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La epifanía del olfato

Parte 1: La epifanía del olfato

Aquella mañana de domingo en Madrid no tenía nada de especial, al menos no en teoría. El sol de mayo entraba por los ventanales del salón con esa insistencia un poco impertinente que te recuerda que, o bajas la persiana, o te vas a comer el reflejo en la tele durante todo el partido. Javi estaba tirado en el sofá, con esa laxitud propia de quien ha decidido que su único logro del día será digerir un pincho de tortilla excesivamente aceitoso. Tenía el mando a distancia en una mano y una vaga sensación de culpabilidad en la otra por no haber ido al gimnasio en tres meses.

Marta, por el contrario, era un torbellino de eficiencia dominical. Ella no entendía los domingos como un espacio para el barbecho mental, sino como una oportunidad de oro para organizar la semana, poner tres lavadoras y, de paso, reorganizar el armario de los tupperwares, esa dimensión desconocida donde las tapas y los recipientes mantienen una guerra de guerrillas para no coincidir jamás.

Fue en uno de esos tránsitos de Marta entre el dormitorio y la cocina cuando ocurrió. Pasó por detrás del sofá, rozando apenas el respaldo con su albornoz azul, y dejó tras de sí una estela. No era una estela cualquiera. No era el olor a detergente de marca blanca que solían comprar, ni ese aroma a café recién hecho que Javi tanto apreciaba. Era algo distinto. Algo… sofisticado. Algo que olía a dinero, a vestíbulo de hotel de cinco estrellas, a una mezcla entre madera húmeda, especias exóticas y un toque de soberbia destilada.

Javi arrugó la nariz. Al principio pensó que quizá los vecinos de arriba, esos que siempre estaban de reformas, habían vertido algún barniz caro. Pero no. El aroma venía de ella. De su cuello. De su piel. Era una fragancia que se quedaba suspendida en el aire como una acusación silenciosa.

—Marta —dijo él, sin apartar la vista de la televisión, donde un comentarista deportivo analizaba un fuera de juego con la intensidad de un cirujano cardiovascular.

—Dime, Javi, que voy a mil —respondió ella desde la cocina, con el ruido de los platos de fondo.

—Acércate un momento.

—¿Para qué? Si es para ver la repetición del gol, ya te digo yo que ha sido chiripa.

—No es el gol. Es… otra cosa. Ven.

Marta apareció en el marco de la puerta. Tenía el pelo recogido en un moño improvisado con un lápiz —un truco que a Javi siempre le había parecido una mezcla entre ingeniería civil y magia negra— y sostenía un bote de desengrasante. Estaba guapa, incluso en su faceta de “comando de limpieza”.

—¿Qué pasa? —preguntó ella, apoyando una mano en la cadera.

Javi se incorporó, dejando el mando sobre la mesa de centro con una solemnidad innecesaria. Se acercó a ella con pasos lentos, como un sumiller aproximándose a una barrica de roble centenario. Cuando estuvo a escasos centímetros, cerró los ojos e inhaló profundamente.

—Javi, ¿qué haces? Pareces un Golden Retriever buscando droga en la aduana —dijo Marta, soltando una pequeña carcajada, aunque Javi notó un ligerísimo matiz de incomodidad en su tono. Solo un uno por ciento. Pero él era un experto en los matices de Marta.

—Hueles… raro —sentenció él, abriendo los ojos.

—¿Raro? ¿A qué te refieres con raro? He estado limpiando el horno, igual huelo a grasa quemada y desesperación existencial.

—No, no es el horno. Es perfume. Pero no es tu perfume. No es ese de flores que te pones siempre, el que compramos en el Duty Free porque venía con un neceser de regalo. Esto es otra liga. Esto huele a… a sándalo del Himalaya. A bergamota madurada al sol de Calabria. A algo que cuesta tres cifras y que empieza por una letra impronunciable.

Marta se quedó callada un segundo. Fue un segundo breve, casi imperceptible, pero para Javi, que en ese momento tenía los sentidos hiperdespiertos por el misterio olfativo, fue como un siglo de silencio sepulcral. Ella se encogió de hombros con una naturalidad que a él le pareció ligeramente ensayada.

—Ah, eso. Es nuevo —dijo ella, retomando su camino hacia el pasillo.

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