La herencia maldita de mi suegra que arruinó mi boda frente a toda la ciudad de Sevilla
Mira, si me hubieran dicho aquel día de mayo, con el azahar todavía perfumando las calles de Santa Cruz y un calor de justicia que ya empezaba a derretir hasta los pensamientos, que mi boda acabaría siendo el hazmerreír de toda la ciudad de Sevilla, desde la Plaza de Armas hasta la última caseta del Real, me hubiera reído en la cara de quien fuera. Pero claro, yo por aquel entonces no conocía el verdadero alcance de la mala uva que puede gastar una suegra con ínfulas de duquesa y el alma más negra que un café solo en la Campana.
Parte 1: El anuncio del desastre y el peso de la tradición
Me llamo Macarena, un nombre muy de aquí, muy nuestro, pero que aquel día me pesaba como si llevara la Giralda a cuestas. Estaba sentada en el salón de mi suegra, Doña Engracia. Solo el nombre ya te da una pista de por dónde van los tiros: Engracia, de gracia tenía lo que yo de monja de clausura. La mujer vive en una de esas casas señoriales de la calle Betis, con sus patios de azulejos trianeros y ese olor a humedad antigua y cera de vela que te penetra en los huesos. Curro, mi prometido —un bendito, el pobre, más bueno que el pan pero con menos sangre en las venas que una estatua de la Alameda—, estaba a mi lado, sudando como un pollo asado y mirándome con cara de «Maca, por favor, no digas nada, aguanta el tirón».
—Macarena, hija —dijo Engracia, dejando la tacita de porcelana de Sèvres sobre la mesa con una delicadeza que me ponía enferma—, sabes que para los de la familia de Curro, las tradiciones no son una opción. Son un mandato. Una herencia que se lleva en la sangre, como el Betis o la Macarena.
Yo apreté los dientes. Llevábamos meses organizando una boda que se suponía que iba a ser «nuestra». Queríamos algo moderno, en una hacienda a las afueras, con un catering que no fuera el típico pescaíto frito de siempre y una orquesta que tocara algo más que «La Barbacoa». Pero Doña Engracia ya se había encargado de que nos casáramos en el Salvador, con un banquete en un hotel que tiene más años que el hilo negro y una lista de invitados que parecía el censo electoral de 1950.
—Por supuesto, doña Engracia —respondí, intentando que mi sonrisa no pareciera un aviso de ataque inminente—. Pero el vestido ya lo tengo encargado. Es un diseño sencillo, de líneas puras…
—¡Líneas puras! —exclamó ella, y juro que por un momento pensé que le daba un parraque—. Macarena, por Dios, que te casas con un De la Vega y Pineda. No puedes ir vestida como si fueras a una fiesta en una azotea de la calle Feria. Necesitas clase. Necesitas solera. Y por eso, he decidido entregarte el tesoro de la familia.
Se levantó con una solemnidad que ya la quisiera para sí el pregonero de la Semana Santa. Se dirigió a un mueble de caoba que debía de pesar tres toneladas y sacó una caja de madera oscura, tallada con ángeles que daban más miedo que otra cosa. Curro se puso rígido a mi lado. Él sabía lo que venía. Yo, en mi bendita ignorancia, pensé que sería una mantilla bonita o quizás unos pendientes de brillantes.
—Esto —dijo Engracia, abriendo la caja con un chirrido que me erizó el vello de los brazos— es el Manto de la Tía Agripina.
Cuando levantó aquella cosa, el salón de repente se llenó de un olor que no era de este mundo. Era una mezcla de naftalina rancia, sudor seco de tres generaciones y algo que solo podía describir como «iglesia cerrada hace un siglo». El objeto en cuestión era un mantón de Manila que, en su día, allá por la Exposición del 29, pudo haber sido una maravilla, pero que ahora parecía el pellejo de un animal mitológico que hubiera muerto de una enfermedad cutánea. Tenía unos bordados de unos pavos reales que, juro por Dios, me miraban con ojos de odio. Los flecos estaban tan enredados que parecían las rastas de un hippie de la Alfalfa.
—Es… es muy… impactante —atiné a decir, mientras Curro me daba un codazo desesperado.
—Impactante no, Macarena. Es historia. La tía Agripina lo llevó el día que se prometió con el Generalísimo en un baile… —empezó ella con su habitual discurso de alcurnia—. Pero lo más importante es que sobre este manto recae una bendición. Ninguna mujer de los De la Vega ha tenido un matrimonio fallido llevándolo.
«Ni ninguno feliz, seguramente», pensé yo, mirando aquel engendro amarillento que parecía tener vida propia. Los pavos reales parecían estar a punto de soltar un graznido.
—Mamá —intervino Curro, con la voz temblorosa—, ¿no crees que es un poco… recargado para el vestido de Macarena? Ella quería algo minimalista.
—¡Minimalista! —Engracia se llevó la mano al pecho—. ¡Qué palabras usáis los jóvenes de hoy! En esta casa no somos minimalistas, Curro. Somos barrocos. Sevilla es barroca. La Catedral es barroca. Y Macarena será barroca el día de su boda, o no habrá boda que valga, porque mi apellido no se va a ver arrastrado por una novia que parece que va en camisón.
Ahí empezó el calvario. No fue solo el manto. Fue la imposición. Pero lo peor estaba por llegar. Engracia me obligó a probármelo allí mismo. Me levanté, sintiendo cómo el calor de Sevilla entraba por el balcón, y en cuanto ella dejó caer aquel peso muerto sobre mis hombros, sentí un escalofrío. El manto pesaba diez kilos. No bromeo. Tenía incorporados unos hilos de oro que más que hilos parecían cables de alta tensión. Los flecos se me engancharon en los pendientes, en el pelo y hasta en un botón de la blusa de Curro cuando intentó ayudarme.
—¡Mirad qué estampa! —gritó Engracia, casi con lágrimas en los ojos (de alegría ella, de desesperación yo)—. ¡Si pareces una virgen de Pedro Roldán!
—Parezco una mesa de camilla que ha cobrado vida, Engracia —dije, aunque lo dije para mis adentros, porque si lo llegaba a soltar en alto, la mujer me deshereda a Curro antes de que pudiéramos decir «si quiero».
Salimos de allí con la caja bajo el brazo. Curro intentaba animarme mientras caminábamos hacia el coche, aparcado cerca de la Plaza de Cuba.
—Venga, Maca, no te pongas así. Si solo es para la entrada a la iglesia. Luego te lo quitas en el convite y ya está. Además, sabes cómo es mi madre… si le decimos que no, es capaz de boicotear las flores o de decirle al cura que no somos buenos cristianos.
—Curro, esa cosa tiene vida propia. ¿Has visto cómo me miraba el pavo real de la izquierda? —le pregunté, medio en serio, medio en broma—. Y el olor, Curro. Huele a tumba. A tumba de alguien que comía mucho ajo.
—Es la solera, mujer. La solera huele así —me soltó el muy cínico, mientras intentaba cerrar el maletero, que por poco no se cierra de lo que abultaba la dichosa caja de la tía Agripina.
