Eran las seis de la tarde de un domingo de mayo en Madrid, de esos domingos en los que el calor empieza a apretar de una forma que no es ni medio normal para la época y el aire en un piso de cuarenta metros cuadrados en Malasaña se vuelve más denso que una ración de croquetas de cemento. Alberto estaba de rodillas, con la frente perlada de sudor y una maldición entre los dientes que iba dirigida, específicamente, al ingeniero sueco que diseñó el sistema de anclaje de las estanterías de IKEA.
— Bea, ¿tú has visto el destornillador de estrella? El pequeño, el que tiene el mango naranja y que parece de juguete pero es el único que entra en este hueco del demonio —gritó Alberto desde el salón, aunque en un piso tan pequeño bastaba con susurrar para que te oyeran en la ducha.
Bea, que estaba en la cocina intentando rescatar un aguacate que había pasado de «piedra pómez» a «chapapote» en cuestión de veinte minutos, contestó sin mucha convicción:
— Pues debe de estar en la caja de las herramientas, Alberto. O en el cajón de los cables. O donde lo dejaras la última vez que te dio por creerte el Leroy Merlin en persona.
Alberto suspiró. La «caja de las herramientas» era un concepto místico en esa casa. Era, en realidad, una caja de galletas de metal —de esas que todas las madres de España usan para guardar hilos y botones, pero que ellos usaban para el caos— donde convivían pilas gastadas, llaves Allen que no abrían nada, un mechero sin gas y un cortaúñas oxidado. No estaba allí.
Empezó la búsqueda arqueológica. Alberto se desplazó hacia el dormitorio, arrastrando las rodillas por el parqué que crujía como si estuviera quejándose de la vida. Se metió debajo de la cama, ese rincón oscuro donde el polvo se organiza en civilizaciones complejas y los calcetines desaparecidos forman sindicatos. Fue entonces cuando, apartando una caja de zapatos de la temporada de invierno, su mano tropezó con algo diferente. No era plástico, era madera. Una caja de madera de pino, algo rancia, que olía a humedad y a tiempo detenido.
— ¿Y esto? —murmuró para sí mismo.
Se olvidó del destornillador de estrella. Se olvidó de la estantería coja y del calor. Sacó la caja a la luz del pasillo. Tenía un cierre de metal que chirrió al abrirse, un sonido agudo que pareció cortar el silencio de la tarde. Dentro no había herramientas. Había papel. Fotos. Recuerdos analógicos en un mundo que ya solo entendía de píxeles y filtros de Instagram.
Alberto empezó a pasar las fotos con curiosidad, esperando encontrar momentos de sus primeros años juntos, o fotos de Bea de pequeña con flequillo cortado a hachazos por su madre. Pero lo que encontró fue un golpe seco en el estómago. Eran fotos de ellos dos. Fotos de aquel viaje a Asturias donde llovió tanto que acabaron comprando chubasqueros amarillos y pareciendo dos capitanes Pescanova. Fotos del primer cumpleaños de él en el piso, con una tarta que parecía un desastre nuclear pero que sabía a gloria. Fotos de risas, de besos desenfocados, de mañanas de resaca compartida.
Todas estaban allí, amontonadas, sepultadas bajo la cama, en el rincón más inaccesible de la casa. «Archivadas», pensó Alberto con una mueca. «Condenadas al olvido del polvo».
Pero el misterio no terminó ahí. Al fondo de la caja, debajo de una entrada de cine de una película de la que ya no recordaba ni el título, encontró otro sobre. Un sobre blanco, impoluto, que no parecía llevar tanto tiempo en la oscuridad. Lo abrió.
Dentro no estaban ellos. Estaba ella. Elena.
La ex de Bea. La mujer que, según Bea, era «agua pasada», un «error de juventud», alguien que «ni pinchaba ni cortaba ya en su vida». Elena aparecía en primer plano, radiante, con ese pelo perfecto que parecía sacado de un anuncio de champú caro, sonriendo en una playa que no era Asturias. No había una foto, había cinco. Y estaban cuidadas, sin una sola esquina doblada, metidas en fundas de plástico transparente.
