PARTE 1
El viento de enero en Madrid no perdona.
No es un frío de nieve idílica, de postal de Navidad.
Es un frío seco, afilado, que se cuela por las costuras de la chaqueta y te recuerda que eres mortal.
Paco se ajustó la bufanda de lana rancia, esa que tenía más años que la propia democracia.
Miró hacia arriba, hacia la fachada de aquel edificio de la calle Almagro.
—Fachada de piedra, claro —masculló para sus adentros—.
—Mucho adorno, mucha moldura, pero aquí dentro nos vamos a quedar como pajaritos.
Paco era un hombre de principios sólidos y de termostato interno rígido.
Para él, cualquier temperatura por debajo de los veintidós grados era una ofensa personal.
Cualquier techo que superase los dos metros y medio era un insulto a la lógica.
Apretó el botón del telefonillo con la determinación de quien va a una inspección de Hacienda.
—¿Sí? —la voz de Elena sonó metálica y alegre a través del altavoz—.
—Soy yo, Elena. Tu suegro. El que se está congelando en la acera.
—¡Paco! Sube, sube, que está abierto. Tercero derecha.
El ascensor era de esos antiguos, con reja de hierro que pesaba como el remordimiento.
Paco subió despacio, observando el hueco de la escalera.
—Aquí caben tres plantas más si supieran optimizar el espacio —gruñó—.
Al llegar al tercero, la puerta ya estaba abierta.
Elena lo esperaba con una sonrisa de esas de “sé que vas a criticar algo, pero me da igual”.
Llevaba un jersey de cuello alto, grueso, de esos que parecen una manta con mangas.
—¡Bienvenido a nuestro palacio, Paco! —dijo ella, dándole dos besos—.
Paco entró en el recibidor y se quedó petrificado.
No fue la decoración lo que lo dejó sin habla.
No fueron los cuadros abstractos que parecían manchas de humedad glorificadas.
Fue la inmensidad vertical.
Elena lo guio hacia el salón, un espacio diáfano, con suelos de pino melis recién acuchillados.
Paco no miró el suelo.
Paco miró hacia arriba.
Y siguió mirando.
Y siguió mirando un poco más.
Sentía que el cuello le iba a crujir.
—Virgen del Perpetuo Socorro —susurró Paco, quitándose la boina con reverencia casi religiosa—.
—¿Os gusta? —preguntó Elena, triunfante—. Hemos mantenido la altura original. Cuatro metros y veinte centímetros.
Paco no respondió de inmediato.
Cerró los ojos y extendió las manos, como si estuviera invocando a los espíritus.
—Elena, hija mía… —empezó a decir con una voz que temblaba entre la pena y el asombro—.
—¿Sí, suegro?
—¿Tú eres consciente de que aquí arriba vive una familia de cigüeñas y ni nos hemos enterado?
Elena soltó una carcajada limpia, pero Paco no se estaba riendo.
—Paco, es la tendencia. Espacios abiertos, aire, luz… —explicó ella, señalando los enormes ventanales—.
Paco se acercó a uno de los ventanales y puso la mano cerca del marco.
—El aire lo noto yo aquí, sí —dijo él—.
—Es una corriente que viene directamente del Sistema Central.
—No exageres, que hemos puesto climalit del bueno —replicó Elena, cruzándose de brazos—.
Paco se dio la vuelta y señaló el techo con el dedo índice, acusador.
—Elena, pon atención a lo que te digo —sentenció Paco con gravedad—.
—Este piso con los techos tan altos es una ruina para la calefacción.
Hizo una pausa dramática para que sus palabras calaran en el ambiente gélido.
—No tenéis cabeza —remató, sacudiendo la suya propia—.
Elena suspiró, buscando paciencia en algún lugar profundo de su ser.
—Pero es mucho más espacioso y bonito, suegro. Nos encanta.
Paco se paseó por el salón como un perito de seguros evaluando un siniestro total.
Se detuvo en el centro de la estancia, justo debajo de una lámpara de diseño que colgaba de un cable interminable.
—Bonito —repitió Paco, paladeando la palabra como si fuera veneno—.
—Bonito no calienta el salón en enero, Elena.
Se acercó a un radiador de hierro fundido, de esos antiguos que habían sido restaurados y pintados de gris antracita.
Lo tocó con la punta de los dedos.
—¿Esto qué es? ¿Decoración? —preguntó—.
—Está encendido, Paco. Lo que pasa es que tarda en coger inercia térmica —explicó ella—.
Paco miró el radiador y luego miró los cuatro metros y pico de vacío que se extendían sobre su cabeza.
—Inercia térmica dice —se burló él—.
—Esto es física básica, de la que se daba antes, no de la de ahora.
—El calor, por su propia naturaleza, tiende a subir. Es un rebelde.
