Posted in

El Secreto en el Viñedo de Ribera del Duero

El olor a tierra húmeda, roble francés y humedad secular siempre había sido el refugio de Elena. Sin embargo, esta noche, en las catacumbas de la bodega más antigua y prestigiosa de la Ribera del Duero, la finca Castillo de las Sombras, el aroma embriagador del vino de guarda se mezclaba con un hedor fantasmagórico. Un olor a hierro, a óxido. A sangre vieja.

El frío del subsuelo le calaba los huesos, pero el temblor de sus manos no se debía a la temperatura. Elena, a sus treinta y dos años, era una de las sommeliers más respetadas de España. Su paladar podía distinguir la ladera exacta donde había crecido una uva Tempranillo, podía descifrar los años de crianza, el tostado de la barrica y los secretos de la añada. Pero nada en su extensa formación, nada en sus sentidos agudizados, la había preparado para el sabor de la traición pura que ahora inundaba su boca.

A la luz temblorosa de una sola bombilla incandescente, en el rincón más recóndito de la bodega privada de la familia de la Vega, Elena sostenía un objeto que desafiaba toda lógica y destrozaba su realidad. Detrás de una pared falsa, oculta tras una colección de botellas polvorientas de la legendaria añada de 2011, había encontrado una caja de caoba. Y dentro de esa caja, envuelto en un paño de terciopelo que alguna vez fue blanco pero que ahora ostentaba manchas marrones y resecas, descansaba un sacacorchos de plata maciza. No era un sacacorchos cualquiera. Tenía grabadas unas iniciales inconfundibles: M.V. — Mateo Vargas. Su padre.

El aire pareció desaparecer de la bodega. Elena ahogó un grito, llevándose la mano libre a la boca. El sacacorchos de plata. El mismo que su padre llevaba consigo la noche de su desaparición, hace quince años. La noche en que fue encontrado sin vida en una cuneta, en un supuesto accidente de atropello y fuga que la policía cerró apresuradamente. La caja contenía algo más: un cuaderno de contabilidad negro, escrito con la caligrafía afilada y meticulosa de Don Carlos de la Vega, el patriarca de la finca. Las entradas no hablaban de litros de mosto ni de precios de uva. Hablaban de sobornos. Hablaban de tierras expropiadas. Y, en la fecha exacta del 14 de octubre de 2011, una sola línea, escrita con una frialdad espeluznante: “El problema Vargas ha sido podado de raíz. El viñedo sur es nuestro”.

El corazón de Elena latía con una violencia ensordecedora. Podado de raíz. Su padre, un modesto pero brillante viticultor que se había negado a vender sus tierras ancestrales al gigante monopolio de los de la Vega, no había muerto en un accidente. Había sido asesinado. Asesinado por el hombre que dominaba este valle. Asesinado por Don Carlos.

Y entonces, el horror la golpeó con la fuerza de un huracán, porque en ese preciso instante, escuchó pasos descendiendo por la escalera de piedra. Eran pasos seguros, rítmicos. Una voz cálida, profunda, resonó en la bóveda de ladrillo.

—¿Elena? Mi amor, ¿estás aquí abajo?

Era Alejandro. Alejandro de la Vega. El heredero del imperio. El hombre cuyos ojos oscuros y sonrisa melancólica la habían conquistado. El hombre con el que compartía su cama, sus sueños, su pasión por el vino. El hombre que, apenas unas horas antes, en medio de los viñedos bañados por la luz del atardecer, le había propuesto matrimonio deslizándole un anillo de diamantes en el dedo.

Elena miró el diamante en su mano izquierda. Brillaba débilmente en la penumbra, burlándose de ella. Estaba enamorada, perdida y locamente enamorada, del hijo del asesino de su padre.

—¡Elena! —la voz de Alejandro se acercaba. Traía consigo dos copas de cristal de Riedel y una botella del Gran Reserva que iban a descorchar para celebrar su compromiso.

El pánico se apoderó de ella. Con un movimiento rápido y desesperado, envolvió el sacacorchos manchado de sangre en el paño, lo arrojó junto al cuaderno dentro de la caja de caoba, y empujó la caja hacia el hueco en la pared. Deslizó las pesadas botellas de 2011 para tapar el agujero justo en el momento en que la figura alta y elegante de Alejandro aparecía en el arco de piedra.

—Aquí estás —dijo él, sonriendo con esa ternura que siempre le derretía el corazón. Pero ahora, al mirar su rostro, Elena vio las mismas facciones aristocráticas, la misma línea de la mandíbula que compartía con Don Carlos. Un escalofrío de repulsión y amor cruzó su espina dorsal—. Pensé que te habías perdido buscando la botella perfecta. ¿Estás bien? Estás pálida.

Alejandro dejó las copas sobre un barril de roble y se acercó a ella. Cuando sus manos grandes y cálidas tomaron las de Elena, ella tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no apartarse bruscamente. El calor de su piel, que antes era su refugio, ahora se sentía como el fuego del infierno.

—Yo… sí —tartamudeó Elena, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Es solo… el frío de la bodega. Y la emoción. Ha sido un día muy intenso.

Alejandro soltó una carcajada suave, levantó las manos de ella y le besó los nudillos, rozando el anillo de compromiso con sus labios.

—Serás la dueña de todo esto, Elena. La reina de Castillo de las Sombras. Juntos vamos a llevar estos vinos a la cima del mundo. Mi padre por fin ha aceptado ceder el control. Hoy es el principio de nuestra vida.

Mi padre. Las palabras resonaron en la mente de Elena como una sentencia de muerte. Mientras Alejandro descorchaba el vino, el sonido del corcho saliendo de la botella imitó el sonido de una exhalación ahogada. El líquido rojo rubí, denso y oscuro como la sangre arterial, cayó en las copas. Alejandro le ofreció una.

—Por nosotros —brindó él, mirándola con una devoción absoluta.

Read More