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El silencio del router

Parte 1: El silencio del router

La mañana en aquel piso de Chamberí había comenzado con esa calma sospechosa que precede a las grandes catástrofes domésticas. No era una calma de paz espiritual, sino de esas que se mascan, como el aire denso antes de una tormenta de verano sobre la Castellana. Sergio, con el pelo alborotado y una camiseta de propaganda que ya debería haber pasado a mejor vida como trapo de cocina, se arrastraba por el pasillo con la única misión de poner en marcha la cafetera italiana. Elena, por su parte, ya estaba instalada en el sofá, envuelta en esa manta de cuadros que parecía tener vida propia, con la mirada fija en su móvil y una taza de té humeante a su lado. Todo normal. O eso parecía.

El primer síntoma del apocalipsis no fue un trueno, sino un pequeño icono circular que daba vueltas sobre un fondo negro en la pantalla de la tablet de Sergio. Él, que solo quería ver los resúmenes de la jornada de liga mientras el café terminaba de subir con ese gorgoteo tan reconfortante, frunció el ceño.

—Oye, Elena, ¿el Wi-Fi va raro o es cosa mía? —preguntó desde la cocina, alzando la voz por encima del ruido del fuego.

—A mí me va bien —respondió ella, sin apartar la vista de su pantalla. Su tono fue excesivamente neutro, de esos que disparan todas las alarmas en el cerebro de alguien que lleva cinco años compartiendo hipoteca y manías.

Sergio regresó al salón con su taza, se sentó en el extremo opuesto del sofá y volvió a intentar la conexión. Nada. “Error de autenticación”. Qué frase tan fea, pensó. Tan burocrática y tan fría. Intentó introducir la clave de siempre, aquella que llevaban usando desde que se mudaron: patatasfritas2019. Un clásico. Una clave que representaba la sencillez de su unión, el amor por los carbohidratos y el año en que decidieron que vivir juntos era mejor que pagar dos alquileres abusivos.

Nada. “Contraseña incorrecta”.

Sintió un pequeño pinchazo de ansiedad, de esa clase que te da cuando crees que te han hackeado la cuenta del banco o cuando te das cuenta de que te has dejado las llaves puestas por dentro. Volvió a teclearla, esta vez despacio, saboreando cada letra, asegurándose de que la ‘p’ era minúscula y el ‘2019’ no tenía errores tipográficos. El resultado fue el mismo. Una cruz roja, un mensaje de rechazo. El mundo digital le estaba cerrando la puerta en las narices.

—Elena —dijo Sergio, dejando la taza sobre la mesa de centro con un ruido seco—, la clave no entra. He puesto patatasfritas2019 tres veces y me dice que me peine. ¿Ha habido algún microcorte o algo?

Elena suspiró. Fue un suspiro largo, de esos que duran lo mismo que un anuncio de televisión y que cargan con el peso de toda la historia de la humanidad. Dejó el móvil sobre su regazo, pero mantuvo la pantalla hacia abajo, un gesto que a Sergio le pareció tan sutil como una valla publicitaria de neón.

—Es que la he cambiado, Sergio.

La frase quedó flotando en el aire, mezclándose con el olor a café quemado. Sergio se quedó congelado, con el dedo índice aún sobre la pantalla de la tablet, como si esperara que la tecnología fuera a darle la razón por pura insistencia.

—¿Que la has cambiado? —repitió él, procesando la información con la velocidad de un procesador de los años ochenta—. ¿Por qué? ¿Cuándo? ¿A santo de qué? Si llevamos tres años con la de las patatas fritas. Era nuestra seña de identidad. Hasta el vecino del 4ºB, el que nos roba el correo, se la sabe de memoria porque se la diste tú un día que se quedó sin red.

—Precisamente por eso, Sergio. Por seguridad —soltó ella, volviendo a coger su móvil con una agilidad pasmosa—. Había que actualizarla. Es de primero de usuario de internet. No se puede tener la misma contraseña durante siglos. Es un riesgo innecesario.

Sergio dejó la tablet a un lado. El resumen de los goles ya no le importaba. Ahora había un misterio mucho más profundo y perturbador que resolver en el salón de su casa. Se recolocó en el sofá, girándose hacia ella, adoptando esa postura de interrogatorio que solía usar cuando sospechaba que Elena se había terminado el bote de Nutella a escondidas.

—Seguridad —repitió él, paladeando la palabra como si fuera un vino agrio—. Qué palabra tan bonita. Tan… institucional. ¿Seguridad contra quién, Elena? ¿Contra los hackers rusos? ¿Contra el vecino del cuarto que apenas sabe encender el microondas? ¿Contra una conspiración internacional para robarnos nuestras listas de reproducción de Spotify?

Elena no respondió de inmediato. Se limitó a teclear algo en su teléfono, con una sonrisa leve que a Sergio le pareció profundamente sospechosa. No era una sonrisa de felicidad, sino esa sonrisilla de suficiencia que pones cuando sabes que tienes la sartén por el mango y el mango también está bajo llave.

—Simplemente, seguridad, Sergio. No le des más vueltas. He puesto una clave de dieciséis caracteres, con mayúsculas, minúsculas, números y símbolos especiales. Ahora somos inexpugnables. Deberías agradecérmelo.

—Te lo agradecería si pudiera conectarme a mi propia red, Elena. ¿Me la vas a dar o tengo que pedir cita previa con el administrador de sistemas de esta casa?

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