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Nadie Quería Comprar el Caballo Gigante Salvaje — Hasta que un Veterano Encontró su Alma

Parte II: El juicio de los hombres y la decisión del viejo

Mucha gente cree que el mundo del caballo es todo elegancia, paseos por la playa al atardecer y jinetes con chaquetas impolutas. Menuda patraña. El mundo del caballo real, el de las ferias de ganado de segunda categoría y las subastas de desecho, es duro, frío y, a menudo, cruel. Aquí, si un animal no produce dinero o no se deja someter, desaparece. Es una lógica de mercado aplastante, una mierda que me revuelve el estómago cada vez que la presencio.

Me acerqué a la mesa del subastador mientras la gente aún se retiraba, murmurando insultos y santiguándose. El chaval herido se alejaba sujetándose el brazo, pálido como los muertos.

—Te doy mil euros por él —dije, soltando las palabras con la calma de quien pide un café en la barra de un bar.

El subastador me miró como si me hubieran faltado un par de veranos. El dueño de la ganadería, un tipo estirado de Madrid que solo entendía de números y de lucirse en El Rocío, soltó una carcajada seca, llena de desprecio.

—¿Mil euros, Alejandro? ¿Te has vuelto completamente gilipollas o es que tienes ganas de que te entierren antes de tiempo? Ese caballo no se puede cargar en un camión. Te va a matar antes de que pases de Despeñaperros.

—Eso es problema de mi cuenta bancaria y de mi esqueleto, no del tuyo —respondí, mirándolo fijamente a los ojos. No parpadeé. Cuando has pasado por lo que yo he pasado, los tipos con trajes caros y gomina no te asustan una mierda—. Mil euros. Ahora mismo, en metálico. Te ahorras el camión del matadero, el papeleo de la eutanasia y el riesgo de que le rompa la crisma a otro de tus mozos. Piénsalo.

El tipo miró al caballo, que seguía bufando en la arena, y luego miró los billetes que yo ya estaba sacando del bolsillo de mi pantalón vaquero desgastado. La codicia es un bicho rápido, amigos. No tardó ni tres segundos en decidirse.

—Tuyo es, viejo loco. Pero te lo llevas hoy mismo. Si mañana sigue aquí, lo suelto en el campo y le pego un tiro yo mismo. Y conste en acta que no me hago responsable de lo que te pase.

—Agradecido por tu infinita compasión —mascullé con ironía.

Firmamos los papeles en una mesa cochambrosa que olía a anís y a tabaco barato. Mientras estampaba mi firma, una parte de mi cerebro —la parte cuerda, la que aún conservaba un ápice de instinto de supervivencia— me estaba gritando: “¿Pero qué cojones estás haciendo, Alejandro? Tienes sesenta y cinco años, una pierna de titanio y vives solo en una finca en mitad de la nada. ¿Para qué quieres un monstruo de mil kilos que odia al género humano?”.

Pero el corazón, ese viejo estúpido que nunca aprende, tenía otra respuesta. Yo sabía lo que era ser descartado. Sabía lo que era que la gente te mirara con lástima o con asco después de que la vida te rompiera en pedazos. Cuando perdí mi pierna y a mi esposa en aquel maldito accidente de tráfico hace quince años, el mundo decidió que yo ya no servía para nada. Me arrinconaron. Me miraban como si fuera un despojo. Si no hubiera sido por un viejo caballo tordo llamado “Gitano”, que tuvo la paciencia de enseñarme a caminar de nuevo sobre tres patas reales y una de metal, yo ya estaría bajo tierra. Los animales no juzgan por las cicatrices de fuera; ellos leen las de dentro. Y ese caballo negro tenía el alma hecha jirones.

El verdadero problema empezó cuando intentamos meterlo en el remolque. Aquello fue una epopeya digna de los libros de historia. Hicieron falta cuatro hombres armados con sogas largas, dos sedantes que apenas le hicieron cosquillas a su sistema nervioso de gigante, y más juramentos que en una taberna de marineros. El bicho luchó como un titán. Sus cascos golpeaban las paredes de metal del remolque con un ruido sordo, como bombas de artillería. Mi viejo coche, un todoterreno con más kilómetros que el baúl de la Piquer, temblaba entero.

—¡Estás loco, Alejandro! ¡Te va a volcar el remolque en la autovía! —me gritó el subastador mientras yo cerraba el portón de acero con las manos temblorosas por el esfuerzo.

—¡Que Dios os coja confesados a los dos! —respondí, subiendo al coche sin mirar atrás.

El viaje de regreso a mi finca, “La Alborada”, fue un calvario de dos horas. Por el retrovisor veía cómo el remolque se balanceaba de lado a lado. Cada vez que el caballo daba un golpe, el coche daba un latigazo. Tuve que conducir a cuarenta kilómetros por hora, con los dedos clavados en el volante y el sudor corriéndome por la espalda. Rezando. Yo, que no he pisado una iglesia desde que enterré a mi Carmen, le pedí a todos los santos del cielo que ese animal no se partiera una pata o que no destrozara el remolque desde dentro.

A veces, en la vida, te metes en camisas de once varas solo por orgullo, o por una corazonada. Mientras escuchaba los bufidos salvajes detrás de mí, me pregunté seriamente si esa noche dormiría en mi cama o en una camilla de la UCI.

Parte III: El territorio del miedo

Llegamos a “La Alborada” cuando el sol ya se ocultaba detrás de las colinas de encinas, tiñendo el cielo de un color púrpura y naranja que parecía fuego. Mi finca no es un palacio. Es una parcela de unas diez hectáreas, con un cortijo viejo de piedra blanca, unos boxes techados y un picadero redondo de madera que construí con mis propias manos cuando aún me funcionaban las dos piernas. Aquí no hay lujos, pero hay silencio. Un silencio que cura, o que al menos adormece el dolor.

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