No porque haya hecho una sola cosa grande, sino porque hizo decenas de cosas increíbles en apenas 38 años de vida. 38 años. la misma edad que hoy tiene mucha gente que todavía siente que le falta tiempo para empezar a hacer algo importante. Jorge Newbery, para cuando murió ya había fundado la primera institución aeronáutica de América Latina, había creado la primera fuerza aérea militar del continente, había batido récords mundiales de altitud y había cruzado el Río de la Plata en globo y en avión. Todo eso y más en una
época donde los aviones eran básicamente madera, tela y fe. Así que hoy te cuento quién fue realmente Jorge Alejandro Newbery y por qué deberíamos saber su historia de memoria. Empecemos desde el principio porque el contexto importa. Estamos en 1875. Argentina es un país en plena ebullición, con una economía que crece a ritmo acelerado y una clase dirigente que mira el mundo con ambición.

En ese ambiente nace Jorge Alejandro Newbery el 27 de mayo de ese año en la ciudad de Buenos Aires. Su padre era Ralph Newbery, un odontólogo norteamericano. Su madre, Dolores Malargi, era argentina. Esa mezcla de sangres, de mundos, de idiomas y de culturas iba a marcar profundamente a este chico que desde muy pequeño miraba el mundo con una curiosidad insaciable.
Cuando Jorge tenía apenas 8 años, viajó solo a los Estados Unidos, solo con 8 años. Y lo que vio ahí lo marcó para siempre. La inauguración del puente de Brooklyn en 1883. Para un niño de Buenos Aires de fines del siglo XIX, ver esa estructura monumental, esa hazaña de ingeniería que unía dos orillas del río East, debió haber sido como ver el futuro con sus propios ojos.
Ese chico volvió a Argentina con algo diferente adentro, la convicción de que las grandes cosas eran posibles, que los límites estaban para ser empujados. Después de terminar el secundario en el colegio San Andrés en Buenos Aires, Jorge volvió a los Estados Unidos para estudiar ingeniería. Primero en la Universidad de Cornell, una de las más prestigiosas del país del norte, y después en el Instituto Drexel de Philadelia.
Y acá viene un dato que te va a sorprender. En el Drexel, uno de sus profesores fue Thomas Alba Edison. Sí, el mismo Edison, el inventor de la lamparita, del fonógrafo, de más de 1000 patentes registradas en su vida. Jorge Newbery estudió con Edison. Eso te da una idea del nivel intelectual de este hombre y del ambiente en el que se formó.
Cuando regresó a Argentina en 1895 con su título de ingeniero electricista bajo el brazo, le esperaban responsabilidades inmediatas. Fue designado jefe de la compañía de luz y tracción del Río de la Plata. Después, en 1897, se incorporó a la Armada Argentina como ingeniero electricista con un rango equivalente al de capitán de Fragata. y para 1900 ya era el director general de instalaciones eléctricas, mecánicas y alumbrado de la municipalidad de Buenos Aires, un cargo que mantendría hasta el día de su muerte.
También fue profesor de ingeniería eléctrica y participó en congresos internacionales de electricidad en ciudades como St. Luis, Londres y Berlín, donde presentó trabajos que la sociedad científica argentina conserva hasta el día de hoy. Pero nada de eso alcanzaba para saciar la energía de este hombre. Porque además de ser ingeniero, funcionario público y profesor universitario, Newberry era campeón de boxeo, campeón sudamericano de esgrima en florete, nadador de primer nivel, remero, automovilista de carrera, jinete y atleta completo. En una época
donde la cultura del deporte todavía estaba tomando forma en Argentina, este tipo era lo que hoy llamaríamos un deportista de elite múltiple. Era tan popular entre la gente que cuando aparecía en público las multitudes lo ovasionaban. Dicen las crónicas de la época que cuando llegaba un evento la gente tiraba los sombreros al aire.
Ese era el nivel de adoración que generaba Jorge Newbery. Y después llegó la aviación y todo cambió. En diciembre de 1907, un aristócrata amigo suyo llamado Aarón de Anchorena había traído desde Francia un globo aerostático de seda de 100 m³ al que bautizó el Pampero. El nombre solo ya dice todo de la identidad de quienes lo volaban.
