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El aire en el Mesón “El Quijote de la Mancha” estaba tan cargado que se podía cortar con un cuchillo de sierra.

PARTE 1

El aire en el Mesón “El Quijote de la Mancha” estaba tan cargado que se podía cortar con un cuchillo de sierra.

Ese olor característico a fritura acumulada, vino de la casa y desinfectante de pino que solo los restaurantes de carretera con solera logran perfeccionar.

Paco se recostó en su silla de madera, esa que crujía de una forma alarmante cada vez que él decidía que su espalda necesitaba un ángulo de cuarenta y cinco grados.

Se pasó la mano por su fachaleco azul marino, asegurándose de que la cremallera seguía en su sitio, justo encima de esa barriga que era el orgullo de décadas de tapeo y siestas.

En la mesa, el panorama era desolador para cualquier nutricionista, pero una obra de arte para un domingo en familia.

Restos de una fuente de entrecot al punto, que en realidad estaba más pasado que un chiste de Arévalo.

Tres cáscaras de langostino que parecían náufragos en un mar de salsa rosa.

Y una montaña de servilletas de papel de esas que no limpian, sino que simplemente desplazan la grasa de un lado a otro de la cara.

Elena, sentada justo enfrente de su suegro, mantenía la mirada fija en su copa de vino, o lo que quedaba de ella: un poso turbio con una mota de pan flotando.

Marcos, el hijo de Paco y marido de Elena, intentaba hacerse invisible, una técnica que había perfeccionado desde los ocho años.

Marcos jugaba con el palillo de dientes, todavía dentro de su sobre de plástico, como si fuera un artefacto explosivo que requiriera toda su concentración.

Paco soltó un suspiro de satisfacción, uno de esos que vienen acompañados de un ligero silbido nasal.

— Pues se ha quedado buena tarde —sentenció Paco, mirando al techo como si buscara una revelación divina en las vigas de imitación de madera.

Elena no levantó la vista.

Sabía que esa frase era el preludio.

Era el aviso de que el motor de la sociabilidad rancia de Paco se estaba calentando.

— Ha estado bien la carne, ¿verdad, Elena? —insistió el suegro, buscando el contacto visual que ella evitaba con heroísmo.

— Sí, Paco, muy rica —respondió ella con una sonrisa que le dolió en los músculos de la cara.

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