El sol de justicia de las cuatro de la tarde en Madrid no perdonaba, pero allí estaban ellos, bajo la sombrilla publicitaria de una marca de cerveza que ya no existía, en una de esas mesas de metal cojas que parecen diseñadas para poner a prueba el equilibrio de los nervios de cualquiera. El bar “Los Cuñados” no ganaría una estrella Michelin, ni siquiera una pegatina de recomendación de un blog de viajes de presupuesto bajo, pero tenía dos cosas fundamentales: las cañas más frías del barrio y unas patatas bravas que, aunque te garantizaban acidez de estómago hasta el martes siguiente, sabían a gloria bendita.
Marcos acababa de dejar el móvil sobre el mantel de papel, justo al lado del cenicero de cristal publicitario, con la pantalla hacia arriba. Fue un error de principiante. Un error que Javi, que tenía la vista entrenada por años de soltería traumática y un doctorado no oficial en toxicidad digital, no iba a dejar pasar.
—¿Lo has visto? —soltó Javi, dejando su caña a medio camino entre la mesa y su boca. Sus ojos estaban clavados en la pantalla del móvil de Marcos como si acabara de presenciar un avistamiento ovni en plena Gran Vía.
Marcos, que en ese momento estaba más preocupado por pescar la última patata que nadaba en un mar de salsa naranja, ni siquiera levantó la vista.
—¿El qué? ¿Ha subido el precio de la luz otra vez? ¿O es que el Madrid ha fichado a otro que corre mucho? —preguntó Marcos con la boca medio llena, ajeno al drama que se estaba gestando a escasos centímetros de su nariz.
—No te hagas el loco, tío. Lo acabo de ver. La notificación. Una miniatura redonda, una cara que conozco… Lucía te acaba de dar ‘follow’ en Instagram.
Marcos tragó, finalmente, y suspiró. Se limpió la comisura de los labios con una servilleta de esas que no absorben nada, que solo sirven para esparcir la grasa de forma homogénea por toda la cara, y miró a su amigo.
—Ah, eso. Sí, me ha llegado el aviso antes de salir de casa. No flipes, Javi. Es solo un follow. Tampoco es que me haya mandado una invitación de boda para casarnos en Las Vegas este fin de semana.
Javi dejó el vaso con un golpe seco que hizo temblar el plato de las bravas. Se echó hacia atrás en la silla, cruzó los brazos y puso esa cara de “te lo dije” que tanto irritaba a todo el mundo en un radio de cinco kilómetros.
—”Es solo un follow”, dice el tío. ¿Tú en qué siglo vives, Marcos? ¿En el XIX? ¿Te piensas que esto es como cuando te cruzabas con una ex por la calle, os decíais “hola” con la mano y seguíais vuestro camino hacia la oficina de correos? No, amigo. Estamos en la era del algoritmo. Un follow de una ex es una declaración de guerra, es un caballo de Troya, es una red flag del tamaño de la bandera de la Plaza de Colón.
—Eres un exagerado de manual, de verdad —contestó Marcos, cogiendo su móvil para silenciarlo, aunque ya era tarde—. Lo dejamos hace un año y medio. Un año y medio, Javi. Que ya ha pasado agua bajo el puente, que ya se ha secado el río y han construido un centro comercial encima. Quedamos como amigos, o bueno, como conocidos que no se desean la muerte. Me ha seguido porque… no sé, porque le habrá salido en sugeridos.
Javi soltó una carcajada seca, carente de cualquier atisbo de humor real. Era una risa de puro cinismo madrileño.
—Sugeridos, claro. El algoritmo de Instagram no es tu abuela dándote caramelos, Marcos. El algoritmo es un ente perverso que sabe perfectamente a quién te quieres tirar y a quién quieres evitar. Si ella te ha seguido, es porque ha buscado tu nombre. Con sus propios deditos. Ha escrito “M-A-R-C-O-S”. Ha revisado tus fotos, ha visto que sigues teniendo esa barba de náufrago que tanto le gustaba y ha decidido que era el momento de volver a aparecer en tu vida de forma pasivo-agresiva.
—Pero qué dices de pasivo-agresiva, si no me ha dicho nada.