—Y allí arriba, cerca de las molduras esas tan modernas, se debe de estar de cine.
—Seguro que las moscas están en manga corta.
—Pero aquí abajo, donde estamos los cristianos, esto es el Polo Norte.
Elena intentó mantener la compostura, aunque el frío empezaba a calarle en las rodillas.
—Da amplitud mental, Paco. No te sientes encerrado.
—Yo no quiero amplitud mental, quiero que no se me gangrenen los dedos de los pies —respondió él—.
Paco se sentó en un sofá de diseño danés que era tan bajo que sus rodillas quedaron a la altura de su barbilla.
—¿Y este mueble? —preguntó—. ¿Es para que se sienten los duendes?
—Es un sofá ergonómico, Paco —dijo Elena, sentándose a su lado—.
—Es un potro de tortura —corrigió él—.
—Y encima, cuanto más bajo te sientas, más lejos estás del poco calor que pueda quedar flotando por aquí.
Se frotó las manos con energía.
—Dime una cosa, Elena —dijo Paco, mirándola fijamente—.
—¿Cuánto habéis pagado de gas el mes pasado?
Elena desvió la mirada hacia una estantería llena de libros de arquitectura.
—Bueno, ha sido un mes atípico… —empezó a decir—.
—A soltarlo, venga. No me tengas en ascuas, que es el único calor que voy a recibir hoy —insistió Paco—.
Elena murmuró una cifra que sonó como el precio de un coche de segunda mano.
Paco se llevó las manos a la cabeza, haciendo que su boina se desplazara hacia atrás.
—¡Por el amor de Dios! —exclamó—.
—¡Con eso en mi casa mantenemos encendido hasta el horno de la vecina!
—Pero es que la estética tiene un precio, Paco —argumentó ella, intentando sonar convencida—.
—No es estética, es un delirio de grandeza vertical —sentenció el suegro—.
—Habéis comprado volumen, no habéis comprado una vivienda.
—Habéis comprado el aire que sobra en los polígonos industriales.
—Y ese aire, Elena, hay que pagarlo a precio de oro.
En ese momento, la puerta de la entrada se abrió de nuevo.
Era Javi, el hijo de Paco y marido de Elena, que venía cargado con un par de bolsas de la compra.
Entró resoplando, con la nariz roja como un tomate maduro.
—¡Hola a todos! —gritó Javi—. ¡Jope, qué frío hace en la calle!
Paco se levantó del sofá con la agilidad que le permitía su indignación.
—¿En la calle, dices? —preguntó Paco, yendo al encuentro de su hijo—.
—Ponte el abrigo otra vez, Javi. Aquí dentro estamos a dos grados de que se nos congele la sangre.
Javi dejó las bolsas en la encimera de la cocina americana, que por supuesto, también estaba integrada en el inmenso salón.
—No exageres, papá. Si se está bien —dijo Javi, aunque sus dientes hicieron un amago de castañeo—.
Paco agarró a su hijo por el hombro y lo obligó a mirar hacia arriba.
—Mira eso, Javi. Mira ese abismo —le dijo, señalando el techo—.
—¿Ves todo ese espacio que hay entre tu cabeza y el cielo raso?
—Sí, papá. Se llama aire —respondió Javi con sarcasmo—.
—No, hijo, no. Se llama “tu herencia quemándose en una caldera de gas” —sentenció Paco—.
Javi miró a Elena, pidiendo socorro con la mirada.
Elena simplemente se encogió de hombros y se fue a la cocina a preparar un café, con la esperanza de que el vapor del agua hirviendo subiera la temperatura al menos medio grado.
Pero Paco no había terminado.
Se acercó a la pared y empezó a dar golpecitos con los nudillos.
—¿Esto es tabique de verdad o es cartón piedra de ese que ponéis ahora? —preguntó—.
—Es pladur con aislamiento térmico de alta densidad, papá —respondió Javi, resignado—.
Paco soltó una carcajada amarga.
—Aislamiento térmico —repitió—.
—Eso es como ponerle un abrigo de visón a un esqueleto.
—Si no tienes un techo bajo que mantenga el calor donde debe estar, el aislamiento te sirve para lo mismo que un peine a un calvo.
Se paseó de nuevo hacia los ventanales.
—Y estas ventanas… tan grandes… —dijo, negando con la cabeza—.
—Parece que estéis esperando que aterrice un helicóptero en el salón.
—Es para que entre la luz, Paco —gritó Elena desde la cocina—.
—La luz es gratis, la calefacción no —replicó él—.
Paco se detuvo frente a una columna de hierro visto que atravesaba el salón.
—¿Y esto? —preguntó—. ¿Se les olvidó quitarlo cuando terminaron la obra?
—Es un elemento estructural original, papá. Le da un toque industrial —dijo Javi—.