Los días siguientes fueron un frenesí de preparativos. Cada vez que iba a la tienda de novias para las pruebas de mi vestido —un modelo precioso, que me había costado un riñón y medio y que ahora iba a ser sepultado por el trapo de la prehistoria—, la modista se echaba las manos a la cabeza.
—¡Hija mía! —me decía Mari Pili, una mujer que llevaba cosiendo volantes desde que se inventó el hilo—. ¿Dónde vas con este cobertor? Si te pones esto encima de la organza, te vas a asfixiar. Y además, que no pega, Macarena. Es como ponerle un marco de oro a un Picasso. No rima.
Pero Engracia aparecía en las pruebas sin avisar. Se presentaba allí con su abanico, dándose aire con una energía que ríete tú de los molinos de viento, y empezaba a dar órdenes. Que si el manto tenía que ir sujeto con unos broches de plata que ella también «tenía el gusto» de prestarme (otros dos kilos de metal), que si los flecos tenían que arrastrar tres metros por el suelo de la iglesia…
—Pero doña Engracia —protestaba Mari Pili—, que la niña se me va a caer de espaldas con tanto peso.
—Las mujeres de mi familia tienen la espalda muy recta, María Pilar —respondía ella con esa voz de pito que me taladraba el cerebro—. Y si tiene que sufrir un poco, que sufra. Que la belleza es sacrificio y un matrimonio en Sevilla, más todavía.
Empecé a tener pesadillas. Soñaba que el manto de la tía Agripina se estiraba por la noche, salía de la caja y me perseguía por la calle Sierpes. En el sueño, los flecos se convertían en tentáculos que me atrapaban mientras la Giralda se reía de mí con la voz de mi suegra. Me despertaba empapada en sudor, con el sonido de las campanas de fondo y una sensación de que algo muy gordo iba a pasar.
Y llegó el día del ensayo. Sevilla estaba a 40 grados a la sombra. El asfalto quemaba las suelas de los zapatos y el aire era tan denso que podías masticarlo. Fuimos al Salvador. Allí estaba el cura, Don Manuel, un hombre que ya estaba de vuelta de todo y que nos miraba con una mezcla de lástima y aburrimiento.
—A ver, hijos míos, vamos a ensayar la entrada —dijo Don Manuel—. Macarena, tú entras del brazo de tu padre. Curro, tú esperas en el altar con tu madre.
Engracia estaba allí, supervisando cada movimiento. Cuando sacamos el manto para el ensayo (porque ella insistió en que tenía que «domar» el tejido), el olor a naftalina inundó la nave central de la iglesia. Un grupo de turistas japoneses que andaba por allí se detuvo en seco, pensando probablemente que estaban ante una reliquia sagrada o un arma biológica.
—¡Póntelo, Macarena! —ordenó Engracia—. Quiero ver cómo fluyen los flecos sobre el mármol.
Me lo puse. En ese momento, un remolino de viento entró por la puerta principal de la iglesia. Fue como si el manto hubiera estado esperando ese momento. Los flecos, que hasta entonces habían estado más o menos tranquilos, empezaron a agitarse como si tuvieran voluntad propia. Se engancharon en un reclinatorio, volcaron un jarrón vacío (gracias a Dios que no tenía agua) y, lo peor de todo, se enredaron en las piernas de mi padre.
—¡Coño, Macarena! —gritó mi padre, que es un hombre de campo, de la Puebla, y no está para estas tonterías de la alta alcurnia sevillana—. ¡Que esto parece una red de pesca! Me vas a hacer caer y nos vamos a matar los dos.
—¡Papá, cuidado! —grité yo, intentando desenredarlo, pero cuanto más me movía, más se apretaban los nudos.
Curro corrió a ayudarnos, pero Engracia lo detuvo en seco con un grito de «¡No toques el tesoro, Curro!». Al final, estuvimos diez minutos para liberar a mi padre. El cura miraba el reloj con desesperación.
—Si el día de la boda va a ser así —dijo Don Manuel, suspirando—, mejor llamad a los bomberos para que estén en la puerta por si hay que cortar los flecos con cizallas.
Engracia, lejos de amilanarse, dijo que aquello era una señal de que el manto «tenía carácter» y que solo necesitaba un poco de plancha y un buen fijador de flecos. Yo miré a Curro. Curro bajó la cabeza. En ese momento supe que la herencia maldita no era solo el manto, sino la incapacidad de mi futuro marido para decirle a su madre que se guardara sus tesoros en el baúl de los recuerdos.
La noche antes de la boda no pegué ojo. Me quedé mirando el techo de mi habitación, escuchando el lejano sonido de una guitarra en algún patio vecino y el traqueteo del coche de caballos que pasaba de vez en cuando. La caja de la tía Agripina estaba a los pies de mi cama. De vez en cuando, me parecía ver cómo la tapa se levantaba unos milímetros. Pensé en quemarla. Pensé en tirarla al Guadalquivir y decir que nos habían robado. Pero sabía que Engracia sería capaz de dragar el río con sus propias manos antes que perder su «legado».
—Mañana será otro día —me dije a mí misma—. Solo son unas horas. Entro, me caso, me quito el trapo y me harto de rebujito.
Qué ilusa. No tenía ni idea de que Sevilla entera estaba a punto de presenciar el espectáculo más dantesco de su historia reciente.
Parte 2: El día del “sí, quiero” y el primer asalto del caos
El despertador sonó a las siete de la mañana, pero yo ya llevaba tres horas despierta repasando mentalmente el orden de los flecos. Sevilla amaneció con ese azul cobalto que solo tiene esta ciudad, un azul que te dice «hoy vas a pasar calor, pero vas a estar divina». O eso creía yo.
A las ocho llegó el peluquero, un chico llamado Fabio que tenía más arte que todas las de la peluquería de mi barrio juntas. Cuando vio el manto de la tía Agripina sobre el sofá, se quedó mudo. Se santiguó, y mira que Fabio es más ateo que un gato de escayola.
—Maca, cariño… —me dijo, acercándose a la prenda con miedo—. ¿Esto qué es? ¿Un disfraz de árbol de Navidad antiguo o una manta de mudanza con pretensiones?
—Es la herencia de mi suegra, Fabio. No preguntes. Solo hazme un recogido que aguante el peso de un camión, porque este bicho va anclado a mi cabeza.
Fabio trabajó durante tres horas. Me puso tantas horquillas que mi cráneo parecía un erizo. Cuando terminó, el recogido era una obra de ingeniería digna de Calatrava. Entonces llegó el momento de poner los broches de plata de Doña Engracia. Eran dos piezas enormes, con forma de dragón o de gárgola, no sabría decirte, que pesaban lo suyo. Cuando los clavó en mi pelo, sentí que las vértebras me hacían «clac».
—Niña, si estornudas, te desnuques —me advirtió Fabio mientras me ponía la laca. Usó tanto bote que si alguien hubiera encendido una cerilla en la habitación, habríamos salido volando hasta Huelva.
Luego vinieron las amigas. Todas mis primas, mis tías, y mi madre, que estaba más nerviosa que yo. Cuando me puse el vestido, estaba preciosa. De verdad. Era un diseño de seda salvaje, con un escote barco que me favorecía un montón. Pero entonces, mi madre trajo la caja.
