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El Puente entre dos Mundos: La Misión de Paz del Niño Olvidado en la Gran Selva

El Puente entre dos Mundos: La Misión de Paz del Niño Olvidado en la Gran Selva

Doña Sofía: Quédate aquí en las ruinas de la vieja finca cafetalera, Diego; el aire fresco de la selva de Chiapas te ayudará a curar esa actitud rebelde que tanto molesta a tu padre en la casa del pueblo.

Diego: Tengo mucho miedo de la niebla densa que baja de las montañas, madrastra; por favor, no me dejes solo en este lugar abandonado donde los jaguares rugen con fuerza cuando se oculta el sol.

Doña Sofía: Tu padre está convencido de que te encuentras en un internado de la capital aprendiendo modales, así que guarda tus lágrimas y aprende a sobrevivir con lo que encuentres entre estos árboles viejos.

Diego: (Viendo alejarse el carruaje entre los árboles) Madre mía, que estás en los cielos con los ángeles, no permitas que la oscuridad de este bosque devore mi infancia ni que el frío congele mis pocos recuerdos familiares.

Ik: (Apareciendo en silencio entre los helechos gigantes con una manta de lana) Tus lamentos despiertan a los espíritus de la ceiba sagrada, pequeño niño blanco; el miedo consume la energía que tu cuerpo necesitará mañana.

Diego: ¡Por favor, no me hagas daño, señor de la selva! Mi madrastra dice que los hombres de la montaña son cazadores despiadados que no perdonan a los extranjeros que cruzan sus caminos.

Ik: Las palabras de esa mujer están llenas del veneno del prejuicio; mi nombre es Ik, que significa viento en la lengua de mis abuelos, y he venido a ofrecerte un poco de pozol caliente.

Diego: (Tomando la jícara de barro con manos temblorosas) Gracias, señor Ik; el pozol está dulce y ha devuelto el calor a mi pecho después de tantas horas de caminar en la soledad de las ruinas.

Ik: Este lugar perteneció a un hombre bueno que sembraba el café sin dañar la selva; te enseñaré a recolectar los frutos maduros y a encender el fuego frotando las maderas secas del cedro.

Diego: Quiero ser tu ayudante en la montaña, Ik; ya no deseo regresar al pueblo donde mi padre me mira como si fuera un estorbo y donde las mentiras de Sofía controlan toda nuestra casa.

Ik: El bosque nublado exige disciplina y respeto por cada ser vivo, Diego; si escuchas con atención el canto del quetzal, comprenderás que la naturaleza nunca abandona a los corazones puros.

Diego: He aprendido las primeras cinco palabras de agradecimiento en tu lengua, Ik; mañana quiero ayudarte a limpiar el manantial cristalino que abastece a los animales de la cañada alta.

Doña Sofía: (Regresando dos meses después con una cesta pequeña de tortillas duras) ¡Qué significa esta insolencia! Un indio de la sierra conviviendo con el heredero de las tierras cafetaleras más ricas de la región.

Ik: Señora, la codicia ha nublado sus ojos; este niño estaba muriendo de frío mientras usted disfrutaba de las comodidades del pueblo sustentadas con la fortuna de su difunta madre.

Doña Sofía: ¡Cállate, salvaje! Cuando Don Ramiro se entere de que su hijo prefiere la compañía de los idólatras antes que las leyes de la civilización, mandará al ejército a quemar sus chozas.

Diego: ¡No te atrevas a amenazar a Ik, Sofía! Él me dio el alimento y el cariño que tú me negaste, y todo el pueblo sabrá que me abandonaste en este bosque para quedarte con mi herencia.

Doña Sofía: (Levantando un látigo de cuero con furia desencajada) Cállate, muchacho ingrato; pagarás muy caro por esta traición a nuestra familia y terminarás en la calle como la basura que eres.

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