Alberto se quedó congelado. La sensación de ser un detective de película de serie B se mezcló con un pinchazo de orgullo herido. Miró a su alrededor. En el salón, encima de la televisión, había un marco digital que Bea insistía en tener encendido todo el día. En ese marco pasaban fotos de paisajes, de perros desconocidos, de platos de comida… pero apenas había fotos de ellos. Y las que había en papel, las de sus mejores momentos, estaban bajo la cama, en la zona de los ácaros.
Se levantó, dejando la caja abierta en mitad del pasillo como una herida abierta. Bea entró en el dormitorio secándose las manos en el delantal.
— Oye, que he encontrado el destornillador, estaba en el… —se detuvo en seco al ver la caja—. ¿Qué haces con eso?
Alberto la miró con una calma tensa, de esa que precede a las grandes tormentas de verano en la meseta.
— Buscaba una herramienta, Bea. Pero creo que he encontrado un inventario de prioridades.
— No empieces con tus frases de guionista de telenovela, Alberto. Es una caja de fotos vieja. Estaba ordenando el otro día y la metí ahí para que no estorbara.

— Ah, entiendo —dijo él, señalando el suelo—. Nuestras fotos «estorban». Por eso están debajo de la cama, conviviendo con las pelusas y el fantasma de mi dignidad. Pero lo curioso, Bea, lo verdaderamente fascinante desde un punto de vista sociológico, es lo que hay al fondo de la caja.
Bea dio un paso adelante, intentando cerrar la caja con el pie, pero Alberto fue más rápido y rescató el sobre blanco.
— ¿Por qué escondiste nuestras fotos, Bea? ¿Tan poco te gusta vernos felices en Asturias que nos has mandado al exilio del somier?
— Solo ordenaba, de verdad. El salón estaba lleno de trastos, y esas fotos son antiguas. Ya las hemos visto mil veces.
— Ya —Alberto levantó el sobre blanco, sacando la foto de Elena—. Pero resulta que dejaste las de ella. Y no solo las dejaste, sino que están en fundas de plástico. ¡Fundas de plástico, Bea! Ni mis documentos de la seguridad social están tan protegidos. Ella está en primera clase y nosotros estamos en el vagón de cola, bajo el colchón.
Bea se quedó callada un segundo. Fue un segundo eterno, de esos en los que puedes oír el zumbido de la nevera y los gritos de un niño en la calle.
— No es lo que parece —dijo ella, finalmente, usando la frase más peligrosa de la historia de la humanidad.
Parte 2: La dialéctica del sobre blanco
— «No es lo que parece» —repitió Alberto, dejando escapar una risa amarga que sonó más a tos de fumador que a otra cosa—. Bea, esa frase está en el manual de instrucciones de todas las rupturas catastróficas desde el Imperio Romano. Si parece que has guardado las fotos de tu ex como si fueran el Santo Grial mientras has enterrado las nuestras como si fueran residuos radiactivos, es porque, posiblemente, es exactamente lo que parece.
Bea se cruzó de brazos, adoptando esa postura defensiva que Alberto conocía tan bien. Era la postura de «voy a darte una explicación lógica que te va a hacer sentir como un loco, aunque los dos sepamos que tengo razón».
— A ver, Alberto, cálmate un poco, que te pones muy intenso y me entran ganas de pedirte una tila. Esas fotos de Elena estaban en un cajón del escritorio. Las encontré el otro día buscando un contrato y las metí en ese sobre para que no se estropearan hasta que decidiera qué hacer con ellas. No las «dejé» fuera por gusto, simplemente no llegué a meterlas al fondo de la caja porque me llamaste para que te ayudara con el mueble.
— ¡Ah! —exclamó Alberto, lanzando los brazos al aire—. ¡Fue por mi culpa! Mi necesidad de una estantería nivelada ha causado este cisma fotográfico. Resulta que yo soy el responsable de que Elena esté en un sobre de archivo premium y nosotros estemos aquí, mezclados con entradas de cine de ‘Torrente 4’.
— No seas cínico. ¿Qué querías que hiciera? ¿Que las quemara en un ritual satánico en el balcón? Son recuerdos, Alberto. Forman parte de mi vida, igual que tú formas parte de mi vida ahora.
Alberto se sentó en el borde de la cama, con la foto de Elena aún en la mano. La miró de cerca. Elena sonreía con esa suficiencia de la gente que nunca tiene ojeras.
