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SILVER KING: LA ASQUEROSA VERDAD DETRÁS DE SU MUERTE QUE OCULTARON 6 AÑOS

SILVER KING: LA ASQUEROSA VERDAD DETRÁS DE SU MUERTE QUE OCULTARON 6 AÑOS

El villano enmascarado más conocido de México y ese mismo hombre muerto en el ring. Y aún así le seguían pegando. Sus asquerosos compañeros se reían y aplaudían porque la lucha libre mexicana tiene una regla no escrita, el show no para ni cuando el hombre en el ring ya está muerto. Lo que nadie se atrevió a contar después es que esa noche había alguien que sabía que Silver King iba a morir esa noche.

Lo dejó subir igual y cuando murió lo dejó ahí 6 minutos riéndose mientras le seguían pegando. Quédate hasta el final porque vas a saber quién fue y por qué su nombre jamás apareció en ninguna investigación. Pero antes de llegar hacia esa noche en Londres, hay algo que tienes que entender, porque el hombre que cayó en ese ring no era un principiante, era un campeón mundial, era el hijo de un apellido que pesaba más que su propio cuerpo.

 Para entender por qué terminó muriendo en una función pequeña con una máscara que en su propio país tenía prohibido usar, hay que volver muchos años atrás. Hay que volver a Torreón. Guarda esto en tu mente porque va a regresar al final. Una máscara prohibida en Mexico, Torreón, Coahuila. Tierra de polvo, de calor seco, de hombres que se forjan duros porque el sol no perdona.

 Ahí nació el 9 de enero de 1968, un niño al que sus papás le pusieron César Cuautemoc González Barrón. Su mamá se llamaba Magdalena. Su papá tenía un nombre civil que nadie usaba en el barrio. En el barrio le decían Dr. Wagner y eso lo cambiaba todo. El doctor Wagner original, Manuel González Rivera, era una de las máscaras más respetadas de la lucha libre mexicana.

 No era un luchador cualquiera, era leyenda. La gente lo veía en la televisión los sábados por la tarde y lo veía pasar por la calle el lunes por la mañana y no se atrevía a saludarlo porque parecía un dios disfrazado de vecino. En esa casa de Torreón crecieron cuatro hijos. El primero Óscar, el segundo Juan Manuel, el tercero César y al final una niña, Mayira.

 César era el tercero, el de en medio. Y en una casa donde el padre era leyenda, ser el tercero era una sentencia silenciosa, porque el primero lleva el orgullo del padre, el segundo lleva el oficio, el tercero llega tarde, llega cuando ya todo está repartido, llega cuando el apellido ya tiene dueño. Imagina por un momento que en tu propia familia hubiera un nombre que pesara tanto.

 Imagina que tu papá fuera tan famoso, que tú de niño no fueras tú, fueras el hijo de Y que esa frase te persiguiera en la escuela, en la calle, en la primera novia, en el primer trabajo. Esa fue la infancia de César. Su hermano, Juan Manuel, dos años mayor, agarró el camino primero, empezó a entrenar, empezó a subir a los rings de la región y muy pronto se quedó con la herencia más sagrada de la familia.

La máscara verde con plata, el nombre, la sombra del padre, pero también la luz. Juan Manuel se la llevó, se convirtió en Dr. Wagner Junior y César el tercero se quedó sin nada que cargar. Esa es la primera herida, la que casi nadie cuenta cuando hablan de Silver King, porque la versión bonita dice que César eligió su propio camino.

 La versión real dice que no le quedó otra. El apellido ya tenía heredero. Si quería ser luchador, tenía que inventarse, tenía que ser otro. Y aquí es donde empieza la primera traición silenciosa, la que viene de adentro de la casa. A mediados de los años 80, con apenas 17 años, ese muchacho de Torreón empezó a entrenar en serio.

 No para ser el siguiente Dr. Wagner, para hacer algo que su papá nunca había sido, algo que su hermano no podía ser, algo nuevo. Pero lo nuevo en una familia de leyenda también pesa, porque hagas lo que hagas te van a comparar. César debutó en la Asociación Universal de Lucha Libre, la Ugua, en una época en la que la lucha libre mexicana vivía su segundo gran momento de oro.

 El toreo de cuatro caminos era el templo. Los sábados miles de personas entraban a ese estadio para ver pelear a los grandes. Y entre esos grandes había una nueva generación de máscaras plateadas, doradas, negras, que empezaban a robarse las miradas. César se inventó un personaje, máscara plateada brillante, traje plateado, capa larga.

 Se llamó Silver King, el rey de plata. El nombre tenía sentido. Plata, como el norte. Plata como las minas de Coahuila, plata como el contrario del oro de su padre, porque el oro ya tenía dueño. Pero la plata podía ser suya y al principio funcionó. La gente lo empezó a conocer, los promotores lo empezaron a llamar. Subió en las cartas, agarró peleas más importantes y muy pronto se cruzó con otro nombre joven que también buscaba lugar, un muchacho que se hacía llamar el hijo del santo.

El hijo de la leyenda más grande de la lucha mexicana, el verdadero peso completo de los apellidos. Lo que pasó entre Silver King y el Hijo del Santo en ese ring del toreo fue la escena que marcó la vida de César para siempre y lo que perdió esa noche no lo recuperó jamás. Pero antes de contarte qué pasó en esa pelea, tengo que decirte algo del video de Londres, algo del minuto 14, porque hay un gesto de César justo antes de caer, que no es casualidad.

 Es el mismo gesto que hizo aquella noche del toreo, 30 años antes. Y cuando lo entiendas, vas a entender toda esta historia. La pelea era a máscara contra máscara. Para el que no lo sepa, en la lucha libre mexicana eso es lo más sagrado que existe. La máscara no es un disfraz. La máscara es la identidad, es el nombre. Es la cara que tu mamá no conoce, que tu mujer no conoce, que tus hijos no conocen.

 Perder la máscara es perderlo todo. Es quedarte desnudo delante de miles de personas que llevaban años imaginando quién eras tú. Silver King subió a ese ring con todo, con 3 años de carrera con la confianza de un muchacho que sabía que estaba en su mejor forma y enfrente el hijo del santo, la sangre azul, el apellido más pesado de todos.

 César peleó, peleó duro. La gente del toreo se levantaba en cada caída. El sudor le corría por la máscara plateada. El traje brillaba bajo las luces. Y en algún momento de esa pelea, hubo un instante, uno solo, en el que Silver King se quedó parado. Las piernas no le respondían, las manos le temblaban y se llevó la mano enguantada al pecho.

 Un gesto pequeño, un gesto que nadie miró, como si algo por dentro le hubiera fallado por un segundo. Recuerda ese gesto, mano al pecho. Lo vas a volver a ver. La pelea terminó como termina la mayoría de las peleas de máscara contra apellido. Silver King perdió y cuando el referí contó hasta tres, todo el toreo se vino abajo, porque ahora venía lo más doloroso, la revelación, la máscara que se levanta, la cara que aparece, el nombre civil que se dice por el micrófono delante de miles de personas que no van a olvidar jamás.

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