La becaria que borró la base de datos de la empresa el primer día y fue ascendida por error
Parte 1
El primer día de trabajo de Lucía empezó con una bolsa de tela, un café medio frío y una mentira piadosa.
La mentira era sencilla.
Pequeña.
Casi decorativa.
“Sí, claro, manejo Excel perfectamente.”
Eso había dicho en la entrevista.
Lo había dicho con una sonrisa profesional, con el pelo recogido en una coleta que intentaba transmitir orden, responsabilidad y una madurez que no tenía ni de lejos.
La mujer de Recursos Humanos, una tal Beatriz con gafas de pasta y una agenda que parecía más ocupada que el presidente de una comunidad de vecinos, había asentido satisfecha.
“Genial, porque aquí trabajamos mucho con bases de datos.”
Lucía había tragado saliva.
“Sí, sí, claro. Bases de datos también.”
Ahí empezó realmente el problema.
No el lunes, cuando entró en la oficina.
No cuando le dieron una tarjeta de acceso que no sabía usar.
No cuando saludó dos veces al mismo señor creyendo que eran dos personas distintas porque llevaba una chaqueta reversible.
El problema empezó en la entrevista, en el momento exacto en que Lucía decidió que “bases de datos” significaba “una tabla grande con colores”.
La oficina de Nubalia Solutions estaba en un edificio acristalado de esos que desde fuera parecen llenos de gente importante, gente que sabe qué significa “optimizar procesos”, “alinear objetivos” y “mandar el informe antes del viernes”.
Lucía llegó a las ocho y cuarenta y siete.
El correo decía que debía presentarse a las nueve.
Había calculado llegar trece minutos antes porque su madre le había dicho:
“Niña, tú llega antes. Que se note que tienes interés.”
Su padre, desde la cocina, había añadido:
“Y no toques nada raro.”
Lucía se había reído.
“Papá, voy de becaria, no voy a pilotar un avión.”
Ahora, frente a la puerta giratoria del edificio, esa frase le parecía una provocación del destino.
Entró con cuidado, como si la puerta pudiera rechazarla por no tener experiencia suficiente.
En recepción, un hombre con chaleco azul oscuro la miró sin levantar demasiado la cabeza.
“¿Nombre?”
“Lucía Ramos. Empiezo hoy. Becaria de… bueno, de departamento. Creo.”
El recepcionista tecleó algo.
“Planta siete. Nubalia Solutions. Te están esperando.”
Lucía sonrió.
“Perfecto. Muchas gracias.”
Se dirigió a los ascensores intentando caminar como una persona con contrato indefinido.
Dentro del ascensor había tres personas.
Una mujer hablando por el móvil con tono de funeral.
Un hombre comiendo una barrita energética con una intensidad absurda.
Y un chico joven con un portátil abierto, escribiendo mientras subían.
Lucía miró los botones.
La planta siete ya estaba pulsada.
Bien.
Una decisión menos.
La mujer del móvil suspiró.
“No, Carmen, no podemos lanzar la campaña si todavía no sabemos qué estamos vendiendo.”
Lucía evitó mirar.
El hombre de la barrita murmuró:

“Eso es marketing de guerrilla.”
Nadie se rió.
Lucía tampoco, aunque le hizo gracia.
Cuando el ascensor llegó a la séptima planta, las puertas se abrieron con un sonido suave, demasiado elegante para lo que estaba a punto de pasar.
El logo de Nubalia Solutions brillaba en una pared blanca.
Debajo, en letras más pequeñas, se leía:
“Transformamos datos en decisiones.”
Lucía leyó la frase dos veces.
Le pareció bonita.
Peligrosa, pero bonita.
En la entrada la esperaba Beatriz, la de Recursos Humanos, con una carpeta azul y una sonrisa automática.
“¡Lucía! Bienvenida.”
“Hola, buenos días.”
“Qué puntual.”
“Sí, bueno, el metro ha colaborado.”
Beatriz rio como si aquella frase fuera una señal clara de adaptación cultural a la empresa.
“Ven, te enseño un poco todo.”
La oficina era abierta, luminosa y ligeramente intimidante.
Había mesas largas, pantallas enormes, plantas que parecían mejor cuidadas que algunas personas, una cafetera que sonaba como un pequeño tractor y muchas sillas ergonómicas con nombres rarísimos.
Beatriz caminaba rápido, señalando cosas.
“Aquí está el equipo de producto. Allí finanzas. Al fondo tecnología. La pecera es sala de reuniones, pero nadie le dice sala de reuniones, todos le decimos la pecera porque, bueno, es de cristal.”
“Claro.”
“Aquí está la cocina. Café gratis, fruta los martes, yogures si duran.”
“¿Si duran?”
“Hay gente muy intensa con los yogures.”
Lucía asintió con respeto.
Toda empresa tenía sus guerras internas.
Algunas por presupuesto.
Otras por yogures.
Beatriz la llevó hasta una mesa junto a una columna.
Había un portátil cerrado, una libreta con el logo de la empresa, un bolígrafo y una taza que decía “Welcome, Lucía”.
A Lucía se le enterneció algo por dentro.
“Qué mono.”
“Sí, bueno, las tazas las encargamos por volumen. Si te llamaras Eustaquia también tendrías una.”
“Me sigue pareciendo bonito.”
Beatriz sonrió.
“Este será tu sitio. Tu responsable directa es Marta, pero está ahora mismo en una llamada. En un rato viene. Mientras tanto, te presento a Sergio, que te ayudará con el acceso.”
Sergio apareció de debajo de una mesa.
Literalmente.
Llevaba un cable HDMI en una mano y una cara de haber dormido en una silla.
“¿Me llamabais?”
Beatriz ni se inmutó.
“Sergio, ella es Lucía, la nueva becaria.”
Sergio levantó la mano.
“Bienvenida al circo.”
Lucía se rió, sin saber si era broma.
“Gracias.”
Sergio dejó el cable sobre una mesa.
“No te preocupes, el primer día parece todo muy serio, pero luego te das cuenta de que nadie sabe muy bien qué está pasando.”
Beatriz frunció el ceño.
“Sergio.”
“Perdón. Quería decir que somos ágiles.”
Beatriz respiró hondo.
“Configúrale el equipo, por favor. Yo vuelvo luego con los papeles.”
Cuando Beatriz se fue, Sergio abrió el portátil de Lucía y pulsó el botón de encendido.
“Vale, lo primero: usuario corporativo. ¿Has recibido el correo?”
“Sí. Creo. Tengo muchos correos de bienvenida.”
“Normal. La empresa te saluda más el primer día que tu familia en Navidad.”
Lucía sacó el móvil y buscó el correo.
Había uno con el asunto “Credenciales de acceso”.
“Este.”
“Perfecto. Entras con ese usuario y esa contraseña temporal. Luego te obligará a cambiarla por otra que tenga mayúscula, minúscula, número, símbolo, una emoción reprimida y probablemente una referencia a tu infancia.”
Lucía se rio más fuerte.
Sergio sonrió.
“Bien, te ríes. Eso ayuda. Aquí la gente nueva suele venir con cara de LinkedIn.”
“¿Cara de LinkedIn?”
“Sí, como de ‘estoy encantada de anunciar que empiezo una nueva etapa profesional’. A las dos semanas ya están diciendo ‘¿quién ha cogido mi tupper?’”
Lucía cambió la contraseña.
La primera opción no valió.
La segunda tampoco.
La tercera fue aceptada.
Sergio levantó el pulgar.

“Ya eres oficialmente parte del sistema.”
La frase sonó rara.
Como una profecía.
Lucía abrió el escritorio del ordenador.
Había carpetas.
Programas.
Accesos directos.
Nombres que le parecieron muy profesionales.
DataHub.
ClientFlow.
Panel Interno.
Gestor Maestro.
Este último le inquietó.
“¿Todo esto lo voy a usar yo?”
“Depende de lo que Marta quiera. Tú estarás apoyando en operaciones y análisis. Cosas sencillas al principio.”
Lucía respiró aliviada.
“Vale.”
“Probablemente revisarás registros, exportarás informes, actualizarás datos de clientes…”
“Sí, claro.”
Sergio la miró.
“¿Tienes experiencia con esto?”
Lucía dudó.
La honestidad llamó a la puerta.
La necesidad de pagar el alquiler la empujó escaleras abajo.
“Un poco.”
Sergio asintió.
“Perfecto. Nadie tiene experiencia hasta que rompe algo.”
Lucía rio.
Él también.
Fue un momento amable.
Casi humano.
A las nueve y media, Marta apareció con una carpeta bajo el brazo, un móvil pegado a la oreja y una expresión de velocidad permanente.
Era una mujer de unos cuarenta años, pelo corto, camisa blanca, zapatillas cómodas y mirada de quien podía detectar un error en una hoja de cálculo desde la otra punta de la sala.
“Sí, Luis, lo sé. Pero si ventas promete algo que tecnología no ha construido, no es una estrategia, es una novela de fantasía.”
Pausa.
“No, no lo pongas así en el acta.”
Colgó.
Miró a Lucía.
“Lucía, bienvenida. Soy Marta.”
Lucía se levantó tan rápido que casi tiró la silla.
“Hola, encantada.”
“No te asustes. Solo parezco enfadada. Es mi cara de lunes.”
“Hoy es lunes.”
“Exacto. Imagínate.”
Sergio murmuró:
“También es su cara de martes.”
Marta lo miró.
“Sergio, ¿no tenías un servidor que acariciar?”
“Ahora mismo voy.”
Sergio se fue con las manos en los bolsillos.
Marta se sentó al lado de Lucía.
“Bueno, Lucía. Te cuento. Aquí manejamos bastante información de clientes, proyectos y operaciones. Hay un sistema interno donde se centraliza todo. No esperamos que lo domines hoy. Hoy solo quiero que te familiarices, mires, entiendas la estructura y, si te ves cómoda, hagas una tarea muy simple.”