— El problema, Bea, no es que tengas recuerdos. El problema es el orden de los factores. En este ecosistema que llamamos hogar, hay una jerarquía de visibilidad. En la nevera tenemos un imán de una pizzería que cerró en 2019 y una cita para el dentista que ya pasó. En el marco digital del salón hay fotos de un atardecer en Benidorm que ni siquiera hicimos nosotros, que venían de serie con la tarjeta de memoria. Y nuestras fotos, las de verdad, las que se supone que significan algo, están en una caja de madera que estaba a punto de ser devorada por la oscuridad eterna bajo la cama de matrimonio.
— Es que me gusta que el salón esté despejado, Alberto. Me agobia ver tantas caras por todas partes.
— ¿Ah, sí? Pues fíjate, que la cara de Elena no parece agobiarte tanto, porque estaba en el escritorio, bien a mano. ¿Qué hacías? ¿Le pasabas el plumero de vez en cuando? ¿Le dabas los buenos días antes de abrir el correo del banco?
Bea se sentó a su lado, intentando suavizar el tono. Le puso una mano en el hombro, pero Alberto se encogió un poco, como un gato que no quiere que lo bañen.
— Escúchame —dijo ella con voz pausada—. Lo de las fundas de plástico fue una tontería. Las encontré por casa y me pareció mejor que tenerlas sueltas. No significa que ella sea más importante. Tú estás aquí, conmigo, aguantando mis aguacates podridos y mis estanterías torcidas. Ella es solo… papel.

— Papel muy bien conservado —insistió Alberto—. Bea, es una cuestión de simbolismo. Guardar nuestras fotos bajo la cama es como decir que nuestra relación es algo que ya está «hecho», algo que se guarda porque ya no hace falta mirarlo. Tener las fotos de ella ahí, «pendientes de decidir qué hacer», es como dejar una puerta abierta, o al menos un ventanuco con vistas al pasado.
— No hay ninguna puerta abierta, tonto. Elena vive en Berlín, tiene tres perros y se ha hecho vegana nivel extremo. Lo último que querría yo es volver a sus ensaladas de kale y su manía de levantarse a las seis de la mañana para hacer yoga.
Alberto suspiró, sintiendo que la rabia inicial se transformaba en una melancolía pesada, de esas que te entran cuando te das cuenta de que no eres el protagonista absoluto de la película de la persona a la que quieres.
— Ya, pero es que duele, Bea. Duele porque yo he tirado hasta los tickets de compra de cuando salía con mi ex para que no hubiera ni rastro de otra vida en nuestras estanterías. He hecho limpieza de disco duro, de cajas y de memoria emocional. Y de repente me encuentro con que tú tienes un archivo secreto de la KGB donde ella luce estupenda y nosotros parecemos dos polizones escondidos debajo del colchón.
Bea lo miró a los ojos y por un momento pareció que iba a darle la razón. Pero Bea era Bea, y su capacidad para dar la vuelta a la tortilla era digna de estudio en las mejores facultades de política.
— ¿Sabes qué pasa? Que tú eres un dramático. Un dramático de los que hacen una montaña de un grano de arena. He escondido las fotos porque sabía que, si las veías, ibas a montar este número de ‘La extraña pareja’. Las escondí para protegerte de ti mismo, Alberto.
— ¡Olé! —Alberto empezó a aplaudir lentamente—. ¡Giro de guion! Ahora resulta que me ocultas información por mi bien. Eres como el Gobierno, Bea. Censuras la realidad para que el pueblo no entre en pánico. Pues te voy a decir una cosa: el pueblo ya ha entrado en pánico. Y el pueblo quiere saber por qué narices Elena sale tan bien en todas las fotos y yo en la de Asturias parezco un gnomo con ictericia.
— ¡Porque ella es fotogénica y tú no sabes cerrar la boca cuando te hacen una foto! —explotó Bea, pero en seguida se tapó la boca con la mano, dándose cuenta de que se le había ido la mano.
El silencio que siguió fue denso. Alberto dejó la foto de Elena sobre la alfombra, con cuidado, como si fuera una prueba judicial.
— Prioridades, Bea —susurró él—. Prioridades que duelen.