Paco tocó el hierro frío.
—Un toque industrial —dijo Paco—.
—Como una fábrica de hielo en Reikiavik.
—¿Sabéis lo que es esto? —preguntó, señalando la columna—.
—Un puente térmico del tamaño del Golden Gate.
—Esto absorbe el poco calor que generáis y lo manda directamente al subsuelo.
—Sois unos filántropos del frío. Estáis calentando los cimientos de Madrid por amor al arte.
Elena volvió al salón con tres tazas de café humeante.
—Toma, Paco. Bebe esto y deja de analizar la estructura molecular del piso —le dijo, entregándole la taza—.
Paco agarró la taza como si fuera un salvavidas.
Se sentó de nuevo en el sofá bajo, suspirando.
—Si yo os digo esto por vuestro bien —dijo, suavizando un poco el tono—.
—Sois jóvenes, os gusta lo bonito, lo que sale en las revistas de decoración.
—Pero la vida no es una foto de Instagram, hijos míos.
—La vida es una factura que llega a final de mes y te da un susto que te deja tieso.
—Y aquí, con estos techos, el susto va a ser de campeonato.
Paco dio un sorbo al café y se quedó mirando el vapor que subía verticalmente.
Vio cómo el vapor ascendía, imperturbable, hacia los cuatro metros y veinte de altura.
—Miradlo —dijo, señalando el humo del café—.
—Hasta el café se quiere ir de aquí. Se va directo al techo.
—A ver quién es el guapo que sube allí a disfrutar del aroma.
Javi y Elena se miraron.
Sabían que la tarde iba a ser muy larga.
Porque Paco no había venido solo a tomar café.
Había venido con una misión.
La misión de demostrarles que vivían en un error arquitectónico de proporciones épicas.
Y Paco, cuando se ponía en plan experto, era más persistente que el frío de enero.
PARTE 2
El café no estaba haciendo el efecto esperado en el ánimo de Paco.
Él seguía allí, sentado en aquel sofá que parecía un banco de parque, escrutando cada rincón del salón.
—¿Os habéis fijado en las esquinas de allá arriba? —preguntó de pronto, señalando una moldura impecable—.
Elena, que intentaba leer una revista para ignorar el runrún de su suegro, levantó la vista.
—¿Qué les pasa a las esquinas, Paco? Están perfectas.
—Perfectas para que se acumule el aire viciado —sentenció él—.
—El aire se queda ahí estancado, dando vueltas, riéndose de vosotros.
—Toda esa energía que pagáis se dedica a dar vueltas en las esquinas donde no llega ni la vista ni el sentido común.
Javi intentó cambiar de tema para salvar la tarde.
—¿Has visto la cocina, papá? Pusimos inducción de la última generación.
Paco se levantó, haciendo un esfuerzo por despegarse del sofá ergonómico.
Se acercó a la cocina, que era una isla de mármol blanco, minimalista y fría como un témpano.
—Bonita es —reconoció Paco, para sorpresa de todos—.
Elena sonrió por primera vez en media hora.
—Pero… —añadió Paco, y ese “pero” pesaba más que la propia isla—.
—Pero aquí no podéis hacer un cocido en condiciones.
—¿Por qué no, papá? —preguntó Javi, extrañado—.
—Porque el vapor de un buen cocido tardaría tres días en llegar al techo —respondió Paco—.
—Y para cuando el aroma bajara a saludarnos, ya estaríais jubilados.
—Aquí solo podéis comer ensaladas y cosas crudas, para no generar una humedad que acabe creando su propio microclima ahí arriba.
Se acercó al fregadero y abrió el grifo.
—¿Sale caliente enseguida? —preguntó, con el ceño fruncido—.
—Sí, Paco. Tenemos una caldera de condensación de alta eficiencia —explicó Elena—.
Paco metió la mano bajo el chorro de agua.
—Tarda cuatro segundos —dictaminó—.
—En mi casa tarda dos. Eso es medio litro de agua que tiráis cada vez que os laváis las manos.
—Sumadlo a lo del gas y veréis que a final de año os podríais haber comprado un apartamento en Benidorm.
—En Benidorm no hay techos de cuatro metros, os lo aseguro. Allí saben lo que es la vida moderna de verdad.
Javi se apoyó en la isla, tratando de mantener la calma.
—Papá, viniste a ver el piso porque nos hacía ilusión enseñártelo, no para hacernos una auditoría energética.
Paco lo miró con una mezcla de lástima y autoridad paterna.
—Hijo, alguien tiene que deciros la verdad —dijo Paco—.
—Vuestros amigos vendrán aquí y os dirán: “¡Oh, qué maravilla!”, “¡Qué espacio tan chic!”, “¡Qué luz!”.
—Pero ninguno de ellos os va a pagar la factura de la luz cuando llegue febrero.