—Maca, hija… ¿Seguro que quieres ponerte esto? —preguntó mi madre, que siempre ha sido muy sensata—. Huele un poco a… a armario de abuela que no se ha abierto desde la guerra.
—No tengo otra opción, mamá. Engracia ha dicho que si no me lo pongo, se lleva el coro de la hermandad que ha pagado ella. Y yo quiero que suene «Salve Madre» cuando entre.
Entre cuatro personas tuvieron que levantar el manto y colocármelo. En cuanto tocó mi piel, el olor a naftalina se mezcló con mi perfume de Chanel y creó una fragancia nueva que yo llamé «Eau de Catacumba». Los flecos, como si supieran que era su momento estelar, se engancharon inmediatamente en la alfombra.
—¡Cuidado! —gritó mi tía Loli—. ¡Que se trae la alfombra pegada!
Tuvimos que usar unas tijeras de cocina para desenganchar los hilos de la lana de la alfombra. El resultado fue que el manto ahora llevaba de regalo unos cuantos hilos de color rojo de la moqueta de mi casa. Pero daba igual, no había tiempo. El coche de caballos ya estaba en la puerta.
Bajar las escaleras de mi bloque fue una odisea que ni la de Homero. Mi padre iba delante, yo en medio (ocupando todo el ancho del rellano) y Fabio detrás, sujetando el exceso de tela para que no se barriera la mugre de la escalera. Los vecinos salieron a los balcones.
—¡Qué guapa va la Macarena! —gritaba la del tercero—. ¡Pero hija, qué llevas encima, si parece que te has echado la colcha de la cama!
Yo solo saludaba con la mano, tiesa como un palo de escoba, porque si movía el cuello un milímetro, los dragones de plata me perforaban el cráneo.
Subir al coche de caballos fue el primer gran desastre. Aquellos carruajes son bonitos para las fotos, pero para una novia con un manto de diez kilos y flecos infinitos, son una trampa mortal. Mi padre tuvo que empujarme desde abajo, mientras el cochero tiraba de mí desde arriba. Los caballos, que debían de notar la energía negativa de la tía Agripina, empezaron a ponerse nerviosos.
—¡Tranquilo, Lucero! —le decía el cochero al caballo. Pero Lucero no estaba por la labor. El animal empezó a piafar y a moverse, y en uno de esos movimientos, el manto se enganchó en la rueda del coche.
—¡Para, para! —grité yo—. ¡Que me quedo sin herencia y sin cabeza!
Tardamos quince minutos en liberar el manto de la rueda. El resultado: una mancha de grasa negra de carruaje justo en el pavo real del centro.
—No pasa nada, Macarena —me decía mi padre, limpiándose el sudor con un pañuelo—. Con el sol que hace, no se nota. Parece una sombra natural del pájaro.
Llegamos al Salvador. La plaza estaba hasta la bandera. En Sevilla, a la gente le gusta más una boda que a un tonto un lápiz. Había cientos de personas esperando. Los turistas sacaban fotos como locos, pensando que yo era alguna figura importante de la aristocracia.
—¡Mira, mira! —decía una señora con un abanico de la bandera de España—. ¡Qué manto más antiguo! Eso debe de valer una fortuna.
«O una condena a trabajos forzados», pensé yo, mientras intentaba bajar del coche sin caerme de morros frente a media Sevilla.
En la puerta de la iglesia me esperaba Engracia. Iba vestida de madrina, de largo, con una mantilla negra que le quedaba como un guante y una cara de satisfacción que no le cabía en el cuerpo. Cuando vio la mancha de grasa en el manto, se le cambió el color de la cara.
—Macarena… ¿Qué es eso negro? —me susurró, mientras me daba dos besos que parecieron dos puñaladas.
—Es historia, doña Engracia. Grasa de carruaje histórico —le respondí con toda la ironía que pude reunir.
—No te muevas. Ahora mismo lo arreglamos —dijo ella. Sacó de su bolso un frasquito de algo que ella llamaba «agua milagrosa» y empezó a frotar. Lo único que consiguió fue que la mancha se extendiera y que el olor a naftalina se mezclara con olor a amoníaco.
—¡Ya está! —sentenció—. ¡A formar!
Empezó a sonar la marcha nupcial. El órgano del Salvador retumbaba en las paredes. Mi padre me cogió del brazo. Estaba temblando, y no sé si era de la emoción o del miedo a que yo le volviera a hacer la zancadilla con los flecos.
Empezamos a caminar por el pasillo central. La iglesia estaba preciosa, llena de flores blancas y velas. Curro me esperaba en el altar, sudando más que cuando fuimos a por el manto, pero con una sonrisa que me devolvió un poco la paz. Pero entonces, sucedió el primer fenómeno «paranormal».
A mitad de camino, los flecos del manto, que iban barriendo el suelo, empezaron a recoger todo lo que encontraban a su paso. Pétalos de flores, granos de arroz de la boda anterior que no habían barrido bien, y lo peor de todo: el velo de una de las invitadas que estaba sentada en el banco del pasillo.
La invitada en cuestión era la tía abuela de Curro, Doña Virtudes, una señora de ochenta y muchos años que llevaba un velo de encaje sujeto con un alfiler de su difunto marido. Cuando pasé por su lado, un fleco rebelde se enredó en su encaje. Yo seguí caminando, ajena al drama, hasta que oí un grito.
—¡Ay, mi cabeza! ¡Que me lleva esta niña! —gritó Doña Virtudes.
Me detuve en seco. Mi padre también. Me giré y vi a la pobre anciana medio levantada del banco, con el cuello torcido hacia adelante, unida a mí por un hilo de seda y el orgullo de los De la Vega.
—¡Maca, para! —susurró mi padre—. ¡Que te llevas a la vieja!
La escena era de película de Berlanga. Yo tirando hacia adelante, la tía Virtudes tirando hacia atrás, y los invitados intentando no soltar la carcajada. Engracia, desde el altar, nos hacía gestos desesperados para que siguiéramos.
—¡Soltadla! —gritó Fabio desde atrás, apareciendo con sus tijeras de emergencia (que gracias a Dios no había dejado en el coche). De un tajo limpio, cortó el fleco y un trozo del velo de Doña Virtudes.
—¡Mi encaje de Bruselas! —gimió la anciana, volviéndose a sentar de golpe.
Llegué al altar como pude. Curro me cogió las manos. Las tenía heladas.
—Estás… estás interesante, Maca —me dijo, sin saber muy bien qué palabra usar.
—Curro, sácame de aquí —le supliqué bajito.
Don Manuel empezó la ceremonia. Todo iba relativamente bien hasta que llegamos a la parte de las arras. Engracia había insistido en que las arras las llevara su sobrino nieto, Borja, un niño de cinco años que tenía la energía de un terremoto de grado siete. Borja venía con una bandejita de plata y las monedas.
Pero Borja, al acercarse, pisó uno de los flecos del manto (sí, otra vez los dichosos flecos). El niño perdió el equilibrio, las arras salieron volando por todo el presbiterio y Borja, para no caerse, se agarró a lo primero que pilló: mi manto.
