Lupe Pintor salió primero, como tradicionalmente sale el retador. Salió vestido con sus colores nacionales. Salió con la frente en alto. Salió rodeado de su equipo, del cuyo Hernández, pegado a su hombro, susurrándole estrategia al oído, salió caminando despacio por el pasillo, sin apuro, sin nervios visibles, mirando al frente como un hombre que sabe a lo que va.
Los pocos mexicanos que habían viajado al Superdom, esos 100 o 200 compatriotas que se habían rascado el bolsillo para estar ahí esa noche, gritaron su nombre como si fueran 100,000. Lupe, Lupe, Lupe. Y él los escuchaba. Él sentía cada grito. Él sabía que detrás de esos 200 mexicanos en el Superdome había un país entero pegado a las pantallas, un país que esa noche iba a parar todo, un país que esa noche estaba reunido frente al televisor en blanco y negro de la tía, en el bar de la esquina, en la cantina, en la casa de los abuelos, esperando, esperando,
esperando que el guerrero de Cuajimalpa hiciera lo que tenía que hacer. subió las escaleras del ring, atravesó las cuerdas y se paró ahí en su esquina, mirando hacia el otro lado del cuadrilátero, esperando al enemigo. Y entonces salió Wilfredo Gómez y la otra mitad del superdome explotó. Las banderas puertorriqueñas se movieron como olas.
Los gritos de boricua rompieron el aire. Bazuka caminó hacia el ring con esa actitud suya, la del campeón consumado, la del hombre que ha tirado a 17 rivales seguidos sin que ninguno le haya durado los 15 asaltos. Cabeza alta, pasos firmes, los ojos clavados en algún punto invisible más allá de las cuerdas. Subió las escaleras, cruzó las sogas y se paró frente a Lupe Pintor a una distancia de 3 m.
Y los dos se vieron a los ojos sin palabras, sin gestos, solo una mirada. Una mirada que decía todo lo que tenía que decir. Una mirada que decía, “Esta noche uno de los dos sale de este ring siendo otra cosa.” El anunciador del ring, Jimmy Lennon Padre, otra leyenda del boxeo, levantó el micrófono y comenzó a presentar a los peleadores. Sus voces resonaron en el cavernoso domo.
En esta esquina con calzón rojo, retador a la corona supergallo del Consejo Mundial de Boxeo. campeón mundial gallo de la misma organización. Nacido en Cuajimalpa, México, José Guadalupe, el indio, Pintor. Los 200 mexicanos rugieron. La afición boricua silvó. Pintor levantó un puño cerrado, sin sonreír, sin mostrar emoción alguna y en esta esquina con calzón blanco defendiendo su título mundial supergallo del Consejo Mundial de Boxeo por 17ª vez consecutiva.
Nacido en San Juan, Puerto Rico. El campeón Wilfredo Bazuca Gómez. El superdome explotó. Bazuka levantó los dos brazos. Los puertorriqueños entonaron su himno desde las tribunas y México, viendo desde sus televisores, apretó los puños. Mercante llamó a los dos peleadores al centro del ring, les dio las instrucciones de rigor. Los hombres se chocaron los guantes y caminaron de regreso a sus esquinas.

Sonó la campana del primer asalto y empezó la guerra. Asalto uno. Wilfredo Gómez salió como sale siempre a noquear. El boricoa sabía que tenía que terminar la pelea rápido antes de que pintor encontrara el ritmo. Antes de que el mexicano descubriera el camino, salió tirando con las dos manos. Cab, cab cruzado de derecha.
Y de pronto conectó conectó un Uppercut tremendo. Un Uppercut que sacudió la cabeza de pintor. Un uppercut que en el primer minuto del primer asalto hizo que el superdome contuviera la respiración. Pintor se tambaleó. Pintor sintió las piernas flojas, pero Pintor, con esa entereza de mexicano de los buenos, se reagrupó, no corrió, no se abrazó, se quedó ahí en el centro del ring, recibiendo el segundo, el tercer y el cuarto golpe y esperando su oportunidad.
Y la oportunidad llegó. En los últimos 40 segundos del primer asalto, Pintor empezó a soltar las manos, empezó a meter su jab, empezó a tirar el cruzado y aunque el round en cualquier tarjeta honesta fue para Wilfredo Gómez por la potencia mostrada, los 200 mexicanos del Superdom y los 40 millones de televidentes mexicanos en casa entendieron una cosa, su hombre no se iba a derrumbar, su hombre iba a pelear, su hombre iba a estar ahí los 15 asaltos completos. Asalto dos.
