Posted in

El ritual de la parálisis digital

Parte 1: El ritual de la parálisis digital

Aquella tarde de mayo en Madrid no era simplemente calurosa; era de esas tardes en las que el asfalto parece querer absorber las suelas de tus zapatillas y el aire tiene la densidad de un cocido madrileño en pleno agosto. Javi estaba sentado en la terraza de “El Doble”, una de esas tabernas donde las cañas se tiran con una maestría casi religiosa y las servilletas de papel sirven para todo menos para limpiar. Frente a él, una caña ya empezaba a sudar gotas de condensación que resbalaban por el cristal, imitando perfectamente el estado de los nervios de Javi. Su teléfono móvil, un dispositivo que en ese momento le parecía más pesado que una losa de granito, descansaba bocabajo sobre la mesa metálica, justo al lado de un plato de aceitunas que nadie tocaba.

Dani, su mejor amigo desde los tiempos del instituto, lo observaba con una mezcla de lástima y diversión sádica. Dani era el tipo de persona que vivía la vida sin filtros de Instagram, alguien que se movía por el mundo con la confianza de quien sabe que, pase lo que pase, siempre habrá otro bar abierto. Estaba terminando de dar cuenta de un pincho de tortilla que, según él, era “patrimonio de la humanidad no reconocido”, mientras esperaba a que Javi saliera de su trance hipnótico.

—Tío, parece que estés esperando que el móvil empiece a levitar —dijo Dani, limpiándose una miga de pan de la comisura de los labios—. Llevas quince minutos mirando el logo de la carcasa. Si sigues así, vas a abrir un agujero de gusano en la mesa de aluminio.

Javi levantó la vista, con los ojos ligeramente inyectados en sangre por la falta de parpadeo. Su expresión era la de un hombre que acaba de presenciar un accidente de tráfico a cámara lenta.

—¿Tú crees que es demasiado pronto? —preguntó Javi, ignorando el sarcasmo de su amigo—. Quiero decir, la cita fue anoche. Terminamos sobre las dos de la mañana en Malasaña. Ella se fue en un taxi, yo me fui en otro. Hubo beso, Dani. Un beso de los de verdad, de los que no son solo un trámite para cerrar la noche. Pero claro, si le escribo ahora, a las seis de la tarde de un domingo, igual parezco un desesperado, ¿no? Igual piensa que no tengo vida, que he estado todo el día pegado a la pantalla esperando que den las seis para darle al “enviar”.

Dani soltó una carcajada que hizo que un par de señores en la mesa de al lado, que discutían sobre el fichaje de un central para el Atleti, se giraran a mirarlos.

—A ver, Javi, analicemos la situación con rigor científico —sentenció Dani, poniéndose serio de repente, como si estuviera a punto de dar una conferencia en el CSIC—. Son las seis de la tarde de un domingo de resaca nacional. Todo el mundo está tirado en el sofá viendo una película de sobremesa en la que alguien muere en un viñedo de California. Ella también. Si le escribes ahora, solo confirmas que eres un ser humano con necesidades sociales. Si esperas a mañana lunes, parecerá que has seguido una estrategia de manual de autoayuda de los años noventa. Y eso, amigo mío, es mucho más patético que ser un “desesperado”.

Javi volvió a mirar el teléfono. El dilema era real. En su cabeza, redactar un mensaje de WhatsApp se había convertido en una operación de ingeniería aeroespacial. Cada palabra, cada signo de puntuación, cada emoji era una variable que podía determinar el éxito o el fracaso absoluto de su incipiente relación con Lucía.

—¿Y qué le pongo? —insistió Javi—. No quiero poner el típico “¿Qué tal el domingo?”. Es aburridísimo. Es la muerte de la lírica. Es como preguntar “¿Cómo va eso?”. Una respuesta genérica para una pregunta vacía. Necesito algo con chispa, algo que demuestre que soy gracioso pero que no me estoy esforzando demasiado por serlo. ¿Entiendes el matiz?

—Lo entiendo perfectamente —respondió Dani, pidiendo otra ronda de cañas con un gesto experto hacia el camarero—. Pero te estás rayando de una manera que roza lo patológico. Dile algo sobre lo que pasó anoche. No sé, el momento en el que casi nos echan del bar porque te pusiste a discutir con el camarero sobre si la tortilla de su abuela llevaba cebolla o no. Eso fue auténtico.

—No sé si “auténtico” es la palabra. Creo que la palabra fue “bochornoso” —suspiró Javi—. Pero bueno, tienes razón. Hay que dar el paso. El miedo al vacío no me va a llevar a ninguna parte.

Javi cogió el móvil con una lentitud casi ceremonial. Desbloqueó la pantalla y entró en la aplicación. Allí estaba ella: Lucía. La foto de perfil era una imagen de ella riendo en una playa, con el pelo revuelto por el viento. Parecía tan real y tan inalcanzable a la vez. Javi abrió el chat. El último mensaje era de ella, de anoche: “Ya estoy en casa. ¡Me lo he pasado genial!”. Él le había respondido con un “Yo también, descansa”. Un cierre digno, pero que ahora, dieciséis horas después, se sentía como un muro de hormigón.

—Vale, voy a escribirle —anunció Javi, como si fuera a cruzar el Rubicón.

—¿Le escribo ya? —preguntó de nuevo, con el dedo pulgar flotando sobre el teclado virtual.

Dani suspiró con una paciencia infinita.

—No, espera —dijo Dani de repente, cambiando de tono—. Ahora que lo pienso… acaba de pasar un autobús de la línea 61. Si está en casa y vive por esa zona, igual está oyendo el ruido y se distrae. Espera tres minutos. Que sea un número impar. Las 18:03 es una hora mucho más orgánica que las 18:00.

Javi lo miró con desconcierto, pero obedeció. En ese estado de ansiedad, cualquier superstición le parecía un dogma de fe. Se quedaron en silencio, observando el segundero del reloj de Javi. El tiempo en las terrazas de Madrid tiene una cualidad elástica; a veces vuela entre risas y otras, como en aquel momento, se estira hasta volverse insoportable. Los tres minutos pasaron como tres siglos.

—Ahora —dijo Dani.

Read More