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El preludio de la sospecha en la terraza de los “Hechos”

Parte 1: El preludio de la sospecha en la terraza de los “Hechos”

Madrid en julio no es una ciudad, es una prueba de resistencia. El asfalto de la calle Fuencarral vibraba con ese calor pastoso que te hace sentir que estás caminando dentro de una croqueta recién sacada de la freidora. Javi y Marta habían logrado, tras quince minutos de acecho digno de un documental de National Geographic, hacerse con una mesa en la esquina de una terraza sombreada. La mesa cojeaba, por supuesto, equilibrada precariamente con un cartón de tabaco doblado, y el ventilador con pulverizador de agua más cercano les lanzaba una bruma tibia que, en lugar de refrescar, les hacía sentir como verduras al vapor.

Javi miraba su caña con una intensidad casi religiosa. El cristal estaba empañado, con esas gotas de condensación resbalando lentamente, un espectáculo mucho más interesante que la conversación sobre las vacaciones en Benicàssim que Marta estaba intentando mantener. Javi tenía esa mirada. Marta la conocía bien. Era la mirada de “he leído un hilo en Twitter y ahora tengo una crisis existencial” o, peor aún, “he visto un vídeo de un psicólogo argentino en Instagram y voy a psicoanalizar nuestra relación”.

—Marta —dijo él, interrumpiendo una disertación detallada sobre el precio de los apartamentos con vistas al mar—, ¿tú crees que nos conocemos de verdad?

Marta dejó la patata brava a medio camino de la boca. Suspiró. Aquí vamos de nuevo, pensó.

—Javi, sé que odias el cilantro, que te dan miedo las palomas y que tienes una lista de reproducción en Spotify que se llama “Música para llorar como un adolescente” que escuchas cuando crees que no te oigo. Te conozco más que a mi propia clave de la Seguridad Social. ¿A qué viene esto ahora? ¿Es por el calor? Te he dicho que te pongas la gorra.

—No es el calor, tía. Es la esencia —Javi se echó hacia atrás, haciendo que la silla de metal chirriara contra el suelo, un sonido que hizo que tres señoras de la mesa de al lado se giraran con cara de pocos amigos—. Estaba pensando en la transparencia. En la era digital, la transparencia es el nuevo romanticismo. Si no hay secretos, no hay muros. Y si no hay muros, hay amor puro. ¿Me sigues?

—Te sigo, pero me estoy perdiendo en la parte en la que eso nos impide pedir otra ración de bravas. Javi, estamos bien. No empieces con tus movidas de filósofo de bar de copas.

Javi bebió un sorbo largo, dejando un bigote de espuma que no se molestó en limpiar. Su mente estaba trabajando a marchas forzadas. Llevaban tres años juntos. Tres años de compartir piso, de decidir quién sacaba la basura, de peleas por el mando a distancia y de saber exactamente qué cara ponía el otro cuando le sentaba mal el picante. Pero había un territorio inexplorado, un “Amazonas” de bits y bytes que seguía siendo privado.

—Dime una cosa —insistió Javi, bajando la voz como si estuviera revelando un secreto de Estado—, ¿tú confías en mí?

Marta dejó el tenedor en el plato. El tintineo del metal contra la cerámica sonó como un veredicto. Miró a Javi a los ojos. Él tenía esa expresión de perrito abandonado mezclada con una intensidad que solo da el exceso de cafeína o una inseguridad latente que había estado macerando durante toda la semana.

—Pues claro que confío en ti, pesado. Si no confiara en ti, no te habría dejado las llaves de mi casa cuando me fui de viaje, sabiendo que eres capaz de dejar que se mueran hasta las plantas de plástico. ¿A qué viene esa pregunta ahora? ¿Has roto algo? ¿Has vuelto a intentar arreglar la cisterna tú solo? Porque la última vez casi inundamos al vecino de abajo, el que tiene los gatos, y no tengo ganas de volver a pedir perdón con una caja de bombones del súper.

—No, no es nada de eso. Es una pregunta seria, Marta. Confianza pura. De esa que no tiene fisuras. ¿Confías en mí por encima de todas las cosas? ¿Crees que soy una persona en la que puedes depositar tu fe ciega, como si yo fuera un monje tibetano y tú mi discípula?

Marta soltó una carcajada que hizo que el camarero, un hombre con cara de haber visto demasiadas guerras de terraza, se detuviera un segundo.

—¿Un monje tibetano? Javi, la semana pasada te encontré intentando abrir un bote de pepinillos con un zapato. Tu fe ciega me da un poco de miedo, la verdad. Pero sí, confío en ti. Eres un desastre, pero eres mi desastre de confianza. ¿Ya está? ¿Podemos pedir los calamares o vas a seguir cuestionando los pilares de nuestra civilización?

Javi no se rió. Se inclinó hacia delante, invadiendo el espacio vital de las aceitunas. El momento había llegado. Había preparado el terreno, había abonado la duda y ahora tocaba plantar la semilla del conflicto.

—Si de verdad confías en mí… —hizo una pausa dramática, mirando a su alrededor para asegurarse de que nadie más que el Espíritu Santo y los jubilados de la mesa vecina le escucharan—, dame tu contraseña.

El silencio que siguió a esa frase fue más denso que el humo de un incendio forestal. Marta parpadeó. No una, sino tres veces. El ventilador seguía lanzando agua, pero de repente el ambiente parecía haberse congelado.

—¿Mi qué? —preguntó ella, como si Javi acabara de hablar en arameo antiguo.

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