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JAVIER Solís: EXPRIMIDO hasta la MUERTE… La asquerosa INDUSTRIA que dejó HUÉRFANOS a sus hijos

Era el tipo de voz que te hacía entender por qué la gente llora sin saber exactamente por qué. [música] porque te tocaba algo que no tiene nombre, pero que todos reconocemos cuando lo sentimos. Pero detrás de esa voz, detrás de esa sonrisa melancólica que se quedó grabada en miles de portadas de disco y en millones de memorias de personas que hoy son viejos o que ya no están, había una historia mucho más oscura, una historia que la industria prefirió enterrar junto al hombre, porque era más rentable vender al ídolo que explicar cómo [música] lo

consumieron. Y sí uso esa palabra con todo el peso que tiene. [música] Lo consumieron. No de un disparo, no de un veneno con nombre en el frasco. Lo consumieron de trabajo, depresión, de contratos que no contemplaban el cansancio, de una industria que lo trató como un recurso explotable hasta que el recurso se agotó solo.

A las 5:25 de la mañana del 19 de abril de 1966 en la habitación 406 del Hospital Santa Elena de Ciudad de México. Si esta historia te llega, si crees que estas verdades merecen contarse, suscríbete al canal y activa la campanita ahora mismo, porque lo que vas a descubrir hoy sobre el rey del bolero va a cambiar completamente [música] la forma en que escuchas su música, la forma en que entiendes por qué sus canciones suenan como suenan.

Una vez que sepas cómo murió realmente y por qué nadie quiso investigar demasiado, sombras y payaso nunca van a sonar igual. Lo que viene no tiene vuelta atrás, tenía 34 años. 34. La edad en la que la mayoría de los artistas apenas están encontrando su voz definitiva, en la que empiezan a entender cómo funciona realmente el negocio en el que están metidos, en la que comienzan a tener el peso suficiente para negociar condiciones mejores.

El hombre que redefinió la música ranchera mexicana y que creó el bolero ranchero como género, ya estaba muerto antes de llegar a esa etapa. Y lo que vino después, el negocio montado sobre su figura, los discos póstumos sacados año tras año, las compilaciones con nombres como los esenciales o lo mejor de las regalías que fluyeron durante décadas mientras su familia se quedaba con las manos vacías peleando por un testamento lleno de firmas cuestionadas.

Es una historia que tampoco te contaron cuando te pusieron a escuchar sombras o payaso por primera vez. Hoy vamos a hablar de todo eso, de quién era Gabriel Siria Levario antes de convertirse en Javier Solís, de lo que la industria le hizo en 10 años que habrían agotado a un buey de carga, de la verdad médica detrás de esa muerte que los mitos convirtieron en cuento poético y conveniente y de cómo, una vez que el corazón del rey dejó de latir, los mismos que lo exprimieron en vida encontraron la forma de seguir exprimiéndolo desde la tumba con una

eficiencia que debería darte vergüenza ajena, pero que si la miras de frente Ente tiene una lógica perfectamente fría que todavía hoy sigue funcionando. Cuatro revelaciones. Cuatro verdades que la historia oficial prefirió dejar en el cajón porque eran incómodas para demasiadas personas con demasiado dinero en juego.

Quédate hasta el final porque esto no lo vas a encontrar contado así en ningún otro lado. Y antes de empezar, quiero que tengas en mente una sola imagen, la de un hombre que en alguna entrevista, después de 300 canciones grabadas y 30 películas filmadas y premios llenando las paredes de su casa, dijo con total naturalidad, “Yo no he grabado todavía el tema que me inmortalice.

” Guarda esa imagen. Porque esa frase lo explica todo. La trampa que lo atrapó, el sistema que la construyó y el precio que él pagó por no poder salir de ella. Para entender la tragedia de Javier Solís, hay que ir al principio. Y el principio no está en ningún escenario ni en ningún estudio de grabación.

Está en el barrio de Tacubaya, [música] en el oeste de Ciudad de México, en los primeros años de la década de 1930, cuando el país todavía estaba digiriendo las consecuencias de una revolución que cambió las estructuras de poder, pero que no alcanzó a cambiar las vidas cotidianas de los que vivían [música] en los márgenes.

Tacubaya en esa época era uno de esos barrios que las ciudades producen cuando crecen más rápido de lo que pueden absorber a su propia gente. Las casas se apilaban unas sobre otras, como si el espacio fuera un lujo reservado para otras colonias, para otras familias, para otras historias. [música] Las calles angostas, el ruido constante, los niños jugando entre los puestos de los mercados, porque en casa había poco lugar para nada que no fuera sobrevivir.

El agua no siempre llegaba a tiempo. El trabajo que alcanzaba era el que alcanzaba, [música] no el que uno habría elegido si hubiera tenido opciones. Y la dignidad era algo que se administraba con cuidado porque no había de sobra. Ahí nació Gabriel Siria Levario el 4 de septiembre de 1931. primer hijo de Francisco Siria Mora y Juana Levario Plata.

Tres hermanos en total. Una familia que de entrada tenía que pelear para llegar a fin de mes, como la mayoría de las familias de ese barrio, como la mayoría de las familias de esa ciudad en esa época. No había nada extraordinariamente terrible en ese punto de partida si lo comparas con los estándares de lo que era la pobreza urbana mexicana de los años 30.

Había niños que empezaban peor, pero tampoco había nada que sugiriera que de ahí podía salir algo distinto a lo que siempre salía de esas circunstancias. Más trabajo de subsistencia, más invisibilidad, más de lo mismo pasando de una generación a la siguiente. Lo que pasó después con su familia, con su estructura de [música] hogar, con la figura de su padre biológico, es parte de esa historia que el propio Javier nunca quiso contar con todos los detalles.

Las versiones varían según quien las cuente, pero la constante en todas ellas es que Gabriel creció sin una figura paterna estable en el sentido más concreto del término. Lo que sí sabemos con certeza es que la muerte de quien le funcionaba como madre en la práctica llegó [música] cuando él todavía era adolescente y que eso fue el detonador que lo obligó a dejar [música] la escuela y salir a trabajar con lo que tenía, que era básicamente una voluntad de hierro forjada a base de necesidad y nada más.

[música] Entonces, Gabriel Siria Levario hizo lo que hace quien no tiene opciones, cualquier cosa. Trabajó como cargador de canastas en los mercados, donde la jornada empieza antes del amanecer y termina cuando las piernas [música] ya no dan más. Lavó autos en las calles de la ciudad, de esos trabajos que no tienen horario fijo, sino que dependen de cuántos clientes [música] pasan y cuánto dejan.

trabajó en panaderías, donde las manos se cuartean con la mezcla de la harina y el calor constante, y el turno que arranca cuando el resto de la ciudad todavía duerme y tiene que terminar antes de que la gente llegue a comprar el pan. Y finalmente llegó a una carnicería de la colonia Condesa [música] que se llamaba La Providencia, nombre que en retrospectiva tiene una ironía que podría parecer cruel si no fuera tan perfectamente exacta.

Ahí trabajaba de carnicero cuando tenía 167 años. Ahí aprendió lo que es ganarse la vida con las manos, lo que es saber exactamente que hay entre el trabajo y la comida en la mesa, sin abstracciones ni metáforas, ni distancias cómodas. Pero hay algo más en la infancia de Gabriel que pocas veces se menciona cuando se cuenta su historia, probablemente porque no encaja bien con la imagen del ídolo romántico que la industria prefirió construir.

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