Posted in

El silbido de WhatsApp y la tostada quemada

Parte 1: El silbido de WhatsApp y la tostada quemada

La luz del domingo en Madrid tiene una cualidad particular: es una luz que juzga. Entra por el ventanal del salón con una impertinencia casi personal, revelando cada mota de polvo sobre la televisión y resaltando las ojeras de Marcos, que intentaba, sin mucho éxito, que su cafetera italiana no escupiera vapor como una locomotora del siglo XIX. El aroma a café quemado empezaba a llenar la cocina, mezclándose con ese olor a “mañana de resaca emocional” que suele acompañar a las parejas que llevan tres años compartiendo un piso de sesenta metros cuadrados y demasiadas facturas del Gas Natural.

Elena estaba sentada a la mesa, todavía con el pijama de dibujos que Marcos le había regalado por puro compromiso el último Nadal, ese que ella decía que le encantaba pero que, en realidad, usaba solo cuando no tenía nada limpio. Tenía el pelo hecho un nudo estratégico en lo alto de la cabeza y la mirada clavada en la pantalla de su iPhone. Y ahí fue cuando ocurrió.

Fiu-fiu.

Ese silbido. Ese sonido de notificación de WhatsApp que, en el silencio sepulcral de un domingo a las diez de la mañana, suena como un disparo de advertencia en una película del Oeste. Marcos, que estaba de espaldas peleándose con la tostadora que solo tenía dos modos (pan crudo o carbón de barbacoa), se tensó. No fue un movimiento brusco, sino una rigidez sutil, como la de un gato que oye el abrirse de una lata de atún a tres manzanas de distancia.

Elena no solo leyó el mensaje. Elena sonrió.

No fue una sonrisa de cortesía, de esas que pones cuando tu tía te manda un meme de un piolín dándote los buenos días. Fue una sonrisa de “me acaban de decir algo que me ha hecho cosquillas en el cerebro”. Una sonrisa con los labios apretados pero los ojos brillantes, de esas que Marcos no veía desde que ganaron el concurso de trivial en el bar de abajo hacía ya catorce meses.

—¿Quién es? —preguntó Marcos, intentando que su voz sonara casual, como quien pregunta por el tiempo o por si queda leche desnatada. Pero su voz traicionó un ligero gallo, una vibración de inseguridad que flotó en el aire entre el humo de la tostada.

Elena ni siquiera levantó la vista. Sus dedos volaban sobre el teclado táctil con una agilidad que Marcos envidió. Él, para escribir un “luego voy”, tardaba tres minutos y borraba cuatro veces. Ella estaba redactando El Quijote en versión digital.

—Nadie, un amigo —respondió ella, con una ligereza que a Marcos le dolió más que un balonazo en el estómago.

—”Un amigo” —repitió Marcos, dejando caer la espátula sobre la encimera—. Ya. Porque los amigos escriben los domingos a las diez de la mañana para contarte chistes que te hacen poner cara de adolescente en su primera cita.

Elena levantó por fin la vista. Sus ojos, verdes y ligeramente somnolientos, se encontraron con los de él. Había una chispa de diversión, pero también un muro de contención.

—Marcos, de verdad. No empieces. Es solo un amigo de la facultad que me ha pasado un vídeo de un tío que intenta saltar una valla y se queda enganchado de los pantalones. Es gracioso, ya está.

—¿De la facultad? ¿De cuál? ¿De la que terminaste hace seis años o de una facultad nueva que te has inventado para justificar que te rías sola con el móvil? —Marcos se acercó a la mesa, todavía con el delantal puesto, sintiéndose ridículo pero incapaz de frenar el impulso de “inspección técnica de pareja”.

—De la de periodismo, pesado. Se llama Javi. Ya te he hablado de él.

Marcos hizo memoria. Javi. Javi. Había muchos Javis en el mundo. El carnicero se llamaba Javi. El que le cambió el aceite al coche era Javi. Incluso su primo de Cuenca era Javi. Pero “este” Javi no le sonaba de nada. O quizá sí, quizá era ese nombre que Elena soltaba de vez en cuando en medio de una anécdota grupal, como quien deja caer una moneda en una fuente para ver si suena.

—Es solo un amigo —insistió ella, bloqueando el móvil y dejándolo boca abajo sobre el hule de la mesa. Ese gesto, el de dejar el móvil boca abajo, fue para Marcos como si le pusieran un candado de seguridad a una caja fuerte llena de secretos de Estado.

—Ya —dijo él, volviendo a la tostadora—. Porque hoy en día la gente tiene “amigos” para todo. Tienes el amigo que te ayuda con la mudanza, el amigo que te recomienda series coreanas y el amigo que te hace reír un domingo por la mañana mientras tu novio se pelea con una tostadora de los años ochenta.

—¿Entonces por qué sonríes así? —soltó de pronto, girándose de nuevo hacia ella con la tostada quemada en la mano, como si fuera una prueba judicial incriminatoria.

Read More