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El Amante Fantasma en la Antigua Albarracín

Primera Parte

Capítulo 1: El Despertar del Delirio

No hay mayor locura que amar a un fantasma, pero el verdadero terror no es descubrir que la mujer con la que compartes tu cama carece de latido; el terror absoluto, el que te hiela la sangre y te quiebra la mente, es darte cuenta de que lleva muerta cuatrocientos años y que, esta noche, no viene a besarte, sino a reclamar tu alma.

Mis manos temblaban mientras sostenía el viejo pergamino a la luz de una vela titilante. Estaba arrodillado en el fango y la nieve derretida, frente a una lápida resquebrajada en el rincón más oscuro y olvidado del cementerio de Albarracín. Las letras, talladas en piedra caliza y desgastadas por siglos de viento implacable de la sierra, formaban un nombre que yo había gemido en la intimidad, un nombre que había sido mi salvación y ahora era mi condena: Isabella de la Cruz. Fallecida en el Año de Nuestro Señor de 1624. Que Dios tenga piedad de su alma maldita.

El viento aulló entre los cipreses, sonando como el lamento de mil viudas. Sentí una ráfaga de aire helado acariciando mi nuca, el inconfundible aroma a jazmín marchito y a tierra húmeda. Era su perfume. El perfume de mi amada.

—Mateo… —susurró una voz a mis espaldas. Era la voz más dulce que había escuchado en mis treinta años de vida, la voz que me había sacado de la depresión, la voz que conocía cada uno de mis pecados, mis miedos infantiles y mis secretos más inconfesables.

Me giré lentamente, con los ojos desorbitados por el pánico. Allí estaba ella, flotando apenas unos centímetros sobre el suelo embarrado, envuelta en la misma bruma espesa que parecía seguirla a todas partes. Su rostro era de una belleza etérea, pálida como la luna, con unos labios rojos como la sangre fresca y unos ojos negros, profundos como abismos sin fondo. No llevaba el vestido de lino moderno con el que solía pasear por mi casa; llevaba un camisón fúnebre, rasgado y manchado de un rojo oscuro a la altura del pecho, justo donde la historia dictaba que una daga le había atravesado el corazón por cometer herejía y brujería.

—¿Por qué escarbas en la tierra, mi amor? —preguntó Isabella, inclinando la cabeza con una curiosidad macabra—. La tierra es para los gusanos. Nosotros pertenecemos a la niebla.

Intenté gritar, pero el terror me había paralizado las cuerdas vocales. El cura del pueblo, el Padre Elías, me lo había advertido. El viejo tabernero ciego me lo había escupido a la cara. “En Albarracín, forastero, la niebla no es agua suspendida. Es el aliento de los que se negaron a ir al infierno”. Pero yo me reí de ellos. Los llamé paletos supersticiosos. Me había enamorado de una alucinación, de una quimera que se había materializado de mis propios vacíos emocionales. O eso creía. Porque Isabella no era una alucinación. Era un espíritu vengativo, un ente atrapado entre los muros rojizos de este pueblo medieval, y yo era su nueva fuente de vida.

—Tú… tú no estás viva —logré articular, retrocediendo a rastras por el barro, manchando mi abrigo—. Eres un monstruo…

La expresión de Isabella cambió. La dulzura desapareció, dejando paso a una furia fría y milenaria. La bruma a su alrededor se arremolinó violentamente, formando siluetas de rostros agonizantes.

—Yo soy todo lo que siempre deseaste, Mateo —su voz ya no era un susurro, sino un eco gutural que parecía resonar dentro de mi propio cráneo—. Conozco tu culpa. Conozco lo que le hiciste a tu hermano. Conozco por qué huiste de Madrid. Nadie te amará jamás como yo te amo. Nadie te poseerá jamás como yo te poseeré.

Extendió una mano translúcida hacia mí. El frío que emanaba de ella marchitó la hierba a mis pies. Sabía que si sus dedos rozaban mi piel, mi corazón se detendría. Me puse en pie a trompicones y corrí. Corrí por mi vida a través de las lápidas, resbalando, cayendo, cortándome las manos con las cruces de hierro oxidado. Detrás de mí, no escuchaba pasos, solo el deslizamiento sibilante de la niebla y su risa… una risa cristalina y desquiciada que parecía rebotar en cada piedra de la antigua Albarracín.

Esa noche supe que estaba condenado. Y para entender cómo un hombre de ciencia, un arquitecto racional y escéptico acabó huyendo de un espectro del siglo XVII en un cementerio de Aragón, hay que retroceder seis meses. Hasta el día en que la maldición de Albarracín me dio la bienvenida.

Capítulo 2: El Refugio de Piedra

Llegué a Albarracín un martes de otoño, buscando silencio. Huía de Madrid, de los rascacielos de cristal que me asfixiaban, del ruido constante del tráfico y, sobre todo, huía de la memoria. El accidente de coche que se cobró la vida de mi hermano menor, Lucas, me había dejado con el alma hecha pedazos y una culpa que me devoraba por dentro. Yo iba al volante. Yo había bebido. La justicia me absolvió por falta de pruebas concluyentes y un buen abogado, pero mi propio tribunal interno me había condenado a cadena perpetua.

Albarracín apareció ante mis ojos tras una curva sinuosa en la carretera de montaña, colgada sobre el río Guadalaviar. Era una visión irreal, casi onírica. Sus casas de yeso rojizo parecían brotar directamente de la roca escarpada, desafiando la gravedad. El pueblo estaba coronado por una muralla medieval que trepaba por la colina como el espinazo de un dragón de piedra dormido. Era un lugar detenido en el tiempo, ajeno al frenesí del siglo XXI. El refugio perfecto para un hombre que quería desaparecer.

Había alquilado una casona antigua en el barrio de la Judería, cerca de la catedral. La estructura crujía con el viento y las ventanas de madera parecían llorar cuando llovía, pero tenía un estudio en la planta superior con vistas al foso natural del río.

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