Parte 3: La arqueología del resentimiento
Alberto se levantó de la cama con una parsimonia que Bea conocía bien. No era una rendición; era el preludio de una contraofensiva basada en el análisis exhaustivo de los hechos. Se dirigió al salón, ignorando el aguacate moribundo que Bea había dejado sobre la encimera de la cocina, y regresó con el marco digital bajo el brazo. Lo desenchufó con un tirón seco.
— ¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó Bea, apoyada en el marco de la puerta, alternando entre la culpa y la irritación.
— Voy a hacer una auditoría visual, Bea. Si vamos a hablar de «ordenar», vamos a ordenar de verdad. No solo las fotos físicas, sino el relato de esta casa.
Alberto volvió a sentarse en el suelo, rodeado de las fotos de Asturias, las del cumpleaños fallido y el sobre de Elena. Encendió el marco digital (que tenía batería propia, para su desgracia estética) y empezó a pasar las imágenes con el mando a distancia.
— Mira esto —dijo él, señalando una foto de una puesta de sol genérica—. Esto es el protector de pantalla que viene por defecto. Precioso. Muy inspirador. Pero, ¿quién estuvo allí? Nadie que vivamos en este código postal. ¿Y esto? —Pasó a la siguiente—. Un golden retriever corriendo por un prado. No tenemos perro, Bea. Yo soy alérgico y tú dices que te dan pereza. Sin embargo, este chucho desconocido tiene un lugar de honor en nuestro mueble del salón mientras que nosotros estamos aquí, en el exilio de la madera de pino.
— Alberto, que el marco digital lo configuré un día con prisa y no he tenido tiempo de meter la SD con nuestras fotos…
— ¡Mentira! —Alberto levantó el dedo índice como si estuviera en un juicio por alta traición—. Para meter las fotos de Elena en fundas de polietileno sí que hubo tiempo. Para archivar sistemáticamente cada recuerdo de nuestra convivencia bajo la cama, hubo una logística impecable. Pero para que yo no tenga que ver a un perro anónimo cada vez que entro en el salón, para eso no hay minutos en el reloj de Bea.
Bea entró en la habitación y se sentó frente a él, en el suelo. El espacio era tan pequeño que sus rodillas se tocaban. El calor seguía ahí, pegajoso y molesto, haciendo que la situación fuera aún más irritable.
— A ver, Alberto. Vamos a ser sinceros —dijo Bea, bajando el tono—. Lo de Elena me da pereza. Me da tanta pereza que no sabía ni dónde poner las fotos. No quería tirarlas porque me parece de mala educación con mi propio pasado, pero tampoco quería verlas. Las puse en el sobre porque me sobraban fundas de cuando organizamos los papeles del alquiler. Fue un acto puramente administrativo.
— Administrativo —masculló Alberto—. Como quien archiva una multa de tráfico.
— Exacto. Y lo de nuestras fotos… —Bea suspiró y cogió una de las fotos de Asturias, la del chubasquero amarillo—. Estas fotos me duelen, pero por otra cosa. Me recuerdan a cuando estábamos empezando, a cuando no discutíamos por una estantería de mierda o por quién ha dejado el bote de champú vacío en la ducha. Me da nostalgia, Alberto. Y a veces la nostalgia es más difícil de gestionar que un ex que vive en Berlín.
Alberto se quedó descolocado. No esperaba ese giro hacia la vulnerabilidad. Él estaba preparado para una guerra de sarcasmos, no para una confesión de agotamiento emocional.
— ¿Me estás diciendo —preguntó él con voz queda— que nos has escondido bajo la cama porque te da pena ver lo felices que éramos comparado con el jaleo que tenemos ahora?
— Un poco sí. Ver estas fotos es recordar que antes todo era más fácil. Ahora estamos siempre cansados, siempre quejándonos del curro, siempre con el puto destornillador de estrella en la mano. Ver la foto de la tarta de cumpleaños me recuerda que ese día nos reímos tres horas seguidas. ¿Cuándo fue la última vez que nos reímos tres horas seguidas, Alberto?
