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El ROBO que Enfureció a México: humilde Mexicano destrozó al Monstruo Boricua

 

 

 Los puertorriqueños celebran por adelantado. Los puertorriqueños creen que su bazuca, el verdugo de Sárate, va a hacer cenizas a pintor en cuatro o cinco asaltos. Pero los puertorriqueños no saben con quién se están metiendo. Los puertorriqueños no saben que Lupe Pintor está cargando el luto de Salvador Sánchez.

 Los puertorriqueños no saben que Lupe Pintor está cargando la derrota de Carlos Áate. Los puertorriqueños no saben que Lupe Pintor está cargando en cada uno de sus puños el coraje acumulado de todo un país que ha visto a su gente caer noche tras noche frente al campeón boricua. Y eso, eso es exactamente lo que va a hacer estallar al guerrero de Cuajimalpa esa noche en Nueva Orleans.

 La rivalidad entre México y Puerto Rico en el boxeo no nació esa noche, nació mucho antes. Nació el 26 de junio de 1934 en Montreal, cuando el puertorriqueño Sixto Escobar noqueó al mexicano Rodolfo Baby Casanova. Desde ese día, desde ese mismo día, las dos naciones boxísticas más fieras del continente americano comenzaron una guerra que no se ha detenido jamás.

 Cada generación tiene su capítulo, cada década tiene su batalla y cada vez que un mexicano y un puertorriqueño suben al mismo cuadrilátero, no suben dos peleadores, suben dos banderas, suben dos historias, suben dos pueblos que se reconocen en el espejo del rival y que necesitan necesitan con desesperación demostrarse a sí mismos que su sangre vale más, que su tradición pesa más, que su orgullo es más antiguo.

 Y en 1982, después de Sánchez muerto, después de Saráate humillado, después de tantos golpes que el Imperio Boricua nos había metido, México necesitaba ese triunfo. México necesitaba que un guerrero mexicano subiera a Nueva Orleans en territorio neutral frente a las cámaras de HB o frente al mundo entero y le metiera al verdugo puertorriqueño la golpiza de su vida.

 Lupe Pintor lo sabía. Lo sabía el cuyo Hernández, su entrenador. Lo sabía cada uno de sus sparrings. Lo sabía cada peluquero, cada taxista, cada vendedor ambulante de la Ciudad de México, de Guadalajara, de Monterrey, de Tijuana. Esa pelea no era una pelea, era el momento donde un solo hombre, un solo mexicano, iba a cargar con la ilusión de un país entero.

 Y Pintor, lejos de quebrarse bajo ese peso, se preparó para soportarlo como solo los mexicanos saben soportar. en silencio, sin alaraca, sin promesas vacías, simplemente trabajando, simplemente sudando, simplemente apretando los puños cada vez que recordaba que del otro lado del ring el hombre que había humillado a su patria.

La promoción del combate la hizo Don King, el mismo Don King de siempre, el del cabello eléctrico, el de las frases grandilocuentes, el rey absoluto del boxeo de los 80 y la bautizó con un nombre pomposo, el carnaval de los campeones. La estelar oficial era otra. Wilfred Beníz contra Thomas Herns por el cinturón superwelter del CMB.

 Pero todos los que sabían de boxeo, todos los verdaderos aficionados sabían que la pelea de la noche, la pelea que la gente había pagado por ver era la Coestelar. Era Pintor contra Gómez, era México contra Puerto Rico. Era el campeón gallo subiendo a desafiar al campeón supergallo en un cruce de generaciones, de estilos, de filosofías.

 La transmisión la haría HBO, la cadena más prestigiosa del boxeo mundial. Las localidades se vendieron en 150 sedes con cobertura cerrada en todo Estados Unidos. Y aunque el promotor esperaba llenar las 40,000 localidades del Superdom, esa noche apenas alcanzaron a entrar 12,000 personas. 12,000. Pero esos 12,000 iban a ser testigos de la guerra más feroz que se había visto en la división Supergallo en mucho, mucho tiempo. El pesaje fue el 2 de diciembre.

Los dos, escúchame bien, los dos llegaron en el peso. 121 libras cada uno, una libra por debajo del límite de la división. No hubo dramas, no hubo reclamos. Lupe Pintor estaba ligero, fibroso, listo. Wilfredo Gómez estaba seco, peligroso, afilado como un cuchillo. Y en la conferencia de prensa, contra todo pronóstico, no hubo gritos, no hubo amenazas, no hubo agresiones verbales.

 ¿Y sabes por qué? Porque ambos sabían lo que estaba en juego. Porque ambos cargaban muertos. Porque a pintor le pesaba todavía Johnny Owen y a Gómez le pesaba algo nuevo, algo apenas reciente. Tres semanas antes, el 17 de noviembre de 1982, el coreano Duke Ku Kim había muerto tras una pelea con Rayman Cini y el mundo entero estaba cuestionando si el boxeo, el deporte que ellos amaban, el deporte que les daba de comer debía seguir existiendo o debía ser prohibido para siempre.

 Esos dos hombres, Pintor y Gómez, sabían que esa noche no solo se peleaban un cinturón, se peleaban la dignidad de su deporte y por eso, en lugar de odiarse, se respetaron. Pero ese respeto, atención, ese respeto se quedaría afuera del ring. Adentro del ring, escúchame bien, adentro del ring piedad. Llegó el 3 de diciembre, llegó la noche.

 El superd de Nueva Orleans, esa cúpula gigantesca, comenzó a llenarse desde temprano. 12,000 voces se mezclaban en un solo rumor. Banderas mexicanas, banderas puertorriqueñas, algunos espectadores americanos curiosos. La televisión preparaba sus cámaras. Sugar Ray Leonard, el legendario campeón Welter, el Sugar estaba listo para comentar el combate desde la cabina junto al narrador principal, Howard Coell.

 El rey de los comentaristas, el que había narrado a Muhamad Ali durante 15 años, se había retirado del boxeo apenas una semana antes, asqueado por las muertes recientes, así que esa noche no estaría detrás del micrófono. El árbitro asignado para la Coestelar era una leyenda viva. Arthur Mercante Padre, uno de los referís más respetados de la historia, el mismo que había arbitrado la pelea del siglo entre Ali y Fracier en 1971.

Tres jueces, tres tarjetas, 15 asaltos. Esa era la fórmula clásica de la época, la fórmula que cobraba vidas, la fórmula que en pocos meses sería abolida para siempre y reducida a 12 asaltos. Pero esa noche todavía eran 15. 15 asaltos de 3 minutos, 45 minutos de boxeo puro, 45 minutos donde dos hombres iban a darse hasta la última gota de sangre y entonces empezó la marcha.

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