La noche del 24 de diciembre de 1907 comenzaron a inflarlo con gas del alumbrado público en la Sociedad Esportiva Argentina en Palermo, donde hoy está el campo argentino de Polo. Y el 25 de diciembre, día de Navidad, Anchorena invitó a su amigo Jorge Newbery a volar con él. Ese vuelo de Navidad de 1907 fue el primero en cruzar el Río de la Plata por aire.
Partieron de Buenos Aires y aterrizaron en Conchillas, Uruguay. Imagínate la escena. Dos hombres en un globo de seda sobre el río más ancho del mundo, en plena Navidad, sin GPS, sin radio, sin nada. Solo el viento, el gas y los nervios. Ese vuelo fue un antes y un después en la historia de la aviación sudamericana y para Jorge Newbery fue el momento en que encontró su verdadera pasión.
Menos de un mes después de ese vuelo, el 13 de enero de 1908, Newbery fue uno de los fundadores del Aeroclub Argentino, la primera institución aeronáutica de América Latina. El aeroclub se convirtió en el centro neurálgico del desarrollo de la aviación civil en el país y, como veremos enseguida, también en el punto de partida de la aviación militar.
Eso solo ya sería suficiente para recordar a Newbery con orgullo, pero la historia recién empezaba. En 1908, un golpe brutal interrumpió su ascenso. Su hermano Eduardo Newbery y el sargento primero Romero desaparecieron sin dejar rastro mientras volaban en el globo El Pampero sobre las pampas en un vuelo que habían iniciado para llegar a la Pampa.
Nunca se encontraron sus cuerpos. Para cualquier persona, esa tragedia podría haber significado el fin de su relación con la aviación. Para Jorge Newbery significó todo lo contrario. En homenaje a su hermano, mandó construir un nuevo globo, el Eduardo Newbery, de 2200 m³, el más grande que jamás se había elevado en suelo argentino.
Con ese globo siguió volando, batiendo récords, empujando los límites. En 1910, Jorge Newbery obtuvo su brevet de piloto de avión, su licencia de vuelo en el aeródromo de Villa Lugano. Su diploma llevó el número ocho en la lista oficial de aviadores argentinos de la Federación Aeronáutica Internacional.
Ya no solo era el hombre de los globos, ahora también dominaba los aeroplanos, esas máquinas de madera y tela con motores de pocos caballos que en ese momento representaban la tecnología más aguas que había inventado la humanidad. Y acá viene uno de los logros más importantes de su vida, uno que cambió la historia del continente. El 10 de agosto de 1912, el presidente Roque Sa Peña firmó el decreto de creación de la Escuela Militar de Aviación, la primera fuerza aérea militar de toda América Latina y eso fue posible en gran medida gracias a
Newbery. Fue el aeroclub argentino bajo su impulso y liderazgo el que puso a disposición del Ministerio de Guerra su parque de aeronares y su infraestructura para que la escuela pudiera funcionar. Incluso organizaron una colecta popular para comprar aviones porque el estado no tenía los fondos necesarios.
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Gente común, argentinos de a pie, pusieron plata para que Argentina tuviera una fuerza aérea. Y Newery fue uno de los primeros directores técnicos de esa institución, además de dar clases de teoría de la aviación a los primeros cadetes. Esa escuela militar de aviación que funcionó en el palomar es el embrión de lo que hoy es la Fuerza Aérea Argentina.
Cada avión militar argentino que hoy surca el cielo es, en cierto modo, heredero de ese decreto de 1912 y del empuje de este hombre. Esto lo deberían enseñar en las escuelas de verdad. Pero Newbery no se detuvo ahí. El 24 de noviembre de 1912 subió a un monoplano blerio al que habían bautizado Centenario con un motor nome de 50 caballos de fuerza y cruzó el Río de la Plata en avión.