Alberto miró la foto de la tarta. Era cierto. Tenía la cara manchada de chocolate y Bea salía al fondo, muerta de risa, con un gorrito de papel que le quedaba ridículo. Sintió un nudo en la garganta que no tenía nada que ver con el polvo debajo de la cama.
— Pero Bea, esconder el recuerdo no arregla el presente. Es como si tienes una gotera y decides cerrar la habitación para no ver el agua. Al final, la casa se te cae encima igual.
— Ya lo sé. Pero es que tú eres tan… tan tú. Si saco las fotos, te pones a analizarlas. Si las guardo, haces esto. No hay forma de ganar contigo.
— Pues podrías haber empezado por ahí —dijo Alberto, suavizando el gesto—. Podrías haberme dicho: «Oye, Alberto, estoy agobiada con la rutina y ver estas fotos me pone de bajón». Y yo te habría dicho: «Vale, pues vámonos a Asturias otra vez, aunque llueva».
— Con lo que cuesta el gasoil ahora, como para irse a Asturias —replicó Bea con un rastro de sonrisa.
— Bueno, pues nos vamos a la Casa de Campo con un bocadillo de tortilla, pero nos reímos, Bea. Nos reímos hasta que nos duela la cara.
Por un momento, el conflicto pareció disolverse. Alberto empezó a recoger las fotos del suelo, metiéndolas con cuidado en la caja, pero esta vez sin mezclarlas con la basura publicitaria. Sin embargo, su mano volvió a rozar el sobre blanco. La impecable Elena seguía allí, protegida por su armadura de plástico.
— Vale —dijo Alberto, recuperando un poco de su mordacidad—. Acepto el argumento de la nostalgia para nuestras fotos. Me parece hasta tierno, de una forma retorcida y pasivo-agresiva, pero acepto. Ahora bien, explícame de nuevo, con palabras que un pobre hombre herido pueda entender: ¿por qué ella está en fundas de plástico? Si es «papel administrativo», ¿por qué está mejor cuidada que nuestra declaración de la renta?
Bea puso los ojos en blanco, pero esta vez no había rabia en su gesto, solo una resignación cómica.
— Alberto, hijo mío, ¿tú te has fijado en el papel de esas fotos? Son fotos de estudio, de cuando ella quería ser modelo. Es un papel de alto gramaje, de ese que si se dobla, cruje y se rompe. Las fundas son para que no se peguen entre ellas, no porque sean reliquias de la Iglesia. Son simplemente… material delicado.
— ¡Ah! —exclamó Alberto, de nuevo con el dedo arriba—. ¡Material delicado! Elena es material delicado y nosotros somos material de derribo. Ella necesita protección atmosférica y nosotros podemos aguantar la humedad del suelo de Malasaña sin despeinarnos. Es una metáfora perfecta de nuestra relación, Bea. Ella es el jarrón de la dinastía Ming y yo soy el vaso de Nocilla que usamos para beber agua.
— Eres insufrible —rió Bea, empujándole un hombro—. De verdad, no sé cómo te aguanto.
— Me aguantas porque soy el único que sabe dónde está el destornillador de estrella —sentenció él, aunque todavía no lo había encontrado—. Pero no creas que esto se acaba aquí. La auditoría continúa.
Parte 4: La resolución (o el armisticio de la estantería)
La tarde empezaba a caer y la luz dorada de Madrid entraba por el ventanuco del dormitorio, iluminando las motas de polvo que bailaban sobre la caja de madera. Alberto y Bea seguían sentados en el suelo, rodeados de su propia historia fragmentada en papel fotográfico de 10×15.
— Mira —dijo Bea, cogiendo el sobre blanco de Elena—, ¿sabes qué voy a hacer para que dejes de darme la brasa con el tema?
Se levantó, caminó hacia el salón y Alberto la siguió con la mirada, expectante. Bea abrió un cajón del mueble de la televisión, ese cajón donde se guardan las cosas que «algún día serviron para algo» (cables de Nokia, manuales de instrucciones de microondas que ya no tienen y pilas AA de dudosa procedencia). Dejó el sobre al fondo, debajo de un mando a distancia que no funcionaba desde 2022.
— Ahí —sentenció ella—. En el purgatorio de los trastos inútiles. Ni debajo de la cama, ni en el escritorio. En el olvido administrativo total. ¿Te parece bien?
