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El calor, la caña y la notificación roja

Parte 1: El calor, la caña y la notificación roja

Madrid en agosto no es una ciudad, es un estado mental cercano a la combustión espontánea. El asfalto de la calle Ponzano desprendía ese vaho distorsionador que te hace dudar de si lo que ves a lo lejos es un repartidor de Glovo o un espejismo de la España vaciada. Marcos estaba sentado en la mesa más coja de «El Brillante de la Esquina», un bar que presumía de no haber renovado la decoración desde que Naranjito era joven. Tenía delante una caña que perdía la batalla contra la termodinámica a pasos agigantados y, sobre el mármol manchado de restos de servilletas de papel que no absorben nada, su teléfono móvil.

El móvil. Ese pequeño artefacto de cristal y odio.

Marcos no podía dejar de mirar la pantalla. No era una mirada casual, era una autopsia. En el registro de llamadas, debajo del nombre de Paco, aparecía una flecha roja, pequeña pero punzante como una banderilla, señalando hacia la izquierda. Y justo al lado, el texto que le estaba carcomiendo el alma: «Rechazada». No «Perdida». No «Sin respuesta». No es que Paco no hubiera oído el teléfono mientras se duchaba o que lo hubiera dejado en el fondo de una mochila llena de ropa de gimnasio sin lavar. No. Paco había visto su cara, había oído el tono de «Stayin’ Alive» y había tomado la decisión consciente, ejecutiva y unilateral de deslizar el dedo hacia el botón rojo. Había ejecutado la llamada. La había asesinado en frío.

—¿Te vas a beber eso o estás esperando a que críe malvas? —preguntó Manolo, el camarero, cuya principal función en la vida parecía ser recordar a los clientes que su existencia era una molestia para él.

Marcos levantó la vista, desorientado.

—Está caliente, Manolo. La cerveza. Se ha quedado como el caldo de un puchero. —Es lo que tiene el verano, chaval. Si quieres frío, vete a la sección de congelados del Mercadona. ¿Te pongo otra o vas a seguir analizando el espectro electromagnético del iPhone?

Marcos suspiró y asintió. Necesitaba otra. Necesitaba estar lo suficientemente hidratado para el enfrentamiento. Porque Paco estaba a punto de llegar. Habían quedado a las siete, y eran las siete y doce. Paco siempre llegaba tarde, una costumbre que Marcos solía perdonar, pero que hoy, bajo la luz de la traición digital, le parecía un agravante premeditado.

Cuando por fin apareció Paco, lo hizo con esa parsimonia que solo tienen los que creen que el tiempo es una sugerencia y no una magnitud física. Venía sudando, con la camiseta de los Ramones pegada al pecho y esa sonrisa de «no pasa nada» que a Marcos siempre le había parecido entrañable y que hoy le resultaba irritante.

—¡Qué pasa, fiera! —exclamó Paco, dejando caer su peso sobre la silla de plástico que crujió en señal de protesta—. Menuda solana cae. He visto a un perro persiguiendo a un gato y los dos iban caminando porque no les daban las fuerzas para correr. Ponme algo frío, Manolo, que tengo la garganta como el desierto de Almería.

Marcos no sonrió. No hizo el habitual chiste sobre la puntualidad de Paco ni le preguntó por su madre. Se quedó ahí, con los brazos cruzados, mirando a su amigo como un fiscal de la Audiencia Nacional antes de leer los cargos por malversación.

—Te llamé anoche —soltó Marcos. Sin anestesia. Sin preámbulos.

Paco, que estaba intentando secarse el sudor de la frente con una servilleta que solo servía para esparcir la humedad, se detuvo un segundo. Sus ojos vagaron por el techo del bar, buscando una respuesta en las manchas de humedad que parecían un mapa de las Cíes.

—Ah, sí… —dijo Paco, recuperando la compostura y dándole un trago largo a la caña nueva que Manolo acababa de depositar con un golpe seco—. Sí, algo vi. Una liada, tío.

—Estaba ocupado —continuó Paco, antes de que Marcos pudiera decir nada más—. Muy ocupado. Una noche de esas que se te complican y no sabes ni por dónde te da el aire.

Marcos entrecerró los ojos. Esa era la respuesta estándar. La respuesta de manual de «Cómo evitar una conversación incómoda». «Estaba ocupado». Es una frase que en España sirve para todo: desde no haber podido ir a una boda hasta haber ocultado un cadáver en el maletero. Es el comodín de la desidia social.

—Ocupado —repitió Marcos con una lentitud casi dramática—. Es una palabra interesante. Muy amplia. Se puede estar ocupado operando a corazón abierto, se puede estar ocupado salvando a un gatito de un incendio… o se puede estar ocupado mirando cómo se seca la pintura de la pared. ¿Qué clase de “ocupado” eras tú a las once y media de la noche de un martes?

Paco soltó una risita nerviosa y pidió una ración de bravas. Él sabía que cuando Marcos se ponía en plan semántico, la tarde se iba a hacer larga.

—Pues ocupado de “cosas de casa”, Marcos. Que parece que tengo que fichar contigo cada vez que muevo un mueble. Que si la caldera que gotea, que si me puse a ver una serie y me quedé frito… Yo qué sé. Cosas.

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