El tirón fue tan fuerte que sentí cómo el recogido de Fabio se desplazaba tres centímetros hacia la derecha. Los dragones de plata se me clavaron en el cuero cabelludo.
—¡Aaaah! —no pude evitar soltar un grito que resonó en toda la iglesia.
Las arras empezaron a rodar por el suelo de mármol. El sonido era como de tragaperras en un casino. Los invitados se agachaban para cogerlas, mientras Borja lloraba a moco tendido agarrado a mi espalda.
—¡Engracia, quítame al niño! —grité, olvidándome de las formas, del decoro y de que estaba delante de Dios.
Engracia se acercó volando, cogió al niño por un brazo y, con una habilidad digna de un comando especial, lo apartó de mí. Pero el daño ya estaba hecho. El manto se había desplazado, mi peinado estaba medio deshecho y el olor a naftalina, con el calor acumulado de toda la gente en la iglesia, se estaba volviendo insoportable.
Fue entonces cuando noté algo extraño. Un picor. Un picor leve al principio, en la nuca. Luego en los hombros. Luego por toda la espalda.
«No puede ser», pensé. «No ahora».
Miré de reojo los pavos reales del manto. Me pareció que sus ojos de hilo brillaban con malicia. El picor se convirtió en un escozor ardiente. Era como si mil hormigas estuvieran dándose un festín en mi piel.
—Curro… —le susurré al oído, mientras Don Manuel hablaba de la fidelidad y el amor eterno—. Curro, el manto me pica. Me pica mucho.
—Aguanta, Maca. Ya falta poco —me respondió él, mirándome con preocupación.
—No, Curro. No es un picor normal. Es como si me estuvieran echando ácido.
Me di cuenta de lo que estaba pasando. El manto de la tía Agripina, guardado durante décadas en aquella caja de madera oscura con ángeles siniestros, no solo tenía solera. Tenía ácaros. Tenía polvo acumulado de la época de la dictadura. Tenía, posiblemente, algún tipo de hongo aristocrático que acababa de despertar con el calor de mi cuerpo y la humedad de Sevilla.
Y yo, que soy alérgica hasta al polen de las margaritas, estaba empezando a tener una reacción en cadena justo en el momento en que tenía que decir «sí, quiero».
Parte 3: El ataque de los ácaros y la huida hacia el desastre
Don Manuel me miró. La iglesia se quedó en silencio. Era el momento.
—Macarena, ¿quieres recibir a Curro como esposo y prometes serle fiel…?
Yo no oía nada más que el zumbido en mis oídos y el grito silencioso de mi piel. El escozor se había extendido a mis brazos. Empecé a ponerme roja. No de timidez, no de emoción, sino de una urticaria de proporciones bíblicas. Mi cuello, que era lo que más cerca estaba de los hilos de oro «malditos», estaba adquiriendo un tono escarlata que combinaba fatal con el blanco del vestido.
—¿Maca? —susurró Curro, apretándome las manos. Sus ojos estaban llenos de pánico. Él sabía lo que pasaba cuando yo tenía una reacción alérgica: primero me ponía roja, luego me empezaban a llorar los ojos y, finalmente, empezaba a estornudar como si no hubiera un mañana.
—Sí… —empecé a decir, pero el «sí» se convirtió en un amago de estornudo—. Sí… ¡Aaachís!
El estornudo fue tan potente que el velo, que Fabio había colocado con tanto esmero, se soltó de un lado y se quedó colgando como una bandera a media asta.
—¡Jesús! —dijo Don Manuel.
—¡Aaachís! ¡Aaachís! ¡Aaachís! —seguí yo, en una ráfaga que ríete tú de una metralleta.
Con cada estornudo, mi cuerpo se sacudía, y con cada sacudida, el manto de la tía Agripina cobraba más vida. Los flecos bailaban frenéticamente, golpeando a Curro en la cara. Uno de los dragones de plata finalmente se rindió y salió disparado hacia atrás, aterrizando con un golpe seco sobre la calva del primo segundo de Engracia, un señor muy serio que era notario.
—¡Mi cabeza! —exclamó el notario, llevándose la mano al chichón que empezaba a asomar.
—¡Macarena, por Dios, contrólate! —siseó Engracia desde su asiento, agitando el abanico con tanta fuerza que parecía que iba a despegar.
—¡No puedo! —grité entre estornudo y estornudo—. ¡Esta cosa… esta cosa tiene bichos! ¡Me está comiendo viva!
En ese momento, la desesperación superó a la educación. Solté las manos de Curro y empecé a rascarme los hombros de forma frenética. La imagen debía de ser dantesca: la novia, en el altar del Salvador, rascándose como si tuviera sarna frente a toda la alta sociedad sevillana.
—¡Quitádmelo! ¡Quitádmelo ya! —gritaba yo, mientras intentaba desatarme los broches.
Curro intentó ayudarme, pero los flecos se le enredaron en los botones de los puños de su chaqueta. Ahora estábamos los dos unidos, yo rascándome y él intentando desenredarnos, moviéndonos como si estuviéramos bailando una sevillana borracha.
—¡Don Manuel, abrévielo! —pidió mi madre, que se había levantado y corría hacia el altar—. ¡Que a la niña le da un choque anafiláctico!
Don Manuel, viendo que la situación se le iba de las manos y que la novia estaba a punto de desnudarse en pleno presbiterio para librarse del manto, decidió ir por la vía rápida.
—¡Yo os declaro marido y mujer! ¡Hale, podéis besaros y salid corriendo a por un antihistamínico!
Curro me plantó un beso rápido en la mejilla (que ya estaba llena de ronchones) y me agarró de la cintura. Pero todavía estábamos unidos por el manto y sus flecos, que se habían enganchado en el reloj de Curro, en su chaqueta y en mi propio vestido.
—¡Vámonos, Maca! —gritó Curro.
Empezamos a caminar hacia la salida. Pero no era un caminar elegante. Era un avance atropellado, como si fuéramos dos siameses que no se ponen de acuerdo. Los invitados estaban en shock. Algunos grababan con el móvil, otros se tapaban la boca con el abanico para que no se vieran las risas.
Al llegar a la mitad del pasillo, el manto decidió dar su último golpe de gracia. Uno de los flecos más largos se enganchó en la pata de un pesado confesionario de madera que había a un lado. Como íbamos con impulso, el tirón fue seco.
Se oyó un desgarro. Un sonido que me perseguirá en mis peores pesadillos. No fue el manto el que se rompió. No. La herencia de la tía Agripina era dura como el acero. Lo que se desgarró fue la espalda de mi precioso vestido de seda salvaje.
Sentí el aire fresco de la iglesia en mi espalda. Y no solo el aire. Sentí cómo el peso del manto tiraba de lo que quedaba del vestido hacia abajo.
—¡Maca, el vestido! —gritó Fabio, que corría detrás de nosotros intentando tapar el desastre con sus manos.