—Ese es el problema, bendito seas —Javi se inclinó hacia adelante, bajando la voz como si estuviera revelando secretos de Estado—. El silencio es la parte más ruidosa del follow. Te sigue para que tú sepas que ella está ahí. Para ver tus ‘stories’. Para saber si ese viaje que hiciste a Denia el mes pasado fue solo o con alguna “amiguita”. Para que cuando subas una foto de tu cena de hoy, ella sea el primer fantasma que se te aparezca en las visualizaciones. Es una vigilancia no solicitada. Es el Gran Hermano del despecho.
Marcos miró su cerveza, que empezaba a perder la fuerza de la espuma. Empezaba a sentirse un poco agobiado, pero todavía mantenía su postura de “hombre de paz”.
—Mira, Javi, yo paso de rollos. No la voy a bloquear porque me parece de ser un inmaduro. Bloquear es para cuando alguien te acosa o cuando acabas tan mal que no puedes ni ver su nombre sin que te den espasmos. Nosotros simplemente… nos enfriamos. Si me sigue, pues que me siga. Que vea fotos de mi perro y de los bocatas de calamares que me como. Me da igual.
—Te da igual ahora —sentenció Javi, señalándole con el dedo índice—. Pero espérate a que sean las dos de la mañana de un sábado. Tú estarás en casa, un poco perjudicado después de tres copas, viendo Netflix solo, y de repente… ¡pum! Lucía sube una foto en un sitio donde solíais ir vosotros. O peor, una foto con un tío que tiene más abdominales que tú y que yo juntos. En ese momento, ese “solo un follow” se va a convertir en un puñal oxidado en tu orgullo. Nada es “solo” nada hoy en día, Marcos. Todo tiene un subtexto. Todo es un mensaje cifrado que nosotros, como hombres modernos y sufridores, tenemos la obligación de descodificar.
Marcos suspiró profundamente. Sabía que cuando Javi entraba en bucle con sus teorías de sociología de barra de bar, no había quien lo parara. El camarero, un hombre que parecía haber nacido ya con el delantal puesto y que respondía al nombre de Paco, se acercó a la mesa con una agilidad impropia de su edad para retirar el cadáver del plato de bravas.
—¿Otra ronda, caballeros? —preguntó Paco, mirando de reojo el móvil de Marcos como si él también quisiera participar en la tertulia.
—Ponme otra, Paco. La necesito para procesar la falta de criterio de mi amigo aquí presente —dijo Javi, señalando a Marcos—. ¿Tú qué piensas, Paco? ¿Si tu ex de hace treinta años te mandara un mensaje por el aparato ese de los modernos, qué harías?
Paco se rascó la barbilla, pensativo, y soltó una de esas sentencias que solo se aprenden sirviendo cañas desde la Transición:
—Mire usted, jefe. Mi ex mujer vive en el portal de al lado y nos cruzamos cada mañana en la panadería. No nos decimos ni “buenos días”, pero cada uno sabe perfectamente qué pan ha comprado el otro. Eso es lo que cuenta. Lo de los móviles esos… eso es para gente que tiene mucho tiempo libre. Yo, si me busca, le cobro el café doble y sin azúcar, que sé que le amarga la vida.
Paco se fue con una sonrisa socarrona, dejando a Javi con la sensación de haber ganado un punto, aunque no sabía muy bien cómo.
—¿Lo ves? —insistió Javi—. Paco lo sabe. La presencia constante de una ex en tu entorno, ya sea digital o físico, es veneno. Bloquéala, Marcos. Hazlo por tu salud mental. Hazlo por la mía, que soy el que tiene que aguantar tus lloros cuando te entre la nostalgia de Instagram.
—Que no la voy a bloquear, pesado. Que es una red social, no un contrato de exclusividad emocional —respondió Marcos, intentando sonar convencido, aunque por dentro, una pequeña semilla de duda empezaba a germinar.
PARTE 2: El Análisis Forense del Perfil
Pasaron veinte minutos y tres nuevas cañas. El calor había dado un ligero respiro, pero la tensión en la mesa de metal de “Los Cuñados” solo había ido en aumento. Javi no era de los que soltaban una presa fácilmente; era como un terrier de la neurosis contemporánea.
—Vale, aceptamos barco —dijo Javi, limpiándose un poco de espuma del labio superior—. Dices que es “solo un follow”. Muy bien. Vamos a hacer una prueba pericial. Abre el Instagram.
Marcos puso los ojos en blanco, pero la curiosidad (esa maldita curiosidad que ha arruinado más vidas que la hipoteca) pudo con él. Desbloqueó el teléfono.
