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La Vigilia del Dispositivo

Parte 1: La Vigilia del Dispositivo

Eran las doce y cuarenta y siete de una noche de martes, esa hora en la que Madrid decide, por fin, bajar un poco el volumen, aunque siempre quede de fondo el eco de un camión de la basura o el grito lejano de alguien que se resiste a que la fiesta se acabe. En el salón de Marcos y Elena, el ambiente estaba cargado, no de romanticismo, sino de ese sopor espeso que dejan las series de Netflix cuando ya ni siquiera te importa quién es el asesino. El sofá de Ikea, que ya empezaba a pedir una jubilación anticipada, crujía cada vez que Marcos cambiaba de postura. Tenía el cuello rígido, producto de una jornada frente al ordenador y de esa manía tan española de aguantar en el salón «un ratito más» solo por no admitir que el día ha sido una derrota absoluta.

Elena estaba al otro lado del sofá, envuelta en una manta de cuadros que, según ella, era necesaria porque «estaba refrescando», a pesar de que el termómetro del pasillo marcaba unos sólidos veintidós grados. Pero lo que más brillaba en la penumbra no eran sus ojos, sino el rectángulo luminiscente que sostenía entre las manos. Su pulgar derecho se movía con una agilidad casi gimnástica, una coreografía de toques y deslizamientos que Marcos observaba por el rabillo del ojo con una mezcla de sueño y creciente curiosidad.

—¿Te queda mucho para terminar ese nivel del Candy Crush? —preguntó Marcos, intentando que su voz sonara casual, como quien pregunta por el tiempo mientras espera el ascensor.

Elena ni siquiera parpadeó. Sus pupilas, dilatadas por la luz azul, seguían fijas en el cristal.

—No estoy jugando, Marcos —respondió ella, con una sequedad que cortaba más que un cuchillo de Albacete.

—Ah. Pues para no estar jugando, tienes el dedo que parece que estás desactivando una bomba nuclear.

Un silencio denso volvió a caer sobre ellos. Marcos se fijó en el reloj de la pared, un trasto de diseño que compraron en una feria de artesanía en el Rastro y que siempre iba tres minutos adelantado. Tic, tac, tic, tac. Cada segundo parecía un martillazo. De repente, el móvil de Elena vibró. No fue una vibración discreta, de esas que pasan desapercibidas en el fondo de un bolso, sino un zumbido seco sobre el cojín, un bzz-bzz que en el silencio de la medianoche sonó como una alarma de evacuación.

Marcos se incorporó un poco, apoyando el codo en el respaldo. La curiosidad ya le había ganado la batalla al sueño.

—Oye, Elena… —empezó él, rascándose la nuca—. ¿Quién te escribe tan tarde? Que son casi la una de la mañana, tía. A estas horas solo escriben los que quieren juerga, los que se han equivocado de grupo o los que te quieren vender un seguro de vida que no necesitas.

Elena bloqueó la pantalla con un movimiento instintivo, un clic metálico que sonó definitivo. Dejó el teléfono boca abajo sobre su regazo, protegiéndolo como si fuera el Santo Grial.

—Es del trabajo, Marcos —dijo ella, mirando por fin a su pareja, pero con una expresión tan neutra que resultaba sospechosa.

—¿Trabajo? —Marcos soltó una risita nerviosa—. Joder con la reforma laboral, ¿no? No sabía que ahora en tu consultoría se estilaba el turno de noche. ¿Qué pasa? ¿Ha quebrado el Ibex 35 y te han nombrado a ti liquidadora oficial de madrugada?

—No digas tonterías. Es un tema urgente de un cliente de… de fuera —improvisó ella, desviando la mirada hacia la televisión, donde ahora pasaban los créditos de la serie que ninguno de los dos había visto realmente.

—¿De fuera de dónde? ¿De Australia? Porque si es de Australia, allí están desayunando tostadas con aguacate, no enviando WhatsApps a consultoras de Madrid que están a punto de irse al sobre.

Marcos sentía ese hormigueo en el estómago, el mismo que sentía cuando en el colegio el profesor decía que iba a preguntar la lección y él no se sabía ni el título del tema. No era celos, o al menos eso se decía a sí mismo. Era una cuestión de lógica. En España, el trabajo a la una de la mañana, a menos que seas camarero, médico de guardia o locutor de radio de esos que ponen baladas tristes, no existe. Y Elena trabajaba en una oficina con moqueta gris y máquinas de café que sabían a plástico.

—Es un cliente pesado, ya está —insistió ella, acomodándose la manta hasta la barbilla—. Un pesado que no tiene concepto del horario ajeno. Mañana tengo una reunión a primera hora y me está pasando unos datos que faltaban. ¿Podemos dormir ya o vas a hacerme el tercer grado como si fueras el comisario de Vallecas?

Marcos suspiró. Se pasó la mano por la cara, notando la barba de dos días. Quiso creerla. De verdad que quiso. Pero había algo en la rapidez con la que ella había ocultado la pantalla, algo en la tensión de sus hombros, que no cuadraba. En las relaciones largas, uno aprende a leer los silencios de la otra persona como si fueran subtítulos de una película extranjera. Y el silencio de Elena ahora mismo estaba gritando en alemán.

—Vale, vale. Trabajo. Lo que tú digas —dijo él, levantándose del sofá—. Voy a beber agua. ¿Quieres algo? ¿Un café para aguantar el ritmo de la multinacional?

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