Wilfredo Gómez seguía en modalidad ataque, seguía buscando el knockout temprano y conectaba. El boricua tenía un volumen impresionante de manos. Lanzaba combinaciones de cuatro y cinco golpes. Terminaba con ganchos al cuerpo. Pintor cubrió, Pintor escapó. Pintor recibió. Pero cada vez que Pintor encontraba un ángulo, cada vez que Pintor lograba meter un contragolpe, Bazuka sentía el respeto.
Sentía que el mexicano que tenía enfrente no era cualquier rival. Sentía que ese hombre, ese morenito de Cuajimalpa, con los ojos negros y duros, tenía algo distinto. Sin embargo, el segundo asalto también fue para Bazuca, su volumen, su potencia, su intensidad. Pero los segundos de pintor le dijeron algo importante en la esquina.
Le dijeron, “Aguanta, mi hijo, aguanta. que ese chamaco se va a cansar. Le dijeron, “Tú sabes lo que tienes. Tú aguanta, que la pelea es de 15 asaltos, no de tres.” Y pintor asintiendo, aguantó. Asalto tres. Y aquí, mexicano, aquí empieza la leyenda. Aquí empieza el round que la revista Ring Magazine, la Biblia del boxeo mundial, declararía meses después como el round del año 1982.
Aquí empieza el momento donde tu corazón mexicano va a temblar. Wilfredo Gómez sale con la convicción absoluta de que va a terminar la pelea en este round. Acorrala a pintor contra las cuerdas y le tira una combinación devastadora, una combinación de 19 golpes seguidos. 19. Sí, escuchaste bien.
19 golpes en una sola secuencia. El Superdo de pie. Los puertorriqueños comenzaron a gritar. Acábalo, acábalo. Pintor parecía a punto de caer. Pintor estaba contra las cuerdas cubriéndose, tragándose golpe tras golpe. Y entonces, mexicano, entonces ocurrió algo. Mercante, el árbitro vio uno de esos 19 golpes pegar bajo.
Vio uno de esos golpes cruzar la línea del cinturón y detuvo la acción. le advirtió a Wilfredo Gómez por golpe bajo. Le dijo, “Cuidado, campeón, mantenga los golpes arriba.” Y ese paro, ese paro de 3 segundos, ese paro que pareció eterno, le dio a Lupe Pintor el oxígeno que necesitaba. El indio respiró. El indio se reorganizó y cuando Mercante les dijo, “Boxeen, Lupe Pintor, en lugar de retroceder, en lugar de abrazarse, en lugar de sobrevivir, hizo lo que solo los grandes guerreros mexicanos saben hacer en los momentos imposibles. Avanzó, caminó hacia
adelante, le metió a Wilfredo Gómez un cruzado tremendo a la cara, le metió un uppercut al estómago y empezó a tirar, a tirar, a tirar. La cara del boricua se hinchó al instante. La ceja izquierda del bazooka empezó a abultarse. El pómulo derecho se le llenó de sangre y los 200 mexicanos del Superdome estallaron en un grito que se escuchó hasta la calle Borbon.
Y los 40 millones de mexicanos pegados al televisor sintieron que el corazón se les iba a salir del pecho. Su hombre estaba pegándole. Su hombre estaba castigando al verdugo. Su hombre estaba haciendo lo imposible. La campana sonó. Los dos volvieron a sus esquinas y aunque las tarjetas de los jueces seguían favoreciendo a Wilfredo Gómez por las acumulaciones tempranas del round, todos en el Superd, absolutamente todos, sabían una cosa.
Esa pelea no iba a ser un paseo para el boricua. Esa pelea iba a ser una guerra, una guerra mexicana. Asalto cuatro. Wilfredo Gómez sabía ya que necesitaba ser más cuidadoso. Sabía que el mexicano que tenía enfrente no era Carlos Sarate y los demás. sabía que ese hombre tenía un coraje que no se quebraba.
Pero el boricua era el campeón y el campeón tenía orgullo. Y el campeón también tenía su país en los hombros. Salió a tirar, a boxear con más medida, a medir distancias, a meter el jab, a sacar combinaciones cortas, a circular el ring. Pintor, mientras tanto, había encontrado una verdad importante. La cara de Bazuka era vulnerable.