Alberto se rascó la barbilla, fingiendo que evaluaba la propuesta con rigor científico.
— Es un avance. El purgatorio es mejor que el archivo de alta seguridad. Pero ahora falta la segunda parte del plan.
— ¿Qué plan? —preguntó Bea, volviendo al dormitorio.
Alberto ya estaba manos a la obra. Había cogido el marco digital y, con una agilidad que no había mostrado en toda la tarde para montar la estantería, estaba trasteando con los botones.
— He encontrado la ranura de la tarjeta SD —anunció con orgullo—. Y resulta que mi móvil tiene un adaptador. Voy a pasar todas las fotos de Asturias, las del cumpleaños, las de aquella vez que intentaste cocinar sushi y casi quemamos el bloque, y hasta la foto donde salgo con el pelo como un loco en Benicàssim.
— No, esa no, por favor —suplicó Bea—. Que pareces un náufrago de ‘Supervivientes’.
— Pues con más razón. Si vamos a ser realistas, vamos a serlo del todo. Nada de paisajes suizos ni de perros desconocidos. En esta casa se va a ver nuestra miseria y nuestra gloria en bucle de veinticuatro horas.
Bea se sentó de nuevo a su lado y, por primera vez en horas, el ambiente se sintió ligero. Alberto empezó a seleccionar las fotos en la pantalla de su móvil. Cada imagen que pasaba era un «¿te acuerdas de esto?» o un «qué horror, qué ropa llevábamos».
— ¿Sabes qué es lo que más me duele de todo este lío, Bea? —dijo Alberto de repente, con un tono que ya no era de reproche, sino casi de reflexión—. No es que guardaras las fotos de Elena. Es que me di cuenta de que, a veces, nos esforzamos tanto en que nuestra vida parezca ordenada y «limpia» que acabamos escondiendo lo que de verdad importa porque no encaja con la decoración.
Bea asintió, apoyando la cabeza en su hombro.
— Tienes razón. Me obsesioné con despejar el salón y al final despejé también los recuerdos. Supongo que es más fácil ordenar una caja que ordenar lo que uno siente por dentro.
— Pues ya está —dijo Alberto, dándole un beso en la frente—. La auditoría ha terminado con un balance positivo. Mañana compro un marco de fotos de los de verdad, de los de madera, y ponemos la de Asturias en la entrada. Para que lo primero que vea quien entre sea a dos capitanes Pescanova felices y mojados.
— Trato hecho —respondió ella—. Pero ahora, por lo que más quieras, termina de montar la estantería, que tengo los libros apilados en el suelo y parece que vivimos en una librería de lance de la Cuesta de Moyano.
Alberto suspiró, recordando su misión original. Se levantó con un quejido, dispuesto a reanudar la batalla contra el mueble sueco. Pero antes de meterse otra vez debajo de la estantería, miró el hueco donde antes estaba la caja de madera.
— Oye, Bea…
— ¿Qué ahora?
— ¿Te acuerdas de que buscaba el destornillador de estrella pequeño?
— Sí, Alberto, lo sé. Lo hemos hablado hace una hora.
— Pues estaba dentro de la funda de plástico de la foto de Elena. Se ve que lo usaste de marcapáginas o algo y se quedó ahí pegado.
Bea se quedó de piedra. Alberto sacó el destornillador naranja de detrás de su espalda con una sonrisa de victoria absoluta.
— Ella no solo tenía protección atmosférica, Bea. ¡Ella tenía las herramientas! Esto ya no es prioridad, esto es sabotaje doméstico.
— ¡Dame eso y ponte a currar! —gritó Bea, lanzándole un cojín entre risas.
Alberto se metió debajo de la estantería, esta vez con una sonrisa. El calor seguía apretando, el aguacate seguía podrido y la estantería probablemente quedaría torcida para siempre, pero al menos ya no estaban archivados. Estaban allí, en medio del jaleo, en el centro de su propia y caótica historia.
Porque, al final, las prioridades que duelen son las que se callan. Las que se sacan a la luz, aunque sea para discutir un domingo por la tarde, suelen terminar convirtiéndose en el destornillador que, por fin, consigue que todo encaje en su sitio. O que, al menos, la estantería no se te caiga encima mientras duermes.