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El secreto guardado tras la paella dominical que cambió mi destino para siempre con ella

El secreto guardado tras la paella dominical que cambió mi destino para siempre con ella

PARTE 1: El Calvario del Domingo y el Templo de Doña Concha

Si me hubieran dicho hace cinco años, cuando conocí a Elena en aquella terraza de Malasaña mientras ella intentaba explicarme por qué el cine coreano era superior al de Hollywood, que mi destino acabaría pendiendo de un hilo de azafrán y de la aprobación de una mujer que considera que el lavavajillas es “un invento de vagos”, me habría reído en su cara. Pero ahí estaba yo, un domingo de mayo a treinta grados a la sombra, metido en un Ford Focus que olía a ambientador de pino barato, sudando como un pollo asado y subiendo la cuesta de una urbanización a las afueras de Madrid que parece diseñada por alguien que odia la estética y ama el ladrillo visto.

— Javi, por favor, te lo pido —me dijo Elena mientras se retocaba el carmín en el espejo del parasol—, hoy no le digas a mi madre que el arroz te gusta “un poco al dente”. Para ella, el arroz al dente es arroz crudo. Y para mi madre, el arroz crudo es una declaración de guerra civil.

— Elena, cariño, que ya nos conocemos —respondí yo, intentando aflojarme el cuello de la camisa que ya se me pegaba a la nuca—. Llevamos tres años yendo a estos almuerzos. Sé perfectamente que en casa de Doña Concha el arroz se come como ella diga, la política no se toca y el Real Madrid es una institución religiosa. Soy un profesional del equilibrismo familiar.

— No te fíes —murmuró ella con un tono que me dio más miedo que una inspección de Hacienda—. Hoy está… nerviosa. Dice que la paella de hoy es especial. Que es “la definitiva”.

Aparqué el coche bajo la única sombra que quedaba, que casualmente estaba ocupada en un setenta por ciento por el imponente Mercedes plateado de Borja, mi cuñado. Borja es ese tipo de persona que no solo tiene un coche mejor que el tuyo, sino que además sabe de todo. Si tú te has comprado una freidora de aire, él ha hecho un curso en Bélgica sobre la circulación del aire caliente en hornos industriales. Si tú has leído un libro, él conoce al autor y le dio consejos sobre el final. Es el “cuñadismo” hecho carne, y para colmo, es el ojito derecho de Concha porque, según ella, “Borja sí que tiene paladar”.

Caminamos hacia el chalé pareado. El sonido de las chicharras era casi ensordecedor, pero más lo era el griterío que salía de la cocina. Al abrir la puerta, el olor nos golpeó como una bofetada de hospitalidad castellana: una mezcla de sofrito de tomate, ajo frito, romero y ese aroma a “casa de madre” que es imposible de replicar, por mucho que las multinacionales de velas aromáticas lo intenten.

— ¡Ya están aquí los tardones! —rugió la voz de Concha desde el fondo del pasillo.

Apareció con su delantal de cuadros, una paleta de madera en la mano que blandía como un cetro y una gota de sudor recorriéndole la sien, aunque ella jamás admitiría que el calor la afectaba. Nos dio dos besos de esos que suenan y que te dejan la mejilla marcada. A Elena la miró de arriba abajo, juzgando su vestido, y a mí me dedicó esa sonrisa de “te aprecio pero sigo pensando que no eres suficiente para mi hija”.

— Javi, hijo, qué pálido estás. ¿Es que en esa oficina no tenéis ventanas? Entra, entra, que Borja ya está abriendo el vino. Un vino que, por cierto, dice que cuesta cincuenta euros la botella, aunque a mí me sabe a uva, como todos.

Entramos en el salón. El aire acondicionado estaba a dieciocho grados, creando un microclima polar que chocaba con la calima del exterior. Borja estaba allí, de pie junto al aparador de roble, agitando una copa de vino con una intensidad que rozaba lo erótico.

— Hombre, Javi, el hombre del momento —dijo Borja, sin dejar de mirar cómo el vino “manchaba” el cristal—. Llegas justo para la cata. Este es un Ribera del Duero que solo se consigue por encargo. Tiene unas notas de cuero viejo y tabaco de pipa que te van a volar la cabeza. Aunque claro, tú eres más de cerveza de marca blanca, ¿no?

— Soy más de lo que esté frío, Borja, no te voy a engañar —respondí, sentándome en el sofá de escay que te succionaba la piel de los muslos en cuanto te descuidabas.

Elena se fue a la cocina a ayudar a su madre, dejándome solo ante el peligro del cuñado sommelier. Durante quince minutos tuve que escuchar una disertación sobre por qué el roble francés es superior al americano mientras mis ojos se iban a la puerta de la cocina. Algo raro pasaba. Normalmente, el domingo de paella es un caos controlado de platos chocando y gritos sobre quién ha puesto la mesa. Pero hoy, el silencio de la cocina era interrumpido solo por murmullos bajos entre Concha y Elena.

De repente, Concha asomó la cabeza.

— Javi, ven un momento. Tú, Borja, quédate ahí analizando las uvas, que para pelar judías no sirves.

Me levanté con el corazón acelerado. Que Concha te llame a la cocina a solas es como si el director del colegio te llama al despacho: nunca es para darte una piruleta. Entré en el santuario. El calor allí dentro era de fragua de Vulcano. Sobre el fuego grande estaba ya colocada la paella, ese disco de acero pulido que para Concha es más sagrado que el Santo Sudario.

— Cierra la puerta —me dijo en un susurro, mirándome con unos ojos que brillaban con una mezcla de orgullo y paranoia.

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