La cara del bazuka se hinchaba con cada golpe y Lupe Pintor, mexicano nato, comenzó a buscarle el rostro con paciencia, con disciplina, con la frialdad de un cazador que sabe que la presa está cansada. Llegó hacia el final del cuarto asalto, un cruzado de izquierda al ojo derecho del boricua que casi lo cierra para siempre.
La hinchazón crecía. Bazuca volvía a su esquina con la cara desfigurada. El cuarto asalto, sin embargo, fue de Wilfredo Gómez por mayor cantidad de golpes acumulados. Pero pintor estaba haciendo daño. Pintor estaba sembrando. Asalto cinco. Y aquí, mexicano, aquí ocurre el primer cambio de marea importante.
Lupe Pintor sale al centro del ring y por primera vez en la noche no espera, no reacciona. Ataca. El indio de Cuajimalpa, toma la iniciativa, comienza a meter el hub, comienza a doblar el cuerpo, comienza a bajar la mano cuando el boricoa tira y a contestar con la derecha. Y el round mexicano. El round se le va a Lupe Pintor.
Por primera vez en la noche, los jueces de las tarjetas empiezan a marcar 10 a nu para pintor. Por primera vez en la noche, los puertorriqueños del Superdom se quedan callados. Por primera vez en la noche, los 200 mexicanos rugen sin parar. La cara de Wilfredo Gómez es ya una máscara. El pómulo izquierdo está completamente cerrado.
La ceja del lado derecho sangra ligeramente. Sus segundos en la esquina trabajan con hielo, compresión, con todos los recursos del oficio. Pero la cara del bazuca se está deformando y Lupe Pintor lo sabe. Y Lupe Pintor lo siente. Y Lupe Pintor, en el silencio de su esquina mirando al frente, se promete a sí mismo que va a seguir cazándolo, que va a seguir disparando ese yab, que va a seguir metiendo ese cruzado hasta cerrarle los dos ojos al boricua si hace falta.
Ya ve ad abajo, abajo. Vamos, 10 segundos. 10 segundos. Asalto seis. Wilfredo Gómez reacciona. El campeón sabe que ha perdido el quinto. El campeón sabe que está tomando demasiados golpes a la cara y sale a recuperar terreno y lo hace con violencia. Conecta dos supercuts seguidos. Conecta un cruzado de derecha que sacude la cabeza de pintor.
Conecta un gancho al hígado que le saca el aire al mexicano. El sexto asalto es para bazuca. Limpio, sin discusión. Pero pintor no cae. Pintor no se quiebra. Pintor termina el asalto caminando hacia adelante. Todavía buscando, todavía disparando, todavía vivo. Vuelve a su esquina cuyo Hernández le dice algo al oído.
Le pasa una toalla por la frente, le da un trago de agua y le susurra. Lo tienes, mijo, lo tienes. Sigue trabajando. Este boricua no aguanta lo que tú aguantas. Asalto siete. Wilfredo Gómez vuelve a tomar el control. El boricua, sintiendo que la pelea se le había ido en el quinto, redobla apuesta, mete combinaciones largas, mete ganchos al cuerpo, mete cruzados a la cabeza, pintor recibe, pintor cubre, pintor responde.
Pero el séptimo asalto, hay que decirlo con honestidad, es para Wilfredo Gómez. La pelea después de siete asaltos va igualada en las tarjetas o ligeramente arriba para el boricua. Pero la diferencia visual es brutal. La cara de Wilfredo Gómez es una máscara hinchada. Sus dos ojos están cerrándose. Su nariz sangra intermitentemente, mientras que la cara de Lupe Pintor, la cara del indio de Cuajimalpa, está casi intacta, apenas un par de marcas, apenas un golpe en el pómulo izquierdo y los 200 mexicanos del Superdome lo notan. Los puertorriqueños
lo notan, Mercante lo nota y todo el equipo de HBO lo nota. La pelea desde el punto de vista visual la está ganando Lupe Pintor. Asalto ocho. Y aquí, mexicano, aquí ocurre la controversia más importante de la noche. Aquí ocurre el momento donde el árbitro Arthur Mercante padre, esa leyenda del oficio, ese hombre que había arbitrado la pelea del siglo, comete una decisión que nos dolería para siempre.