Salimos a la plaza del Salvador. El sol nos dio de lleno. El calor de Sevilla, que fuera de la iglesia era de unos 42 grados, terminó de rematarme. Con el sudor, el picor se multiplicó por mil. Yo ya no era una novia, era un monstruo rojo y furioso envuelto en un trapo rancio que se negaba a soltarme.
La gente de la plaza empezó a aplaudir, pensando que los gritos y la velocidad eran parte de alguna tradición extraña. Pero los aplausos se cortaron en seco cuando vieron que la novia llevaba la espalda al aire y que el novio iba medio arrastrado por un manto de Manila que parecía un calamar gigante de seda.
—¡Al coche! ¡Al coche! —gritaba mi padre, intentando abrir paso entre la multitud.
Llegamos al carruaje. Los caballos, al vernos llegar en ese estado de histeria, se encabritaron de verdad. El cochero apenas podía sujetarlos.
—¡No subáis así, que los asustáis! —gritó el hombre.
Pero no teníamos otra opción. Curro me empujó dentro del coche. Yo caí sobre el asiento, con el manto cubriéndome como una mortaja. Curro saltó detrás de mí, pero sus pantalones, también enganchados a los flecos, hicieron un «clack» sospechoso.
—¡Arre! —gritó mi padre al cochero.
El coche salió disparado por las estrechas calles del centro, con nosotros dando botes dentro. Yo me rascaba, Curro intentaba desatarse, y el manto de la tía Agripina ondeaba al viento como una bandera de piratas antiguos, soltando flecos por toda la calle Sierpes.
Llegamos al hotel donde se celebraba el banquete. Engracia y el resto de los invitados venían detrás en otros coches, pero nosotros les llevábamos ventaja. Entramos por la puerta de servicio, porque yo me negaba a que nadie más me viera en ese estado.
En el camerino que nos habían habilitado, Curro y yo nos quedamos solos. Bueno, solos con el manto.
—Dámelo, Curro. Quítamelo ya —le dije, con voz de ultratumba.
Curro sacó una navaja suiza que siempre llevaba encima (muy de hombre precavido, mi Curro). Empezó a cortar flecos sin piedad. Cortó hilos de seda, cortó nudos imposibles, y finalmente, el manto de la tía Agripina cayó al suelo con un ruido sordo, como si un cadáver hubiera sido depositado allí.
Me miré en el espejo. Tenía el cuello lleno de ronchones, el pelo parecía un nido de cigüeñas de la torre de una iglesia, y el vestido estaba destrozado por detrás.
—Mírame, Curro —le dije, empezando a llorar de verdad—. Estoy horrible. Mi boda se ha ido a la porra. Toda Sevilla me ha visto rascándome como una loca y con el culo al aire.
Curro me abrazó. No le importó que yo estuviera roja como un tomate o que oliera a naftalina y desesperación.
—Maca, escúchame. Estás viva. Yo estoy vivo. Y lo más importante… —señaló el suelo—… el manto ha muerto. No va a volver a hacernos daño.
En ese momento, llamaron a la puerta. Era Engracia. Entró como un torbellino, vio el manto en el suelo, cortado en pedazos, y se quedó blanca.
—¡Mi tesoro! —gritó, cayendo de rodillas ante los restos de la tía Agripina—. ¡Habéis destruido la historia de la familia!
—No, mamá —dijo Curro, y por primera vez en su vida, su voz sonó firme—. Hemos destruido una maldición. Macarena es mi mujer, no un perchero para tus reliquias. Ahora, sal de aquí y dile a todo el mundo que el banquete empieza en diez minutos. Y dile al del catering que traiga una botella entera de antihistamínicos en una bandeja de plata.
Engracia nos miró, nos miró a nosotros, miró los flecos cortados, y sin decir una palabra, se levantó y salió de la habitación con la espalda muy recta, pero con el abanico colgando, señal inequívoca de su derrota total.
Parte 4: El renacer entre copas y el veredicto de Sevilla
Pero no creas que la cosa acabó ahí. Una boda en Sevilla no se termina hasta que el último invitado deja de bailar «Paquito el Chocolatero», y yo no iba a permitir que un trapo con ácaros me quitara mi fiesta.
—Fabio —llamé a gritos por el pasillo.
El pobre peluquero apareció corriendo, con un kit de costura en una mano y un bote de laca en la otra. Cuando vio el destrozo del vestido, se llevó las manos a la boca.
—¡Ay, por todos los santos de la hermandad del Gran Poder! Maca, esto no se arregla con hilo y aguja, esto necesita un milagro de la Virgen de los Reyes.
—Fabio, déjate de milagros y saca las tijeras —le ordené—. Si la espalda está rota, quita la espalda. Hazme un escote de esos de infarto. Y con lo que sobre de tela, hacemos un apaño.
Fabio, que en el fondo es un artista, se puso manos a la obra. En quince minutos, me había transformado el vestido de novia clásico en un modelo de «alfombra roja de Hollywood pero con un toque trianero». Me quitó los restos de los dragones de plata, me soltó el recogido y me hizo una melena ondulada que tapaba lo justo para que no fuera indecente, pero dejando ver los hombros.
—Estás… —Curro se quedó con la boca abierta—… estás para que te saquen en procesión, Maca.
—Vámonos —dije, dándole un trago a una copa de manzanilla que alguien había dejado por allí—. Que empiece el espectáculo.
Entramos en el salón del banquete. La música paró. Todos los ojos estaban puestos en nosotros. Engracia estaba sentada en la mesa presidencial, con una cara que parecía que acababa de chupar un limón rancio. La ciudad entera —o al menos la parte de ella que importaba a los De la Vega— estaba allí, esperando ver a la novia humillada.
Pero yo entré con la cabeza alta, del brazo de mi marido (que llevaba los pantalones sujetos con imperdibles porque también se le habían roto en la huida). Empezamos a caminar entre las mesas y, de repente, alguien empezó a aplaudir. Luego otro. Y otro.
—¡Ole las novias valientes! —gritó un primo mío de la Puebla.
—¡Eso es una espalda y no la de la Giralda! —soltó otro.
El banquete fue una locura. La gente no paraba de acercarse para preguntarme por el manto. Yo, con la ayuda de un par de copas de vino de la tierra y dos pastillas de Polaramine que me habían dejado medio sedada pero feliz, empecé a contar la historia del «Manto Maldito».
—Que si tenía vida propia, que si los pavos reales me susurraban cosas en latín, que si la tía Agripina se me apareció en un estornudo… —me inventaba de todo.
La gente se partía de risa. La humillación se convirtió en leyenda. En Sevilla, si algo sale mal pero lo cuentas con arte, dejas de ser una víctima para convertirte en una heroína.
Engracia intentó mantener el tipo un rato, pero cuando vio que hasta el obispo (que había venido al banquete) se estaba riendo con mis anécdotas sobre los ácaros aristocráticos, se dio por vencida. Se acercó a nuestra mesa, nos miró de arriba abajo y, suspirando, soltó:
—Bueno… al menos los flecos eran de seda auténtica. Habéis dejado el suelo del hotel impecable de tanto barrer.
Fue su forma de pedir perdón. O lo más parecido que iba a conseguir de ella.
