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El viento de enero en Madrid no perdona. No es un frío de nieve idílica, de postal de Navidad.

PARTE 1

El viento de enero en Madrid no perdona.

No es un frío de nieve idílica, de postal de Navidad.

Es un frío seco, afilado, que se cuela por las costuras de la chaqueta y te recuerda que eres mortal.

Paco se ajustó la bufanda de lana rancia, esa que tenía más años que la propia democracia.

Miró hacia arriba, hacia la fachada de aquel edificio de la calle Almagro.

—Fachada de piedra, claro —masculló para sus adentros—.

—Mucho adorno, mucha moldura, pero aquí dentro nos vamos a quedar como pajaritos.

Paco era un hombre de principios sólidos y de termostato interno rígido.

Para él, cualquier temperatura por debajo de los veintidós grados era una ofensa personal.

Cualquier techo que superase los dos metros y medio era un insulto a la lógica.

Apretó el botón del telefonillo con la determinación de quien va a una inspección de Hacienda.

—¿Sí? —la voz de Elena sonó metálica y alegre a través del altavoz—.

—Soy yo, Elena. Tu suegro. El que se está congelando en la acera.

—¡Paco! Sube, sube, que está abierto. Tercero derecha.

El ascensor era de esos antiguos, con reja de hierro que pesaba como el remordimiento.

Paco subió despacio, observando el hueco de la escalera.

—Aquí caben tres plantas más si supieran optimizar el espacio —gruñó—.

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