En medio de un intercambio fuerte, en medio de una secuencia donde Lupe Pintor estaba castigando al cuerpo del boricua con ganchos cortos, Mercante detiene la acción. vio uno de esos ganchos, lo consideró bajo y le descontó un punto a Lupe Pintor. Un punto, sí, un punto. El árbitro, que en el tercer asalto solamente había advertido a Wilfredo Gómez por el golpe bajo, esta vez, esta vez sí, decide quitarle un punto a Pintor, un punto que, lo verás más adelante, sería absolutamente decisivo en el resultado final del combate. Lupe
Pintor protesta, el cuyo Hernández desde la esquina le grita al árbitro en español, pero la decisión es la decisión y Mercante reanuda el combate. Pintor, herido en su orgullo, indignado, descarga toda su frustración en los siguientes 150 segundos del asalto. Le mete a Wilfredo Gómez un cruzado tremendo.
Le mete un uppercut, le mete un gancho al riñón. El boricua se tambalea por primera vez en serio en toda la noche. Pintor avanza. Pintor presiona. Pintor lo lleva a las cuerdas y suelta una serie de 15 golpes seguidos a la cabeza y al cuerpo. La campana suena. Wilfredo Gómez camina hacia su esquina con dificultad y aunque oficialmente por culpa del descuento del árbitro, el asalto termina marcado para Wilfredo Gómez en algunas tarjetas, todos los presentes saben una cosa, Pintor está ganando esa pelea.
Pintor le está dando una golpiza al campeón. Asalto nueve. Y mexicano, prepárate porque aquí empieza el momento más glorioso de Lupe Pintor en toda su carrera. Aquí empieza el momento donde el indio de Cuajimalpa se convierte durante 6 minutos en el mejor peleador del planeta Tierra. Aquí empieza el momento donde México durante 6 minutos gobierna el mundo.
Lupe Pintor sale a su esquina, escucha al cullo Hernández asiente y cuando suena la campana sale a cazar. sale con veneno en los puños, sale con una determinación absoluta y empieza a metérselo. Le mete el jab, le mete el cruzado de derecha, le mete el uppercut al mentón, le mete el gancho al hígado.
Wilfredo Gómez por primera vez en la noche retrocede. Por primera vez en la noche busca el clinch. Por primera vez en la noche tiene que escapar. La cara del boricua es un mapa de moretones. Sus dos ojos están casi cerrados. La sangre le baja del lado derecho. Sus segundos desde la esquina. Le gritan que se sostenga, le gritan que aguante, le gritan que no se desconcentre.
Pero Lupe Pintor, mexicano, Lupe Pintor está pegándole, está cazándolo por todo el ring y Mercante, el árbitro lo nota. Y la cabina de HB o lo nota y los 12,000 del Superdom lo notan. Los 200 mexicanos rugen como leones, el cuyo Hernández desde la esquina levanta los brazos. Y al sonar la campana del noveno asalto, el indio camina lento hacia su esquina, sin sonreír, sin festejar, simplemente concentrado, como un hombre que sabe que el trabajo no está terminado. Asalto 10.
Y aquí, mexicano. Aquí Lupe Pintor no se conforma. Aquí Lupe Pintor no levanta el pie del acelerador. Aquí Lupe Pintor sigue cazando al verdugo boricua. Sale al centro del ring y empieza a meter el hub. empieza a circular, empieza a marcar la pelea. Wilfredo Gómez. Escúchame bien. Wilfredo Gómez está confundido.
El campeón, el destructor, el verdugo, está retrocediendo frente a un hombre que se suponía que él tenía que noquear en cinco asaltos. El boricoa intenta volver a su mejor versión. Tira combinaciones de cuatro golpes, pero Pintor las veir, Pintor las esquiva, Pintor responde y empieza a meter una serie de cruzados que la afición boricua del Superdom no puede creer.
La cara de Wilfredo Gómez se hincha más. Los dos ojos están cerrándose definitivamente. Y al sonar la campana del décimo asalto, escúchame con atención, al sonar la campana del décimo asalto, los segundos de Wilfredo Gómez tienen que ir al centro del ring sostener al boricua y llevarlo a la esquina porque el campeón no podía ver, porque el campeón estaba ciego, porque Lupe Pintor le había cerrado los dos ojos a Wilfredo Gómez.
Y ese momento mexicano, ese momento donde los segundos boricuas tuvieron que cargar a su campeón, ese momento donde el invicto del peso supergallo tuvo que ser ayudado a regresar a su rincón. Ese momento es el momento donde México virtualmente ganó la pelea, donde México demostró que un mexicano de Cuajimalpa podía llevar al borde del abismo al verdugo más temible del planeta.