La fiesta duró hasta el amanecer. Bailamos, bebimos y nos reímos de todo. Al final de la noche, cuando ya solo quedábamos los más allegados, Curro y yo salimos a la terraza del hotel. Desde allí se veía la Giralda iluminada, majestuosa y eterna. Sevilla dormía a nuestros pies, ajena a los dramas de mantos y suegras.
—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto, Maca? —me preguntó Curro, abrazándome por la cintura.
—¿Que ya no me pica la espalda?
—No. Que después de lo de hoy, ya nada puede salir peor. Hemos sobrevivido a la tía Agripina, a Engracia y a media Sevilla mirándonos el culo. El resto del matrimonio va a ser coser y cantar.
—Pero sin flecos, Curro. Por favor, sin flecos.
Nos reímos y brindamos por nosotros.
A la mañana siguiente, la noticia de la «Boda del Manto Atómico» corría por todos los grupos de WhatsApp de la ciudad. Se decía que el manto había salido volando solo hacia la casa de la calle Betis, se decía que yo había hecho un exorcismo en mitad del Salvador… Sevilla es así, le gusta exagerar.
Pero yo me quedo con lo que me dijo la vecina del tercero unos días después, cuando me vio volver del viaje de novios:
—¡Ay, Macarena, hija! Qué boda más buena tuviste. No se habla de otra cosa en el mercado. Eso sí que es una herencia, y no lo que dejan los demás en el banco. ¡Eso es tener arte hasta para las desgracias!
Y tenía razón. Porque al final, la herencia maldita de mi suegra no arruinó mi boda. Al revés. La convirtió en la única boda de Sevilla que nadie, absolutamente nadie, podrá olvidar jamás. Y lo más importante: me enseñó que para estar con un De la Vega, no hace falta llevar un manto de Manila… solo hace falta tener mucha paciencia, un buen antihistamínico y un sentido del humor a prueba de bombas.
Eso sí, la caja de la tía Agripina la hemos usado para guardar las herramientas de Curro en el garaje. Los ángeles tallados todavía me miran mal cuando paso, pero ahora que sé que no pueden salir de ahí, hasta me caen bien. Y los restos del manto… bueno, dicen que Fabio los usó para hacer unos cojines para su salón. Dice que cada vez que alguien se sienta en ellos, empieza a estornudar sin saber por qué.
Cosas de la solera, supongo. Cosas de Sevilla.
Como te decía, pensábamos que con el fin de la fiesta y el destrozo del manto de la tía Agripina ya habíamos pagado nuestro peaje al destino. Pero Sevilla es una ciudad que no olvida fácilmente, y menos cuando hay material gráfico de por medio. Mi “luna de miel” no empezó en una playa de las Maldivas ni en un hotel de lujo en París, sino en la cola de facturación del aeropuerto de San Pablo, intentando pasar desapercibida con unas gafas de sol más grandes que las de la Pantoja y un pañuelo al cuello para tapar los últimos restos de la urticaria.
Parte 5: Una luna de miel con Wi-Fi y memes
—Maca, de verdad, quítate eso que pareces una espía de la posguerra —me decía Curro, cargando con tres maletas como si fuera un porteador del Himalaya—. Aquí no nos conoce nadie.
—¿Que no nos conoce nadie, Curro? ¿Tú has mirado el móvil hoy? —le solté, enseñándole la pantalla—. En el grupo de “Vecinos de Triana” han colgado el vídeo de cuando se me desgarra el vestido. Tiene tres mil “me gusta” y un comentario de la pescadera de la calle Feria diciendo que “la niña tiene buen chasis para los baches que vienen”. ¡Me han convertido en un meme, Curro! ¡Soy la Novia de la Espalda al Aire!
Curro suspiró, el pobre. Él quería que nos fuéramos a Tailandia a desconectar, pero yo sentía que en cada rincón del mundo iba a aparecer alguien de Sevilla con un smartphone. Y no me equivocaba. Cuando llegamos a Bangkok, después de quince horas de vuelo y más jet lag que un piloto de pruebas, nos fuimos directos al bar del hotel a por algo frío.
—Two beers, please —dijo Curro con su inglés de bachillerato mal aprovechado.
El camarero, un tailandés bajito con una sonrisa eterna, nos miró, nos puso las cervezas y, de repente, soltó una carcajada señalándome.
—Sevilla! —dijo el tío—. The jumping bride! (¡La novia saltarina!).
Sacó su móvil y me enseñó un vídeo de TikTok donde salía yo estornudando y el manto de la tía Agripina volando como una capa de superhéroe rancio. El vídeo tenía música de “Mission Impossible”.
—Curro, vámonos a la habitación. Ahora mismo —dije, sintiendo que me volvía a salir la urticaria solo de pensar en la tía Agripina.
La luna de miel fue un intento constante de escapar de nuestra propia sombra. Cada vez que veíamos a un grupo de españoles, dábamos media vuelta. Si oíamos un acento que tuviera un mínimo de seseo o ceceo, nos escondíamos detrás de un Buda gigante. Pero la sombra de mi suegra era alargada, incluso a diez mil kilómetros de distancia.
Un martes, mientras estábamos en una playa paradisíaca en Koh Samui, el móvil de Curro empezó a vibrar como si no hubiera un mañana. Era un videollamada de Doña Engracia.
—No lo cojas, Curro. Estamos en un momento espiritual —le advertí, mirando el agua cristalina.
—Es mi madre, Maca. Capaz es de llamar a la Interpol si no le respondo.
Aceptó la llamada. Allí apareció ella, en su salón de la calle Betis, perfectamente peinada a pesar de que en Sevilla debían de ser las ocho de la mañana.
—¡Niños! ¡Qué alegría veros tan… morenos! —dijo ella, aunque su cara decía “qué hacéis ahí perdiendo el tiempo”—. Escuchadme bien. He tenido una idea. Para compensar el “incidente” del manto y el disgusto que nos llevamos todos, he decidido que cuando volváis, vamos a organizar una cena de desagravio.
Yo me atraganté con el coco loco que me estaba bebiendo.
—¿Desagravio, doña Engracia? —pregunté, recobrando el habla—. ¿A quién tenemos que desagraviar? ¿A los ácaros del siglo pasado?
—No te pongas cínica, Macarena. Sabes perfectamente que la imagen de la familia ha quedado… en entredicho. La tía Virtudes todavía tiene el cuello torcido por el tirón del fleco, y el primo notario dice que el dragón de plata le ha dejado una marca permanente en el cuero cabelludo. Dice que parece que le ha picado un bicho de Marte. Así que he invitado a toda la familia cercana y a unos amigos del Círculo de Labradores para que vean que estáis bien y que somos una familia unida.
—Mamá, acabamos de llegar a Tailandia… —intentó protestar Curro.
—Y volveréis, Curro. Y para esa cena, tengo una sorpresa. He rescatado otra pieza del joyero de la familia que…
Colgué. Bueno, Curro dice que se cortó la cobertura, pero fui yo la que le dio al botón rojo con una saña que ni una bailaora zapateando.
—Como esa mujer intente ponerme otra reliquia encima, Curro, juro que me hago budista y me quedo a vivir en este templo —sentencié, mirando al horizonte.