No solo de ida, sino de ida y vuelta en el mismo día. Era la primera vez que alguien lo hacía. Y ese cruce, que hoy parece trivial, en 1912, era una hazaña comparable a lo que vendría décadas después con los vuelos transatlánticos. Los aviones de esa época no eran de fiar. Cada despegue era una apuesta real contra la muerte.
En su carrera como aviador, Newberry fue acumulando récords. El 5 de noviembre de 1912, a bordo del globo Buenos Aires, alcanzó los 5100 m de altitud acompañado por dos oficiales de la Armada. estableciendo un récord sudamericano y el 10 de febrero de 1914, a pocos días de su muerte, piloteando un monoplano Moranza Unier, alcanzó los 6,225 m de altura sobre el palomar, estableciendo lo que fuentes históricas señalan como un nuevo récord de altitud.
Era la demostración técnica que necesitaba para confirmar que podía cruzar los Andes. Ese era su gran sueño, ser el primer hombre en cruzar la cordillera de los Andes en avión. Mirad todo lo que implica eso. Estamos en 1914. Los aviones son máquinas frágiles, con motores que se calientan y fallan, sin sistemas de presurización, sin oxígeno suplementario, sin instrumentos modernos de navegación.
Cruzar los andes por el aire significaba enfrentarse a vientos violentos, a temperaturas extremas, a altitudes que superaban la capacidad fisiológica del cuerpo humano sin ayuda. Era una locura. Era exactamente el tipo de locura que Newbery adoraba. Para prepararse, viajó a Mendoza. Recorrió a Lomo de Mula los pasos cordilleranos para estudiar la cartografía, tomar datos meteorológicos, calcular rutas.
Era un ingeniero, no un aventurero impulsivo. Planificaba, estudiaba y cuando sintió que tenía los datos que necesitaba, planeó volver a Buenos Aires en tren. Pero el destino o quizás su propio carácter irrechazable ante un desafío lo llevaría por otro camino. El primero de marzo de 1914, Jorge Newy estaba en Mendoza, listo para regresar a Buenos Aires.
Ese día una dama local le pidió que le mostrara cómo volaba y Newbery, que era conocido por su caballerosidad y su generosidad, no supo decir que no. El avión que tenía disponible era el Morán Salier de su amigo Teodoro Fells. Fels se lo prestó, pero con una advertencia. El ala del monoplano tenía un problema. Newberry lo sabía, pero igual subió.
se elevó sobre el campo de Mendoza, hizo algunas cabriolas para la pequeña multitud que lo miraba y a las 6:40 de la tarde, en una maniobra riesgosa, el avión no respondió a los comandos y se precipitó violentamente contra el suelo. Jorge Newbirri murió en el acto. Tenía 38 años. En Buenos Aires era carnaval. Las calles estaban llenas de música, confetí y risas.
La noticia llegó esa misma noche y silenció la ciudad de golpe. Los diarios de la época describen algo que no tiene precedentes en la historia argentina de ese momento. El país entero entró en duelo por la muerte de un civil. No era un presidente, no era un general, no era un héroe de guerra, era un ingeniero, un aviador, un deportista, pero era el primer ídolo popular de Argentina en el sentido moderno de la palabra.
Y la gente lo lloró como se llora un ser querido. Su cortejo fúnebre fue uno de los más multitudinarios que había visto Buenos Aires hasta ese momento. Hombres, mujeres y niños de todos los sectores sociales salieron a las calles para despedirlo. Eso te dice todo sobre el lugar que ocupaba Newberry en el imaginario colectivo de los argentinos de principios del siglo XX.
Ahora, una reflexión que me parece importante. El título de este video habla de alguien que nadie recuerda y es verdad y a la vez no es completamente exacto y quiero ser honesto con eso. El nombre de Newberry está en el aeropuerto de Buenos Aires, está en calles de varias ciudades del país, está en monumentos, pero hay una diferencia enorme entre conocer un nombre y conocer una historia.
Millones de argentinos dicen aeroparque todos los días sin saber que Jorge Newbery fundó la primera institución aeronáutica de América Latina, sin saber que fue alumno de Thomas Edison, sin saber que se preparaba para cruzar los Andes en avión cuando murió, sin saber que en buena medida gracias a él, Argentina tuvo la primera fuerza aérea militar del continente.