—Yo soy tu padre. Mi deber es decirte que esto es un despropósito.
Se alejó de la cocina y regresó al centro del salón, como un actor que vuelve al escenario principal.
Se puso a caminar de un lado a otro, contando los pasos.
—Uno, dos, tres… —murmuraba—.
—¿Qué haces, Paco? —preguntó Elena, ya un poco desesperada—.
—Calculo el volumen de aire innecesario —respondió él—.
—Tenéis aproximadamente sesenta metros cuadrados de salón.
—Con cuatro metros de altura, eso son doscientos cuarenta metros cúbicos de aire.
—Si los techos fueran normales, de dos metros cuarenta, tendríais ciento cuarenta y cuatro metros cúbicos.
Paco se detuvo y miró a Javi con los ojos muy abiertos.
—¡Tenéis cien metros cúbicos de aire de sobra! —exclamó—.
—¡Cien metros cúbicos de nada!
—Es como si tuvierais una habitación vacía flotando sobre vuestras cabezas.
—¿Para qué la queréis? ¿Vais a jugar al baloncesto dentro de casa?
—¿Vais a meter una jirafa de mascota?
Elena soltó un suspiro largo.
—Paco, la sensación de amplitud no se puede medir en metros cúbicos de calefacción.
—Se mide en bienestar, en no sentirte agobiado, en belleza.
Paco negó con la cabeza, decepcionado.
—La belleza no te quita el sabañón de la oreja, Elena —replicó él—.
—¿Sabéis qué hacían en los castillos antiguos? —preguntó de repente—.
—No me digas que vivían con techos bajos, porque no es verdad —dijo Javi—.
—No, tenían techos altos, como vosotros —admitió Paco—.
—Pero tenían tapices. Tapices por todas partes.
—Y tenían chimeneas donde cabía un tronco de encina entero.
—Y aun así, se morían de peste y de frío a los treinta años.
—Vosotros no tenéis tapices. Tenéis paredes blancas que parecen de hospital.
—Y no tenéis chimenea. Tenéis un radiador que parece un juguete.
Se acercó a una de las paredes blancas y la tocó con la palma de la mano.
—Está fría —anunció, como si hubiera descubierto un cadáver—.
—Claro que está fría, Paco, es una pared —dijo Elena—.
—En una casa eficiente, las paredes irradian un poco de calor —corrigió él—.
—Estas paredes lo único que irradian es tristeza térmica.
Paco se sentó de nuevo, pero esta vez lo hizo sobre sus propias manos para calentárselas.
—¿Y los dormitorios? —preguntó—. ¿También son así de “espaciosos”?
Javi y Elena se miraron con temor.
—El nuestro tiene el techo un poco más bajo porque hicimos un altillo para las maletas —dijo Javi con esperanza—.
Paco se levantó de un salto, como si hubiera oído una campana de salvación.
—¡Un altillo! —exclamó—. ¡Por fin alguien con dos dedos de frente!
—Vamos a verlo. Eso suena a algo civilizado.
Caminaron por el pasillo, que era largo y estrecho, acentuando la sensación de altura.
Paco iba mirando hacia arriba todo el tiempo, tropezando con una pequeña alfombra.
—¡Cuidado! —gritó Elena—.
—No me pasa nada —dijo Paco, recuperando el equilibrio—.
—Es que mirar tanto para arriba me marea. Me da vértigo habitacional.
Entraron en el dormitorio principal.
Era una habitación amplia, con una cama grande y minimalista.
Efectivamente, en una de las paredes se había construido un altillo de madera para almacenamiento.
Paco entró y se quedó mirando el altillo.
—Eso está bien —dijo, señalando la estructura—.
—Pero… —Elena ya sabía que venía el “pero”—.
—Pero habéis dejado un hueco entre el altillo y el techo de verdad —dijo Paco, desolado—.
—¿Por qué no lo habéis cerrado hasta arriba?
—Para que circule el aire, Paco… —dijo Elena con un hilo de voz—.
—¡Otra vez el aire! —gritó Paco—.
—Tenéis una obsesión con el aire que no es normal.
—Habéis creado un nido de polvo inaccesible.
—Ahí arriba, en ese hueco, ahora mismo se está celebrando la convención nacional de ácaros.
—Y encima, el poco calor que sube, se mete ahí y se queda atrapado para que lo disfruten las maletas.
—Vuestras maletas están más calientes que vosotros.
Paco se acercó a la cama y apretó el colchón.
—Al menos esto parece mullido —dijo—.
—Pero dormís muy bajo. El aire frío se queda a ras de suelo.
—Deberíais dormir en el altillo.
Javi se rió, pensando que era una broma.
—¿Dormir donde las maletas, papá?
Paco no se rió.
