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El sopor del domingo y el vacío digital

PARTE 1: El sopor del domingo y el vacío digital

Era un domingo de esos que en Madrid se sienten como una losa de granito caliente sobre la nuca. De esos en los que el aire no corre, se arrastra, y el único sonido que rompe el silencio de la tarde es el zumbido agónico de un ventilador de torre que lleva pidiendo la jubilación desde el verano de 2019. Javi estaba despatarrado en el sofá, con la camiseta de publicidad de una carrera popular de hace tres años y una mancha de tomate que parecía el mapa de Extremadura justo encima del ombligo. Lucía, a su lado, intentaba encontrar algo que ver en Netflix, pasando miniaturas con una desgana que rozaba el existencialismo.

— Javi, ¿tú te acuerdas de aquella foto que nos hicimos en Nerja? —preguntó ella, sin apartar la vista de la pantalla, donde un documental sobre setas venenosas parecía la opción más emocionante del catálogo—. ¿La que salíamos con el fondo del Balcón de Europa y a ti se te veía media cara tapada por una gaviota?

Javi soltó un gruñido que pretendía ser un “sí”, pero que sonó más bien a un neumático desinflándose.

— Pues pásamela, que la quiero poner de fondo en el WhatsApp, que tengo todavía la foto del gato de mi tía y ya me da hasta pena quitarla, pero es que la de Nerja salíamos guapos. Bueno, yo salía guapa, tú salías como siempre, con cara de estar calculando cuánto falta para la siguiente caña.

Javi, sin sospechar que estaba a punto de abrir la caja de Pandora con un PIN de cuatro dígitos, le alargó el móvil sin mirar. Estaba demasiado concentrado en un vídeo de un tío que restauraba hachas oxidadas en YouTube. Lucía cogió el dispositivo, que estaba pegajoso por el calor reinante, y entró en la galería.

Al principio, todo parecía normal. Capturas de pantalla de memes que Javi nunca llegaba a enviar, fotos de algún coche mal aparcado para quejarse en el grupo de los amigos, y trescientas fotos borrosas de la cena de la semana pasada donde solo se veían servilletas sucias y cáscaras de gambas. Pero Lucía empezó a hacer scroll hacia atrás. Y luego más atrás.

— Javi… —dijo ella, con un tono de voz que bajó tres octavas de golpe. Un tono que cualquier hombre con instinto de supervivencia reconocería como la señal de “peligro de extinción”—. Javi, ¿dónde está la carpeta de las vacaciones?

— Pues ahí, en el carrete, ¿dónde va a estar? —respondió él, todavía hipnotizado por el hacha reluciente.

— No está, Javi. No está la de Nerja, ni la de la boda de tu primo el de Albacete, ni siquiera está esa que me hiciste durmiendo con la boca abierta que dijiste que borrarías pero que yo sabía que guardabas para hacerme chantaje algún día.

Lucía empezó a mover el dedo por la pantalla con una velocidad que habría envidiado un pianista de jazz. Entró en “Álbumes”. Nada. Miró en “Recientes”. Cero. Fue a la papelera. Vacía. Un frío repentino, que nada tenía que ver con el ventilador, empezó a subirle por la espalda.

— Javi, mírame —sentenció ella.

Javi, intuyendo que el hacha restaurada ya no era su prioridad, bloqueó la pantalla de su propio móvil mental y giró la cabeza con la lentitud de un condenado.

— ¿Qué pasa? Estarán ahí, Lucía, que eres una ansias. Le habrás dado a algún filtro de esos de buscar solo por caras o algo.

— No le he dado a nada, Javi. Te lo pregunto una vez, y piénsate muy bien la respuesta porque de esto depende que esta noche cenes pizza o que cenes aire: ¿Por qué has borrado nuestras fotos?

Javi parpadeó. Abrió la boca, la cerró, y buscó una explicación en el techo del salón, como si el gotelé le fuera a dar la solución al enigma. Se rascó la nuca, un gesto que en él indicaba que su cerebro estaba intentando procesar una mentira creíble pero que todavía estaba en fase de carga.

— Ah… eso. No es que las haya borrado porque sí, Lucía. No me mires así, que parece que te debo dinero a la mafia. Es que… es que el móvil estaba lleno.

Lucía se incorporó, dejando el mando a distancia sobre la mesa con una delicadeza aterradora.

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