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El Circo de San Lázaro: Ausentismo, Traiciones y Chapopote en la Noche más Oscura del Congreso Mexicano

En la política mexicana, hay fechas que quedan marcadas no por la grandeza de sus debates, la altura intelectual de sus oradores o la trascendencia de sus leyes, sino por el bochornoso espectáculo que los representantes públicos deciden ofrecer a la nación a la que dicen servir. La maratónica sesión del 8 de abril de 2026 en el Palacio Legislativo de San Lázaro pasará a la historia exactamente por eso. Durante 16 largas y tensas horas, el máximo recinto democrático del Congreso de la Unión se transformó en un espacio donde brilló la ausencia, volaron los insultos más bajos y hasta hubo un surrealista derrame físico de chapopote en el pleno. Lo que debía ser la discusión seria de la reforma constitucional conocida como el “Plan B”, terminó convirtiéndose en lo que diversos analistas y la propia jornada legislativa catalogaron de forma contundente como un vulgar “pleito de cantina”.

Esta no es simplemente la historia de una votación que arrojó 343 votos a favor y 124 en contra; es la radiografía descarnada del estado de descomposición de las principales fuerzas políticas de México. Es el relato de una noche donde cuatro partidos políticos diferentes entraron al juego de poder y, paradójicamente, todos terminaron perdiendo algo fundamental frente a la mirada atónita de los ciudadanos que esperaban respuestas, no lodo.

El “Plan B” y el Detonante del Caos

Para comprender la magnitud de la tragedia cívica de esa noche, es indispensable entender primero qué estaba realmente en juego sobre la mesa. El llamado “Plan B” no era, ni por asomo, una propuesta menor que pudiera tomarse a la ligera. Se trataba de una reforma profunda que modificaba directamente tres artículos de la Constitución Nacional (115, 116 y 134) con el objetivo central de imponer topes y límites estrictos al gasto de los congresos locales, reducir la cantidad de regidores en los ayuntamientos de todo el país y limitar severamente los salarios de los magistrados y consejeros electorales.

El bloque oficialista defendía la medida de forma férrea bajo la eterna bandera de la austeridad republicana, argumentando a los cuatro vientos la necesidad imperiosa de frenar el dispendio burocrático para destinar mayores recursos a los servicios sociales reales. Por su parte, la oposición –conformada por el PRI y el PAN– advertía a gritos que esta reforma era un golpe letal e irreversible al federalismo, diseñado meticulosamente para concentrar aún más el poder en las manos del gobierno federal, todo esto sin contar con un estudio de impacto económico verificable. Movimiento Ciudadano (MC) intentó navegar entre dos aguas y justificó su apoyo a la reforma alegando que era una medida administrativa dolorosa, pero necesaria para detener el despilfarro.

Pero en la práctica de esa noche, ninguno de estos argumentos fue el verdadero protagonista. El debate técnico y sosegado quedó rápidamente sepultado bajo una avalancha de descalificaciones cuando el diputado de Morena, Leonel Godoy, encendió la mecha al dirigirse a la oposición afirmando retadoramente que “no les va a gustar ningún plan, ni el A, ni el B, ni el C, ni el Z”, rematando con un tono popular que rompió de tajo cualquier acuerdo de civilidad previo y desató la furia generalizada de todas las bancadas.

El Congreso Fantasma: Ausentismo y Cinismo Descarado

Quizás la imagen más dolorosa y brutalmente honesta de aquella jornada no fue lo que se gritó ante los micrófonos, sino lo que no se vio: a los propios legisladores. El salón de sesiones de San Lázaro, un recinto imponente y majestuoso diseñado con capacidad para albergar a los 500 diputados del país, operó durante la mayor parte de esas 16 horas con apenas 20 a 30 legisladores presentes en sus lugares.

Mientras se decidía a puerta cerrada el futuro de la gobernanza de más de 2,400 municipios y la estructura financiera de los 32 congresos estatales, el enorme hemiciclo lucía desoladoramente vacío, como un teatro abandonado. Como bien lo expuso la diputada priista Socorro Jasso en un arrebato de profunda honestidad desde la máxima tribuna, había muchísimos más ciudadanos siguiendo la transmisión por internet que representantes populares sentados en sus curules. Resulta profundamente indignante saber que la inmensa mayoría de estos legisladores “fantasmas” seguirán cobrando íntegramente sus generosas dietas mensuales –las cuales rondan los envidiables 80,000 pesos– sin siquiera tomarse la molestia de asistir a votar las leyes que rigen al país. Fue un debate legislativo donde los supuestos representantes, simple y llanamente, decidieron no representar a nadie más que a sus propios intereses.