—En el altillo hace tres o cuatro grados más que aquí abajo —dijo con total seriedad—.
—Si fuerais inteligentes, pondríais el colchón ahí arriba y dejaríais esto para guardar la ropa.
—Pero claro, eso no quedaría “bonito” en la revista de las narices.
Regresaron al salón, con Paco liderando la marcha como un general en retirada.
Se detuvo en el pasillo y señaló una pequeña rejilla en el techo.
—¿Eso qué es? —preguntó—. ¿El hilo musical?
—Es el sistema de ventilación forzada con recuperación de calor —explicó Javi, orgulloso de su tecnología—.
Paco se quedó mirando la rejilla como si fuera un bicho raro.
—Recuperación de calor —repitió, paladeando la ironía—.
—Eso es como intentar recoger el agua de una catarata con un dedal.
—Esa rejilla está intentando hacer un trabajo para el que no está capacitada.
—Es como poner a un canario a tirar de un carro.
Se sentó de nuevo en el sofá danés.
—Escuchadme, hijos —dijo Paco, bajando el tono—.
—Yo os quiero. Y por eso me duele veros así.
—Vivís en una burbuja de aire caro.
—Estáis trabajando para pagarle la fiesta a las eléctricas.
—Todo por una cuestión de estética.
—¿De verdad compensa?
Elena se sentó frente a él, en una silla de madera que también era de diseño.
—Paco, cuando nos levantamos por la mañana y vemos la luz entrar por esos ventanales… —empezó ella—.
—Y vemos la amplitud del salón, sentimos que respiramos mejor.
—Sentimos que la casa es un reflejo de lo que queremos ser.
Paco la miró con ternura, pero no cedió ni un milímetro.
—Eso es muy romántico, Elena —dijo él—.
—Pero en febrero, cuando te levantes y la luz entre por el ventanal, vas a ver tus propios pulmones en forma de vaho.
—Y la amplitud del salón te va a parecer un desierto de hielo.
—La respiración va a ser lo de menos cuando no sientas los pies.
Javi se sentó al lado de Elena, formando un frente común frente al padre.
—Papá, es nuestra elección. Preferimos esto a un piso de techos bajos y oscuros.
Paco asintió lentamente.
—Lo entiendo, Javi. Lo entiendo perfectamente —dijo—.
—Pero no vengáis a llorarme cuando la factura del gas sea más alta que vuestra hipoteca.
—Porque entonces yo os diré: “Os lo advertí”.
—Y ese “os lo advertí” va a sonar con un eco precioso en este salón tan alto.
Paco se levantó y se puso la boina.
—Bueno, me voy ya, que se está haciendo tarde y no quiero que me pille la noche en este glaciar —dijo—.
—¿Ya te vas, Paco? Si acabas de llegar —dijo Elena, sintiéndose un poco culpable—.
—Me voy a mi casa, Elena —respondió Paco—.
—A mi casa de techos de dos metros treinta.
—Donde el calor es humilde, pero obediente.
—Donde las esquinas no se ríen de mí.
—Y donde puedo andar en calcetines sin miedo a perder un dedo por congelación.
Paco caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo y miró al techo una última vez.
—Hacedme un favor —dijo—.
—¿Qué, papá? —preguntó Javi—.
—Compraros un termómetro de esos largos, de los que se usan en las piscinas —sugirió Paco—.
—Y atadlo a un palo de escoba.
—Subidlo hasta el techo y mirad la temperatura que hace allí arriba.
—Luego bajadlo al suelo y comparad.
—Cuando veáis la diferencia, comprenderéis que estáis viviendo en el lugar equivocado de vuestra propia casa.
Paco salió por la puerta y sus pasos resonaron en el pasillo con un eco majestuoso.
Javi y Elena se quedaron en silencio en medio de su salón de cuatro metros y veinte centímetros.
De repente, una ráfaga de aire invisible pareció recorrer la estancia.
Elena se frotó los brazos.
—Javi… —dijo ella en voz baja—.
—¿Sí?
—¿Crees que el termómetro de la piscina cabe por el ascensor?
Javi no respondió. Simplemente se acercó al termostato y subió la temperatura dos grados más.
Sabía que era una batalla perdida contra la física.
Pero al menos, la derrota sería en un entorno muy, muy bonito.
PARTE 3
La puerta se cerró tras Paco, pero su espíritu crítico se quedó flotando en el aire como una partícula de polvo rebelde.
El silencio que siguió a su partida era denso, interrumpido solo por el sutil crujido de la madera del suelo dilatándose.
Javi y Elena permanecieron de pie, como dos estatuas en un museo de arquitectura moderna.
—¿Crees que ha sido demasiado duro? —preguntó Javi, rompiendo el hielo, literalmente—.
Elena se acercó al radiador y, por primera vez, no lo miró con amor, sino con sospecha.
