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La Caña de la Discordia

PARTE 1: La Caña de la Discordia

El sol de justicia de las cuatro de la tarde en Madrid no perdonaba, pero allí estaban ellos, bajo la sombrilla publicitaria de una marca de cerveza que ya no existía, en una de esas mesas de metal cojas que parecen diseñadas para poner a prueba el equilibrio de los nervios de cualquiera. El bar “Los Cuñados” no ganaría una estrella Michelin, ni siquiera una pegatina de recomendación de un blog de viajes de presupuesto bajo, pero tenía dos cosas fundamentales: las cañas más frías del barrio y unas patatas bravas que, aunque te garantizaban acidez de estómago hasta el martes siguiente, sabían a gloria bendita.

Marcos acababa de dejar el móvil sobre el mantel de papel, justo al lado del cenicero de cristal publicitario, con la pantalla hacia arriba. Fue un error de principiante. Un error que Javi, que tenía la vista entrenada por años de soltería traumática y un doctorado no oficial en toxicidad digital, no iba a dejar pasar.

—¿Lo has visto? —soltó Javi, dejando su caña a medio camino entre la mesa y su boca. Sus ojos estaban clavados en la pantalla del móvil de Marcos como si acabara de presenciar un avistamiento ovni en plena Gran Vía.

Marcos, que en ese momento estaba más preocupado por pescar la última patata que nadaba en un mar de salsa naranja, ni siquiera levantó la vista.

—¿El qué? ¿Ha subido el precio de la luz otra vez? ¿O es que el Madrid ha fichado a otro que corre mucho? —preguntó Marcos con la boca medio llena, ajeno al drama que se estaba gestando a escasos centímetros de su nariz.

—No te hagas el loco, tío. Lo acabo de ver. La notificación. Una miniatura redonda, una cara que conozco… Lucía te acaba de dar ‘follow’ en Instagram.

Marcos tragó, finalmente, y suspiró. Se limpió la comisura de los labios con una servilleta de esas que no absorben nada, que solo sirven para esparcir la grasa de forma homogénea por toda la cara, y miró a su amigo.

—Ah, eso. Sí, me ha llegado el aviso antes de salir de casa. No flipes, Javi. Es solo un follow. Tampoco es que me haya mandado una invitación de boda para casarnos en Las Vegas este fin de semana.

Javi dejó el vaso con un golpe seco que hizo temblar el plato de las bravas. Se echó hacia atrás en la silla, cruzó los brazos y puso esa cara de “te lo dije” que tanto irritaba a todo el mundo en un radio de cinco kilómetros.

—”Es solo un follow”, dice el tío. ¿Tú en qué siglo vives, Marcos? ¿En el XIX? ¿Te piensas que esto es como cuando te cruzabas con una ex por la calle, os decíais “hola” con la mano y seguíais vuestro camino hacia la oficina de correos? No, amigo. Estamos en la era del algoritmo. Un follow de una ex es una declaración de guerra, es un caballo de Troya, es una red flag del tamaño de la bandera de la Plaza de Colón.

—Eres un exagerado de manual, de verdad —contestó Marcos, cogiendo su móvil para silenciarlo, aunque ya era tarde—. Lo dejamos hace un año y medio. Un año y medio, Javi. Que ya ha pasado agua bajo el puente, que ya se ha secado el río y han construido un centro comercial encima. Quedamos como amigos, o bueno, como conocidos que no se desean la muerte. Me ha seguido porque… no sé, porque le habrá salido en sugeridos.

Javi soltó una carcajada seca, carente de cualquier atisbo de humor real. Era una risa de puro cinismo madrileño.

—Sugeridos, claro. El algoritmo de Instagram no es tu abuela dándote caramelos, Marcos. El algoritmo es un ente perverso que sabe perfectamente a quién te quieres tirar y a quién quieres evitar. Si ella te ha seguido, es porque ha buscado tu nombre. Con sus propios deditos. Ha escrito “M-A-R-C-O-S”. Ha revisado tus fotos, ha visto que sigues teniendo esa barba de náufrago que tanto le gustaba y ha decidido que era el momento de volver a aparecer en tu vida de forma pasivo-agresiva.

—Pero qué dices de pasivo-agresiva, si no me ha dicho nada.

—Ese es el problema, bendito seas —Javi se inclinó hacia adelante, bajando la voz como si estuviera revelando secretos de Estado—. El silencio es la parte más ruidosa del follow. Te sigue para que tú sepas que ella está ahí. Para ver tus ‘stories’. Para saber si ese viaje que hiciste a Denia el mes pasado fue solo o con alguna “amiguita”. Para que cuando subas una foto de tu cena de hoy, ella sea el primer fantasma que se te aparezca en las visualizaciones. Es una vigilancia no solicitada. Es el Gran Hermano del despecho.

Marcos miró su cerveza, que empezaba a perder la fuerza de la espuma. Empezaba a sentirse un poco agobiado, pero todavía mantenía su postura de “hombre de paz”.

—Mira, Javi, yo paso de rollos. No la voy a bloquear porque me parece de ser un inmaduro. Bloquear es para cuando alguien te acosa o cuando acabas tan mal que no puedes ni ver su nombre sin que te den espasmos. Nosotros simplemente… nos enfriamos. Si me sigue, pues que me siga. Que vea fotos de mi perro y de los bocatas de calamares que me como. Me da igual.

—Te da igual ahora —sentenció Javi, señalándole con el dedo índice—. Pero espérate a que sean las dos de la mañana de un sábado. Tú estarás en casa, un poco perjudicado después de tres copas, viendo Netflix solo, y de repente… ¡pum! Lucía sube una foto en un sitio donde solíais ir vosotros. O peor, una foto con un tío que tiene más abdominales que tú y que yo juntos. En ese momento, ese “solo un follow” se va a convertir en un puñal oxidado en tu orgullo. Nada es “solo” nada hoy en día, Marcos. Todo tiene un subtexto. Todo es un mensaje cifrado que nosotros, como hombres modernos y sufridores, tenemos la obligación de descodificar.

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