“Perfecto.”
“Tarea simple de verdad.”
“Genial.”
“No tocar nada que no entiendas.”
Lucía recordó a su padre.
No toques nada raro.
“Claro. Por supuesto.”
Marta abrió en la pantalla un panel con muchas pestañas.
“Este es el entorno de pruebas.”
“Vale.”
“Importante: entorno de pruebas. Aquí puedes practicar sin afectar a datos reales.”
“Perfecto.”
“Este otro, que no vas a tocar, es producción.”
Lucía asintió lentamente.
“Producción.”
“Producción es lo real. Lo que afecta a clientes. Lo que si se rompe hace que la gente de tecnología deje de respirar correctamente.”
“Entendido.”
“Y este botón de aquí no se toca.”
Marta señaló un botón rojo.

Lucía miró el botón.
El botón parecía diseñado por alguien que quería ser tocado.
Era rojo.
Grande.
Con un icono de advertencia.
“¿Por qué existe entonces?”
Marta sonrió por primera vez.
“Esa es una pregunta muy profunda. En las empresas hay muchas cosas que existen para no ser usadas. Como los planes estratégicos de 2021.”
Lucía sonrió.
Marta continuó.
“Tu tarea será revisar esta lista de clientes ficticios en pruebas y marcar duplicados. Nada más.”
“Nada más.”
“Exacto. Si ves dos empresas repetidas, marcas una casilla. No borras. No fusionas. No limpias. Solo marcas.”
“Marcar duplicados. Perfecto.”
Marta se levantó.
“Tengo reunión en la pecera. Cualquier duda, preguntas a Sergio o a mí. Pero no improvises.”
“No improviso.”
“Bien.”
Marta caminó tres pasos, se giró y añadió:
“Y tranquila. El primer día nadie espera que hagas nada heroico.”
Lucía sonrió.
“Eso me quita presión.”
Marta se fue.
Lucía se quedó sola con el portátil.
La pantalla brillaba ante ella.
Una lista de clientes ficticios aparecía en una tabla.
Empresa A.
Empresa B.
Empresa C.
Todo parecía manejable.
Lucía apoyó los dedos en el teclado.
Respiró.
“Vale, Lucía. Tú puedes. Solo marcar duplicados. Hasta un hámster con Wi-Fi podría hacerlo.”
A su izquierda, un empleado con gafas levantó la vista.
“Perdona, ¿has dicho algo de un hámster?”
Lucía se puso roja.
“No, nada. Motivación personal.”
“Ah. Bienvenida.”
“Gracias.”
El empleado volvió a su pantalla.
Lucía empezó a revisar.
Empresa Sol Norte.
Sol Norte S.L.
SolNorte.
Eso parecía duplicado.
Marcó una casilla.
Luego otra.
Luego se sintió útil.
Incluso competente.
El café de la oficina no estaba tan malo.
La silla era cómoda.
Quizá todo iría bien.
A las diez y diecisiete, llegó el primer correo de Marta.
“Lucía, cuando termines con los duplicados, exporta el informe para revisarlo luego.”
Exportar.
Eso sí sabía hacerlo.
Había exportado archivos muchas veces.
Fotos.
PDFs.
Un trabajo de la universidad a las tres de la mañana.
Buscó el botón.
No lo vio.
Había demasiadas opciones.
Filtrar.
Validar.
Sincronizar.
Actualizar índice.
Limpiar tabla.
Administrar.
Se quedó mirando la pantalla.
“Exportar, exportar…”
Abrió un menú.
No estaba.
Otro.
Tampoco.
Clicó en “Administrar”.
Aparecieron más opciones.
Crear copia.
Restaurar copia.
Eliminar registros temporales.
Consolidar datos.
Migración rápida.
Lucía frunció el ceño.
“Madre mía, parece la carta de un restaurante raro.”
El empleado de gafas volvió a mirar.
“¿Otra vez motivación personal?”
“Sí.”
Entonces apareció Sergio con una taza.
“¿Todo bien?”
“Sí. Bueno, estoy buscando exportar.”
Sergio se inclinó sobre la pantalla.
“Ah, sí. Está escondido. Tienes que ir arriba, en acciones.”
“¿Aquí?”
“No, ese es administrar. Mejor no entres ahí si quieres conservar la paz mundial.”
Lucía retiró el cursor rápidamente.
“Vale.”
Sergio señaló.
“Arriba a la derecha. Icono de flecha.”
“Ah.”
“Eso.”
Lucía clicó.
Se abrió una ventana.
Exportar CSV.
Exportar XLSX.
Exportar informe completo.
“¿Cuál?”
“Informe completo, supongo.”
Lucía seleccionó.
El sistema tardó un poco.
Sergio dio un sorbo al café.
“Primer día, ¿qué tal?”
“Bien. Me estoy adaptando.”
“Eso decimos todos antes del primer correo con copia a ocho personas.”
El informe se descargó.
“Ya está.”
“Perfecto.”
Sergio se fue.
Lucía abrió el archivo.
Se veía bien.
Quizá incluso demasiado bien.
Sintió una pequeña chispa de orgullo.
A las diez y cuarenta y dos, Marta volvió a escribir.
“¿Puedes dejarlo también cargado en la carpeta compartida del proyecto Nova?”
Carpeta compartida.
Eso era fácil.
Lucía abrió el explorador.
Había muchas carpetas.
Proyecto Alfa.
Proyecto Atlas.
Proyecto Nova.
Proyecto Nova Antiguo.
Proyecto Nova Final.
Proyecto Nova Final Bueno.
Proyecto Nova Final Ahora Sí.
Lucía se quedó mirando.
“Esto no puede ser serio.”
El empleado de gafas dijo sin levantar la cabeza:
“Sí lo es.”
Lucía se giró.
“¿Cuál es la buena?”
“Depende del día.”
“¿Perdón?”
“Busca la que tenga fecha más reciente.”
Lucía buscó.
Proyecto Nova Final Ahora Sí tenía fecha de la semana anterior.
Entró.
Había subcarpetas.
Informes.
Datos.
Migración.
Backups.
No tocar.
La carpeta “No tocar” le pareció muy clara.
No la tocó.
Arrastró el informe a “Informes”.
Hecho.
A las once, Beatriz apareció con unos documentos.
“Lucía, ¿puedes firmar aquí, aquí, aquí y aquí?”
Lucía firmó.
“¿Qué estoy firmando?”
“Protección de datos, confidencialidad, política interna, uso responsable de sistemas, consentimiento de comunicaciones, normas de convivencia, compromiso ético y algo sobre no usar la impresora para imprimir entradas de conciertos.”
“¿Pasó?”
“Varias veces.”
Lucía firmó otra vez.
Beatriz miró el portátil.
“¿Ya estás trabajando?”
“Sí, Marta me ha dado una tarea.”
“Qué bien. Integración rápida.”
Lucía sonrió.
La frase le gustó.
Integración rápida.
Sonaba mejor que “estoy intentando no liarla”.
A las once y veinte llegó un mensaje por el chat interno.
Marta: “Lucía, ¿has cargado el informe en Nova?”
Lucía: “Sí, en Proyecto Nova Final Ahora Sí > Informes.”
Marta tardó en responder.
Marta: “¿Final Ahora Sí?”
Lucía sintió un pinchazo en el estómago.
Lucía: “Sí. Era la carpeta más reciente.”
Marta: “Vale. No pasa nada. Esa es de migración antigua. Luego lo muevo.”
No pasa nada.
La frase más peligrosa del mundo laboral.
Lucía se enderezó en la silla.
Quiso arreglarlo.
Quiso demostrar iniciativa.
Quiso ser esa persona que no solo detecta el error, sino que lo soluciona antes de que nadie lo note.
Miró las carpetas.
Proyecto Nova.
Proyecto Nova Antiguo.
Proyecto Nova Final.
Proyecto Nova Final Bueno.
Proyecto Nova Final Ahora Sí.
Quizá Marta quería que estuviera en Proyecto Nova, sin más.
Lucía abrió la carpeta equivocada.
Luego otra.
Luego pensó que lo mejor era ordenar.
Ordenar siempre es bueno.
En casa, cuando ordenaba su escritorio, encontraba cosas perdidas.
En la empresa, quizá ordenar carpetas también sería positivo.
Vio duplicados.
Muchos.
Informes repetidos.
Carpetas viejas.
Archivos temporales.
Y entonces, en el panel interno, vio una alerta:
“Hay registros duplicados pendientes de consolidación.”
Lucía recordó su tarea.
Duplicados.
Eso era lo suyo.
Ya era prácticamente una experta en duplicados.
Clicó.
Apareció una ventana.
“¿Desea consolidar los datos marcados?”
Lucía leyó.
Consolidar.
No sonaba peligroso.
Sonaba a poner cosas juntas.
Como juntar calcetines.
Como fusionar apuntes.
Como hacer limpieza digital.
Pero había una casilla marcada por defecto que no entendió:
“Aplicar cambios globales.”
Lucía frunció el ceño.
“Globales de qué global.”
El empleado de gafas se levantó para ir a por café.
Lucía pensó en preguntar.
Pero entonces apareció un aviso pequeño:
“Proceso recomendado para eliminar inconsistencias.”
Recomendado.
Si el sistema lo recomendaba, sería por algo.
La tecnología no podía estar mal diseñada hasta ese punto.
Lucía clicó en continuar.
El sistema pidió confirmación.
“Esta acción puede modificar registros asociados. ¿Desea continuar?”
Lucía dudó.
“Modificar no es borrar.”
Clicó.
La pantalla mostró una barra de progreso.
1%.
5%.
12%.
Lucía se relajó.
Luego la barra se detuvo en 37%.