—A ver, pesado. ¿Qué quieres ver?
—Entra en su perfil. Vamos a ver qué ha pasado en su vida desde que “os enfriasteis”. Porque tú no la sigues a ella, ¿verdad?
—No, la dejé de seguir cuando lo dejamos. No por odio, sino por higiene.
—Exacto. Higiene. Pues ahora ella ha roto la cuarentena. Entra, entra.
Marcos pulsó el icono de la lupa y escribió el nombre. Allí estaba: Lucía. La foto de perfil era nueva. Salía en una playa, con el pelo alborotado por el viento y una sonrisa de esas que parecen decir “estoy mejor que nunca y tú eres un recuerdo borroso”.
—Hostia, se ha cortado el pelo —murmuró Marcos sin querer.
—¡Primer error! —exclamó Javi, casi saltando de la silla—. Ya estás analizando sus cambios estéticos. El veneno ya está entrando en tu torrente sanguíneo. ¡No mires el pelo, Marcos! Mira los ‘highlights’, las historias destacadas.
Marcos ignoró la advertencia y empezó a hacer ‘scroll’. El muro de Lucía era un catálogo de felicidad post-ruptura: atardeceres, copas de vino con manos desconocidas al otro lado de la mesa, fotos de sus pies en la arena y alguna que otra frase motivacional de esas que te dan ganas de pedirle perdón al diccionario de la RAE.
—No veo nada raro —dijo Marcos, aunque sentía un pinchazo extraño en el pecho al ver la foto del vino—. Parece que le va bien. Se ha ido de viaje a Portugal.
—¿A Portugal? —Javi le arrebató el móvil con una rapidez de carterista profesional—. Déjame ver… Portugal. Faro. Agosto. Marcos, tú odiabas Portugal porque decías que las toallas raspaban y que el café era demasiado corto. ¿Te das cuenta? Está haciendo todo lo que no hacía contigo. El follow de hoy es para restregarte que su vida es una fiesta de fado y bacalao a la que tú no estás invitado.
—Tío, de verdad, búscate un hobby —suspiró Marcos, recuperando su teléfono—. Ella puede ir donde quiera. Y me parece genial que sea feliz. Yo también soy feliz. Mira, ayer subí una foto de mi tortilla de patatas y tuvo quince likes.
Javi le miró con una compasión infinita, la clase de mirada que se le dedica a alguien que cree que la Tierra es plana o que el brócoli está rico.
—Quince likes. Qué tierno. Lucía tiene cuatrocientos en su foto del Algarve. Y uno de esos likes, si te fijas bien… —Javi volvió a acercar la cabeza a la pantalla—… es de ese tal Borja. El del gimnasio. El que siempre le ponía “🔥” en las fotos cuando estabais juntos. ¿Te acuerdas de Borja?
Marcos apretó la mandíbula. Por supuesto que se acordaba de Borja. Un tipo que parecía haber sido esculpido en mármol y que tenía la profundidad intelectual de un charco, pero que siempre estaba ahí, orbitando como un satélite musculado alrededor de Lucía.
—Borja es un pesado, ya lo sabemos. Pero eso no tiene nada que ver conmigo.
—¡Tiene todo que ver! —Javi se emocionó, gesticulando con las manos—. Si ella te ha seguido hoy, es porque algo ha pasado con Borja. O se han peleado, o ella se ha aburrido de contarle los abdominales, o simplemente quiere usar tu follow como moneda de cambio para ponerle celoso a él. “Mira, Borja, he vuelto a seguir a mi ex el sensible, el que sabe leer libros sin dibujos, ¿qué te parece?”. Eres una herramienta, Marcos. Un peón en su tablero de ajedrez emocional.
—¿Pero tú te escuchas? —Marcos se echó a reír, aunque la risa le salió un poco forzada—. Estás montando una película de espionaje internacional porque una tía ha pulsado un botón azul en una aplicación. A lo mejor solo quería ver si seguía vivo. O a lo mejor le dio sin querer mientras stalkeaba a otra persona. A todos nos ha pasado, ¿no? Le das a “seguir” por error y luego te da vergüenza quitarlo porque queda peor.