Asalto 11. Wilfredo Gómez en su esquina escucha a sus entrenadores. Sus segundos le aplican hielo en los párpados, le presionan la frente, le pasan vaselina sobre las cejas. El boricua escuchando, asintiendo, recompone el ánimo, sale al onceavo asalto con la rabia del campeón herido.
Y hay que reconocerlo, mexicano, hay que reconocerlo con honestidad. Ese onceavo asalto es para Wilfredo Gómez, porque el boricua, a pesar de tener los dos ojos prácticamente cerrados, a pesar de tener la cara hecha a pedazos, todavía es Wilfredo Gómez. Todavía es uno de los noqueadores más letales de la historia del boxeo. Y conecta, conecta una derecha tremenda al mentón de pintor que sacude al mexicano.
Conecta un uppercut que casi lo manda a la lona. pintor herido, tambaleándose. En lugar de retroceder, en lugar de ceder, cuadra los pies y le contesta con un cruzado igual de fuerte. Y los dos hombres en el centro del ring comienzan a intercambiar golpes a quemarropa sin defensa, sin esquivar, pegándose como en una pelea de cantina, como dos guerreros antiguos que ya no saben hacer otra cosa que pegarse hasta que uno de los dos caiga.
La campana del 11avo suena y aunque el round en términos técnicos es para Wilfredo Gómez, los 12,000 del Superdom se ponen de pie y aplauden. Aplauden porque están viendo algo histórico. Aplauden porque están viendo a dos hombres dando todo lo que tienen. Asalto 12. Y aquí, mexicano, aquí ocurre uno de los rounds más violentos jamás vistos en una pelea por un campeonato mundial.
Aquí ocurre un asalto que los historiadores del boxeo han colocado junto con otros muy pocos en el Olimpo absoluto de los rounds más feroces de la historia. Suena la campana. Los dos hombres caminan al centro del ringan, 3 minutos 180 segundos. Sin clinch, sin descanso, sin defensa, solo golpes, golpes y más golpes. Pintor mete el jab.
Gómez mete el cruzado. Pintor mete el uppercut. Gómez mete el gancho al hígado. Pintor mete una combinación de seis golpes. Gómez le contesta con una de cinco. Los dos hombres están en el centro del ring, pegándose con una furia que el superdom no había visto jamás. Los 12,000 están de pie, las banderas se mueven, los gritos rompen el aire.
Sugar Ray Leonard desde la cabina de HBO dice una frase que se queda para siempre en la historia. Estos dos hombres están haciendo cosas que no debieran ser humanamente posibles. Y al final del asalto, escúchame bien, mexicano, atención, atención. Al final del asalto, justo antes de que sonara la campana, Lupe Pintor, el indio de Cuajimalpa, conecta un gancho de izquierda tremendo a la mandíbula de Wilfredo Gómez.
Y el boricua, escúchame con todo cuidado. El boricua se tambalea, el campeón se va para atrás, el campeón pierde el equilibrio, el campeón pisa las cuerdas. La campana suena justo en ese instante. Justo en ese instante. Si hubieran sido 2 segundos más, mexicano, 2 segundos más, Lupe Pintor habría tirado a Wilfredo Gómez por primera vez en su carrera.
Pero la campana llegó y los segundos de Wilfredo Gómez una vez más tuvieron que ir al centro del ring cargar a su campeón. Una vez más, Bazuka regresó a su esquina ayudado por sus auxiliares. Una vez más, el invicto del peso Supergo, demostró estar al borde del colapso y los 200 mexicanos del Superdome, los 40 millones de mexicanos pegados al televisor en casa, sintieron que el milagro estaba a punto de ocurrir.
Sintieron que México México en territorio neutral, en plena Nueva Orleans, frente a las cámaras de HBO, frente al mundo entero, estaba a un solo asalto. A un solo asalto de tumbar al verdugo invencible. Asalto 13. Y aquí, mexicano, aquí ocurre algo extraño. Aquí ocurre algo que solamente los verdaderos peleadores entienden. Lupe Pintor sintiendo que la pelea está ganada, sintiendo que las tarjetas le favorecen, sintiendo que solamente necesita dos rounds más boxeando para llevarse el cinturón mundial Supergallo a casa, decide bajar el ritmo, decide boxear de
lejos, decide meter el jab y moverse, decide no arriesgar. Y atención, mexicano, atención los analistas modernos del combate, los historiadores que han revisado 1 veces el video, todos coinciden en una sola cosa. Si esa pelea hubiera estado pactada a 12 asaltos en lugar de 15, Lupe Pintor se hubiera proclamado campeón mundial supergallo del Consejo Mundial de Boxeo en 1982.
