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El desembarco de Normandía en el tercero B

PARTE 1: El desembarco de Normandía en el tercero B

Eran las ocho y cuarto de la mañana de un martes de noviembre, de esos días en los que Madrid se levanta con un gris plomizo que te quita las ganas de ser productiva, de ser amable y, sobre todo, de estar viva antes del segundo café. Marta estaba en la cocina, con el pelo hecho un nido de cigüeña y un pijama de franela que había visto tiempos mejores, esperando a que la cafetera italiana terminara de emitir ese estertor agónico que anunciaba el milagro de la cafeína.

Fue entonces cuando sonó el timbre. No fue un timbre normal. Fue un timbre de “aquí estoy yo”, un repiqueteo rítmico, insistente y con una autoridad moral que solo podía pertenecer a una persona en todo el hemisferio norte.

—No puede ser —susurró Marta a los azulejos de la cocina—. Por lo que más quieras, dime que es el del gas.

Pero el del gas no tiene llaves del portal, y el sonido de unos pasos decididos por el pasillo del descansillo confirmó sus peores sospechas. Oyó el roce de la llave en la cerradura. Aquello no era una visita; era una incursión.

—¡Marta! ¡Hija! ¡Qué alegría, que todavía estás en camisón! —La voz de Loli, su suegra, entró en el piso tres segundos antes que su cuerpo, que venía cargado con dos bolsas de la compra de un supermercado de descuento y un bolso de piel que pesaba lo mismo que un yunque—. He dicho: “Loli, pásate, que seguro que la pobre no ha tenido tiempo ni de comprar el pan”. Y mira, qué ojo tengo. ¡Si es que estás en cuadro!

Loli no esperaba respuesta. Loli era una fuerza de la naturaleza, un huracán de laca, colonia de baño y buenas (pero afiladas) intenciones. Entró en la cocina, dejó las bolsas sobre la encimera —justo encima de los planos que Marta había dejado preparados para llevarse al estudio de arquitectura— y empezó a sacar víveres como si estuviera abasteciendo a un refugio nuclear.

—Te traigo unos filetes de ternera, que te veo flaca, Marta. Muy flaca. Se te están quedando los ojos como dos aceitunas en una fuente de servir. Y unos limones, que ayer en el mercado estaban de oferta y yo sé que a Javi le gusta el agua con limón por las mañanas, aunque tú le des esos batidos verdes que huelen a césped recién cortado.

Marta respiró hondo, contando hasta diez en tres idiomas diferentes. Javi, su marido, seguía durmiendo plácidamente, con esa habilidad genética que tienen los hombres para no oír el caos cuando se aproxima en forma de madre.

—Buenos días, Loli —dijo Marta, forzando una sonrisa que le dolió en los músculos de la cara—. Qué sorpresa. Tan temprano. Un martes.

—¿Temprano? Pero si ya han puesto las calles, mujer. Yo ya he ido a la farmacia, he puesto una lavadora y he discutido con el carnicero por el precio de la falda. La vida vuela, Marta, y tú aquí, con esos pelos. Anda, dame un beso, que parece que te he dado un susto.

El beso de Loli sabía a pintalabios persistente y a esa condescendencia dulce que solo una suegra española de pura cepa sabe destilar. Loli se quitó el abrigo de paño, lo colgó con una confianza envidiable en la silla de diseño que Marta había tardado seis meses en pagar y, sin mediar palabra, pasó el dedo índice por la superficie del estante de las especias.

Marta lo vio. Fue un movimiento rápido, casi quirúrgico. Loli miró su dedo. No dijo nada, pero la mueca de su boca, ese pequeño fruncimiento de labios, fue más elocuente que un discurso de tres horas en el Ateneo.

—He traído también el plumero ese de microfibra que anunciaban en la tele —soltó Loli, como quien no quiere la cosa, mientras empezaba a abrir los armarios para buscar una taza—. Porque el que tienes tú ahí colgado parece que tiene más años que el hilo negro. Ay, Marta, si es que no te da la vida para todo. Trabajar, la casa, el marido… normal que se te acumule el polvillo. Que no es suciedad, ¿eh? Es… dejadez del tiempo.

—Loli, ayer pasé la mopa —mintió Marta con una convicción que la sorprendió hasta a ella misma.

—Claro que sí, cariño. Si se nota. Se nota que la pasaste… por donde ve la suegra. Pero yo, que tengo ojo de lince para las pelusas, ya he visto a dos familias de ácaros organizando una mudanza debajo del sofá. Tú no te preocupes, que ya estoy yo aquí. Me tomo un cafelito contigo y nos ponemos al lío, que Javi no puede vivir en un sitio donde el aire pesa.

El “nos ponemos al lío” cayó sobre los hombros de Marta como una losa de mármol. Sabía lo que significaba. Significaba una mañana de críticas veladas, de “esto yo lo hago de otra forma” y de interrogatorios sobre cuándo pensaban darle un nieto que tuviera un salón libre de alérgenos. La tensión cómica empezaba a burbujear en el estómago de Marta, justo al lado del café amargo. La diplomacia era, de momento, su única arma. Pero el seguro de la pistola ya estaba quitado.


PARTE 2: La danza del trapo y el interrogatorio del café

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