—Nadie da a “seguir” por error a un ex —sentenció Javi con la gravedad de un juez del Tribunal Supremo—. Es físicamente imposible. El cerebro humano tiene mecanismos de seguridad para evitar eso, como cuando no puedes meter la mano en el fuego. Para seguir a un ex tienes que pasar por varios filtros psicológicos. Es una decisión meditada. Es un “aquí estoy yo”.
En ese momento, el móvil de Marcos vibró sobre la mesa. No fue una notificación de Instagram. Fue un mensaje de WhatsApp. Marcos lo miró de reojo. Era su madre preguntándole si quería que le guardara tuppers de albóndigas para la semana.
—¿Es ella? —preguntó Javi, con los ojos como platos.
—Es mi madre. Quiere darme albóndigas.
—Uf, menos mal. Pero no te confíes. Las albóndigas son un refugio seguro, pero Lucía es el lobo. Y el lobo ya ha marcado el territorio. Piénsalo bien: ¿qué ganas teniéndola ahí? ¿Qué beneficio te reporta saber que hoy ha desayunado tostadas con aguacate? Ninguno. Solo te aporta “rayadas”. Bloquéala. Es un acto de amor propio. Es como tirar a la basura esa camiseta vieja que tiene agujeros pero que no tiras por nostalgia. No te la vas a volver a poner, Marcos. Solo ocupa sitio en el armario y cría polilla.
Marcos se quedó mirando el icono de Instagram. La tentación de entrar otra vez y ver quién más le había dado ‘like’ a la foto de Portugal era casi insoportable. Javi tenía razón en algo: el follow había alterado la paz de su tarde. Antes de eso, solo estaba preocupado por el calor y por si le cobrarían el suplemento de terraza. Ahora, el nombre de Lucía rebotaba en las paredes de su cráneo como una pelota de squash.
—Es que si la bloqueo ahora —argumentó Marcos—, va a parecer que me importa. Va a pensar: “Ostras, le he seguido y se ha puesto tan nervioso que me ha bloqueado”. Eso es darle la victoria. Si la dejo ahí, en el limbo de los seguidores, demuestro indiferencia. Y la indiferencia es el verdadero cierre, Javi. No el bloqueo.
—La indiferencia es no mirar —replicó Javi rápidamente—. Pero tú vas a mirar. Yo te conozco. Vas a mirar quién ve tus historias. Vas a ver su nombre ahí, el primero de la lista, porque ella va a entrar a verte nada más publiques algo. Y vas a empezar a pensar: “¿Por qué ha visto mi historia de los pies en la piscina pero no la del libro de poesía?”. Vas a entrar en un bucle infinito de micro-análisis que te va a consumir la existencia. Bloquear no es de inmaduros, es de gente que quiere dormir ocho horas seguidas.
Marcos suspiró y bebió el último trago de su caña, que ya estaba caliente.
—Dame diez minutos. Si de aquí a que terminemos la siguiente ronda no me ha dado un ataque de ansiedad, se queda. Si me empiezo a rayar, saco la guadaña digital.
—Hecho —dijo Javi, levantando la mano para llamar a Paco—. ¡Paco! Otra de lo mismo. Y tráenos unos torreznos, que este hombre necesita grasa para lubricar las neuronas, que las tiene oxidadas.
PARTE 3: La Escalada del “Qué Dirán”
Los torreznos llegaron, crujientes y pecaminosos, despidiendo ese aroma que es capaz de resucitar a un muerto y, de paso, taponar un par de arterias. Durante unos minutos, el silencio reinó en la mesa, solo roto por el crujir de la corteza y el murmullo lejano del tráfico madrileño. Pero el silencio, en presencia de Javi, era siempre una tregua temporal.
—¿Y si te escribe? —soltó de repente, con un trozo de torrezno pinchado en el tenedor.
Marcos estuvo a punto de atragantarse.
—¿Quién? ¿Mi madre?
—No me jodas con tu madre, Marcos. Lucía. ¿Y si el follow es solo el aperitivo? Imagínatelo. Esta noche, a las once, cuando estés medio frito en el sofá. Te llega un mensaje directo. Un “Hola, ¿cómo va todo?”. O peor, un “Me he acordado de ti por esta canción”. Y te manda un enlace de Spotify de algún grupo indie que solo os gustaba a vosotros y a cuatro barbudos de Malasaña. ¿Qué haces entonces?
Marcos dejó el cubierto y se recostó, mirando al techo de la sombrilla.