La oficina siguió sonando igual.
Teclados.
Café.
Alguien riendo al fondo.
Un móvil vibrando.
Hasta que, de repente, el empleado de gafas dijo:
“Qué raro.”
Otra persona levantó la cabeza.
“¿A ti también?”
“Se me ha cerrado ClientFlow.”
Desde el fondo, alguien gritó:
“¿Quién está tocando Nova?”
Lucía se quedó inmóvil.
La barra subió al 72%.
Un mensaje apareció en la pantalla.
“Sincronizando con entorno principal.”
Lucía no respiró.
Entorno principal.
No decía pruebas.
No decía ficticio.
No decía “tranquila, Lucía, esto es un susto”.
Decía entorno principal.
Entonces todas las pantallas de la oficina empezaron a cambiar.
Una mujer de finanzas se levantó.
“¿Por qué me salen cero clientes activos?”
Otro hombre dijo:
“A mí me ha desaparecido el historial.”
Alguien desde tecnología gritó:
“¡No actualicéis nada!”
La barra llegó al 100%.
La pantalla de Lucía mostró un mensaje limpio, educado, casi cruel:
“Consolidación completada correctamente.”
Lucía sintió que el alma se le iba al pasillo, bajaba en ascensor y salía del edificio sin despedirse.
Sergio apareció corriendo.
No caminando rápido.
Corriendo de verdad.
Con la taza aún en la mano.
“¿Qué ha pasado?”
Lucía señaló la pantalla con un dedo tembloroso.
“Creo que… consolidé algo.”
Sergio miró.
Su cara cambió en tres fases.
Confusión.
Comprensión.
Terror administrativo.
“Lucía.”
“¿Sí?”
“Dime que estabas en pruebas.”
Lucía abrió la boca.
No salió nada.
Sergio se agachó, miró la URL, miró el panel, miró a Lucía.
“Madre mía.”
“¿Eso es malo?”
Sergio dejó la taza en la mesa con mucho cuidado, como si un movimiento brusco pudiera empeorar el desastre.
“Eso era producción.”
La palabra cayó sobre la mesa como una grapadora desde un séptimo piso.
Lucía sintió que se le calentaban las orejas.
“Pero Marta me dijo que no tocara producción.”
“Ya.”
“Y yo no quería.”
“Eso suele pasar.”
“Yo solo quería exportar. Luego había duplicados. Y ponía recomendado.”
Sergio cerró los ojos.
“Lo de ‘recomendado’ en este sistema es como cuando tu tío te recomienda un bar de carretera. Puede salir bien o puedes acabar cuestionando tus decisiones vitales.”
Desde la pecera, Marta salió como si hubiera escuchado su nombre en medio de un incendio.
“¿Qué está pasando?”
Nadie respondió.
Todos miraron a Lucía.
Lucía quiso desaparecer en la taza de bienvenida.
Marta llegó a la mesa.
“Sergio.”
Sergio respiró.
“Se ha lanzado una consolidación global en producción.”
Marta se quedó quieta.
Muy quieta.
“¿Quién?”
Silencio.
Lucía levantó una mano mínima.
“Creo que yo.”
Marta la miró.
No con rabia.
Eso habría sido más fácil.
La miró con una mezcla de incredulidad, agotamiento y esa pena que se reserva para quien acaba de romper algo muy caro en una tienda y todavía no sabe cuánto cuesta.
“Lucía.”
“Lo siento muchísimo. Yo pensaba que estaba…”
Sergio interrumpió:
“Ha borrado referencias cruzadas, registros duplicados y, por lo que veo, varias tablas asociadas.”
“¿Borrado?”
Lucía se llevó la mano al pecho.
“¿Borrado borrado?”
El empleado de gafas dijo:
“Mis clientes ahora son fantasmas.”
Marta levantó la mano.
“Todo el mundo calma. Tecnología, a sala tres. Sergio, busca copia de seguridad. Finanzas, no hagáis cierres. Ventas, no llaméis a nadie. Y por favor, que nadie use la palabra desastre todavía.”
Desde una mesa del fondo, alguien murmuró:
“¿Catástrofe vale?”
Marta giró la cabeza.
“No.”
Lucía estaba de pie sin recordar haberse levantado.
“Puedo hacer algo.”
Marta la miró.
“No toques nada.”
“Claro. Sí. Nada. No tocar. Perfecto.”
La oficina se convirtió en un pequeño caos organizado.
Sergio y otros dos técnicos se encerraron en una sala.
Marta hablaba con alguien por teléfono.
Beatriz apareció de nuevo, esta vez sin sonrisa.
“¿Está todo bien?”
Nadie contestó.
Beatriz vio a Lucía.
“¿Ya has firmado protección de datos?”
Lucía casi lloró.
“Sí.”
“Bien.”
“¿Eso ayuda?”
“No.”
A las doce menos diez, el director general, Álvaro Cifuentes, salió de su despacho.
Lucía no lo había visto antes.
Era un hombre alto, con barba muy cuidada y un aire de anuncio de seguros.
Vestía americana azul, camisa sin corbata y unos zapatos demasiado brillantes para la vida real.
“¿Qué ocurre?”
Marta se acercó a él con el móvil en la mano.
“Tenemos una incidencia en producción.”
Álvaro frunció el ceño.
“Define incidencia.”
Sergio salió de la sala tres justo a tiempo para escuchar.
“Se ha ejecutado una consolidación global no autorizada y parte de la base de datos ha quedado vacía o mal referenciada.”
Álvaro parpadeó.
“Define parte.”
Sergio se rascó la nuca.
“La parte que nos gusta tener.”
Lucía cerró los ojos.
Marta habló rápido.
“Estamos revisando copias. Puede haber recuperación parcial.”
Álvaro miró alrededor.
“¿Quién lo ha ejecutado?”
De nuevo, silencio.
El tipo de silencio que en una oficina pesa más que una auditoría.
Lucía dio un paso adelante.
“Yo.”
Álvaro la miró.
“¿Tú eres…?”
“Lucía. Becaria. Primer día.”
Alguien soltó una tos que sonó sospechosamente a risa reprimida.
Álvaro se quedó mirándola como si estuviera ante una obra de teatro experimental.
“Primer día.”
“Sí.”
“¿Y has…?”
“Sí.”
“Ya.”
Lucía tragó saliva.
“Lo siento. De verdad. Pensé que estaba en el entorno de pruebas y que estaba consolidando duplicados ficticios. No quería causar ningún problema. Entiendo que ha sido un error enorme. Puedo asumir lo que…”
Álvaro levantó la mano.
“No digas nada más.”
Lucía obedeció.
Marta intervino.
“Álvaro, ahora lo importante es contener la incidencia.”
“Por supuesto.”
Él miró a todos.
“Quiero un informe en treinta minutos. Impacto, causa, recuperación, comunicación interna y externa si hace falta.”
Sergio murmuró:
“Treinta minutos dice.”
Marta lo oyó.
“Sergio.”
“Informe en treinta minutos, sí.”
Álvaro volvió a mirar a Lucía.
“Y tú, quédate disponible.”
“Sí. Claro.”
El director se fue.
Lucía se sentó despacio.
Su taza de bienvenida seguía allí.
Welcome, Lucía.
El mensaje parecía una broma de mal gusto.
El empleado de gafas volvió a su mesa con un café.
Se sentó.
La miró.
“Yo me llamo Andrés.”
Lucía lo miró, sorprendida.
“Encantada.”
“Por si luego hay que declarar, que sepas que yo intenté ayudarte emocionalmente.”
Lucía soltó una risa nerviosa.
“Gracias.”
“No pasa nada. Bueno, sí pasa. Bastante. Pero no eres la primera persona que rompe algo aquí.”
“¿No?”
Andrés pensó.
“Vale, quizá sí eres la primera que lo rompe el primer día a este nivel. Pero hay precedentes pequeños. Una vez Rubén mandó un correo con los sueldos a toda la empresa.”
Lucía abrió los ojos.
“¿Y qué pasó?”
“Lo ascendieron.”
Lucía creyó que había oído mal.
“¿Cómo?”
“Sí. Dijeron que había demostrado transparencia radical.”
Lucía lo miró fijamente.
Andrés dio un sorbo.
“Esta empresa es rara.”
Parte 2
A las doce y media, Lucía ya sabía tres cosas.
La primera, que la base de datos no estaba “borrada del todo”, una frase que Sergio pronunció con la misma tranquilidad con la que alguien diría “el coche no está ardiendo del todo”.
La segunda, que Marta tenía la capacidad de hablar por teléfono, escribir correos y mirar con decepción a una persona al mismo tiempo.
La tercera, que en Nubalia Solutions los desastres no se resolvían únicamente con tecnología, sino también con reuniones.
Muchas reuniones.
Reuniones de emergencia.
Reuniones previas a la reunión de emergencia.
Reuniones para decidir quién debía estar en la reunión de emergencia.
Lucía fue convocada a una de ellas.
La sala se llamaba “Mediterráneo”, aunque no tenía nada de mediterránea salvo una foto de una cala en la pared que parecía sacada de un banco de imágenes.
Alrededor de la mesa estaban Marta, Sergio, Beatriz, Álvaro y un hombre de traje gris llamado Tomás, director financiero, que tenía cara de estar calculando pérdidas incluso cuando bebía agua.
Lucía se sentó al final, con la espalda recta y las manos sobre las rodillas.
Beatriz le ofreció un vaso.
“¿Agua?”
“Sí, gracias.”
La mano le tembló un poco al cogerlo.
Tomás abrió un portátil.
“Necesito entender cómo ha podido pasar esto.”
Marta respondió antes de que nadie mirara a Lucía.
“Error de permisos. Una usuaria nueva no debería haber tenido acceso a acciones globales.”
Sergio levantó un dedo.