La Gran Contradicción del PRI: Rogar por Alianzas a Base de Insultos

Si el ausentismo generalizado fue vergonzoso, las intervenciones de los pocos diputados presentes fueron sencillamente calamitosas. El nivel de degradación alcanzó su punto más bajo con la intervención de Carlos Gutiérrez Mancilla, diputado del PRI y hombre señalado como del círculo de máxima confianza del líder nacional Alejandro “Alito” Moreno. Mancilla protagonizó una escena que pasará directo a los anales de la infamia política.

Desde la máxima tribuna de la nación, Mancilla decidió no ofrecer argumentos jurídicos, análisis económicos o propuestas; ofreció fuego cruzado y bilis pura. Llamó a la bancada de Movimiento Ciudadano “circo barato”, “traidores”, “narcopartido satélite” y, en un desplante de agresividad insólita, un “tiradero de desechos tóxicos”. Acusó de manera tajante frente a las cámaras que “MC y Morena son la misma mi*rda”.

Lo verdaderamente irracional e incomprensible de este violento episodio es la profunda e inexplicable contradicción estratégica del PRI. Mientras Mancilla lanzaba lodo y dinamitaba cualquier puente de diálogo con MC, su jefe político, “Alito” Moreno, llevaba semanas suplicando, gestionando y exigiendo públicamente una gran alianza opositora con Movimiento Ciudadano rumbo a las trascendentales elecciones del 2027. La incoherencia es monumental y casi cómica: ¿Cómo pretendes convencer a una fuerza política de unirse a tu histórica coalición si permites que tus propios diputados los califiquen en cadena nacional como un “narcopartido” y “desechos tóxicos”? El PRI demostró esa noche su absoluta incapacidad para hacer política constructiva de altura, saboteando con sus propias manos cualquier esperanza legítima de construir un frente opositor unificado frente al poder avasallador de Morena.

Movimiento Ciudadano: La Fractura que Desnudó a la “Nueva Política”

Movimiento Ciudadano, por su parte, intentó salir airoso pero terminó saliendo de San Lázaro con heridas mucho más profundas y estructurales de las que le provocaron los grotescos insultos priistas. El autoproclamado partido de la “política con sensatez”, la vanguardia fresca y la alternativa verdaderamente independiente cometió un gravísimo error de cálculo que terminó por fracturar todos sus cimientos internos.

Bajo la férrea dirección nacional de Jorge Álvarez Máynez, la bancada federal de MC tomó la arriesgada decisión de votar a favor del “Plan B” en una alianza fáctica con Morena. Aunque Máynez intentó frenéticamente defender esta postura inundando de tecnicismos sobre la austeridad y la responsabilidad administrativa a quien quisiera escucharlo, en la política mexicana la percepción es siempre la realidad. Y la imagen imborrable que quedó grabada a fuego en la mente del electorado fue la de un partido que juraba ser la única oposición real, entregándole mansamente sus votos dorados al oficialismo.

Pero el verdadero terremoto naranja, el cisma absoluto, ocurrió apenas unos días después, el 15 de abril. Los legisladores de Movimiento Ciudadano en el poderoso estado de Jalisco –el indiscutible bastión principal y motor político del partido– convocaron una sesión legislativa de emergencia para votar rotundamente en contra de la misma reforma a nivel local. En un acto de rebeldía política sin precedentes en su historia reciente, los jaliscienses desautorizaron frontalmente a su propio líder nacional, afirmando en público que ellos jamás compartirían la postura servil de Máynez y que tenían “los pantalones bien puestos” para frenar el embate de Morena en su tierra.

Esta no fue una mera y simpática muestra de independencia regional; fue la exposición cruda y pública de una fractura interna letal. MC se mostró ante todo el país como un partido dividido en dos, totalmente incapaz de sostener un discurso coherente a nivel nacional. La narrativa tan celosamente cuidada de ser una opción incorruptible quedó fatalmente manchada por la percepción de oscuros acuerdos bajo la mesa en San Lázaro, dejando a sus simpatizantes en un estado de completa orfandad e incredulidad.

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