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LA VERDAD QUE PAT NIXON SE LLEVÓ A LA TUMBA: EL ENGAÑO DE UN PRESIDENTE

 

 

 En 1950 lo repitió con Elén Gahagan Douglas. La llamó The Pink Lady sugiriendo simpatías comunistas con el mismo método: panfletos, asociaciones, insinuaciones. Ganó el Senado para 1952. Ya era suficientemente conocido y suficientemente temido como para que Dwight Eisenhauer lo eligiera como compañero de fórmula, vicepresidente de los Estados Unidos.

 A los 39 años, el chico del Rancho de Limones de Yorbalinda había llegado y llegó con el mismo método que lo había traído hasta ahí, el control de la narrativa a cualquier costo. Y Pat estaba ahí, en cada foto, en cada mitín, en cada gira. Sonreía, siempre sonreía. La prensa la llamaba Pat perfecta y la retrataba como el ideal de esposa política, elegante, discreta, leal.

 Lo que la prensa no veía o no quería ver era lo que ocurría cuando las cámaras se iban y la puerta se cerraba. Porque Nixon en privado, según distintos testimonios recogidos por biógrafos que tuvieron acceso a fuentes cercanas al matrimonio, era un hombre diferente al de los discursos. El poder no lo suavizó, lo concentró según versiones documentadas por el periodista Seor Harsh en su investigación The Price of Power y por otros reportes publicados a lo largo de los años.

 Nixon tenía una relación con el alcohol que pocas veces se mencionó abiertamente mientras estuvo en el poder. Los episodios de tensión extrema en la Casa Blanca coincidían, según distintas fuentes, con momentos de consumo excesivo que modificaban su comportamiento de forma notable, incluyendo explosiones de ira que sus colaboradores más cercanos aprendieron a gestionar como podían.

 Pero el poder que Nixon ejerció en esos años tenía otra cara más visible, la de la imagen. La imagen pública del matrimonio Nixon era una pieza de propaganda también construida como cualquier discurso de campaña. Las hijas Tricia y Julie fotografiadas en eventos, Pat en iniciativas benéficas, Pat sonriendo junto a líderes extranjeros, Pat sosteniendo lo que necesitara ser sostenido ese día.

 Lo que construyeron entre los años 50 y los 70 fue una marca familiar impecable, un muro. Lo que había detrás del muro era otra historia. En 1960, Nixon perdió la presidencia frente a Kennedy. La derrota lo destruyó internamente. Quienes lo rodeaban en esos días describen, según versiones recogidas por distintos biógrafos, a un hombre al borde del colapso emocional, alguien que tomaba la derrota como una afrenta personal dirigida específicamente contra él.

 En 1962 perdió la gobernación de California. Después de esa derrota, dio una rueda de prensa que se volvió histórica por las razones equivocadas. Descontrolado, amargo, humillante. No tendrán a Nixon con quien patear más, dijo. El mundo lo consideró acabado. Pat aguantó esos años también los años del hombre derrotado que volvía a casa con la rabia de las elecciones pegada en el cuerpo.

 Los años del político sin cargo que no sabía muy bien cómo existir sin el peso del poder encima. Según distintos reportes, esos años entre 1962 y 1968 fueron particularmente duros en la vida privada del matrimonio. El regreso al poder con la campaña de 1968 que lo llevó finalmente a la presidencia fue para Pat una mezcla de victoria y condena.

 Mixon había ganado y ella volvía a entrar en la imagen. La imagen. Ese fue el instrumento que lo llevó a la cima y sería el instrumento que lo destruiría porque la misma maquinaria de control que había construido para gestionar su reputación pública, esa obsesión con el secreto, con la grabación, con el archivo, con el registro de todo lo que se decía en su entorno, terminaría siendo la evidencia más devastadora en su contra.

 El sistema diseñado para protegerlo se convirtió en la trampa que lo cazó. Hay una foto de Pat Nixon que aparece en distintos archivos fotográficos de los años 60. Está de pie junto a Richard en algún evento. Sonrisa, tiene todos los ángulos correctos. Los dientes en su lugar, el cuello erguido, la mano cerca de él, pero sin tocarlo.

 Quien sepa mirar esa foto con atención notará una cosa. Los ojos de Pat Nixon no sonríen, miran hacia delante, [música] como los ojos de alguien que lleva mucho tiempo mirando hacia adelante, porque mirar hacia los lados cuesta demasiado. Lo que ocurrió dentro de ese matrimonio durante más de 30 años ha sido documentado con distintos niveles de profundidad por periodistas, historiadores y personas que estuvieron cerca del círculo Nixon.

Lo que emerge de esas fuentes tomadas en conjunto construye un retrato que la imagen oficial del matrimonio nunca mostró. El primero de los ejes tiene que ver con el trato. Según versiones recogidas por la periodista y biógrafa Lester David en su trabajo sobre Pat Nixon y por distintos testimonios publicados a lo largo de los años por personas que trabajaron en la administración Nixon, Richard trataba a Pat con una frialdad que sus colaboradores más cercanos describían como sistemática.

 La ignoraba en reuniones, la interrumpía, le daba instrucciones delante de otras personas. como si fuera parte del personal. Quienes estuvieron presentes en momentos privados describieron, según esas mismas fuentes, escenas de humillación verbal que Pat soportaba en silencio con esa disciplina cuáquera que había heredado como único escudo posible.

 Lo que distintos reportes y testimonios publicados han documentado a lo largo de los años incluye episodios de violencia física. El periodista Seor Hersh, uno de los periodistas de investigación más rigurosos de esa generación, recogió en su trabajo testimonios de personas cercanas a la pareja que describieron situaciones en las que Nixon en estados de alteración llegó a golpear a Pat.

Estas versiones nunca fueron confirmadas oficialmente por ninguna fuente directa y Pat nunca habló de ello públicamente, lo cual forma parte del patrón que vamos a ver, el silencio, como condición de supervivencia dentro de ese matrimonio. guarda este detalle. Pat Nixon, que había trabajado desde los 13 años para sostener a su familia después de la muerte de su madre, que había sobrevivido la pérdida de su padre, siendo adolescente que se había pagado ella sola los estudios universitarios con empleos de secretaria y mecanógrafa.

Esa mujer, que tenía todo para ser independiente eligió o fue obligada a elegir, quedarse y callar. El segundo eje de las infidelidades. Durante años circularon entre periodistas y personas del entorno político en Washington versiones sobre distintas relaciones de Nixon fuera del matrimonio. Una de las más persistentes, recogida por varios biógrafos con diferente nivel de detalle, involucra a una mujer de origen cubano llamada Bebe Reboso.

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