—Tu padre tiene un don, Javi —respondió ella—.
—Tiene el don de convertir una reforma premiada por el Colegio de Arquitectos en una catástrofe humanitaria.
—Ha hecho que me sienta como si estuviéramos viviendo en un hangar de aviones.
Javi se rió con nerviosismo y se frotó las manos.
—Bueno, ya sabes cómo es. Para él, el progreso se detuvo cuando inventaron el brasero de picón.
—Dice que lo moderno es una estafa para gente que no sabe de dónde viene el viento.
Elena levantó la vista hacia las molduras, esas que Paco había llamado “nido de ácaros”.
De repente, le parecieron más altas. Mucho más altas.
—¿Tú notas frío, Javi? —preguntó ella, con una voz pequeña—.
Javi dudó. No quería darle la razón a su padre, pero sus dedos empezaban a tener un tono azulado sospechoso.
—No es frío, Elena. Es… frescura —dijo él, intentando salvar la dignidad—.
—Es esa sensación de que el aire no está estancado. Es salud.
—Salud —repitió Elena—.
—Mi abuela decía que la salud entra por los pies y se escapa por la cabeza.
—Y aquí la cabeza está a kilómetros de distancia de los pies.
Se sentó en el sofá danés y, por instinto, encogió las piernas, abrazando sus rodillas.
—¿Sabes qué es lo peor? —dijo ella—.
—¿Qué?
—Que me he quedado pensando en lo del palo de escoba y el termómetro.
Javi suspiró y se sentó a su lado. El sofá crujió bajo su peso.
—No lo hagas, Elena. Es una trampa —advirtió él—.
—Si mides la temperatura arriba, los datos te van a destruir el alma.
—La ignorancia térmica es la base de nuestra felicidad en este piso.
—Pero es que tiene sentido —insistió Elena—.
—Toda esa energía, todo ese dinero que ganamos con tanto esfuerzo…
—Se está acumulando en un lugar donde no podemos tocarlo.
—Es como tener una cuenta de ahorros en Marte. El dinero está ahí, pero no te sirve para comprar el pan.
Javi miró a su alrededor. El piso era precioso. La luz de la tarde entraba de forma rasante, iluminando las motas de polvo que bailaban en el vacío.
—Mira esa luz, Elena —dijo él, señalando el ventanal—.
—Paco dice que la luz es gratis, pero esa luz no entraría así si tuviéramos techos de dos metros treinta.
—Viviríamos en una cueva. Una cueva caliente, sí, pero una cueva al fin y al cabo.
—Estaríamos cómodos, pero tendríamos el techo a dos palmos de la frente.
—¿Prefieres vivir como un hobbit o como una persona del siglo veintiuno?
Elena miró la luz. Era hermosa, ciertamente. Pero entonces recordó la cifra de la factura del gas.
Aquella cifra que le había susurrado a Paco y que él había recibido como una puñalada.
—El problema —dijo Elena— es que el siglo veintiuno es muy caro de mantener.
—¿Y si bajamos un poco los techos? —propuso Javi, casi en broma—.
Elena lo miró como si hubiera sugerido quemar un Picasso para calentarse.
—¡Ni se te ocurra! —exclamó ella—.
—Eso sería darle la victoria total a tu padre.
—Estaríamos admitiendo que su visión del mundo es la correcta.
—Estaríamos aceptando que la eficiencia está por encima de la estética.
—¿Y no lo está? —preguntó Javi con precaución—.
Elena se quedó callada. Era una pregunta peligrosa.
En la facultad de arquitectura le habían enseñado que la forma sigue a la función.
Pero en las revistas de diseño que ella devoraba, la forma era la reina absoluta.
—La función de una casa es cobijar —dijo ella, como si recitara un dogma—.
—Y este piso nos cobija. Con estilo, pero nos cobija.
—Nos cobija a medias, Elena —replicó Javi—.
—Nos cobija la vista, pero no el cuerpo.
Se levantó y fue hacia la cocina. Abrió un armario y sacó una botella de vino.
—Necesitamos un poco de anticongelante —dijo, sirviendo dos copas—.
El vino estaba a temperatura ambiente.
Desafortunadamente, la temperatura ambiente era de unos dieciséis grados.
—Está fresco —comentó Elena, bebiendo un sorbo—.
—Ideal para un blanco, una pena que sea un tinto de crianza —dijo Javi—.
Se quedaron allí, bebiendo vino frío en un salón inmenso, mientras las sombras se alargaban.
De repente, se oyó un ruido. Un silbido suave.
—¿Qué es eso? —preguntó Elena, alarmada—.
—Es el viento, Elena. Se está colando por algún sitio —dijo Javi—.
Ambos se dirigieron al ventanal, como dos detectives buscando una pista.
