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JULIO CÉSAR CHÁVEZ JR: COMO VIVE tras 46 noches en PRISIÓN es MUY TRISTE

Aguanta, campeón, aquí adentro el que llora pierde. Esa fue la bienvenida. Al día siguiente, muy temprano, lo sacaron para su audiencia inicial. La directora del penal había pedido por escrito que la audiencia se hiciera por videoconferencia argumentando riesgo de traslado. El juez Enrique Hernández Miranda aceptó.

Entonces Julio César Chávez Junior se sentó frente a una cámara en una sala pequeña con un abogado al lado y escuchó cómo se leían los cargos. Presuntos nexos con la facción de la Chapiza del Cártel de Sinaloa, posible tráfico de armas, munición y explosivos. Cada palabra era un martillo. No levantó la vista en ningún momento.

Se limitaba a sentir cuando su abogado le indicaba. Cuentan que al final de la audiencia, cuando le preguntaron si tenía algo que declarar, tomó aire, abrió la boca y solo alcanzó a decir dos palabras: “Soy inocente”, y la pantalla se apagó. De vuelta en la celda, un guardia le deslizó una bandeja de comida por debajo de la reja, frijoles fríos, una tortilla, un vaso de agua.

La miró durante un rato largo, no comió. Al tercer día algo cambió. Lo llamaron al patio. Era la hora del sol. Salió entre otros seis internos. Es escoltado por dos custodios. Todos caminaron en fila india hasta un espacio rectangular rodeado de malla ciclónica y alambre de púas con una cancha pintada en el piso que ya casi no se distinguía.

Ahí fue donde por primera vez vio las caras de quienes iban a acompañarlo esas 46 noches. Y ahí también fue donde lo reconoció un hombre. Era alto, flaco, con la piel curtida de unos 50 y tantos años, con cicatrices viejas en las cejas y en los pómulos. tenía los brazos tatuados de arriba a abajo.

Caminaba con una ligera cojera. Al ver a Chávez Junior, se detuvo en seco, entornó los ojos y después sonrió con una sonrisa que no tenía nada de amable. Se acercó despacio. Los custodios lo miraron, pero no intervinieron. El hombre se puso frente a él a menos de un metro y le dijo algo que nadie más alcanzó a escuchar.

Solo se vio como el rostro del Junior cambiaba, como la palidez lo invadía, como daba un paso atrás. Después de esa tarde, según quienes estuvieron cerca, Chávez Junior ya no volvió a ser el mismo. Pronto vas a entender qué fue exactamente lo que ese hombre le dijo y por quase dicha a media voz en un patio rodeado de alambre resume en 5 segundos la caída de una dinastía entera del boxeo mexicano.

Para poner en contexto lo que significaba estar ahí en ese patio, hay que recordar quién era Julio César Chávez Junior antes de todo esto. Y no hablamos del boxeador, hablamos del niño. Nació el 16 de febrero de 1986 en Culiacán, Sinaloa, en medio de una familia donde el apellido ya pesaba más que cualquier cuna.

Su padre estaba en la cima del mundo. Millones de mexicanos se detenían los sábados en la noche para verlo pelear. Le decían el gran campeón, el César del boxeo, el ídolo de México. Y el pequeño Julio, con apenas cinco o 6 años ya se trepaba al ring del gimnasio de su papá, se ponía guantes que le llegaban hasta los codos y tiraba golpes al aire imitando a quien consideraba el hombre más grande de todos.

Pero crecer siendo hijo de una leyenda es una bendición envenenada y él lo supo muy pronto. Desde chavo escuchaba las comparaciones. Se parece al papá, pero le falta mucho. No tiene la pegada del viejo, no más vive del apellido. Y esa frase, esa última, se le quedó clavada como un alfiler en el pecho, porque en el fondo, aunque nadie lo dijera en voz alta, él sabía que la gente lo veía pelear no por él mismo, sino por el fantasma de su padre.

Los boletos se vendían por el apellido, las cadenas de televisión lo transmitían por el apellido, los promotores lo firmaban por el apellido y él entre las cuerdas sudaba tratando de demostrar que también tenía algo propio. Al principio lo consiguió o eso pareció, el 4 de junio de 2011 en el Staple Center de Los Ángeles, frente a más de 10,000 almas gritando su nombre, Julio César Chávez Junior venció al invicto alemán Sebastian Vic y se coronó campeón mundial del peso medio del Consejo Mundial de Boxeo. Esa noche levantó el

cinturón con las dos manos, miró hacia el cielo y alguien dice que lloró. Su padre estaba en la primera fila, su madre en la segunda. Todo México lo veía por televisión y por primera vez en su vida pudo decir sin mentir que no había vivido del apellido, que había peleado 12 asaltos, que había sangrado, que había sudado y que el cinturón lo había ganado el mismo.

fue su cima y también el principio del abismo, porque un año después, el 15 de septiembre de 2012, subió al ring a defender el título contra Sergio Maravilla Martínez. Y lo que pasó esa noche fue una de las lecciones más duras que ha dado el boxeo moderno. El argentino lo dominó desde el primer asalto. Le pegó en la cara, en el cuerpo, en los costados.

lo mareó, lo arrinconó, lo convirtió en un muñeco. Durante 11 asaltos, Julio César Chávez Junior fue una sombra en el doceavo cuando ya iba perdiendo por paliza, reaccionó, tiró a Martínez a la lona, lo lastimó de verdad, casi lo saca del combate, pero ya era tarde. Los jueces dieron las tarjetas 117 a 110, 118 a 109, 118 a 109.

perdió el cinturón, perdió el invicto y perdió, según cuentan los que lo conocen, algo mucho más profundo que un título. Unos días después vino el otro golpe, el golpe invisible, dio positivo por marihuana en el antidopín. fue suspendido 9 meses, multado con $30,000 y lo que había sido hasta ahí la historia de un campeón empezó a convertirse a ojos del público en la historia de un muchacho que no quería pagar el precio de su propia gloria.

A partir de entonces, la carrera fue una sucesión de retrocesos, peleas postergadas, pesajes fallidos, promesas rotas, entrenadores que iban y venían, intentos con Freddy Roach, con Robert García, con otros nombres importantes que intentaban rescatarlo y terminaban rindiéndose. enternamientos en clínicas, apariciones públicas con los ojos vidriosos, declaraciones encontradas de su padre, a veces defendiéndolo, a veces reclamándole en televisión nacional y de fondo siempre esa sombra que crecía, las adicciones, la misma sombra que había

rondado a su papá en los años 90, la cocaína que casi acabó con el gran campeón, la misma cocaína que el ídolo reconoció años después en una entrevista desgarradora. donde dijo que ya no veía a un boxeador en el ring, sino tres. Esa herencia invisible, esa maldición de familia le cayó encima a Julio hijo, como le había caído a Julio padre, pero con una diferencia brutal.

El padre había ganado primero y caído después. El hijo empezó a caer antes de terminar de ganar y así, entre recaídas y resurrecciones, llegó al 2025. En el primer semestre de ese año, muchos pensaron que por fin venía la redención. Aceptó pelear contra Jake Paul, el youtuber convertido en boxeador en una bolsa millonaria.

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