—Pues… le contesto educadamente. Un “Hola, todo bien, espero que a ti también”. Y ya está. Fin de la historia. Se llama civismo, Javi. Se llama haber superado los veinte años.
Javi soltó una carcajada que hizo que una señora de la mesa de al lado se girara con desaprobación.
—¡Civismo! ¡Dice civismo! Marcos, tú no tienes ni idea de cómo funciona la guerra moderna. “Todo bien” es el inicio del desastre. Ella te dirá: “Me alegro mucho. Te vi el otro día por el centro, pero no te dije nada por no molestar”. Y tú, que eres un blando, le dirás: “Ay, pues haber saludado, mujer”. Y ahí, amigo mío, ya te tiene. En tres mensajes más estáis hablando de lo mucho que echáis de menos aquel bar de tapas de Granada y en cinco mensajes te está preguntando si sigues viviendo en el mismo piso. Es una pendiente resbaladiza llena de vaselina emocional.
—Es que tú ves fantasmas donde solo hay una red social —insistió Marcos, aunque sentía que el torrezno le pesaba más de la cuenta—. A lo mejor solo quiere que vea que se ha echado un perro. O que ha aprendido a hacer yoga.
—¡Exacto! —Javi dio un golpe en la mesa, emocionado—. Quiere que veas su “mejor versión”. Es el marketing de la ex. Te vende el producto cuando ya no puedes comprarlo, solo para que te arrepientas de haberlo devuelto a la tienda. Es una estrategia psicológica de manual. Te sigue para que tú entres en su perfil, veas lo increíble que es su vida sin ti, y te quedes ahí, en tu rincón, sintiéndote como un calcetín desparejado. ¿De verdad quieres someterte a eso?
En ese momento, se acercó a la mesa un tercer personaje. Era Rober, otro amigo del grupo que venía de trabajar, todavía con la camisa del uniforme y cara de haber tenido un día de perros en la oficina de seguros.
—¿Qué pasa, fieras? —dijo Rober, dejándose caer en la silla libre—. Vaya caras traéis. ¿Quién se ha muerto?
—Nadie —dijo Javi con solemnidad—. Pero la dignidad de Marcos está en cuidados intensivos. Lucía le ha dado ‘follow’ en Instagram y este insensato se niega a bloquearla. Dice que es “solo un follow”.
Rober puso cara de circunstancias, se quitó las gafas de sol y miró a Marcos con una mezcla de lástima y camaradería.
—Uf. Mal asunto, tío. Mi ex me siguió el mes pasado. ¿Sabéis qué hice?
—¿La bloqueaste? —preguntó Javi, esperanzado.
—No. Hice algo peor. Me puse el perfil en privado y tardé tres días en aceptarla. Para que viera quién manda. Y cuando por fin la acepté, subí una foto con una prima mía que está cañón, pero sin poner que era mi prima. La puse de espaldas, etiquetando un sitio caro. Mano de santo. No me ha vuelto a dar ni un ‘like’. Se quedó muda.
Javi miró a Rober con admiración, como si acabara de escuchar a Sun Tzu. Marcos, en cambio, se tapó la cara con las manos.
—¿Lo veis? Esto es a lo que me refiero. Sois unos psicópatas de las redes sociales. ¿Por qué todo tiene que ser un plan maquiavélico? ¿Por qué no puede ser simplemente que la gente pulsa botones porque le apetece? Me estáis volviendo loco. Me vais a hacer bloquearla solo para que os calléis la boca, no por ella.
—¡Pues hazlo! —presionó Javi—. Hazlo por nosotros. Hazlo por el grupo de WhatsApp, que no queremos aguantar un monográfico sobre “Lucía ha subido un story en el gimnasio” durante las próximas tres semanas. El bloqueo es paz, Marcos. El bloqueo es el muro de Berlín, pero en bien. Protege tu territorio. No dejes que las tropas enemigas entren a observar tus defensas.
Marcos cogió el móvil. Sus dedos dudaban sobre la pantalla. Entró de nuevo en Instagram. Fue a su lista de seguidores. Allí estaba el nombre: Lucia_Luna89. No tenía la cuenta privada, así que el daño ya estaba hecho. Ella ya podía ver todo lo que él publicara si él no hacía nada.
—A ver… si le doy aquí, a los tres puntitos… —murmuró Marcos.