Si esa pelea hubiera tenido el formato moderno de 12 asaltos, esa noche del 3 de diciembre en el superd de Nueva Orleans, México habría celebrado uno de los triunfos más grandes en la historia del deporte. Pero el boxeo de 1982 seguía siendo a 15 asaltos. 15. Y ese formato, ese formato implacable que cobraría tantas vidas, ese formato que sería abolido en pocos meses por culpa de las muertes recientes.
Ese formato es el que permitió que Wilfredo Gómez, con los ojos cerrados, con la cara destruida, con el cuerpo molido, todavía tuviera dos rounds de oxígeno para encontrar el milagro. Y Wilfredo Gómez, sintiendo que la pelea se le iba, sintiendo que su corona invicta de 5 años se le escapaba entre los dedos, supo en su esquina escuchando a sus segundos que tenía que jugarse el todo por el todo, que tenía que olvidar el dolor, que tenía que olvidar la ceguera, que tenía que salir al caorceavo y al quinceavo si era necesario, a buscar el
knockout, a buscarlo aunque no pudiera ver, a buscarlo aunque tuviera que tirar por instinto. Asalto 14. Y aquí, mexicano, aquí necesito que aprietes los puños. Aquí necesito que respires hondo. Aquí necesito que entiendas que lo que estás a punto de escuchar es uno de los momentos más amargos en la historia del boxeo mexicano.
Suena la campana del 14avo. Lupe Pintor sale al centro del ring confiado. Lupe Pintor sabe que va arriba. Lupe Pintor sabe que solamente necesita boxear con paciencia. Wilfredo Gómez del otro lado sale rugiendo, sale como un león herido, sale como un campeón que ha decidido morir parado en lugar de perder de pie. El boricua, según confesaría días después en entrevistas, en realidad, escúchame bien, en realidad ya no veía.
Estaba ciego. Sus dos ojos estaban prácticamente cerrados. Tiraba por instinto, tiraba a donde sentía la presencia del mexicano y al primer minuto del 14avo asalto, pintor avanza confiadamente al centro, le tira un yaba bazuka y entonces, mexicano, entonces ocurre el desastre. Wilfredo Gómez, con los dos ojos cerrados, sin ver casi nada, conecta una izquierda al cuerpo, una izquierda al hígado, una izquierda que algunos espectadores y el propio pintor en entrevistas posteriores jurarían que cruzó la línea baja del cinturón. Una izquierda que para Pintor
fue un golpe ilegal. Para el árbitro Arthur Mercante padre, sin embargo, fue un golpe legal. Y ese golpe, ese golpe a la línea de flotación, ese golpe duda, le sacó el aire al mexicano, le dobló las rodillas, le quebró la postura y antes de que pintor pudiera reorganizarse, antes de que pudiera recuperar el aire, Wilfredo Gómez, ciego sin ver, tirando por puro instinto, le conectó una derecha a la cabeza, una derecha que aterrizó arriba del oído izquierdo, una derecha que mandó a pintor a la lona por primera vez en la
noche, por primera vez en 14 asaltos brutales después de haber haber dominado claramente al campeón durante cinco rounds seguidos después de haberle cerrado los dos ojos al boricua. Después de haber estado a un golpe de tirarlo en el doceavo, Lupe Pintor cayó. Cayó. El indio de Cuajimalpa cayó por primera vez en la noche. Mercante comenzó a contar.

Un, dos, tres. Pintor con esa entereza absoluta, con ese corazón gigantesco, con ese orgullo que solamente entiende quién ha nacido en México y ha tenido que pelearle a la vida desde niño. Pintor se levantó. Cuatro cintor estaba en pie, estaba listo, estaba dispuesto a continuar. Pero Wilfredo Gómez, viendo a pintor levantado, sintiendo en sus huesos que esta era su última oportunidad, su único momento, su única salida del infierno donde se había metido, Wilfredo Gómez se le fue encima, lo acorraló contra las cuerdas y le tiró
una serie de golpes finales, un cruzado de derecha, un gancho de izquierda, otra derecha y el último, el último mexicano. Atención. El último golpe fue una izquierda a la mandíbula que mandó a pintor de regreso a la lona. Y aquí, mexicano, aquí ocurrió la decisión más controvertida del combate. Arthur Mercante padre.
