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El despertar de la bestia de plástico

PARTE 1: El despertar de la bestia de plástico

Eran las cuatro de la tarde en un martes cualquiera de Madrid.

Esa hora en la que el sol pega en el asfalto con la saña de quien quiere cobrar una deuda antigua.

Leticia estaba desparramada en el sofá, en ese estado de semi-consciencia que precede a la siesta.

Un estado sagrado.

Un limbo donde los problemas del trabajo se disuelven en el sudor de la nuca.

Tenía un pie colgando, rozando la alfombra de pelo largo de IKEA.

Esa alfombra que, según ella, daba un toque bohemio al salón.

Y según su suegra, era un nido de ácaros con aspiraciones territoriales.

De repente, un pitido agudo rompió el silencio del salón.

Un “bip” tecnológico, aséptico, casi desafiante.

Leticia ni siquiera abrió los ojos.

Sabía perfectamente lo que era.

Era la señal de que “Paco” se había despertado.

Paco no era un amante, ni un marido madrugador, ni un perro con gases.

Paco era el robot aspirador de última generación, modelo “Ultra-Clean 3000”, aunque en la caja ponía que era una Conga.

El aparato empezó a ronronear con un zumbido eléctrico que vibraba en las juntas del parqué.

Salió de su base de carga con la arrogancia de un caballero medieval partiendo a las cruzadas.

Chocó suavemente contra la pata de la mesa.

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