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El Último Beso Antes del Amanecer en Pamplona

El olor a cobre y vino tinto se mezclaba en el aire espeso de la madrugada navarra. Faltaban apenas unas horas para que el sol iluminara los adoquines de Pamplona, pero en el callejón de San Pelay, la oscuridad era absoluta, casi asfixiante. Mateo apretó la espalda contra la pared de piedra húmeda, sintiendo cómo el frío se infiltraba a través de su camisa blanca, ahora manchada con un rojo que no pertenecía a la sangría derramada en las festividades de San Fermín. Era sangre. Sangre humana, espesa y caliente, que aún le empapaba las manos temblorosas.

Todo había ocurrido en cuestión de segundos, un parpadeo letal en medio de la euforia desmedida de la fiesta. Mateo solo había querido escapar del ruido ensordecedor de la Plaza del Castillo para respirar, para encontrar un momento de paz antes del caos del encierro matutino. Pero en lugar de silencio, encontró el sonido ahogado de la muerte. Un hombre, con los ojos desorbitados por el terror, había caído a sus pies, con la garganta abierta por un tajo preciso y brutal. Antes de exhalar su último aliento, el moribundo había aferrado la camisa de Mateo con una fuerza sobrehumana, manchándolo, y con un susurro que sonó como hojas secas aplastadas, deslizó un pequeño objeto metálico en el bolsillo del pantalón de Mateo.

«Guárdalo… el lobo…» fueron sus últimas palabras.

Mateo no tuvo tiempo de reaccionar. Escuchó pasos, pesados y decididos, acercándose desde el otro extremo de la callejuela. El instinto de supervivencia, crudo y primitivo, tomó el control. Corrió. Huyó como un cobarde, dejando atrás el cadáver, perdiéndose en el laberinto de callejuelas mientras a lo lejos, el aullido de las sirenas de policía comenzaba a rasgar la noche. Había visto la sombra del asesino. Una silueta alta, imponente, que se desvanecía en la niebla. Y peor aún, sabía que el asesino lo había visto a él.

Ahora, mientras el reloj marcaba las seis de la mañana, la ciudad comenzaba a despertar de su breve letargo. El chupinazo había quedado atrás, y la tensión del encierro se palpaba en el ambiente. Mateo, con el corazón latiéndole en la garganta y la mente nublada por el pánico, se encontró arrastrado por la marea humana que se dirigía hacia la Cuesta de Santo Domingo. No podía ir a la policía. Estaba cubierto de sangre, tenía un objeto misterioso de una víctima de asesinato en su bolsillo, y era un extranjero sin coartada en una ciudad embriagada. Era el chivo expiatorio perfecto.

A las ocho en punto, el cohete estalló en el cielo, un trueno que anunció la liberación de las bestias. Los corrales se abrieron. El suelo comenzó a temblar. No era un temblor metafórico; la tierra misma vibraba bajo el peso de seis toros bravos y una manada de cabestros, seis toneladas de músculo, furia y cuernos afilados como cuchillas, cargando por las estrechas calles de Pamplona.

La multitud estalló en un rugido unísono. La adrenalina ahogó el miedo de Mateo por un instante, reemplazándolo por una urgencia aún más inmediata: sobrevivir a los próximos tres minutos. Corrió. Corrió como nunca lo había hecho en su vida. A su alrededor, hombres y mujeres vestidos de blanco con pañuelos rojos al cuello se movían como un solo organismo frenético.

Fue en la curva de Mercaderes, el tramo más traicionero del recorrido, donde la vio.

Ella corría con una agilidad felina, su cabello oscuro recogido en una trenza que latía al ritmo de sus zancadas. Un resbalón de un corredor frente a ella provocó una reacción en cadena. La chica tropezó, cayendo sobre el asfalto justo cuando el aliento caliente del primer toro, un morlaco negro de mirada inyectada en sangre, se cernía sobre ellos.

Mateo no lo pensó. Olvidó el asesinato, olvidó el terror de la noche anterior. Se lanzó hacia ella, agarrándola del brazo derecho y tirando con todas sus fuerzas, arrastrándola hacia el hueco de un portal antiguo justo en el milisegundo en que el pitón del toro rozaba la madera de la puerta, arrancando astillas que volaron por el aire.

Ambos cayeron al suelo de piedra del pequeño nicho, apretujados el uno contra el otro en un espacio que apenas albergaba a una persona. Los toros pasaron atronando a centímetros de sus rostros, un huracán de pezuñas, sudor animal y furia ciega. El sonido era ensordecedor, una fuerza física que les golpeaba el pecho.

En ese espacio minúsculo, atrapados entre la muerte que corría por la calle y la muerte que Mateo llevaba en sus recuerdos recientes, el tiempo pareció detenerse. Él la miró. Ella tenía los ojos muy abiertos, del color del ámbar iluminado por fuego, y respiraba con tanta fuerza que su pecho subía y bajaba contra el de él. Olía a vainilla, a sudor y a vida pura.

La tensión de la cercanía de la muerte, la adrenalina corriendo por sus venas como lava ardiente, y el instinto animal de haber sobrevivido provocaron un cortocircuito en ambos. No hubo palabras. No hubo presentaciones. Como si el mundo estuviera a punto de acabarse, como si ese fuera su último segundo en la tierra, ella enredó sus manos en el cabello de Mateo y tiró de él hacia sí.

Sus labios chocaron en un beso desesperado, salvaje y eléctrico. Fue un choque de trenes, una colisión de pura energía vital. Se besaron con la urgencia de los condenados a muerte, saboreando el miedo y la euforia. Mateo la rodeó con sus brazos, aplastándola contra él, respondiendo con la misma fiereza, encontrando en su boca el único refugio posible contra la locura que lo rodeaba. En ese beso estaba contenido todo el caos de San Fermín: el peligro, la sangre, la celebración y la supervivencia.

Cuando el último toro pasó y el estruendo comenzó a alejarse hacia la calle Estafeta, se separaron, jadeando, mirándose con una mezcla de asombro y desconcierto.

—Estás loco —susurró ella, con una sonrisa temblorosa asomando en sus labios hinchados. —Tú tropezaste —replicó él, apenas capaz de articular palabras, su voz ronca por la falta de aire. —Me llamo Lucía —dijo ella, levantándose rápidamente y sacudiéndose el polvo de los pantalones blancos. —Mateo. —Gracias por salvarme la vida, Mateo. —Lucía lo miró a los ojos, una mirada profunda que pareció leerle el alma—. Te debo un café. O una vida. Nos vemos a las ocho de la tarde en el Café Iruña. No llegues tarde.

Y antes de que Mateo pudiera responder, antes de que pudiera advertirle que él era probablemente la persona más peligrosa de la ciudad en ese momento, ella desapareció entre la multitud que ahora inundaba la calle detrás del encierro, dejándolo solo, con el sabor de sus labios aún quemándole y el peso frío del objeto del muerto en su bolsillo.

Mateo regresó a la pequeña y modesta habitación de su hostal, moviéndose por las calles como un fantasma paranoico, temiendo que cada agente de la Guardia Civil que veía lo estuviera buscando. Al cerrar la puerta tras de sí, se dejó caer en la cama, exhausto, sintiendo que el peso del mundo aplastaba sus hombros.

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