“Correcto. Eso es importante. Técnicamente ella no tendría que haber podido ejecutar ese proceso.”
Lucía miró a Sergio con gratitud.
Él añadió:
“Pero lo ejecutó.”
La gratitud se redujo un poco.
Álvaro cruzó las manos.
“Necesito una explicación sencilla. Muy sencilla.”
Sergio respiró.
“Imagina que tienes una tienda.”
Tomás suspiró.
“Sergio.”
“Ha pedido sencilla. Imagínate una tienda. Hay una trastienda donde puedes mover cajas falsas para practicar. Y hay una zona real donde están los productos. Lucía pensaba que estaba en la trastienda, pero la puerta no estaba cerrada y entró en la tienda real con una carretilla.”
Álvaro asintió lentamente.
“¿Y qué hizo con la carretilla?”
Sergio miró a Lucía.
Lucía bajó la vista.
“Organizó demasiado fuerte.”
Marta se tapó la boca.
No estaba claro si para toser o para no reír.
Tomás no se rió.
“¿Impacto económico?”
Marta miró sus notas.
“De momento, operaciones paralizadas parcialmente. Algunos equipos no pueden acceder a históricos. Ventas no puede consultar cuentas activas con seguridad. Finanzas no puede cerrar previsiones hasta validar registros. Pero hay copias.”
“¿Copias completas?”
Sergio hizo una mueca.
“Copias con personalidad.”
Tomás lo miró.
“¿Qué significa eso?”
“Que existen, pero hay que convencerlas de colaborar.”
Álvaro masajeó el puente de su nariz.
“Por favor, hablad normal.”
Lucía sintió que debía decir algo.
“De verdad, lo siento muchísimo. Sé que suena absurdo, pero yo quería hacer bien la tarea. Vi lo de duplicados y pensé que…”
Marta la interrumpió con suavidad.
“Lucía, ahora mismo no necesitamos que te castigues. Necesitamos hechos.”
Lucía asintió.
“Vale.”
Álvaro la observó.
“¿Qué viste exactamente?”
Lucía explicó paso a paso, evitando términos técnicos que no dominaba.
Que estaba revisando duplicados.
Que Marta le pidió exportar.
Que luego subió el informe a la carpeta equivocada.
Que quiso corregir.
Que encontró una alerta.
Que la alerta decía recomendado.
Que la palabra recomendado, en su cabeza, tuvo una autoridad injustificada.
Sergio tomó notas.
Cuando Lucía terminó, Tomás dijo:
“Entonces la causa raíz es una combinación de error humano, permisos mal configurados, interfaz confusa y exceso de iniciativa.”
Lucía levantó un poco la mano.
“Lo del exceso de iniciativa me duele, pero sí.”
Álvaro no sonrió.
“¿Tiempo de recuperación?”
Sergio miró el portátil.
“Si la copia de anoche está bien, podríamos restaurar parte en unas horas. Pero habría que reconstruir movimientos de la mañana.”
Tomás hizo un gesto.
“¿Y clientes?”
Marta respondió:
“Podemos aguantar sin comunicar externamente si lo resolvemos hoy.”
Álvaro se recostó en la silla.
“Bien. Nadie fuera de esta sala debe saber que una becaria ha provocado esto.”
Silencio.
Desde fuera de la sala llegó una voz:
“¿Es verdad que la becaria ha borrado todo?”
Álvaro cerró los ojos.
Beatriz se levantó y cerró la puerta.
“Demasiado tarde.”
A la una y diez, la noticia ya recorría la oficina con diferentes versiones.
Versión uno: Lucía había pulsado un botón rojo gigante que decía “destruir empresa”.
Versión dos: Lucía había confundido producción con prácticas porque nadie le había dado formación.
Versión tres: Lucía era una infiltrada de la competencia.
Versión cuatro: Lucía había descubierto algo raro y por eso había eliminado pruebas.
Esta última fue la que más le preocupó a Lucía, porque la contaban con un nivel de convicción absurdo.
Cuando salió de la reunión, Andrés la esperaba junto a su mesa con dos cafés.
“Te he traído uno.”
Lucía lo miró emocionada.
“Gracias.”
“Es de máquina. No te emociones mucho.”
Lucía se sentó.
“Todo el mundo me mira.”
“Normal. Eres tendencia interna.”
“Me quiero morir.”
“No digas eso. Aquí la vergüenza dura poco. Mañana alguien responderá ‘a todos’ a un correo delicado y pasarás a segunda página.”
Lucía cogió el café.
“¿Crees que me echarán?”
Andrés se encogió de hombros.
“En una empresa normal, quizá. Aquí depende de cómo lo empaquete dirección.”
“¿Empaquetar borrar una base de datos?”
“Claro. Aquí nada es un error. Todo es un aprendizaje, una disrupción o una prueba de resiliencia.”
Lucía lo miró.
“No sé si me estás consolando o asustando.”
“Yo tampoco.”
A la una y media, Marta se acercó.
Lucía se puso de pie automáticamente.
“No hace falta que te levantes cada vez que me ves. No soy la Guardia Civil.”
“Perdón.”
“Vamos a comer algo.”
Lucía parpadeó.
“¿Comer?”
“Sí. Los seres humanos lo hacemos incluso durante crisis tecnológicas.”
“No tengo hambre.”
“Te entiendo. Pero si te quedas aquí mirando la pantalla vas a empezar a imaginar titulares.”
Lucía ya los imaginaba.
“Becaria destruye empresa antes del almuerzo.”
“Joven promesa del caos digital.”
“Welcome, Lucía: la taza que avisó demasiado tarde.”
Marta la llevó a la cocina.
Había varios empleados comiendo de tuppers, hablando en voz baja hasta que ellas entraron.
El silencio fue inmediato.
Marta miró alrededor.
“Podéis seguir hablando. No estamos en un juicio.”
Un chico de producto dijo:
“Estamos hablando de series.”
Marta arqueó una ceja.
“Claro.”
Lucía abrió su bolsa y sacó un bocadillo envuelto en papel de aluminio.
Marta sacó una ensalada.
Se sentaron en una mesa pequeña.
Durante unos segundos comieron sin hablar.
Luego Marta dijo:
“Te voy a contar algo para que pongas esto en perspectiva.”
Lucía levantó la mirada.
“Vale.”
“Mi primer año aquí, antes de ser responsable, mandé un informe de previsión a un cliente con una pestaña oculta donde ponía ‘escenario optimista inventado para que Tomás no llore’.”
Lucía soltó una carcajada involuntaria.
Marta sonrió.
“Exacto.”
“¿Y qué pasó?”
“El cliente lo abrió. Lo vio. Preguntó si Tomás estaba bien.”
Lucía se tapó la boca.
“Qué horror.”
“Mucho. Pensé que me despedían.”
“¿Y?”
“Me hicieron responsable del proceso de revisión documental.”
Lucía dejó el bocadillo.
“¿Aquí la gente asciende por errores?”
Marta se inclinó.
“No exactamente. Pero a veces un error deja al descubierto un problema más grande. Y si sabes explicarlo sin esconderte, puedes salir viva.”
“Yo no he explicado nada, he confesado.”
“Eso ya es más de lo que hace mucha gente.”
Lucía bajó la mirada.
“Es que he sido tonta.”
“No. Has sido nueva en un sistema que estaba mal protegido.”
“Pero yo pulsé.”
“Sí.”
“Varias veces.”
“También.”
“Y no pregunté.”
“Correcto.”
Lucía suspiró.
“Gracias por el equilibrio.”
Marta pinchó su ensalada.
“Lucía, una empresa que depende de que una becaria de primer día no pulse un botón peligroso no tiene un proceso robusto. Tiene una vela puesta a San Excel.”
Lucía sonrió débilmente.
“Mi padre me dijo que no tocara nada raro.”
“Tu padre debería dar formación interna.”
A las dos y veinte, Sergio anunció una noticia medio buena.
Habían encontrado una copia de seguridad funcional.
No perfecta.
Funcional.
La diferencia, según él, era “como entre un paraguas entero y una bolsa de supermercado en una tormenta”.
La restauración empezó.
La oficina respiró un poco.
Lucía seguía sin saber qué hacer.
Cada vez que tocaba el ratón, sentía que alguien en tecnología desarrollaba urticaria.
Así que Marta le dio una tarea analógica.
“Ordena estos documentos físicos por fecha.”
Lucía miró el montón de papeles.
“¿Papel?”
“Papel no se sincroniza con producción.”
“Perfecto.”
Se puso a ordenar.
Enero.
Febrero.
Marzo.
Un contrato sin fecha.
Otro con fecha escrita a mano.
Un post-it que decía “llamar a Paco”.
Lucía jamás había sentido tanto cariño por el papel.
A las tres y diez, apareció Beatriz.
“Lucía, Álvaro quiere verte a las cuatro.”
Lucía dejó de mover papeles.
“¿Para despedirme?”
Beatriz hizo una expresión ambigua.
“No lo sé.”
“Eso no ayuda.”
“No quería mentirte.”
Marta, desde su mesa, levantó la vista.
“Yo estaré.”
Lucía asintió.
“Vale.”
Andrés se acercó más tarde, arrastrando su silla con ruedas.
“¿Te han citado?”
“Sí.”
“Clásico.”
“¿Clásico bueno o clásico malo?”
“Depende de si te ofrecen agua.”
“¿Qué?”
“Si te ofrecen agua al principio, puede ser despido amable. Si no te ofrecen, es bronca rápida. Si hay café, puede ser promoción o encerrona.”
Lucía lo miró horrorizada.
“¿Por qué tenéis protocolos emocionales para bebidas?”
“Cinco años aquí dan para mucho.”
A las cuatro menos cinco, Lucía caminó hacia el despacho de Álvaro como quien va a una revisión médica sabiendo que ha buscado demasiados síntomas en internet.
