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El estruendo del silencio

Parte 1: El estruendo del silencio

La noche en aquel quinto piso de la calle Fuencarral no era precisamente una oda al descanso. El verano madrileño, ese que se pega a las sábanas como si tuviera un contrato de exclusividad con el algodón, se negaba a dar tregua. Paco estaba en esa fase del sueño que él llamaba “el limbo del lince”, un estado donde no sabes si estás vivo, muerto o simplemente esperando a que el despertador te dé el tiro de gracia. A su lado, Lola dormía con la precisión de un reloj suizo, o al menos eso parecía hasta que el ventilador de torre, un aparato ruidoso que compraron en las rebajas y que vibraba más de lo que enfriaba, decidió emitir un chasquido metálico.

Fue en ese preciso instante de calma tensa, a las tres y catorce minutos de la madrugada, cuando el teléfono de Paco decidió cobrar vida. No fue un tono de llamada discreto, no. Paco, que para la tecnología era un peligro público, había configurado por error un fragmento de una jota aragonesa a todo volumen que le había pasado su cuñado “por las risas”. El estruendo de las bandurrias cortó el aire estancado de la habitación como una motosierra en una biblioteca.

—¡Hostia! —exclamó Paco, pegando un brinco que casi lo manda directo al pasillo sin pasar por la puerta.

Lola no se despertó: se activó. Fue como ver a un soldado de élite reaccionando a una emboscada. Sus ojos se abrieron de par en par, inyectados en un ligero reproche nocturno, mientras buscaba con la mano el interruptor de la lamparita de noche, esa que tenía una pantalla de tela que acumulaba polvo desde la Expo del 92.

—¿Pero qué es eso, Paco? ¿Nos están invadiendo? —preguntó ella con la voz todavía pastosa, pero con un filo de acero que Paco reconoció al instante.

—El móvil, Lola, el móvil… —balbuceó él, tanteando la mesilla con la torpeza de un pulpo en un garaje—. No sé quién coño… espera… que no lo encuentro.

El teléfono seguía berreando la jota. “La Virgen del Pilar diceeee…”, tronaba el altavoz mientras Paco, finalmente, logró atrapar el aparato, que resbalaba entre sus dedos sudados. La luz de la pantalla, configurada al máximo de brillo, le impactó en las retinas como un flash de la policía científica. Se quedó medio ciego un segundo, parpadeando con desesperación.

—¡Apaga eso ya, por el amor de Dios, que vas a despertar a la del cuarto y ya sabes cómo se pone con el tema de la comunidad! —siseó Lola, incorporándose y cruzándose de brazos.

Paco, con el corazón a doscientas pulsaciones, consiguió deslizar el dedo por la pantalla. En lugar de colgar, que era su intención inicial, el pánico le hizo aceptar la llamada. Se llevó el teléfono a la oreja con un gesto mecánico, casi defensivo.

—¿Diga? —soltó con un hilo de voz, intentando sonar lo más normal posible dentro de la surrealista situación de estar en calzoncillos a las tres de la mañana hablando con un desconocido.

Del otro lado llegó un silencio breve, seguido de una voz que Paco no alcanzó a identificar del todo, o que quizás prefirió no identificar en ese momento de confusión absoluta. Fue una frase corta, apenas un murmullo que se perdió entre las interferencias de la mala cobertura del dormitorio. Lola, mientras tanto, lo observaba como un halcón. No perdía detalle de la mandíbula de su marido, que se movía con una mezcla de nerviosismo y somnolencia.

—Sí… no, no… —decía Paco—. Ya, bueno. Escucha, que no son horas, ¿sabes? Que estamos aquí… en fin. Vale. Pues nada. Mañana te veo. Venga. Adiós.

Colgó. El silencio que siguió fue mucho más ensordecedor que la jota aragonesa. Fue un silencio espeso, de esos que se pueden cortar con un cuchillo de sierra. Paco dejó el teléfono sobre la mesilla, boca abajo, como si fuera una granada que pudiera estallar en cualquier momento, y evitó mirar a su mujer. Se recolocó la almohada con una parsimonia sospechosa, intentando hacerse el sueco.

—¿Quién llama a esta hora, Paco? —La pregunta de Lola no fue una pregunta. Fue un acta de acusación.

Paco suspiró, cerrando los ojos con fuerza, esperando que por algún milagro de la física el sueño volviera a atraparlo y lo sacara de allí. Pero Lola seguía ahí, inmóvil, emanando una energía que podría haber alimentado a media ciudad de Madrid.

—Número equivocado, Lola. Un despistado. O un bromista de esos que no tienen nada mejor que hacer. Yo qué sé —respondió él, tratando de que su tono fuera el de alguien que está profundamente aburrido por la interrupción.

—¿Número equivocado? —repitió ella, arqueando una ceja con una precisión geométrica—. Paco, te he estado mirando la cara. Te has puesto del color de una pared recién encalada. A un número equivocado se le dice “se ha equivocado usted” y se cuelga. No se tiene una tertulia literaria.

—¿Qué tertulia, mujer? Si apenas he dicho cuatro palabras. Ha sido un malentendido. El tío pensaba que yo era un tal… qué sé yo, un tal Julián.

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