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La herencia maldita de mi suegra que arruinó mi boda frente a toda la ciudad de Sevilla.

La herencia maldita de mi suegra que arruinó mi boda frente a toda la ciudad de Sevilla

Mira, si me hubieran dicho aquel día de mayo, con el azahar todavía perfumando las calles de Santa Cruz y un calor de justicia que ya empezaba a derretir hasta los pensamientos, que mi boda acabaría siendo el hazmerreír de toda la ciudad de Sevilla, desde la Plaza de Armas hasta la última caseta del Real, me hubiera reído en la cara de quien fuera. Pero claro, yo por aquel entonces no conocía el verdadero alcance de la mala uva que puede gastar una suegra con ínfulas de duquesa y el alma más negra que un café solo en la Campana.

Parte 1: El anuncio del desastre y el peso de la tradición

Me llamo Macarena, un nombre muy de aquí, muy nuestro, pero que aquel día me pesaba como si llevara la Giralda a cuestas. Estaba sentada en el salón de mi suegra, Doña Engracia. Solo el nombre ya te da una pista de por dónde van los tiros: Engracia, de gracia tenía lo que yo de monja de clausura. La mujer vive en una de esas casas señoriales de la calle Betis, con sus patios de azulejos trianeros y ese olor a humedad antigua y cera de vela que te penetra en los huesos. Curro, mi prometido —un bendito, el pobre, más bueno que el pan pero con menos sangre en las venas que una estatua de la Alameda—, estaba a mi lado, sudando como un pollo asado y mirándome con cara de «Maca, por favor, no digas nada, aguanta el tirón».

—Macarena, hija —dijo Engracia, dejando la tacita de porcelana de Sèvres sobre la mesa con una delicadeza que me ponía enferma—, sabes que para los de la familia de Curro, las tradiciones no son una opción. Son un mandato. Una herencia que se lleva en la sangre, como el Betis o la Macarena.

Yo apreté los dientes. Llevábamos meses organizando una boda que se suponía que iba a ser «nuestra». Queríamos algo moderno, en una hacienda a las afueras, con un catering que no fuera el típico pescaíto frito de siempre y una orquesta que tocara algo más que «La Barbacoa». Pero Doña Engracia ya se había encargado de que nos casáramos en el Salvador, con un banquete en un hotel que tiene más años que el hilo negro y una lista de invitados que parecía el censo electoral de 1950.

—Por supuesto, doña Engracia —respondí, intentando que mi sonrisa no pareciera un aviso de ataque inminente—. Pero el vestido ya lo tengo encargado. Es un diseño sencillo, de líneas puras…

—¡Líneas puras! —exclamó ella, y juro que por un momento pensé que le daba un parraque—. Macarena, por Dios, que te casas con un De la Vega y Pineda. No puedes ir vestida como si fueras a una fiesta en una azotea de la calle Feria. Necesitas clase. Necesitas solera. Y por eso, he decidido entregarte el tesoro de la familia.

Se levantó con una solemnidad que ya la quisiera para sí el pregonero de la Semana Santa. Se dirigió a un mueble de caoba que debía de pesar tres toneladas y sacó una caja de madera oscura, tallada con ángeles que daban más miedo que otra cosa. Curro se puso rígido a mi lado. Él sabía lo que venía. Yo, en mi bendita ignorancia, pensé que sería una mantilla bonita o quizás unos pendientes de brillantes.

—Esto —dijo Engracia, abriendo la caja con un chirrido que me erizó el vello de los brazos— es el Manto de la Tía Agripina.

Cuando levantó aquella cosa, el salón de repente se llenó de un olor que no era de este mundo. Era una mezcla de naftalina rancia, sudor seco de tres generaciones y algo que solo podía describir como «iglesia cerrada hace un siglo». El objeto en cuestión era un mantón de Manila que, en su día, allá por la Exposición del 29, pudo haber sido una maravilla, pero que ahora parecía el pellejo de un animal mitológico que hubiera muerto de una enfermedad cutánea. Tenía unos bordados de unos pavos reales que, juro por Dios, me miraban con ojos de odio. Los flecos estaban tan enredados que parecían las rastas de un hippie de la Alfalfa.

—Es… es muy… impactante —atiné a decir, mientras Curro me daba un codazo desesperado.

—Impactante no, Macarena. Es historia. La tía Agripina lo llevó el día que se prometió con el Generalísimo en un baile… —empezó ella con su habitual discurso de alcurnia—. Pero lo más importante es que sobre este manto recae una bendición. Ninguna mujer de los De la Vega ha tenido un matrimonio fallido llevándolo.

«Ni ninguno feliz, seguramente», pensé yo, mirando aquel engendro amarillento que parecía tener vida propia. Los pavos reales parecían estar a punto de soltar un graznido.

—Mamá —intervino Curro, con la voz temblorosa—, ¿no crees que es un poco… recargado para el vestido de Macarena? Ella quería algo minimalista.

—¡Minimalista! —Engracia se llevó la mano al pecho—. ¡Qué palabras usáis los jóvenes de hoy! En esta casa no somos minimalistas, Curro. Somos barrocos. Sevilla es barroca. La Catedral es barroca. Y Macarena será barroca el día de su boda, o no habrá boda que valga, porque mi apellido no se va a ver arrastrado por una novia que parece que va en camisón.

Ahí empezó el calvario. No fue solo el manto. Fue la imposición. Pero lo peor estaba por llegar. Engracia me obligó a probármelo allí mismo. Me levanté, sintiendo cómo el calor de Sevilla entraba por el balcón, y en cuanto ella dejó caer aquel peso muerto sobre mis hombros, sentí un escalofrío. El manto pesaba diez kilos. No bromeo. Tenía incorporados unos hilos de oro que más que hilos parecían cables de alta tensión. Los flecos se me engancharon en los pendientes, en el pelo y hasta en un botón de la blusa de Curro cuando intentó ayudarme.

—¡Mirad qué estampa! —gritó Engracia, casi con lágrimas en los ojos (de alegría ella, de desesperación yo)—. ¡Si pareces una virgen de Pedro Roldán!

—Parezco una mesa de camilla que ha cobrado vida, Engracia —dije, aunque lo dije para mis adentros, porque si lo llegaba a soltar en alto, la mujer me deshereda a Curro antes de que pudiéramos decir «si quiero».

Salimos de allí con la caja bajo el brazo. Curro intentaba animarme mientras caminábamos hacia el coche, aparcado cerca de la Plaza de Cuba.

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