Marta la acompañaba.
“No hables de más.”
“Vale.”
“Contesta claro.”
“Vale.”
“No pidas perdón quince veces.”
“¿Cuántas?”
“Una si sale natural.”
“Vale.”
“Y respira.”
Lucía respiró.
“Me mareo.”
“Respira menos intenso.”
El despacho de Álvaro tenía una mesa grande, una planta alta y una vista de Madrid que en otra circunstancia habría impresionado a Lucía.
En esa circunstancia, solo pensó que era una altura considerable desde la que tirar su carrera profesional.
Álvaro estaba sentado.
Tomás también.
Y había una mujer conectada por videollamada en una pantalla.
Lucía no la conocía.
Álvaro señaló las sillas.
“Sentad.”
No ofreció agua.
Lucía intentó recordar el protocolo de Andrés.
Bronca rápida.
Bien.
Mejor que despido amable, quizá.
Álvaro empezó.
“Hemos revisado el incidente.”
Lucía asintió.
“Sí.”
“Tecnología confirma que tu usuario tenía permisos que no debería haber tenido.”
Tomás añadió:
“Y que el sistema no diferenciaba visualmente de forma clara entre pruebas y producción en ese módulo.”
Marta miró a Lucía como diciendo: ves.
Álvaro continuó.
“Eso no elimina tu responsabilidad.”
Lucía tragó saliva.
“Lo entiendo.”
“Pero cambia el análisis.”
La mujer de la pantalla habló.
“Desde dirección de transformación llevábamos meses hablando de la necesidad de retirar el módulo antiguo de Nova.”
Lucía la miró.
No entendía a dónde iba aquello.
La mujer siguió.
“Era un sistema duplicado, inseguro, lleno de registros inconsistentes y con una dependencia operativa absurda. El incidente de hoy demuestra que el riesgo era real.”
Tomás cruzó los brazos.
“Muy real.”
Álvaro asintió.
“Esta mañana teníamos previsto presentar al comité una propuesta de migración progresiva.”
Marta frunció el ceño.
“No lo sabía.”
“Era preliminar.”
La mujer de la pantalla añadió:
“Después de lo ocurrido, el comité ha pedido acelerar el plan.”
Lucía sintió que el suelo cambiaba de textura.
“Perdón, no entiendo.”
Álvaro la miró.
“Tu error ha obligado a la empresa a afrontar una decisión que estaba retrasando.”
Lucía parpadeó.
“¿Eso es… bueno?”
Tomás respondió:
“No.”
La mujer de la pantalla sonrió.
“Estratégicamente, sí.”
Lucía miró a Marta.
Marta parecía igual de desconcertada.
Álvaro apoyó las manos sobre la mesa.
“Necesitamos construir un relato interno.”
“¿Un relato?”
“Una comunicación.”
Lucía casi prefirió el despido.
“¿Sobre qué?”
“Sobre la desactivación del sistema antiguo y el inicio del plan de transformación.”
Tomás murmuró:
“Desactivación accidental.”
Álvaro lo ignoró.
“La cuestión es que oficialmente no vamos a decir que una becaria pulsó un botón.”
Lucía se encogió.
“Gracias.”
“Tampoco vamos a mentir.”
Marta arqueó una ceja.
Álvaro corrigió:
“No vamos a mentir de forma innecesaria.”
La mujer de la pantalla intervino:
“Se comunicará como una detección crítica de vulnerabilidad operativa durante una revisión de datos.”
Lucía abrió los ojos.
“¿Yo estaba haciendo una revisión de datos?”
Marta dijo en voz baja:
“Técnicamente sí.”
Sergio, que acababa de entrar sin que nadie lo notara, soltó:
“Con entusiasmo destructivo.”
Álvaro lo miró.
“Sergio.”
“Perdón.”
Lucía no sabía dónde poner las manos.
“Entonces… ¿qué va a pasar conmigo?”
Álvaro intercambió una mirada con la mujer de la pantalla.
Tomás suspiró como si le doliera el futuro.
Álvaro habló con solemnidad.
“De momento, seguirás en la empresa.”
Lucía sintió que el aire volvía.
“Gracias.”
“Pero habrá cambios.”
Ahí estaba.
La bajada.
La multa.
La humillación pública.
El traslado a una sala sin ventanas.
Álvaro continuó:
“Queremos que formes parte del equipo temporal de revisión del sistema Nova.”
Lucía no reaccionó.
Marta sí.
“¿Perdona?”
La mujer de la pantalla sonrió.
“Necesitamos a alguien que haya experimentado de primera mano los fallos de usabilidad.”
Sergio se llevó una mano a la cara.
Tomás dijo:
“Esto es una locura.”
Álvaro lo ignoró de nuevo.
“Lucía no tomará decisiones técnicas, evidentemente. Pero participará en la documentación de errores, pruebas de usuario y detección de flujos peligrosos.”
Lucía habló despacio.
“¿Me estáis poniendo a revisar el sistema que he roto?”
Marta murmuró:
“España.”
La mujer de la pantalla dijo:
“Exactamente. Nadie mejor para detectar dónde un usuario puede confundirse.”
Sergio no pudo evitarlo.
“Desde luego, confundirse se ha confundido.”
Lucía lo miró mal por primera vez.
Él levantó las manos.
“Con cariño.”
Álvaro cerró la carpeta.
“Además, por cuestiones organizativas, necesitamos nombrar a una persona coordinadora junior del plan de revisión operativa.”
El despacho se quedó en silencio.
Tomás cerró los ojos.
Marta se quedó mirando a Álvaro.
Sergio abrió la boca.
Lucía pensó que había entendido mal.
“¿Coordinadora junior?”
Álvaro asintió.
“Temporal.”
“¿Yo?”
“Sí.”
Lucía rio.
Una risa pequeña, inadecuada, desesperada.
“Perdón. Pensé que estaba bromeando.”
“Nunca bromeo con estructuras organizativas.”
Sergio murmuró:
“Eso es verdad. Es su principal defecto.”
Marta preguntó:
“Álvaro, ¿estás ascendiendo a la becaria el primer día?”
Álvaro ajustó su americana.
“No lo llamaría ascenso.”
Tomás dijo:
“Yo sí.”
La mujer de la pantalla sonrió más.
“Es una reasignación estratégica de funciones.”
Lucía sintió que el universo se había dado un golpe en la cabeza.
“Pero he borrado la base de datos.”
Álvaro respondió con calma:
“Has revelado una vulnerabilidad crítica.”
“Sin querer.”
“Muchas innovaciones empiezan así.”
Sergio susurró:
“También muchos incendios.”
Marta le pisó el pie debajo de la mesa.
Lucía miró a todos.
“¿Esto significa que cobro más?”
Tomás abrió los ojos.
La mujer de la pantalla se congeló.
Álvaro carraspeó.
“Lo revisaremos.”
Lucía asintió.
“Entonces de momento es un ascenso emocional.”
Marta no pudo contener una carcajada.
Incluso Sergio se rió.
Tomás no.
Álvaro tampoco, pero sus labios temblaron un poco.
Y así, antes de cumplir ocho horas en su primer empleo serio, Lucía Ramos pasó de ser la becaria que no debía tocar nada raro a la coordinadora junior temporal de revisión operativa del sistema que había dejado medio vacío.
Cuando salió del despacho, la oficina entera la miró.
Andrés levantó las cejas.
“¿Agua, café o nada?”
Lucía se detuvo junto a su mesa.
“Cargo nuevo.”
Andrés dejó el café a medio camino de la boca.
“No me fastidies.”
Marta dijo:
“No preguntes.”
Pero ya era tarde.
La noticia corrió más rápido que el desastre inicial.
Y esta vez la versión fue única.
La becaria había borrado la base de datos.
Y la habían ascendido.
Parte 3
A las nueve de la mañana siguiente, Lucía llegó a Nubalia Solutions con la sensación de estar entrando en una secuela que nadie había pedido.
La noche anterior apenas había dormido.
Había cenado una tortilla francesa que se le quedó mirando desde el plato como si también estuviera decepcionada.
Su madre la llamó a las diez.
“¿Qué tal el primer día, hija?”
Lucía miró al techo.
“Intenso.”
“¿Te trataron bien?”
“Me ascendieron.”
Hubo un silencio.
Luego su madre gritó hacia el salón:
“¡Manolo, a la niña la han ascendido!”
Lucía cerró los ojos.
“No exactamente.”
Su padre cogió el teléfono.
“¿Pero no era el primer día?”
“Sí.”
“¿Y qué hiciste?”
Lucía tardó tres segundos en responder.
“Detecté una vulnerabilidad.”
“Eso suena bien.”
“Fue sin querer.”
“Como casi todo lo importante en esta familia.”
Lucía decidió no explicar más.
Al llegar a la oficina, descubrió que su taza de bienvenida había sido modificada.
Alguien había pegado un post-it debajo de “Welcome, Lucía”.
Ahora decía:
“Y gracias por la transformación digital.”
Lucía miró alrededor.
Andrés levantó la mano desde su mesa.
“No he sido yo.”
“Has sido tú.”
“Sí.”
Lucía sonrió a pesar de todo.
En su escritorio había un correo de Álvaro enviado a toda la empresa.
Asunto: “Inicio del Plan Nova: revisión operativa y transformación de sistemas.”
Lucía lo abrió con miedo.
El texto era una obra maestra de gimnasia corporativa.
Decía que durante una revisión interna se había identificado la necesidad urgente de modernizar procesos.
Decía que la organización había decidido acelerar el plan de transformación.
Decía que se había creado un equipo temporal multidisciplinar.
Y, en el tercer párrafo, aparecía ella.
“Lucía Ramos apoyará la coordinación junior de las pruebas de usuario y documentación de puntos críticos.”
Lucía leyó la frase tres veces.
No ponía becaria.