El árbitro, sin contar, sin esperar, sin preguntarle a pintor si podía continuar, sin acercarse a verle los ojos, agitó los brazos. 2 minutos 44 segundos del 14avo asalto. Combate detenido, knockout técnico. Wilfredo Gómez, el boricua, el verdugo, el invicto del peso supergayo, ganaba la pelea y conservaba su cinturón. El superd se vino abajo, la afición puertorriqueña enloqueció.
La afición mexicana, los 200 compatriotas que habían viajado al domo se quedaron en silencio y los 40 millones de mexicanos pegados al televisor en casa lloraron. Lloraron de coraje, lloraron de impotencia, lloraron porque sabían, sabían en lo más hondo de sus huesos que esa pelea, esa pelea de 14 asaltos no la había ganado el boricua.
Esa pelea la había ganado Lupe Pintor y la decisión del árbitro, el descuento del octavo asalto, el formato de 15 rounds, la combinación de todos esos factores, le había robado al indio de Cuajimalpa el triunfo más grande de la historia del boxeo mexicano. Las tarjetas, mexicano, las tarjetas confirman lo que tu corazón ya sabía. Tres jueces, tres tarjetas.
Harold Leatherman tenía la pelea 125 a 121 para Wilfredo Gómez. Dick Cole la tenía 126 a 120 para Wilfredo Gómez. Pero atención, atención, escúchame con todo cuidado. El tercer juez, Arti Aidala, escúchame bien. El tercer juez, en el momento exacto en que se detuvo el combate, tenía la pelea 124 a 121 a favor de Lupe Pintor. Sí, mexicano.
El tercer juez, uno de los tres jueces oficiales, tenía a pintor adelante en las tarjetas. Y si descuentas, escúchame bien, si descuentas el punto que el árbitro le había quitado a Pintor en el octavo asalto, ese punto polémico, ese punto que Pintor jura hasta la fecha que jamás debió haber sido descontado, las tarjetas lo habrían tenido aún más arriba.
Y la realidad, la realidad fría de aquella noche es que sin la conclusión del 14ceavo asalto, sin ese golpe al hígado que muchos consideran bajo, sin esa izquierda final, Lupe Pintor se habría llevado el cinturón mundial supergallo del Consejo Mundial de Boxeo a la Ciudad de México. Habría sido el primer mexicano, escúchame bien, el primer mexicano en derrotar a Wilfredo Gómez en su división natural.
Habría completado la venganza por Carlos Á. Habría completado la venganza por Salvador Sánchez. Habría completado la venganza por todos los mexicanos que habían caído frente al Imperio boricua. Pero el destino mexicano, el destino le tenía guardada otra historia. Wilfredo Gómez, en su esquina fue cargado por sus segundos.
Necesitó ayuda para mantenerse en pie. Su cara estaba destruida. Sus dos ojos estaban completamente cerrados. Su nariz sangraba, su mandíbula estaba hinchada. y según declararía días después en entrevistas con la prensa puertorriqueña durante los días posteriores al combate, escúchame con atención. Durante los días posteriores al combate, Wilfredo Gómez, el campeón, el victorioso, el que había conservado su cinturón, andaba preguntando, preguntando insistentemente, preguntándole a sus entrenadores, a sus médicos, a sus amigos.
Una sola pregunta, una sola. ¿Quién ganó? Yo gané. De verdad gané. El boricua no recordaba con claridad. El boricua tenía la mente en blanco. El boricua, en sus propias palabras, declaró años después que la pelea con Lupe Pintor había sido la golpiza más fuerte que había recibido en toda su vida.
Más fuerte que Salvador Sánchez, más fuerte que cualquier rival, más fuerte que todas las 16 defensas anteriores juntas. Y el propio Lupe Pintor en innumerables entrevistas posteriores durante 40 años, sin variar jamás su versión, ha repetido la misma frase. Ni cuando Wilfredo peleó con Salvador Sánchez se llevó la golpiza que se llevó conmigo.
Yo le di durante 13 asaltos completos, pero la victoria no fue muy clara porque me tumbó con un golpe de foul. A él nada más le faltaba tirar patadas y al árbitro le valía. Y ahí, mexicano, ahí está la verdad. La verdad que no te cuentan en los registros oficiales. La verdad que solamente conocen los que vivieron esa noche, los que vieron ese combate, los que entienden lo que es subir a un ring contra un campeón invicto y darle la golpiza de su vida.