Javi pasó la mano por el borde del marco del climalit de última generación.
—Aquí —dijo—. Aquí hay una rendija.
Elena se acercó. Sintió un chorro de aire polar golpeándole la mejilla.
—¿Cómo es posible? —exclamó ella—. ¡Si nos costaron una fortuna!
—Es la estructura del edificio, Elena —explicó Javi con amargura—.
—El edificio es de mil ochocientos noventa. Las paredes se mueven.
—Tienen vida propia. Y esa vida propia prefiere el aire de la calle.
—Paco tenía razón —susurró Elena, dejando caer los hombros—.
—Tenía razón con lo de las ventanas de helicóptero.
Javi se quedó mirando el ventanal, frustrado.
—No le des la razón todavía. Es solo una rendija. Se arregla con un poco de silicona.
—No es solo la rendija, Javi —dijo Elena, señalando el techo una vez más—.
—Es todo. La escala. La proporción.
—Hemos diseñado una casa para gigantes, y nosotros somos solo personas normales.
—Personas normales que pasan frío.
Se sentaron de nuevo en el sofá, esta vez más juntos, buscando el calor humano que el gas no lograba proporcionar.
—¿Sabes qué es lo que más me fastidia? —dijo Javi—.
—Que mañana va a llamar por teléfono.
—Y no va a preguntar cómo estamos.
—Va a preguntar: “¿Habéis medido ya el aire con el palo de la escoba?”.
Elena soltó una risa triste.
—Y yo le voy a tener que mentir.
—Le voy a decir que estamos en manga corta y que hemos tenido que abrir las ventanas de tanto calor que hacía.
—No nos va a creer —dijo Javi—.
—Paco tiene un radar para las mentiras térmicas. Sabe cuándo alguien está pasando frío por teléfono.
—Dice que se nota en la vibración de las cuerdas vocales.
Se quedaron en silencio, observando cómo la calefacción intentaba, heroicamente, luchar contra la física de los cuatro metros de altura.
Se oía el siseo del agua por las tuberías, como un ejército que avanza hacia una derrota segura.
—Javi… —dijo Elena después de un rato—.
—¿Dime?
—¿Crees que si ponemos muchas alfombras…?
—¿Alfombras? —preguntó él—.
—Sí, alfombras gordas, de esas de lana de oveja que no ha visto una tijera en años.
—¿Crees que eso ayudaría a mantener el calor abajo?
Javi la miró con ternura.
—Elena, para que las alfombras hicieran efecto, tendríamos que tapizar hasta las paredes.
—Como dijo mi padre. Como en los castillos.
—Tendríamos que vivir dentro de un calcetín gigante.
Elena suspiró y se terminó su copa de vino frío.
—A lo mejor la estética está sobrevalorada —murmuró ella—.
—A lo mejor tener un techo que puedes tocar saltando no es tan malo.
—A lo mejor vivir en un “nido de humedades” con techos de dos metros es el verdadero lujo.
Javi la rodeó con el brazo.
—No digas eso, Elena. Este piso es nuestro sueño.
—Sí, pero los sueños, cuando hace frío, se vuelven pesadillas —respondió ella—.
De repente, el termostato hizo un “clic”.
Se había apagado. Había alcanzado la temperatura de consigna.
—¿Ya? —preguntó Elena, sorprendida—. ¡Pero si sigo teniendo los pies congelados!
Javi fue a mirar el aparato.
—Dice que estamos a veintiún grados —anunció él—.
—¡Imposible! —gritó Elena—.
—¡Si estamos a veintiuno, yo soy la Reina de Suecia!
Javi miró hacia arriba, hacia donde estaba colocado el termostato. Estaba a media altura en una columna.
—Claro… —dijo él, comprendiendo—.
—¿Qué pasa?
—El termostato está a un metro cincuenta de altura.
—A esa altura, el aire ya está un poco caliente.
—Pero nosotros estamos sentados en este sofá que está a treinta centímetros del suelo.
—Abajo estamos a dieciséis grados, en medio a veintiuno, y allá arriba deben de estar a treinta.
—Tu padre tenía razón, Elena. Es una estratificación perfecta.
—Vivimos en un sándwich de temperaturas, y nos ha tocado la parte del queso frío.
Elena se echó a reír, una risa que ya rozaba la histeria.
—Es maravilloso —dijo ella—.
—Tenemos un microclima por cada nivel del salón.
—Si quiero calor, tengo que subirme a una escalera de mano.
—Si quiero frío, me tumbo en el suelo.
—Es la casa más versátil del mundo.
Javi la abrazó más fuerte.
—Mañana compro silicona para las ventanas —dijo él—.
—Y yo voy a buscar tapices —añadió ella—.
—Aunque sean modernos. Aunque sean abstractos.
—Pero que pesen tres kilos por metro cuadrado.