Parte 6: El regreso al nido de víboras (con elegancia)
Volvimos a Sevilla dos semanas después. El calor ya no era calor, era un castigo divino. Bajamos del AVE en Santa Justa y lo primero que oímos fue al taxista decir:
—¿Ustedes no son los de la boda del Salvador? ¡Qué arte tuvieron, chiquillos! Mi mujer dice que el vestido “estilo libre” que se le quedó a la novia va a ser tendencia en la próxima Feria.
Yo le di una propina generosa para que se callara la boca.
Nuestra casa era un caos de cajas de regalos (la mayoría juegos de café de porcelana espantosos que tendríamos que esconder cuando vinieran las visitas) y flores secas. Pero no tuvimos tiempo ni de deshacer las maletas. La cena de Doña Engracia era al día siguiente.
—Curro, esta vez no me pillan desprevenida —le dije mientras me probaba un vestido sencillo, de lino verde, muy fresco y, sobre todo, totalmente cerrado por detrás—. Nada de joyas prestadas, nada de telas antiguas. Si tu madre saca algo de una caja de madera, corremos hacia la salida.
Llegamos a la calle Betis. El olor a fritura de pescado de los bares cercanos se mezclaba con el perfume de nardos que Engracia ponía en la entrada. Entramos en el salón y allí estaban todos. La tía Virtudes con un collar ortopédico de diseño (parecía que llevaba una escultura moderna en el cuello), el primo notario con una tirita en la calva y una docena de señoras con abanicos que se movían al unísono, creando una corriente de aire que casi me despeina.
—¡Los niños! —exclamó Engracia, acercándose con los brazos abiertos—. ¡Qué delgados estáis! Se nota que la comida de esos países es pura agua.
La cena fue un desfile de indirectas. Que si la juventud de ahora no respeta el patrimonio, que si las bodas modernas parecen festivales de rock, que si el encaje de Bruselas no se compra en el Primark… Yo me dediqué a comer jamón y a asentir con la cabeza como esos perritos que se ponen en el salpicadero de los coches.
Pero entonces, llegó el momento del café. Engracia se levantó, se hizo el silencio y miró a una de las criadas (que llevaba allí desde que se fundó el Reino de Sevilla, por lo menos).
—Trae el paquete, Encarnita.
Mi corazón empezó a latir a mil por hora. Curro me apretó la mano por debajo de la mesa.
—Como veis —empezó Engracia, con ese tono de voz que usa el alcalde cuando inaugura una estatua—, a pesar de los pesares, los De la Vega somos gente de recursos. Y aunque el manto de la tía Agripina ha pasado a mejor vida —aquí me lanzó una mirada que me dejó helada—, no podemos permitir que nuestra Macarena empiece su vida de casada sin un símbolo de poder familiar.
Sacó un objeto envuelto en papel de seda azul. Por el tamaño y la forma, parecía una bandeja o un cuadro. Mis ojos buscaban desesperadamente una salida de emergencia.
—Esto —dijo, desenvolviéndolo con una lentitud exasperante— es el abanico de la tía abuela Clotilde. Fue un regalo del embajador de Francia en 1890. Es de nácar auténtico y las varillas están unidas por un hilo de platino.
Cuando lo abrió, el abanico era, efectivamente, una joya. Pero tenía un problema. Era enorme. Cuando estaba abierto, medía casi un metro de envergadura. Las varillas de nácar brillaban con un resplandor fantasmal y tenían grabadas escenas de la mitología griega que parecían un poco subidas de tono para la tía Clotilde.
—Quiero que lo lleves —sentenció Engracia—. Mañana tenemos la recepción en el Consulado de Italia y quiero que lo uses frente a toda la sociedad sevillana. Para que vean que el estilo no se pierde, solo se transforma.
Yo miré el abanico. Miré a la tía Virtudes, que me guiñó un ojo (o eso creo, igual era un tic del collar ortopédico).
—Es precioso, doña Engracia —dije, cogiendo el objeto con miedo—. Pero… ¿no cree que es un poco… aparatoso para una recepción?
—En Sevilla nada es aparatoso si se lleva con orgullo, Macarena. Además, este abanico tiene una peculiaridad: si se agita con la fuerza adecuada, crea una brisa que puede enfriar una habitación entera. Es ingeniería de finales del diecinueve.
—Y si se agita con mucha fuerza, igual despega y nos vamos todos a Córdoba —susurré para que solo me oyera Curro.
Él soltó una risita ahogada que disfrazó con un ataque de tos.
Parte 7: El Consulado y el huracán de nácar
La recepción en el Consulado de Italia es uno de esos eventos en Sevilla donde si no vas, es que no eres nadie. Se celebra en un palacete precioso, con unos jardines que dan al parque de María Luisa. Todo el mundo va de punta en blanco, con el ego más alto que la Giralda y una copa de Prosecco en la mano.
Yo iba con mi vestido verde, sencilla pero elegante, y en la mano derecha, el arma de destrucción masiva de la tía Clotilde. El abanico pesaba tanto que sentía que un brazo se me estaba quedando más largo que el otro.
—Maca, por favor, no lo abras a menos que sea estrictamente necesario —me rogó Curro mientras entrábamos—. No quiero que hoy también salgamos en las noticias.
—Tranquilo, Curro. Solo lo usaré si me da un golpe de calor.
Pero claro, estamos hablando de Sevilla en julio. Y el aire acondicionado del Consulado, por muy palacete que fuera, no daba abasto para trescientas personas vestidas con trajes de chaqueta y vestidos de cóctel. A la media hora, el ambiente era tan denso que se podía cortar con un cuchillo de postre.
—No puedo más, Curro —dije, abanicándome un poco con la mano—. Me voy a desmayar.
—Ábrelo un poco, pero con cuidado —cedió él.
Abrí el abanico de nácar. El “clack” que hizo al abrirse fue tan sonoro que tres personas que estaban cerca se giraron pensando que alguien había abierto una botella de champán con sable. Pero la brisa… ¡ah, la brisa! Era gloria bendita. Era como si un ángel me estuviera soplando en la cara después de comerse un Halls de menta.
—¡Dios mío, qué maravilla! —exclamé, empezando a darle ritmo a la muñeca.
Pero Engracia tenía razón: era ingeniería del diecinueve. El diseño de las varillas de nácar y la forma de la tela (que resultó ser una seda técnica extraña) creaban un efecto aerodinámico imprevisto. Con cada movimiento, el aire no solo me llegaba a mí, sino que se proyectaba hacia adelante con una potencia inusitada.
—Maca, para un poco… —advirtió Curro—. Estás levantando el mantel de la mesa de los canapés.
Efectivamente, el chorro de aire que salía del abanico de la tía Clotilde estaba haciendo que las bandejas de prosciutto y mozzarella empezaran a vibrar. Pero yo estaba tan fresca, tan a gusto, que no quería parar.
Fue entonces cuando apareció el Cónsul. Un hombre encantador, muy estirado, con un peluquín que era una auténtica obra de arte de la taxidermia capilar. Se acercó a nosotros para saludarnos.