—¡Sí! ¡Dale a los puntitos! —animó Javi, inclinándose tanto que casi mete la corbata en la salsa de los torreznos.
—Espera, espera —intervino Rober—. Si la bloqueas ahora, ella lo sabrá. Si intenta buscarte y no sales, sabrá que la has bloqueado. Eso le da un poder increíble. Sabrá que te ha afectado. Lo mejor es “restringir”. Es la muerte silenciosa. Ella cree que te sigue, ella puede comentarte, pero solo ella ve sus comentarios. Y tú no ves nada de lo que ella hace a menos que entres a propósito. Es como enterrarla viva digitalmente, pero sin que se entere.
Javi se quedó pensativo, sopesando la nueva estrategia.
—Mmm… restringir es sutil, sí. Pero a Marcos no le pega la sutileza. Marcos necesita un corte limpio. Un hachazo. Marcos necesita que cuando Lucía escriba su nombre en el buscador, le salga una pantalla en blanco, el vacío absoluto, la nada existencial. Necesita decirle al mundo: “Esta persona ya no existe en mi servidor”.
—Sois unos enfermos —repitió Marcos, bloqueando la pantalla del móvil y guardándoselo en el bolsillo del pantalón—. No voy a hacer nada. Me voy a quedar así, en la ambigüedad. Voy a ser el Suizo de esta guerra. Neutralidad absoluta.
—La neutralidad no existe cuando hay sentimientos de por medio, suizo de pacotilla —sentenció Javi—. Mañana me llamarás. Mañana, cuando veas que te ha dado ‘like’ a una foto de hace tres años. Porque lo hará. Es el “like” del arqueólogo. Es para decirte: “He bajado hasta el fondo de tu perfil, he visto cómo eras en 2021 y sigo aquí”. Ese es el golpe final.
—Eso no va a pasar —dijo Marcos con una seguridad que ni él mismo se creía.
PARTE 4: El Clímax del “Like” y el Veredicto Final
La tarde empezaba a caer y el cielo de Madrid se teñía de ese tono anaranjado que hace que hasta los edificios más feos parezcan monumentos. Rober ya se había pedido su primera caña y la conversación había derivado, por unos minutos, hacia temas más mundanos como el precio de los alquileres y lo mal que estaba el transporte público. Parecía que la tormenta “Lucía” había amainado.
Pero entonces, ocurrió.
El móvil de Marcos, que descansaba en su bolsillo, emitió un zumbido. No fue el tono de WhatsApp. Fue el sonido corto y seco de una notificación de Instagram.
Marcos intentó hacerse el fuerte. Intentó seguir hablando de por qué no le gustaba la nueva línea de metro, pero su mano, traidora y autónoma, se deslizó hacia su bolsillo. Javi y Rober se quedaron congelados, con las cañas a medio camino de sus bocas, como leones acechando a una gacela herida.
Marcos sacó el teléfono. Miró la pantalla. Su expresión cambió de la indiferencia fingida a un estupor absoluto. Se quedó pálido, luego un poco rojo, y finalmente soltó un suspiro que pareció vaciarle los pulmones.
—¿Qué? —preguntó Javi en un susurro, como si estuviera en un funeral—. ¿Ha pasado? ¿Ha pasado lo que te dije?
Marcos giró el móvil y se lo enseñó.
En la pantalla se leía: “A Lucia_Luna89 le ha gustado tu foto”.
Pero no era la foto de la tortilla de ayer. Ni siquiera era una foto de este año.
—No puede ser… —murmuró Rober, acercándose para ver mejor—. Es la foto de tu viaje a Roma. ¡De 2019! ¡La del Coliseo!
Javi estalló. Se levantó de la silla, haciendo un ruido infernal al arrastrar el metal contra el suelo, y empezó a dar vueltas alrededor de la mesa con los brazos en alto.
—¡Lo dije! ¡Lo dije! ¡El Like del Arqueólogo! ¡La excavación profunda! ¡Ha bajado tres mil capas de sedimentos digitales para encontrar una foto donde sales con menos entradas y una camiseta que ya ni tienes! ¡Es una señal de humo, Marcos! ¡Es un “estoy perdiendo la cabeza por ti y no sé cómo decírtelo sin parecer una loca, así que te doy un like en una foto de antes de la pandemia”!
Marcos estaba en shock.
—Pero… ¿por qué esa foto? Salgo fatal. Tenía el pelo pincho y quemaduras de sol en la nariz.