Lupe Pintor oficialmente perdió esa pelea. Lupe Pintor oficialmente no se llevó el cinturón. Lupe Pintor oficialmente fue noqueado en el 14avo asalto. Pero la historia real, la historia que se cuenta en los gimnasios mexicanos, la historia que se transmite de padre a hijo en las cantinas, la historia que reconocen los propios puertorriqueños honestos cuando se les pregunta en privado.
Esa historia dice otra cosa. Esa historia dice que Lupe Pintor fue el verdadero ganador moral de aquel combate. Historia dice que un mexicano humilde, un guerrero de Cuajimalpa, un peleador hecho a mano por el viejo cuyo Hernández se subió al superd de Nueva Orleans frente a las cámaras de HBE o frente al mundo entero y le metió a Wilfredo Gómez la golpiza más espantosa de su carrera.
le cerró los dos ojos, le hinchó la cara, lo hizo bailar 13 asaltos, lo tuvo a un segundo de tirarlo y solamente la combinación del formato de 15 rounds, del descuento polémico del octavo asalto y de un golpe que muchos consideran ilegal en el catorceavo le impidió coronarse esa noche como campeón mundial supergallo del Consejo Mundial de Boxeo.
Lo que vino después, mexicano, lo que vino después, es una historia digna de ser contada también. Wilfredo Gómez después de aquella pelea hizo dos defensas más en el peso Supergallo y en 1984 abdicó del cinturón para subir al peso pluma, donde se convirtió en campeón mundial al derrotar a Juan La Porte por decisión, en lo que Sports Illustrated bautizó como el levantamiento de la maldición de Salvador Sánchez, pero su carrera nunca volvió a ser la misma.
Algo se le había quebrado por dentro esa noche del 3 de diciembre en Nueva Orleans. Algo que no se ve, pero se siente. La invencibilidad, la aureola de imbatible. Y aunque ganó después el cinturón super pluma de la Asociación Mundial, completando tres títulos mundiales en tres divisiones distintas, los que entienden de boxeo saben que el verdadero Bazuka, el destructor en serie, el verdugo de los pesos pequeños, ese se quedó en el superd bajo los puños de Lupe Pintor.
Lupe Pintor, por su parte, sufrió un accidente de motocicleta en marzo de 1983 en la Ciudad de México, que le rompió la mandíbula en dos partes y le costó un año y medio fuera del ring. Pero el indio de Cuajimalpa volvió. Volvió en 1985 a conquistar el cinturón mundial supergallo del Consejo Mundial de Boxeo. El mismo cinturón que se le había escapado en Nueva Orleans, derrotando por decisión a Juan Kid Mesa.
Sí, mexicano. Sí. Lupe Pintor terminó conquistando esa corona tarde, herido, recuperándose de la moto, pero la conquistó. La revista Ring Magazine lo nombró boxeador del regreso del año en 1985. Y aunque la perdió poco después en Bangkok ante Samart Paycarún, los que conocen el boxeo saben que Lupe Pintor pertenece por mérito propio al panteón sagrado de los grandes campeones mexicanos del siglo XX.
Lupe Pintor, indio de Cuajimalpa, guerrero de México, héroe sin corona oficial, pero con corona en el corazón de tu pueblo. Esa noche en Nueva Orleans ante Wilfredo Gómez demostraste lo que somos los mexicanos. Demostraste que aunque nos roben en las tarjetas, aunque el árbitro nos descuente puntos, aunque el rival nos pegue golpes que nosotros consideramos bajos, nosotros no nos rendimos.
Nosotros peleamos hasta la última campana. Nosotros ganamos en el respeto del enemigo y eso eso vale más que cualquier cinturón. Eso es lo que somos. Eso es México. Eso es el boxeo mexicano. Eso es Lupe Pintor. Eso es la noche más épica de su carrera. Eso es la historia que jamás vamos a olvidar. Mientras quede un mexicano vivo sobre la tierra para contarla.
Hasta siempre campeón. Hasta siempre guerrero. Hasta siempre indio. Tu pueblo no te olvida. Tu pueblo te ama. Tu pueblo sabe la verdad de lo que pasó esa noche y tu pueblo hoy, 4 y tantos años después sigue gritando tu nombre con la misma fuerza con que lo gritaba aquella noche en el superd de Nueva Orleans. Lupe pintor, Lupe pintor.
Lupe pintor para siempre. Para siempre. Para siempre. Yeah.