No ponía “primer día”.
No ponía “la persona que casi nos manda a imprimir facturas en piedra”.
Solo ponía coordinación junior.
Sergio apareció con dos cafés.
“Buenos días, jefa.”
Lucía lo miró.
“No empieces.”
“Perdón. Buenos días, coordinadora accidental.”
“Peor.”
“Estoy probando títulos.”
Andrés se acercó.
“Yo voto por directora de borrado estratégico.”
Lucía señaló a los dos.
“Necesito que dejéis de disfrutar tanto.”
Sergio dejó un café sobre la mesa.
“En realidad vengo a trabajar. Marta quiere que empecemos con el mapa de errores.”
“¿Mapa de errores?”
“Sí. Vamos a documentar todo lo que puede confundir a un usuario normal.”
Lucía lo miró.
“¿Usuario normal soy yo?”
“En este contexto, eres nuestro laboratorio humano.”
“Qué bonito.”
“Con cariño.”
Entraron en una sala pequeña llamada “Cantábrico”, que tampoco tenía nada de Cantábrico salvo una foto de olas y una humedad psicológica considerable.
Marta ya estaba allí con un portátil.
También estaba Rubén, el hombre que según Andrés había enviado los sueldos a toda la empresa.
Rubén era de comunicación interna.
Tenía barba, camisa estampada y una energía de persona que usaba palabras como “narrativa” incluso para hablar del menú del día.
“Lucía, un placer.”
“Hola.”
“He oído hablar mucho de ti.”
“Me lo imagino.”
“Desde comunicación queremos ayudarte a posicionar bien tu rol.”
Lucía se sentó despacio.
“¿Posicionar mi rol significa que la gente deje de mirarme como si hubiera atropellado el servidor?”
Rubén se quedó pensando.
“Es una forma muy gráfica de decirlo.”
Marta abrió la reunión.
“Vamos al grano. Tenemos tres problemas. Uno técnico, uno operativo y uno cultural.”
Sergio levantó la mano.
“Y uno emocional. Tecnología sigue sensible.”
Marta asintió.
“Cuatro problemas.”
Rubén sonrió.
“Culturalmente, esto puede convertirse en una oportunidad.”
Lucía lo miró.
“¿De verdad todo aquí se convierte en oportunidad?”
Andrés, que había entrado sin invitación con una libreta, respondió:
“Menos los yogures robados.”
Marta lo señaló.
“¿Tú por qué estás aquí?”
“Represento al usuario medio desconfiado.”
“Siéntate y no molestes.”
Andrés se sentó encantado.
Sergio conectó su portátil a la pantalla.
“Este es el módulo donde Lucía ejecutó la consolidación.”
En la pantalla apareció el panel.
Lucía sintió un escalofrío.
El botón seguía allí.
Rojo.
Soberbio.
Como si no hubiera hecho nada malo.
Sergio señaló.
“Problema uno: el entorno de pruebas y producción tienen diseño casi idéntico.”
Lucía dijo:
“Confirmo.”
“Problema dos: el menú de administrar está demasiado cerca de acciones básicas.”
“Confirmo mucho.”
“Problema tres: las alertas usan lenguaje ambiguo. Por ejemplo, ‘proceso recomendado’.”
Lucía se inclinó.
“Eso debería estar prohibido.”
Marta tomó nota.
“¿Qué entendiste tú al leer recomendado?”
“Que era algo que debía hacer. Como cuando el dentista te recomienda usar hilo dental. Luego no lo haces, pero sabes que es lo correcto.”
Andrés intervino:
“Yo cuando leo recomendado pienso que si no lo hago, luego me juzgará el sistema.”
Rubén apuntó algo.
“Interesante.”
Marta lo miró.
“Rubén, no conviertas esto en una campaña.”
“Demasiado tarde, ya tengo un lema.”
“No.”
Sergio siguió.
“Problema cuatro: permisos. Un usuario de beca no puede tener acciones globales.”
Lucía levantó la mano.
“Gracias por decirlo así.”
“Es lo que es.”
Marta añadió:
“Y problema cinco: formación. No podemos soltar a alguien nuevo con acceso a sistemas sin una guía clara.”
Lucía sintió un alivio extraño.
Por primera vez desde el desastre, la conversación no trataba solo de su culpa.
Trataba de un sistema que parecía diseñado por alguien que nunca había conocido a una persona nerviosa.
Durante dos horas, Lucía fue explicando cada duda que le había surgido.
Qué botones parecían importantes.
Qué mensajes confundían.
Qué palabras sonaban tranquilizadoras cuando no debían.
Qué carpetas tenían nombres absurdos.
Cuando mencionó Proyecto Nova Final Ahora Sí, Sergio se tapó la cara.
“Eso viene de 2022.”
Marta preguntó:
“¿Por qué sigue existiendo?”
Sergio respondió:
“Porque nadie se atreve a borrar carpetas.”
Todos miraron a Lucía.
Ella levantó ambas manos.
“Ni se os ocurra.”
A media mañana, Álvaro pasó por la sala.
“¿Cómo va el equipo?”
Rubén respondió:
“Estamos construyendo una narrativa de aprendizaje transversal.”
Marta dijo:
“Estamos arreglando botones.”
Álvaro prefirió la versión de Rubén.
“Excelente.”
Miró a Lucía.
“¿Cómo te sientes en el nuevo rol?”
Lucía dudó.
“Como si me hubieran dado un paraguas durante un terremoto.”
Álvaro asintió, como si fuera una metáfora de consultoría.
“Bien. Adaptabilidad.”
Cuando se fue, Andrés susurró:
“Podrías decir cualquier cosa y él la convertiría en competencia profesional.”
Lucía sonrió.
“Mi gato se cayó del sofá.”
“Gestión de crisis doméstica.”
A las doce, llegó el primer conflicto serio.
Un correo de ventas.
Asunto: “Urgente: clientes bloqueados por Plan Nova.”
El responsable de ventas, un hombre llamado Ernesto que hablaba siempre como si estuviera cerrando una operación inmobiliaria, entró en la sala sin llamar.
“Necesito saber quién ha decidido paralizar el acceso a históricos.”
Marta levantó la vista.
“Buenos días, Ernesto.”
“No son buenos, Marta. Tengo a tres clientes esperando información.”
Sergio respondió:
“Los históricos se están validando para no mostrar datos incorrectos.”
Ernesto miró a Lucía.
“¿Y ella?”
Lucía notó el tono.
Ella.
No Lucía.
No coordinadora.
Ella.
Marta respondió:
“Lucía está apoyando la revisión.”
Ernesto soltó una risa corta.
“Ah, perfecto. La persona que causó el problema ahora revisa el problema.”
Lucía bajó la mirada.
Marta se enderezó.
“Cuidado.”
Ernesto alzó las manos.
“Solo digo que suena raro.”
Andrés murmuró:
“Suena Nubalia.”
Marta ignoró el comentario.
“Ernesto, si necesitas históricos validados, nos mandas la lista y priorizamos. Pero nadie va a usar datos dudosos para prometer cosas a clientes.”
“Mis clientes no esperan.”
“Tus clientes esperan menos si no les vendes humo.”
El ambiente se tensó.
Ernesto miró otra vez a Lucía.
“Espero que esta vez no pulses nada.”
Lucía sintió un golpe en el estómago.
Antes de que pudiera responder, Marta dijo:
“Ernesto, fuera.”
Él parpadeó.
“¿Perdona?”
“He dicho fuera. Cuando quieras hablar de operaciones, vuelves. Cuando quieras hacer chistes malos, vete a un monólogo.”
Ernesto apretó la mandíbula.
“Esto lo hablaré con Álvaro.”
“Llévale café. Le gustan las estructuras organizativas.”
Ernesto salió.
La sala quedó en silencio.
Lucía miró a Marta.
“Gracias.”
Marta siguió escribiendo.
“No le des las gracias. Ernesto es así con todo el mundo. Una vez culpó a la impresora de perder una venta.”
Andrés añadió:
“La impresora pidió traslado.”
Lucía se rio, pero le temblaba un poco la voz.
Sergio lo notó.
“Eh. No eres el chiste de la empresa.”
Lucía lo miró.
“Un poco sí.”
“Bueno. Pero temporalmente. Aquí todos rotamos.”
Rubén levantó la vista.
“Podemos trabajar un mensaje interno para evitar culpabilización individual.”
Marta lo señaló.
“Eso sí.”
Rubén se iluminó.
“¿Ves? Narrativa.”
Por la tarde, Lucía empezó a ganarse su cargo accidental.
No porque supiera más que los demás.
Precisamente porque no sabía.
Se dio cuenta de que el manual interno decía:
“Acceder al módulo de reconciliación y revisar entidades huérfanas.”
Lucía levantó la mano.
“Perdón, ¿entidades huérfanas qué son?”
Sergio respondió:
“Registros sin relación principal.”
“Entonces poned eso.”
“Es más largo.”
“Pero se entiende.”
Marta apuntó.
Luego el sistema mostraba un botón que decía “Purgar inconsistencias”.
Lucía se negó.
“Eso suena fatal.”
Sergio dijo:
“Es el término técnico.”
“Purgar suena a película de miedo. Poned ‘Revisar y eliminar errores seleccionados’.”
Andrés asintió.
“Estoy con ella. Purgar no se pulsa sobrio.”
Marta apuntó otra vez.
Luego encontraron una ventana que preguntaba:
“¿Desea proceder?”
Lucía dijo:
“¿Proceder a qué? Esa pregunta la hace un villano.”
Sergio empezó a reír.
Marta también.
Incluso Rubén.
Lucía continuó:
“Si va a cambiar datos reales, tiene que decir: ‘Esto afectará a datos reales de clientes’. No ‘proceder’, como si estuviéramos en un ascensor elegante.”
Sergio se recostó.