Se quedaron allí, abrazados en la penumbra de su magnífico salón, dos náufragos en un océano de aire innecesario.
La batalla entre la belleza y la eficiencia estaba en tablas, pero el invierno acababa de empezar.
Y Paco, desde su casa de techos bajos, seguramente estaba sonriendo mientras se quitaba los zapatos y sentía el calorcito de su hogar humilde pero sabio.
PARTE 4
La noche cayó sobre Madrid con la pesadez de una losa de mármol.
Dentro del piso de la calle Almagro, la oscuridad acentuaba la sensación de vacío vertical.
Elena y Javi se habían rendido ante la evidencia y se habían refugiado bajo una manta de lana XL que Elena había comprado originalmente “para decorar”.
Ahora, la manta era su único vínculo con la supervivencia.
—¿Estás dormida? —susurró Javi.
—No —respondió Elena desde la profundidad del tejido—.
—Estoy pensando en el concepto de “vacío”.
—Los arquitectos hablamos mucho del vacío como algo positivo.
—Pero el vacío, cuando hay que calentarlo, es muy negativo, Javi. Muy negativo.
Javi soltó un bufido que levantó una mota de lana.
—Mi padre dice que el vacío es lo que tienen los políticos en la cabeza.
—Y que nosotros lo hemos puesto en el techo.
—Empiezo a pensar que su sabiduría de barra de bar tiene una base científica sólida.
Elena asomó la nariz por encima de la manta.
—Mañana voy a llamar a la oficina —dijo ella—.
—Voy a decirles que cancelen el proyecto de los techos de doble altura para el cliente de Pozuelo.
—¿Por qué? —preguntó Javi—.
—Porque no quiero ser cómplice de un delito de congelación premeditada.
—Quiero proyectar casas donde la gente pueda estar en pijama sin parecer que va a una expedición al Everest.
Javi se rió y le dio un beso en la frente. Estaba fría, como el mármol de la cocina.
—Mañana lo veremos todo de otra manera, Elena —dijo él—.
—Cuando salga el sol y la luz inunde el salón…
—Cuando veamos las molduras iluminadas y el espacio respire…
—Nos olvidaremos de la factura y de mi padre.
Elena cerró los ojos, intentando visualizar esa escena.
Pero en su mente, la luz no era luz. Eran billetes de cincuenta euros quemándose en el aire.
Y las molduras no eran arte. Eran barreras que impedían que el calor bajara a salvarlos.
—Javi… —dijo ella de nuevo—.
—¿Qué?
—¿Qué prefieres tú?
—¿A qué te refieres?
Elena se incorporó un poco, soltando el calor acumulado bajo la manta, algo que lamentó al instante.
—Sé sincero conmigo —le pidió—.
—Ahora que estamos solos. Ahora que Paco no nos oye.
—¿Qué prefieres: una casa bonita o una casa eficiente?
Javi se quedó pensativo, mirando hacia el techo infinito que se perdía en las sombras.
Vio la majestuosidad de la estancia.
Vio la elegancia de las líneas.
Vio el “toque industrial” de la columna de hierro.
Y luego sintió el frío helador que le subía por los tobillos.
Sintió el peso de la responsabilidad económica de calentar un volumen de aire que no le servía para nada.
Se imaginó a sí mismo dentro de treinta años, como su padre, criticando los techos de sus propios hijos.
—¿La verdad? —preguntó Javi.
—La verdad —insistió ella.
Javi suspiró, un suspiro largo que formó una pequeña nube de vaho en la penumbra del salón.
—Prefiero una casa —dijo él lentamente—.
—Donde no tenga que llevar bufanda para ver una película en el sofá.
—Donde pueda invitar a mi padre y no tener que aguantar un sermón de tres horas sobre termodinámica porque tiene razón.
—Donde la belleza no me cueste un riñón cada mes de enero.
Elena asintió, volviendo a esconderse bajo la manta.
—Yo también —admitió ella—.
—Creo que hemos aprendido la lección de la manera más elegante y cara posible.
—Mañana buscamos soluciones, Javi.
—Silicona, alfombras, cortinas térmicas… lo que sea.
—Pero no vamos a dejar que el aire gane esta guerra.
Se quedaron en silencio, unidos bajo la lana, mientras el piso de techos altos seguía allí, imperturbable.
Afuera, Madrid seguía congelada.
Arriba, en el techo, el aire caliente celebraba su victoria solitaria.
Y abajo, en el sofá de diseño, dos personas soñaban con techos bajos, radiadores pequeños y una factura de gas que no diera miedo leer.
Porque, al final del día, lo bonito te llena el ojo.
Pero lo eficiente te calienta el alma.
O, como diría Paco, te calienta los pies, que es donde empieza la verdadera felicidad de un hombre.