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La Luz de las Barrancas: El Puente de Concordia entre dos Mundos en Chihuahua

La Luz de las Barrancas: El Puente de Concordia entre dos Mundos en Chihuahua

Don Carlos: Quédate en este jacal viejo de la sierra, Valentina; el viento frío de Chihuahua calmará tu temperamento caprichoso mientras decido qué hacer con las escrituras que tu padre dejó olvidadas.

Valentina: Tengo mucho miedo de las tormentas de nieve que azotan las Barrancas del Cobre, tío Carlos; no me dejes sola en este acantilado donde los lobos aúllan con desesperación al caer la noche.

Don Carlos: Tu padre está muerto y ahora yo soy el único que dicta las reglas en esta familia; aprende a sobrevivir con lo que encuentres entre estas rocas grises hasta que regrese.

Valentina: (Viendo alejarse el caballo entre el polvo del camino) Madre mía, tú que velas por mí desde el cielo dorado, dale calor a mis manos y no permitas que la soledad destruya mi corazón.

Sewerá: Tus sollozos asustan a las águilas que anidan en las cumbres altas, pequeña niña de los valles; la tristeza gasta el agua que tu cuerpo necesitará para soportar la helada de la madrugada.

Valentina: ¡Por favor, no me lances tus flechas, señor de los cañones! Mi tío Carlos me dijo que los rarámuris eran hombres salvajes que perseguían a los extraños que cruzaban sus fronteras de piedra.

Sewerá: Las palabras de tu pariente están llenas del fango de la mentira; mi nombre es Sewerá, que significa flor de la montaña, y he venido a compartir contigo este trozo de pinole.

Valentina: (Tomando el alimento con sus manos temblorosas) El pinole está muy dulce y ha devuelto la fuerza a mis piernas; gracias por no dejarme morir de frío en este rincón del olvido.

Sewerá: Este jacal perteneció a un anciano que corría por las laderas sin dañar las plantas curativas; te enseñaré a encontrar las raíces dulces y a recolectar el agua limpia del manantial oculto.

Valentina: Quiero aprender a correr por los desfiladeros como lo hace tu gente, Sewerá; ya no quiero volver al pueblo donde mi tío me golpeaba y ocultaba las cartas de mi querido padre.

Sewerá: La sierra de Chihuahua es una maestra severa que premia la humildad y castiga la soberbia; si escuchas el murmullo de los pinos centenarios, comprenderás que los espíritus nunca te dejarán sola.

Valentina: He memorizado las primeras palabras de saludo en la lengua de tus abuelos, Sewerá; mañana quiero ayudarte a recolectar las ramas secas para mantener encendido el fogón de este jacal de madera.

Don Carlos: (Regresando tres lunas después con una mirada llena de desprecio) ¡Qué clase de locura es esta! Una heredera de las minas de plata conviviendo con los nativos de los desfiladeros altos.

Sewerá: Caballero, su presencia ensucia la pureza de este acantilado; usted abandonó a esta pequeña criatura para apoderarse de la riqueza que legalmente le pertenece a ella por la ley del cielo.

Don Carlos: ¡Cállate, indio de las rocas! Cuando los soldados del gobierno se enteren de que estás adoctrinando a mi sobrina, vendrán con sus fusiles a limpiar esta sierra de rebeldes.

Valentina: ¡No permitas que amenace a Sewerá, tío Carlos! Él me dio la comida y el techo que tú me negaste, y todo el pueblo sabrá que falsificaste el testamento de mi difunto padre.

Don Carlos: (Levantando su fusta de montar con una furia descontrolada) Cállate la boca, niña malagradecida; pagarás muy caro este atrevimiento y terminarás encerrada en el sótano de la hacienda del norte.

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