhatsApp de la madrugada del 26 de abril no era una anomalía en la relación entre madre e hijo. Era la expresión más reciente y, según los indicios, la más brutal de una dinámica que tenía historia. Para comprender lo que esa historia significa en términos psicológicos, es necesario partir de un concepto que la criminología clínica utiliza para describir ciertos perfiles.

 La herida narcisista, no en el sentido coloquial del término, sino en su acepción técnica. Una persona con rasgos narcisistas de personalidad construye su identidad sobre la base de una imagen de sí misma que requiere ser sostenida por el entorno. Cuando el entorno contradice esa imagen, cuando alguien cercano señala una falla, impone un límite o niega una solicitud, la reacción no es proporcional al evento.

La reacción es proporcional a la amenaza que ese evento representa para la imagen interna. 2000 pesos negados no son 2000 pesos negados. Son una declaración de que el hijo no merece lo que pide. Cuatro faltas reportadas no son cuatro faltas reportadas. Son una exposición pública de una falla que el joven necesitaba mantener oculta.

 Fernando Yael estudiaba publicidad en la escuela bancaria y comercial. La EBC es una institución asociada en el imaginario social mexicano con cierto estatus de clase media alta, con un ambiente donde la presentación personal y la proyección social tienen peso. Ese entorno no es neutral en la construcción psicológica de quien lo habita.

 Un estudiante de esa institución con ese contexto socioeconómico construye parte de su identidad sobre la imagen de competencia y de trayectoria. Las cuatro faltas no eran solo un dato académico, eran una fisura en esa imagen. Y el hecho de que la institución le hubiera notificado a su madre que era quien pagaba y quien sostenía el andamiaje completo de esa vida, convirtió la fisura privada en una exposición doméstica.

 Ese es el contexto en que Fernando Yael llegó a la noche del 25 de abril. No llegó a esa noche desde un estado de calma interrumpido por una discusión súbita. Llegó a esa noche desde una acumulación. La relación con su madre tenía historia de conflictos verificados. El reporte de la EBC representaba una amenaza a su imagen.

 El consumo de cocaína esa noche alteraba químicamente su capacidad de regular la respuesta emocional y el amigo esperando afuera agregaba una presión social en tiempo real. Había algo que Fernando quería hacer, alguien que lo esperaba para hacerlo y su madre era el obstáculo. La criminología describe este patrón como matricidio por hostilidad acumulada con componente instrumental.

El término implica que el agresor haya planeado el crimen con anticipación, implica que el crimen ocurrió en la intersección de una hostilidad que venía creciendo con el tiempo y una motivación inmediata que funcionó como detonante. La hostilidad acumulada proviene de los conflictos documentados, del historial de intervenciones policiales por discusiones, del resentimiento que genera en ciertos perfiles de personalidad el hecho de depender de alguien que al mismo tiempo ejerce autoridad sobre ellos.

El componente instrumental aparece en el momento en que la agresión no solo expresa esa hostilidad, sino que también elimina la fuente del control y abre el acceso a los recursos. Ese segundo componente es el que los investigadores identifican como indicador de cálculo, no de planificación previa al crimen necesariamente, sino de una estructura de pensamiento que incluso en el momento de la violencia o inmediatamente después evalúa consecuencias y posibilidades.

Una persona que actúa en un brote psicótico puro no limpia la escena, no construye una cuartada. no va a dar entrevistas a la televisión. Una persona que actúa desde una combinación de hostilidad desinhibida por sustancias y una personalidad que prioriza la autopreservación, hace exactamente lo que el expediente documenta que Fernando Yael hizo.

 Los 20 minutos de silencio entre la 120 y la 1:40 de la madrugada del 26 de abril son, desde una perspectiva psicológica, el intervalo más denso del caso. En esos 20 minutos ocurrió algo. Los vecinos escucharon quejidos. El amigo afuera no recibió respuesta a tres mensajes. Cuando Fernando Yael retomó la conversación, la retomó con una frase que en cualquier otra circunstancia sería completamente banal.

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