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El eco de una sílaba maldita

Parte 1: El eco de una sílaba maldita

La mañana en el madrileño barrio de Chamberí había comenzado con esa paz engañosa que precede a las grandes catástrofes naturales o matrimoniales. Entraba un sol tibio por el ventanal del salón, un sol de domingo que invitaba a la inacción, al café largo y a la lectura de suplementos dominicales que nadie termina nunca de leer. Paco, envuelto en un albornoz azul marino que le quedaba ligeramente corto y que le daba un aire de boxeador retirado en horas bajas, se encargaba de la cafetera. El borboteo del café era el único sonido que competía con el zumbido lejano del tráfico de la Castellana.

Marta estaba allí, sentada a la mesa de madera recuperada —una de esas compras de fin de semana que les costó una hernia y tres discusiones en el rastro—, deslizando el dedo por la pantalla del móvil con la parsimonia de quien no espera nada del mundo. Todo era idílico. Todo era, en apariencia, seguro. Pero Paco, en un alarde de confianza ciega en su propio sistema operativo mental, cometió el error que cambiaría el eje de rotación de la tierra en ese preciso instante.

—Toma, Laura, tu café con leche de avena, que sé que te gusta con poca espuma —dijo Paco, dejando la taza humeante frente a ella.

El silencio que siguió no fue un silencio normal. No fue el silencio de una pausa dramática en una obra de teatro. Fue un silencio denso, radioactivo, el tipo de silencio que precede al impacto de un meteorito contra la superficie terrestre. El dedo de Marta se congeló sobre la pantalla. Paco, que en ese momento estaba ya dándose la vuelta para coger su propia taza, sintió un escalofrío que le recorrió la espina dorsal, como si un antepasado suyo le estuviera advirtiendo desde el más allá que acababa de cavar su propia fosa con una pala de oro.

Se quedó estático, de espaldas a ella, con la mano todavía rozando el asa de su taza. Su cerebro, ese traidor que a veces funcionaba a la velocidad de un módem de los años noventa, empezó a rebobinar la cinta de los últimos tres segundos. “¿Qué he dicho? He dicho café. He dicho avena. He dicho…”. Y entonces lo escuchó en su propia memoria, vibrando con la fuerza de un trueno: “Laura”.

Cerró los ojos con fuerza. Quizá, si no se movía, si se convertía en una estatua de sal, el tiempo retrocederías. Quizá ella no lo había oído. Quizá el vecino de arriba había puesto la radio muy fuerte en ese preciso segundo. Pero no. La voz de Marta, gélida como un témpano de hielo en el Cantábrico, cortó el aire.

—¿Quién es Laura?

Paco tragó saliva. Sintió la garganta seca, como si se hubiera comido un polvorón en mitad del desierto del Sáhara. Se giró lentamente, con una sonrisa que pretendía ser despreocupada pero que probablemente se parecía más a un tic nervioso de alguien que está a punto de ser interrogado por la Interpol.

—Nadie —respondió él, con un tono de voz sospechosamente agudo.

Marta levantó la vista del móvil. Sus ojos, que Paco siempre había descrito como dos remansos de paz, eran ahora dos escáneres de alta precisión buscando cualquier rastro de mentira en el tejido de su alma. Dejó el móvil sobre la mesa con un “clack” seco que sonó como un pistoletazo de salida.

—¿Nadie? —repitió ella, arqueando una ceja con una maestría que solo se adquiere tras años de ver series de juicios—. Paco, me acabas de poner un café, en mi casa, en nuestra mesa, y me has llamado Laura. Y me dices que Laura es “nadie”. O sea, que sufres alucinaciones lingüísticas con personas que no existen, ¿es eso?

—No, a ver, Marta, cariño, es un lapsus —se apresuró a decir él, gesticulando de más, como si intentara atrapar las palabras en el aire para volver a meterlas en su boca—. Ha sido un error fonético. Un cruce de cables. Estaba pensando en… en…

—¿En quién? ¿En la Laura del trabajo? ¿En la Laura con la que te dabas ‘likes’ en Instagram en 2018? ¿En la vecina del cuarto que se llama Carmen pero que tú, en tu mundo de fantasía, has decidido rebautizar como Laura?

—¡No! No conozco a ninguna Laura en el trabajo, te lo juro. Bueno, está la de Contabilidad, pero tiene setenta años y bigote, y te aseguro que no es alguien en quien piense mientras sirvo café de avena. Ha sido el subconsciente, que es muy traicionero.

Marta se cruzó de brazos. Paco sabía que esa postura era la antesala del apocalipsis. Cuando Marta se cruzaba de brazos y ladeaba la cabeza ligeramente hacia la izquierda, significaba que estaba activando el modo “fiscal de la Audiencia Nacional”.

—Me llamaste por su nombre —sentenció ella, ignorando por completo el café que empezaba a enfriarse—. Y no lo dijiste de pasada. Lo dijiste con una naturalidad que asusta. “Toma, Laura”. Como si llevaras diez años llamándome Laura. Como si yo fuera una intrusa en la vida de una tal Laura que, por lo visto, desayuna aquí en espíritu.

Paco se sentó frente a ella, tratando de recuperar la compostura. El problema de Paco es que, cuando se ponía nervioso, hablaba demasiado. Y cuando hablaba demasiado, las probabilidades de meter la pata hasta el fondo aumentaban de forma exponencial.

—Mira, Marta, escúchame. El cerebro humano es un órgano complejo. A veces los nombres se almacenan en carpetas próximas. Laura empieza por ‘L’, como… como… —Paco buscó desesperadamente una palabra que empezara por L—. ¡Como ‘Leche’! Estaba pensando en la leche de avena y mi cerebro hizo una asociación libre. Leche… Laura. Es puramente lingüístico. Un fallo del diccionario interno.

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