Ese gap entre el nombre y la historia es exactamente lo que nos roba el orgullo que merecemos sentir. Porque no se trata solo de decir, “Hay un aeropuerto que se llama Newberry.” Se trata de entender lo que ese hombre hizo y por qué importa. Newy murió en 1914. Solo 7 años habían pasado desde que los hermanos Wright realizaron el primer vuelo sostenido en la historia de la humanidad en 1903 en Kitty Hawk, Carolina del Norte. 7 años.
Y en ese lapso brevísimo, Argentina ya tenía un aeroclub, ya tenía una escuela militar de aviación, ya tenía aviadores que cruzaban el Río de la Plata, ya tenía hombres batiendo récords de altitud y gran parte de eso fue posible por el empuje obsesivo, apasionado y visionario de un porteño hijo de dentista norteamericano y madre argentina, que con 8 años cruzó el Atlántico solo y decidió que los límites existían para romperlos.
Hubo algo que dijo Newbery, recogido en documentos de la época, que me parece que resume perfectamente su manera de ver el mundo. Creía que la aeronavelación iba a provocar una revolución en todos los órdenes de la vida humana. Lo dijo cuando casi nadie tomaba en serio los aeroplanos, cuando la gente todavía se reía de los que soñaban con volar y tenía razón.
La aviación transformó la guerra, el comercio, la comunicación, la geopolítica. la noción misma que los seres humanos tenemos del espacio y el tiempo. Y Argentina estuvo en esa vanguardia, en parte gracias a este hombre. Hay algo más que quiero señalar y creo que es justo decirlo. La historia de Newbery no es solo la historia de un héroe individual, es también la historia de un momento extraordinario de Argentina, cuando el país miraba al mundo con confianza y ambición, cuando apostaba a la ciencia y la tecnología,
cuando sus ciudadanos más talentosos estudiaban en las mejores universidades del mundo y volvían a poner sus conocimientos al servicio de la patria. Ese espíritu, ese impulso colectivo también merece ser recordado y celebrado, no como nostalgia de un pasado que no va a volver, sino como evidencia de que los argentinos cuando juntan voluntad e inteligencia pueden estar a la vanguardia del mundo.
Jorge Newbery, en 1970 fue declarado por ley del Congreso Nacional como precursor y benemérito de la Aeronáutica Argentina. Un reconocimiento tardío, pero reconocimiento al fin. Hoy, más de un siglo después de su muerte, su figura merece algo más que un aeropuerto con su nombre.
Merece ser contada, estudiada y celebrada. merece que cada argentino que sube a un avión o que pasa por el aeroparque sepa, aunque sea a grandes rasgos, lo que hizo este hombre de 38 años, que soñó con cruzar los Andes y que murió intentando hacerlo. Eso es Argentina. No la imagen perfecta, no la postal idealizada, no la fantasía de un país sin problemas.
Argentina es esto, un ingeniero porteño, hijo de inmigrante, alumno de Edison, que a principios del siglo XX funda la primera institución aáutica de un continente entero, porque alguien tiene que hacerlo y él decide que ese alguien es él. Eso es lo que somos capaces de hacer cuando empujamos y eso es algo de lo que vale la pena estar orgullosos, con datos, con historia y sin fantasías.

Si este video te generó orgullo o te sorprendió algo de la historia de Newberry, te pido que lo compartas. Hay muchísima gente que lleva el nombre de este hombre en los labios todos los días y no sabe nada sobre él. Cambiar eso depende de nosotros. Además, me encantaría saber en los comentarios, ¿conocías la historia de Newbte hoy? Contame qué fue lo que más te sorprendió.
La semana que viene te traigo la historia de otro argentino que cambió algo importante a nivel mundial y que tampoco aparece en los libros de historia. Si todavía no te suscribiste al canal, hacelo ahora para no perderte ese video. Dale like si te gustó este que ayuda un montón. Abrazo grande a