—Benvenuti —dijo con una sonrisa perfecta—. Doña Engracia me ha hablado mucho de ustedes. Los famosos recién casados…
Yo, por pura cortesía sevillana, hice un movimiento rápido con el abanico para cerrarlo y saludarle. Pero la física es caprichosa. Al intentar cerrarlo con un golpe de muñeca seco (como hacen las profesionales de la copla), el abanico generó una última ráfaga de aire comprimido.
Fue un segundo de terror absoluto. El chorro de aire golpeó directamente el rostro del Cónsul. Su peluquín, que debía de estar sujeto con una fe inquebrantable pero con poco pegamento, se elevó como si fuera un frisbee.
El salón se quedó mudo. Vimos, como a cámara lenta, cómo la pieza capilar del Cónsul sobrevolaba el jardín, pasaba por encima de una fuente de mármol y aterrizaba con precisión quirúrgica sobre la cabeza de una estatua de Venus que decoraba la entrada.
—¡Oh, mio Dio! —exclamó el Cónsul, tapándose la calva con ambas manos.
—¡Maca! —gritó Curro, tapándose la cara con las manos.
Yo miré el abanico. Las escenas mitológicas de las varillas parecían reírse de mí. Cupido me miraba con cara de “la has liado otra vez, miarma”.
Engracia, que estaba a unos metros hablando con la marquesa de no-sé-dónde, se quedó petrificada. Su abanico (el suyo propio, de tamaño normal) cayó al suelo. Por primera vez en su vida, mi suegra no tenía nada que decir.
—Lo siento… ha sido una corriente de aire… el cambio climático… —empecé a balbucear, mientras el Cónsul corría hacia la estatua para recuperar su dignidad.
Parte 8: El fin de la maldición y la nueva Macarena
Salimos del Consulado casi antes de que el Cónsul pudiera ponerse el peluquín derecho (que se lo puso al revés, por cierto, dándole un aspecto de cantante de rock de los ochenta bastante cuestionable).
Caminamos en silencio por el parque de María Luisa. La noche era cálida, pero esta vez no me importaba el sudor. Curro me miraba de reojo, esperando que yo explotara en lágrimas o en gritos. Pero empecé a reírme. Una risa floja, de esas que te duelen en la barriga.
—¿De qué te ríes, Maca? —preguntó él, medio asustado—. Que nos van a declarar personas non gratas en toda Italia.
—Me río de que tu madre tiene razón, Curro. Sus herencias son armas. El manto era una red de pesca y este abanico es una turbina de un Boeing 747. Si nos da una vajilla, seguro que los platos son bumeranes que vuelven para cortarnos el cuello.
Curro también empezó a reírse. Nos sentamos en un banco, bajo la sombra de un ciprés milenario. Saqué el abanico de nácar de mi bolso.
—¿Sabes qué vamos a hacer con esto, Curro? —le pregunté.
—¿Dárselo a un museo de aviación?
—No. Se lo vamos a devolver a tu madre mañana mismo. Le vamos a decir que es “demasiado valioso” para nosotros. Que tememos que alguien nos robe tal tesoro y que preferimos que esté custodiado en su casa de la calle Betis, donde pertenece.
—¿Crees que colará?
—Con tu madre, la adulación es la mejor estrategia. Si le digo que es una pieza que solo una mujer de su alcurnia puede manejar sin causar catástrofes naturales, se lo traga con patatas.
Y así lo hicimos. Al día siguiente, fuimos a verla. Yo entré con cara de humildad franciscana, con el abanico envuelto de nuevo en su papel de seda.
—Doña Engracia —dije con voz trémula—, no podemos aceptarlo. Es una pieza… demasiado poderosa. Anoche, en el Consulado, me di cuenta de que no estoy a la altura de la tía Clotilde. Solo usted tiene la prestancia necesaria para portar semejante instrumento de viento.
Vi cómo el ego de Engracia se inflaba como un globo aerostático. Cogió el abanico, lo acarició y asintió con solemnidad.
—Es cierto, Macarena. Requiere una muñeca de hierro y un alma de seda. No te culpo por sentirte intimidada.
Desde ese día, las cosas cambiaron. Engracia dejó de intentar “vestirme” con sus reliquias. Creo que, en el fondo, empezó a tenerme miedo. Se dio cuenta de que cada vez que me ponía algo encima, el universo conspiraba para que una tragedia cómica ocurriera a su alrededor. Y en Sevilla, se puede ser cualquier cosa menos el motivo de un chiste en el Círculo de Labradores.
Ahora, cuando vamos a verla, nos sentamos en el patio, tomamos café en vasos de cristal normales (porque me negué a usar la porcelana de la familia) y hablamos de cosas triviales. Ella sigue siendo Engracia, con su orgullo y su aristocracia de barrio, pero yo ya no soy la niña que se deja pisar por un manto de Manila.
A veces, cuando paso por el Salvador y veo a alguna novia bajando del coche de caballos con un velo larguísimo o una mantilla antigua, no puedo evitar soltar un “¡suerte, valiente!” por lo bajini. Y si veo que el viento sopla un poco fuerte, me aseguro de que no haya ninguna tía Virtudes cerca.
Curro y yo somos felices. Nuestra casa no tiene tesoros antiguos, ni mantos malditos, ni abanicos con turbo. Tenemos muebles de una conocida tienda sueca que si se rompen, se tiran y punto. Y lo mejor de todo es que, cada vez que alguien saca el tema de nuestra boda, yo ya no me pongo roja.
—¿La boda? —digo siempre con una sonrisa—. Fue un evento… histórico. Hubo moda, hubo acción, hubo efectos especiales y hasta un cónsul volador. ¿Qué más se le puede pedir a una boda sevillana?
Porque al final, de eso se trata la vida aquí. De saber convertir un desgarro en la espalda en un escote de moda, un ataque de ácaros en una anécdota legendaria y a una suegra difícil en una espectadora de tu propia victoria.
Y si alguna vez me preguntan por la tía Agripina, siempre digo lo mismo:
—Que Dios la tenga en su gloria… pero que la tenga bien lejos de mi armario. Porque en esta casa, la única herencia que aceptamos es la alegría de vivir, el arte para salir de los líos y, de vez en cuando, un buen plato de jamón del bueno, que eso no pica, no pesa y nunca, nunca se pasa de moda.
Sevilla sigue ahí, hermosa y eterna, oliendo a azahar y a incienso. Y yo sigo caminando por sus calles, pero ahora lo hago con la espalda bien recta, el paso firme y, sobre todo, sin ningún pavo real de seda intentando zancadillearme la vida.
¿Y el manto? Bueno, Fabio me mandó una foto el otro día. Ha hecho unos broches con los trozos que sobraron. Me mandó uno por correo. Es un pequeño pavo real con un ojo de cristal. Lo tengo puesto en el corcho de la cocina, al lado de la lista de la compra y del teléfono de los bomberos. Por si acaso. Que en Sevilla, nunca se sabe cuándo va a soplar el viento de la tradición y te va a pillar sin un buen paraguas… o sin un sentido del humor que te salve el pellejo.