—¡Porque es una foto emocional! —gritó Javi, captando la atención de todo el bar, incluido Paco, que se asomó por la puerta con el trapo al hombro—. En esa foto estabais bien. Fue vuestro mejor viaje. Te está enviando un misil teledirigido a la nostalgia. Quiere que recuerdes el helado que os comisteis en la Fontana di Trevi. Quiere que te sientas culpable por haber rehecho tu vida. Es una maniobra de distracción masiva. ¡Bloquéala, Marcos! ¡Por lo que más quieras, dale al botón de ejecución ahora mismo!
Rober, más pragmático, intervino:
—O a lo mejor es que estaba bajando muy rápido por el perfil, se le ha resbalado el dedo y ha dado doble tap sin querer. A mí me pasó con la cuenta de un jefe que odio. Fue el momento más tenso de mi carrera profesional.
—¡No hay errores a estas profundidades! —rebatió Javi—. Si bajas hasta 2019, vas con intención. Vas con el equipo de espeleología puesto. No se baja hasta ahí por accidente. Se baja porque tienes un plan.
Marcos miraba la pantalla. La notificación seguía allí, desafiante. El corazón le latía un poco más rápido de lo normal. La teoría de Javi, por muy disparatada que sonara, empezaba a tener sentido en su cabeza nublada por la cerveza y el calor. Lucía estaba allí. Había vuelto. No físicamente, pero sí de esa forma fantasmal que permiten las pantallas. Estaba observando su pasado, evaluando su presente y, posiblemente, intentando condicionar su futuro.
—¿Sabéis qué? —dijo Marcos con una voz extrañamente tranquila.
—¿Qué? —preguntaron los otros dos al unísono.
—Que tenéis razón. No es “solo un follow”. Y no es “solo un like”. Es una intrusión. Estaba muy tranquilo desayunando mis albóndigas imaginarias y ahora estoy pensando en Roma y en por qué mi ex está mirando mis fotos antiguas un martes por la tarde. Esto no es sano.
Marcos pulsó el perfil de Lucía. Sus dedos ya no temblaban. Fue a los tres puntitos de la esquina superior derecha. Javi y Rober contenían el aliento como si estuvieran viendo el lanzamiento de un cohete de la NASA.
Apareció el menú: Reportar, Restringir, Bloquear…
Marcos deslizó el dedo hacia “Bloquear”.
—¿Estás seguro? —preguntó Rober—. Una vez que lo haces, el puente se quema.
—Que arda —dijo Marcos—. Prefiero las cenizas a este agobio.
Pulsó “Bloquear”. Luego confirmó en la ventana emergente que le preguntaba si también quería bloquear cualquier otra cuenta que ella pudiera crear. “Sí a todo”, pensó.
El perfil de Lucía desapareció. La pantalla mostró un mensaje de “Usuario no encontrado”. El vacío. La nada.
Marcos dejó el móvil sobre la mesa, esta vez boca abajo. Respiró hondo. Sintió como si se hubiera quitado una mochila llena de piedras que no sabía que llevaba encima.
—Hecho —anunció.
Javi se sentó, visiblemente satisfecho, y levantó su vaso.
—Señores, hoy hemos salvado a un soldado de las garras del pasado. Paco, ¡trae otra ronda! ¡Esta la paga el hombre libre!
Paco apareció con las cervezas, sonriendo como si supiera exactamente lo que acababa de pasar.
—¿Ya han arreglado el mundo, o todavía les queda alguna guerra que ganar? —preguntó el camarero.
—El mundo no sé, Paco —dijo Marcos, dándole un trago largo y glorioso a su caña fría—, pero mi Instagram ahora mismo es un búnker antiaéreo. Y no sabes lo bien que se está aquí dentro.
La conversación cambió entonces hacia algo mucho más productivo: discutir si era mejor la pizza con piña o si los que la comían deberían ser los siguientes en ser bloqueados de la vida social. El sol terminó de ponerse, las luces de la terraza se encendieron y Marcos, por primera vez en todo el día, no sintió la necesidad de mirar el móvil ni una sola vez.
Al final, Javi tenía razón: nada es “solo” nada, pero un botón de “bloquear” a tiempo es mejor que mil sesiones de terapia. O al menos, es mucho más barato y se puede hacer mientras te comes un torrezno.