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CRÓNICA DE UNA MUERTE POLÍTICA: “MÉXICO NO SE VENDE” Y EL DERRUMBE FINAL DE ALITO MORENO Y EL PRI

Hay frases en la política que, pronunciadas en el momento adecuado, tienen el poder de vaticinar el futuro con una precisión que hiela la sangre. En el año 2019, Francisco Labastida, el hombre que experimentó en carne propia la primera gran derrota del Partido Revolucionario Institucional (PRI) en siete décadas, emitió un diagnóstico frío, calculado y carente de cualquier exageración retórica: “Alito va a matar al PRI”. Hoy, a unos días de que culmine el plazo para el inminente desafuero de Alejandro Moreno Cárdenas, las palabras del excandidato presidencial resuenan no como una simple advertencia, sino como una profecía cumplida.

Estamos siendo testigos de un colapso estructural sin precedentes. El partido que alguna vez ostentó la hegemonía absoluta, que controló cada rincón del poder en México, hoy agoniza. Los números son brutales y no admiten interpretaciones románticas: el PRI ha pasado de captar 9.3 millones de votos a unos raquíticos 5.4 millones en las elecciones de 2024. Esto representa menos del 10% del padrón electoral, una cifra que sitúa a la institución por primera vez en su historia por debajo de los dos dígitos. De tener el control total del mapa, hoy el PRI es un fantasma que apenas gobierna en dos de los 32 estados de la República: Durango y Coahuila. Pero más allá de las estadísticas, lo que verdaderamente escandaliza es la profunda descomposición interna liderada por un dirigente que ha decidido usar a la organización como su rehén personal.

Hibernación: La Estrategia del Silencio Institucional

En medio de esta tragedia política, ha emergido una figura clave que ha sabido leer la situación con una agudeza envidiable: Dulce María Sauri. Con 45 años de militancia en sus espaldas, exgobernadora de Yucatán y expresidenta nacional del PRI durante su crisis más dura en el año 2000, Sauri tomó una decisión que dejó perplejos a muchos. No renunció, no se fugó a otro partido; simplemente anunció que entraba en “hibernación”.

La elección de esta palabra no es casualidad. Sauri, una constructora histórica del partido, envió un mensaje devastador: el PRI sigue existiendo legalmente, pero ella se niega rotundamente a ser cómplice de su destrucción activa. Negó su legitimidad a un liderazgo que considera tóxico y fraudulento. Es un acto de resistencia pasiva de una élite política que ha decidido cruzarse de brazos y dejar que “Alito” se asfixie con su propia cuerda. Más de 250 priistas históricos, incluidos exsenadores y exgobernadores, han firmado un pronunciamiento exigiendo su renuncia, dejando claro que el actual dirigente no tiene el respaldo de quienes cimentaron las bases del partido.

El Fuero como Escudo: Por Qué Alito No Se Va

La pregunta que todo México se hace es: ¿Por qué, ante semejante rechazo, ante encuestas demoledoras y un partido en ruinas, Alejandro Moreno no da un paso al costado? La respuesta no tiene absolutamente nada que ver con el amor a la camiseta tricolor, la lealtad partidista o una visión de Estado. La respuesta se encuentra archivada en la Fiscalía de Campeche.

Sobre los hombros de Alito pesan acusaciones gravísimas: cinco carpetas de investigación por peculado y uso indebido de atribuciones. Se habla del presunto desvío de 83.5 millones de pesos durante su etapa como gobernador de Campeche entre 2015 y 2019. Dos exfuncionarios de su círculo más íntimo ya han sido detenidos y procesados. Lo único que hoy separa a Moreno Cárdenas de enfrentar la justicia penal sin red de protección es el fuero constitucional que le otorga su escaño en el Senado.

Cada día que Alito permanece como presidente del PRI no es un día de construcción política, es un día de impunidad comprada. Está sacrificando la historia y la viabilidad futura de toda una institución a cambio de su propia libertad personal. La hipocresía alcanza niveles estratosféricos cuando analizamos su desempeño legislativo: Alejandro Moreno es el senador con mayor número de faltas injustificadas en la Cámara Alta. Quien jura ser el gran defensor de la democracia y una víctima de persecución política, no se molesta siquiera en presentarse a legislar, utilizando el escaño única y exclusivamente como una barricada legal.

El Pelotón de Fusilamiento del 27 de Marzo

El punto de quiebre definitivo, el evento que sentenció su destino, ocurrió el 27 de marzo de 2026. Con el reloj del desafuero marcando sus últimos segundos y el avance imparable del llamado “Plan B” electoral, Alito Moreno necesitaba oxígeno. Buscó desesperadamente proyectar una imagen de fortaleza convocando a los líderes históricos al Senado. Quería una fotografía de unidad con las mismas personas a las que meses antes había insultado, tildándolos de “cínicos” y amenazando con expulsarlos.

El cálculo le salió terriblemente mal. En lugar de una tregua, se encontró frente a un verdadero pelotón de fusilamiento político. Frente a frente, las leyendas del partido lo ejecutaron públicamente. Labastida le exigió la renuncia frontalmente si verdaderamente le importaba el PRI. Aurelio Nuño tachó sus declaraciones de “falsas e hipócritas”, asegurando que Alito pasará a la historia como “el enterrador del PRI”. Esa reunión no fue un accidente, fue la culminación de una venganza fría, servida por veteranos que supieron esperar el momento de máxima vulnerabilidad de su líder para asestarle un golpe mortal e irreversible.

“México No Se Vende”: El Error Garrafal en Washington

Mientras el partido se caía a pedazos por dentro, Alito cometió el error estratégico más infantil y destructivo de su carrera en el plano externo. En enero de 2026, voló a Washington D.C. para implorar a legisladores estadounidenses que intervinieran en los asuntos internos de México, buscando desesperadamente presión internacional contra la 4T.

La respuesta desde Palacio Nacional no requirió de ejércitos mediáticos ni de campañas sucias. Claudia Sheinbaum, con la frialdad de quien sabe que su enemigo se está equivocando, fulminó cualquier rastro de legitimidad que le quedara a Moreno con una sola frase durante una conferencia de prensa: “México no se vende”.

Esas cuatro palabras conectaron con una de las fibras más sensibles y sagradas del nacionalismo mexicano: la soberanía no es moneda de cambio. Al intentar involucrar a una potencia extranjera, Alito destrozó por completo su propia narrativa. Ya no podía venderse como el valiente opositor perseguido por un gobierno autoritario; a los ojos del país, y de sus propios correligionarios, se convirtió en alguien dispuesto a subastar la soberanía a cambio de salvavidas políticos. Ni siquiera los priistas más reaccionarios se atrevieron a defenderlo después de ese desastre geopolítico. Sheinbaum no tuvo que atacarlo de frente; simplemente dejó que el peso de su propia torpeza lo aplastara.

El Vacío Democrático: Un Futuro Incierto

La inminente caída de Alejandro Moreno y la potencial extinción del PRI como fuerza política relevante dejan una lección contundente sobre la soberbia y la corrupción. Sin embargo, este escenario plantea un desafío profundamente complejo y preocupante para la salud del sistema político mexicano en su conjunto.

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