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El día que Raúl Velasco provocó a María Félix en una fiesta privada — Nadie olvidó lo que pasó

Después el vestido rojo sangre. Largo hasta el suelo, ibsaint Laurent, diseñado exclusivamente para ella después de una cena en París donde el propio IBS le dijo que el rojo era el único color digno de su piel morena. Las joyas eran de Cartier, un collar de rubíes y diamantes que había pertenecido a una duquesa rusa y que María había comprado en una subasta en Ginebra, pagando el doble de su valor solo porque otro comprador la había mirado con arrogancia, como diciendo que una mexicana no podía permitirse algo así.

María podía y lo hizo sin pestañar. Cuando cruzó la puerta principal de la mansión, algo cambió en el aire. Los meseros se enderezaron. Las conversaciones bajaron de volumen. Los hombres la miraron con esa mezcla de deseo y terror que María provocaba en cualquier habitación del mundo. Las mujeres la miraron con envidia, sí, pero también con admiración, porque María Félix no era la enemiga de las mujeres, era su fantasía secreta.

La mujer que todas querían ser cuando nadie las veía. Doña Elena la recibió con un abrazo largo. María, viniste. Pensé que no vendrías y perderme tu fiesta ni muerta. Además, necesitaba un pretexto para estrenar este vestido. Las dos rieron. María miró alrededor. El salón era espectacular. Orquesta en vivo tocando boleros.

Meseros con guantes blancos sirviendo champañed del año. Arreglos florales de rosas blancas en cada mesa. Hermoso, Elena, como siempre. ¿Quién viene? Todo México. Respondió Elena. Y ahí bajó la voz. También viene Raúl Velasco. María no reaccionó, su cara no cambió, pero Elena, que la conocía desde hacía 20 años, vio algo en sus ojos, algo brevísimo, como un relámpago que dura un segundo, pero ilumina todo el cielo.

¿Lo invitaste tú? No, lo invitó Eugenio. Son amigos de negocios. Raúl tiene conexiones en Televisa que nos interesan para la fundación. María tomó una copa de champañe de la bandeja de un mesero que pasaba. Está bien, dijo. No tengo problema con Raúl Velasco. Elena Lamiro. Segura, después de lo que pasó en siempre en domingo, María sonrió.

Eso fue hace dos años. Elena ya pasó. Pero no había pasado. Nada había pasado. María Félix no olvidaba agravios como no olvidaba el nombre de cada persona que alguna vez la había traicionado. Tenía una memoria que funcionaba como un archivero de acero. Todo estaba guardado, clasificado, listo para ser usado cuando el momento lo requiriera.

Y Raúl Velasco estaba en ese archivero en la sección de deudas pendientes. Raúl Velasco llegó a las 10 de la noche, una hora después que María, tenía 46 años, estaba en la cima de su poder televisivo. Siempre en domingo era el programa más visto de Latinoamérica. 40 millones de espectadores cada semana. Su rostro aparecía en revistas, en periódicos, en comerciales.

Empresas le pagaban fortunas por mencionar sus productos al aire. Políticos le rogaban entrevistas. Artistas le suplicaban invitaciones. Raúl Velasco era en la televisión mexicana lo más parecido a un dios que existía. Y como todos los dioses falsos, creía que su poder no tenía límites. Llegó con su esposa Rosalinda, una mujer discreta que había aprendido a vivir en la sombra de su marido sin quejarse.

Raúl vestía un traje azul marino de Hermenildo Segna, Gemelos de Oro, reloj Rolex Sabmerune. Se veía bien, hay que reconocerlo. El dinero y el poder le habían dado una confianza que desde lejos podía confundirse con elegancia, pero de cerca lo mirabas a los ojos, veías algo diferente. Tes Hambra, no hambre de comida, hambre de validación, hambre de que todos en esa sala supieran que él pertenecía ahí, que no era solo un conductor de televisión, que era alguien.

Ese era el problema fundamental de Raúl Velasco. Necesitaba que el mundo le confirmara constantemente que era importante. Y cuando alguien no se lo confirmaba, cuando alguien lo trataba como lo que realmente era un empleado con micrófono, Raúl se volvía peligroso. No peligroso como un león, peligroso como una víbora. Pequeño, venenoso, atacando cuando menos lo esperabas.

Esa noche Raúl estaba particularmente inquieto. La semana anterior había recibido una llamada del presidente de Televisa, Emilio Azcárraga Milmo, el tigre. La llamada había sido corta y brutal. Raúl, tus ratins están bajando. Necesito que hagas algo grande, algo que ponga a todo México a hablar. No me importa qué, pero necesito números.

¿O prefieres que busque a otro conductor? La amenaza era clara. Raúl necesitaba un golpe mediático, algo espectacular, algo que generara conversación nacional. Y cuando entró a la fiesta de los Garzasada y vio a María Félix del otro lado del salón brillando como siempre, siendo el centro de atención como siempre, acaparando miradas como siempre, algo se encendió en su cerebro.

una idea, una idea terrible, estúpida, suida, pero una idea que si funcionaba le daría exactamente lo que necesitaba que todo México hablara de él. Su esposa lo notó. Raúl, no hagas nada, tonto. ¿De qué hablas? Conozco esa cara, Raúl. Es la cara que pones antes de hacer algo de lo que te arrepientes.

No voy a hacer nada, solo voy a ser sociable. Rosalinda no le creyó, pero no podía hacer nada. Llevaba 18 años casada con ese hombre y había aprendido que cuando Raúl tomaba una decisión no había poder humano que lo detuviera, solo poder femenino. Y esa noche ese poder tenía nombre y apellido. Las primeras dos horas de la fiesta transcurrieron sin incidentes.

La orquesta tocaba, la gente bailaba, el champañe fluía como agua. María estaba en la terraza rodeada de un grupo de admiradores que pendían de cada palabra suya. Un empresario regiomontano le preguntó sobre sus años en Europa. Ah, Europa dijo María encendiendo un cigarrillo con un encendedor de oro. Europa fue mi segunda educación.

México me enseñó a ser fuerte. Europa me enseñó a ser elegante, pero ninguno me enseñó a ser valiente. Eso lo aprendí sola. ¿Y cómo se aprende a ser valiente, doña María? Se aprende la primera vez que te rompen el corazón y decides que nunca más vas a darle a nadie ese poder sobre ti.

Se aprende cuando te das cuenta de que el miedo no desaparece, solo aprendes a caminar con él. Un diplomático francés intervino. Madame Félix, en París todavía se habla de usted. El otro día cenaba con un viejo amigo que la conoció en los años 50 y me dijo que usted es la única mujer que ha hecho temblar a un presidente francés. María Rió. No lo hice temblar.

Solo le dije la verdad y eso para un político francés es más aterrador que un terremoto. Todos rieron. María era así, magnética, divertida, sin esfuerzo, inteligente, sin pedantería, seductora sin intentarlo. Cada palabra era una joya pulida por décadas de experiencia con los hombres más poderosos del mundo. Y mientras María brillaba en la terraza, Raúl Velasco la observaba desde el salón principal, copa en mano, con esa mirada que los depredadores tienen antes de atacar. No estaba solo.

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