“Estoy empezando a pensar que tu desastre nos va a ahorrar otro peor.”
Lucía no supo qué responder.
Por primera vez, el cargo no le pareció completamente ridículo.
A las seis, cuando casi todos se habían ido, Marta se acercó a su mesa.
“Buen trabajo hoy.”
Lucía levantó la mirada.
“¿De verdad?”
“Sí.”
“¿No lo dices porque te doy pena?”
“Te di pena ayer. Hoy has trabajado.”
Lucía sonrió.
“Gracias. Creo.”
Marta se sentó en la silla de Andrés, que no estaba.
“Ernesto no será el único que haga comentarios.”
“Ya.”
“La empresa puede ser cruel cuando necesita simplificar una historia. Es más fácil decir ‘la becaria la lió’ que decir ‘teníamos un sistema viejo, permisos mal dados, manuales incomprensibles y carpetas llamadas Final Ahora Sí’.”
Lucía miró su taza.
“Pero yo la lié.”
“Sí.”
“Me gusta que no me quites eso tampoco.”
“No te ayuda que te diga que no hiciste nada. Pero tampoco te ayuda cargar con lo que no es tuyo.”
Lucía asintió.
“¿Tú crees que Álvaro realmente piensa que esto fue una oportunidad?”
Marta soltó una pequeña risa.
“Álvaro piensa en presentaciones. Si algo cabe en una diapositiva con flechas, le parece gestionable.”
“¿Y yo que soy?”
“Ahora mismo, una flecha.”
Lucía se rio.
“Genial. Mamá, soy una flecha.”
Marta se levantó.
“Vete a casa. Mañana seguimos.”
Lucía apagó el portátil con un cuidado casi ceremonial.
Antes de irse, vio un mensaje nuevo de Andrés.
“No olvides cerrar sesión, que ya has hecho suficiente historia.”
Lucía sonrió.
Salió del edificio cuando Madrid empezaba a ponerse dorado.
En la calle, su móvil vibró.
Un mensaje de su padre.
“Tu madre dice que si te han ascendido tan pronto, preguntes por vacaciones.”
Lucía se echó a reír sola en medio de la acera.
Y por primera vez en dos días, la risa no fue nerviosa.
Parte 4
El plan Nova duró tres semanas.
Tres semanas en las que Lucía aprendió más sobre empresas, personas y botones peligrosos de lo que cualquier máster habría podido enseñarle sin cobrarle ocho mil euros.
Aprendió que tecnología siempre dice “esto es rápido” antes de descubrir siete dependencias ocultas.
Aprendió que finanzas desconfía de cualquier frase que incluya la palabra “estimado”.
Aprendió que ventas considera urgente cualquier cosa que ocurra antes de 2030.
Aprendió que comunicación interna puede convertir una avería en una “evolución natural de los procesos”.
Y aprendió que ser becaria en una empresa moderna no significa hacer café.
Significa tener acceso a sistemas que nadie entiende del todo mientras finges seguridad frente a personas que también están fingiendo.
El equipo temporal se convirtió en una especie de familia disfuncional.
Marta era la capitana cansada.
Sergio, el técnico sarcástico que explicaba conceptos complejos con metáforas de bares malos.
Andrés, el usuario medio desconfiado que opinaba de todo y acertaba más de lo que debería.
Rubén, el poeta corporativo que quería llamar al nuevo manual “Nova: una nueva forma de mirar los datos”.
Tomás aparecía de vez en cuando para preguntar cuánto costaba cada decisión.
Y Lucía, la coordinadora junior accidental, hacía preguntas tan simples que a veces desmontaban reuniones enteras.
Una mañana, durante una sesión con dirección, Sergio presentó el nuevo sistema de permisos.
“Ahora los usuarios nuevos tendrán acceso limitado por defecto. No podrán ejecutar acciones globales sin aprobación doble.”
Álvaro asintió.
“Bien.”
Lucía levantó la mano.
“¿Y cómo sabe el usuario que está pidiendo una aprobación doble?”
Sergio señaló la pantalla.
“Le sale este mensaje.”
Lucía leyó:
“Solicitud enviada al supervisor competente para validación de acción administrativa avanzada.”
Se quedó en silencio.
Sergio la miró.
“¿Qué?”
“Eso no lo entiende nadie.”
Tomás, desde el fondo, dijo:
“Yo tampoco.”
Sergio suspiró.
“¿Qué pondrías?”
Lucía pensó.
“Has pedido permiso para hacer un cambio importante. Tu responsable debe aprobarlo antes.”
La sala quedó callada.
Marta sonrió.
“Pon eso.”
Sergio tecleó.
Rubén susurró:
“Es menos elegante.”
Marta respondió:
“Es más útil.”
Rubén aceptó la derrota con dignidad.
Otro día revisaron los nombres de carpetas.
El objetivo era eliminar duplicados y nombres absurdos.
Lucía propuso una norma básica.
“Si una carpeta se llama Final, no puede haber otra que se llame Final Bueno.”
Andrés levantó la mano.
“¿Y si la final no era buena?”
“Entonces no era final.”
Marta señaló a Lucía.
“Acta.”
Rubén escribió.
Sergio añadió:
“¿Y Final Ahora Sí?”
Lucía lo miró.
“Esa carpeta debería ir a un museo de errores nacionales.”
El nuevo manual incluyó ejemplos claros, capturas de pantalla y advertencias con lenguaje humano.
No decía “purgar”.
No decía “proceder”.
No decía “entidades huérfanas” sin explicación.
Y, sobre todo, producción dejó de parecerse a pruebas.
El entorno real tenía ahora una franja roja enorme en la parte superior:
“DATOS REALES. CUIDADO.”
Lucía la vio y suspiró.
“Esto sí me lo habría pensado.”
Sergio cruzó los brazos.
“También hemos añadido un bloqueo de diez segundos antes de ejecutar acciones críticas.”
“¿Diez segundos?”
“Sí. Y un mensaje que obliga a escribir la palabra CONFIRMAR.”
Lucía se tensó.
“¿No sería mejor escribir ‘entiendo que esto afecta a datos reales’?”
Sergio la miró.
“¿Quieres hacer sufrir a la gente?”
“Quiero que no haya otra Lucía.”
Andrés, desde una silla al fondo, dijo:
“España no está preparada para dos.”
Con los días, los comentarios sobre su error fueron bajando.
No desaparecieron.
En una oficina nada desaparece del todo.
Simplemente se convierte en referencia.
Cuando alguien iba a pulsar algo dudoso, decía:
“Voy a hacer un Lucía.”
Lucía al principio se hundía.
Luego empezó a responder:
“Hazlo bien, que mi marca tiene estándares.”
La frase gustó.
Demasiado.
Un viernes apareció una pegatina en la cafetera:
“No hagas un Lucía antes del café.”
Lucía miró a Andrés.
“No he sido yo.”
“Has sido tú.”
“Sí.”
Pero algo cambió después de la segunda semana.
Empezaron a preguntarle cosas en serio.
Una chica nueva de atención al cliente se acercó con el portátil.
“Lucía, perdona, ¿esto se puede tocar?”
Lucía miró la pantalla.
“¿Qué quieres hacer?”
“Actualizar una dirección.”
“Eso sí. Pero no desde ese menú. Desde aquí.”
“Gracias. Es que me daba miedo liarla.”
Lucía sonrió.
“A mí también.”
Un administrativo de finanzas le pidió revisar un formulario.
“Si tú lo entiendes, lo damos por bueno.”
Tomás le mandó un correo escueto:
“Tu comentario sobre el flujo de validación redujo incidencias. Bien.”
Lucía lo leyó tres veces.
Era probablemente la versión financiera de un abrazo.
Marta, por su parte, empezó a tratarla menos como una becaria protegida y más como una persona en aprendizaje.
Le corregía sin suavizar demasiado.
Le exigía puntualidad en documentos.
Le hacía rehacer notas cuando eran confusas.
“Esto no lo entiende nadie, Lucía.”
“Lo ha escrito Sergio.”
“Pues lo has pegado tú.”
“Vale.”
“Rehazlo.”
Y Lucía lo rehacía.
Una tarde, mientras revisaban incidencias, Marta le preguntó:
“¿Qué quieres hacer después de las prácticas?”
Lucía se quedó pensando.
“Habría dicho marketing.”
“¿Y ahora?”
“No lo sé. Me gusta entender cómo se rompen las cosas.”
Marta sonrió.
“Eso es muy útil.”
“Mi madre preferiría que dijera algo con más glamour.”
“Dile transformación de experiencia operativa.”
“¿Eso existe?”
“Desde que lo digas con seguridad, sí.”
Al final de la tercera semana, Álvaro convocó una reunión general.
Toda la oficina se reunió en la zona común.
Algunos de pie.
Otros sentados en mesas.
La cafetera haciendo ruido al fondo, como siempre en los momentos importantes.
Álvaro se colocó frente a la pantalla grande.
A su lado estaban Marta, Tomás y la mujer de transformación, que esta vez había venido en persona y se llamaba Clara.
Lucía estaba entre Andrés y Sergio.
“No me gusta esto,” murmuró.
Andrés respondió:
“Si ofrecen café, ya sabes.”
“Hay café.”
“Entonces puede ser cualquier cosa.”
Álvaro empezó con su tono de presentación.
“Equipo, quería agradeceros el esfuerzo de estas semanas durante el Plan Nova.”
En la pantalla apareció una diapositiva con flechas azules.
Marta susurró:
“Ya estamos.”
Álvaro continuó.
“Hemos migrado procesos críticos, reducido riesgos operativos y mejorado la seguridad de acceso a datos.”
Sergio murmuró:
“Y dormido poco.”
“Eso no lo pondrán,” dijo Andrés.
Álvaro pasó a la siguiente diapositiva.
“También hemos aprendido una lección importante: los sistemas deben diseñarse para personas reales, no para manuales ideales.”
Lucía levantó la vista.
Esa frase no sonaba a Álvaro.
Sonaba a Marta.
O quizá a ella.
“En ese sentido,” siguió Álvaro, “quiero reconocer especialmente el trabajo del equipo de revisión operativa.”
Aparecieron nombres.
Marta.
Sergio.
Andrés.
Rubén.
Tomás.
Y Lucía.
Algunos aplaudieron.
Lucía sintió calor en la cara.
Luego Álvaro dijo:
“Lucía, ¿puedes acercarte un momento?”
Lucía dejó de respirar.
“No.”
Andrés le dio un empujoncito.
“Sí.”
“No quiero.”
“Demasiado tarde, flecha.”
Lucía caminó hacia delante con la elegancia de alguien que intenta no tropezar con su propia reputación.
Álvaro le sonrió.
“Lucía llegó a Nubalia en un momento complejo.”
Sergio tosió.
Marta lo miró.
Álvaro siguió.
“Y ha demostrado honestidad, capacidad de aprendizaje y una mirada fresca que nos ha ayudado a detectar problemas que llevaban demasiado tiempo normalizados.”
Lucía miró al suelo.
Le habría gustado que su madre estuviera allí.
Y al mismo tiempo no, porque habría grabado todo con el móvil en vertical y habría dicho “mira qué guapa mi niña” en voz alta.
Álvaro continuó.
“Por eso, hemos decidido formalizar su incorporación al equipo de operaciones durante el resto del programa de prácticas, con una beca ampliada y funciones definidas de apoyo a experiencia de usuario interna.”
Lucía levantó la cabeza.
“¿Beca ampliada?”
Tomás, desde un lado, dijo:
“Moderadamente.”
La oficina rio.
Álvaro le entregó una carpeta.
“No es un ascenso por error esta vez.”
Lucía miró la carpeta.
Luego miró a Marta.
Marta asintió.
Sergio sonreía.
Andrés parecía a punto de llorar de risa o de orgullo, era difícil saberlo.
Lucía tomó la carpeta.
“Gracias.”
Álvaro le cedió el espacio.
“¿Quieres decir algo?”
Lucía se quedó paralizada.
No había preparado nada.
Miró a la oficina.
A Ernesto, que estaba al fondo con los brazos cruzados, aunque ya no parecía tan hostil.
A Beatriz, que sonreía.
A Rubén, que probablemente estaba pensando un título para aquel momento.
A Sergio, que levantó los pulgares.
A Andrés, que susurró:
“No menciones la base de datos.”
Lucía respiró.
“Bueno… yo solo quería decir que gracias.”
Se oyó una pequeña risa.
Lucía siguió.
“Llegué aquí pensando que una base de datos era básicamente una tabla grande con autoestima.”
Más risas.
Marta bajó la cabeza sonriendo.
“Y el primer día cometí un error enorme. No voy a disfrazarlo. Pulsé donde no debía, no pregunté cuando tenía dudas y aprendí de la forma más humillante posible que la palabra ‘recomendado’ puede ser una trampa.”
Sergio aplaudió una vez.
Alguien dijo:
“¡Muy cierto!”
Lucía continuó:
“Pero también aprendí que, si un sistema se rompe porque una persona nueva se equivoca, quizá el sistema también tenía que mejorar. Y agradezco que, en vez de echarme directamente por la puerta giratoria, me dejarais ayudar a arreglarlo.”
Miró a Marta.
“Sobre todo gracias a Marta, por no matarme con la mirada más de lo estrictamente necesario.”
La oficina rio fuerte.
Marta levantó una mano.
“Me contuve mucho.”
Lucía sonrió.
“Y gracias a Sergio por traducir tecnología a idioma humano. A Andrés por traer cafés y burlarse con cariño. Y a todos los que ahora dicen ‘hacer un Lucía’ antes de pulsar un botón… solo pido que lo hagáis con responsabilidad.”
Andrés empezó a aplaudir.
Otros se sumaron.
Incluso Tomás.
Poco, pero aplaudió.
Ernesto también dio dos palmadas discretas, como quien paga una deuda moral en monedas pequeñas.
Después de la reunión, la gente se dispersó.
Beatriz se acercó.
“Enhorabuena.”
“Gracias.”
“Por cierto, tenemos que actualizar tu documentación.”
“¿Más firmas?”
“Siempre hay más firmas.”
Sergio apareció.
“Coordinadora oficial de cosas que no deben pulsarse.”
Lucía sonrió.
“Experiencia de usuario interna.”
“Eso he dicho.”
Andrés llegó con una taza nueva.
“No puede ser.”
“Sí puede.”
Lucía la cogió.
Esta vez decía:
“Think before clicking.”
Debajo, alguien había escrito con rotulador:
“Preguntar también vale.”
Lucía se rio.
“Esta me representa más.”
Marta se acercó al grupo.
“Disfrutad cinco minutos y luego volvemos. El sistema nuevo no se revisa solo.”
Andrés suspiró.
“Siempre destruyendo momentos bonitos.”
Marta lo miró.
“Productividad emocional.”
Rubén, pasando por detrás, dijo:
“Eso es un concepto potente.”
“No,” dijeron Marta y Lucía a la vez.
Aquel día, al salir, Lucía llamó a su madre.
“¿Qué tal, hija?”
“Creo que ahora sí me han ascendido un poco.”
“¿Otra vez?”
“No. Esta vez con sentido.”
“¿Y pagan más?”
“Moderadamente.”
“Eso qué significa?”
“Que Tomás existe.”
Su madre no entendió nada, pero celebró igual.
Su padre cogió el teléfono.
“¿Has tocado algo raro hoy?”
Lucía miró la entrada del metro.
La gente bajaba deprisa.
Una señora discutía con una máquina de billetes.
Un chico buscaba el abono en todos los bolsillos.
Madrid seguía funcionando a base de prisa, errores pequeños y gente intentando parecer que controlaba la situación.
Lucía sonrió.
“He tocado cosas, pero preguntando antes.”
“Eso ya es una carrera profesional.”
“Puede.”
“Estoy orgulloso de ti.”
Lucía no respondió enseguida.
Le ardieron un poco los ojos.
“Gracias, papá.”
Guardó el móvil y bajó las escaleras del metro.
Al día siguiente volvería a la oficina.
Volvería a revisar mensajes raros, botones confusos, carpetas mal llamadas y procesos que parecían escritos por robots con prisa.
Volvería a escuchar bromas sobre la base de datos.
Volvería a equivocarse, aunque esperaba que a menor escala.
Pero ya no entraría como la becaria que borró algo importante.
O no solo como eso.
Entraría como la persona que se equivocó, lo dijo, se quedó y ayudó a arreglarlo.
Y en Nubalia Solutions, una empresa donde las carpetas se llamaban Final Bueno y los yogures desaparecían como pruebas en una película mala, aquello era casi revolucionario.
Semanas después, cuando llegó otro becario nuevo, Beatriz lo llevó hasta su mesa con la misma carpeta azul y la misma sonrisa automática.
El chico se llamaba Iván.
Tenía cara de susto y una taza que decía “Welcome, Iván”.
Lucía lo vio sentarse, mirar el portátil y abrir mucho los ojos ante la cantidad de iconos.
Se acercó con calma.
“Hola, soy Lucía.”
“Hola. Primer día.”
“Lo sé. Se te nota.”
Iván rio nervioso.
“¿Tanto?”
“Un poco. No pasa nada.”
Él señaló la pantalla.
“Me han dicho que revise unos datos, pero no quiero tocar nada que no deba.”
Lucía sonrió.
Esa frase le sonó a música celestial.
“Perfecto. Primera norma: si dudas, preguntas.”
Iván asintió.
“Vale.”
“Segunda norma: si un botón parece demasiado importante, probablemente lo es.”
“Vale.”
“Tercera norma: producción no se toca sin entender qué estás haciendo.”
Iván miró la franja roja enorme de la pantalla.
“Sí, eso lo pone bastante claro.”
Lucía miró aquella franja y sintió una satisfacción íntima.
“Ahora sí.”
Iván dudó.
“Me han contado una historia de una becaria que…”
Lucía levantó una ceja.
“Cuidado con cómo acaba esa frase.”
Iván se puso rojo.
“Perdón.”
Lucía se apoyó en la mesa.
“Te la cuento yo. Una becaria la lió muchísimo porque el sistema era confuso y ella no preguntó. Luego ayudó a cambiar el sistema para que el siguiente becario no la liara igual. Fin.”
Iván sonrió.
“Buen final.”
“No está mal.”
Desde su mesa, Andrés gritó:
“¡Falta la parte en la que la ascienden por error!”
Lucía se giró.
“¡Andrés!”
Sergio apareció detrás de una pantalla.
“¡Y la parte del botón rojo!”
Marta salió de la pecera.
“¿Podéis dejar trabajar al nuevo cinco minutos antes de traumatizarlo?”
Iván miró a Lucía.
“¿Siempre es así?”
Lucía observó la oficina.
Andrés fingiendo inocencia.
Sergio con un cable en la mano.
Marta con cara de lunes aunque era jueves.
Rubén hablando con alguien sobre una campaña interna llamada “Preguntar es avanzar”.
La cafetera gruñendo como si también tuviera contrato.
Y la taza de Lucía, junto al teclado, recordándole que pensar antes de clicar estaba bien, pero preguntar antes de hundirse era mejor.
“Sí,” dijo Lucía.
“Siempre es así.”
Iván tragó saliva.
“Vale.”
Lucía le dio una palmada suave en el hombro.
“No te preocupes. Nadie sabe muy bien qué está pasando.”
Iván la miró.
“¿Eso es tranquilizador?”
Lucía sonrió.
“En esta empresa, muchísimo.”