La mujer que abrió la puerta para que todas las que vinieron después tuvieran un camino por donde caminar. Cuando Jacki se cñó ese cinturón, no estaba sola en el ring, estaba abriendo el camino para todas las niñas mexicanas que algún día iban a soñar con hacer lo mismo. Y desde entonces Jacki no paró. Nueve campeonatos del mundo en dos divisiones distintas, 23 peleas titulares.
Una racha que parecía no terminar nunca. La princesa azteca se convirtió en lo que hoy todos reconocen, incluso Eddie Reynoso, el entrenador del propio Canelo, que dijo sin titubear que Jacki es la mejor boxeadora mexicana de todos los tiempos, la más grande. Pero al otro lado del mapa, mientras Jacki se forjaba en Tijuana, en el centro del país nacía otra historia paralela, igual de poderosa, igual de épica, la historia de Mariana Juárez.
Mariana nació en Tlaxcala, pero creció en la ciudad de México, en sus barrios, en sus colonias populares, en esa metrópoli inmensa que devora a los débiles y eleva a los fuertes. Desde niña le decían la Barbie porque era guapa, porque era delicada, porque parecía una muñeca y a ella eso la enfurecía, porque dentro de esa cara bonita había un huracán esperando a salir.
Mariana no quería ser muñeca de nadie. Mariana quería romperle la cara a todo el que la subestimara. Mariana debutó como profesional en 1998, 3 años antes que Jacki, léelo bien, 3 años antes, porque cuando Jackie estaba dando sus primeros pasos, la Barbie ya estaba abriéndose paso a codazos en gimnasios de la capital, donde los hombres se reían cuando la veían entrar.
Mariana tenía un hub punzante que parecía un latigazo. Tenía una agresividad que rompía planes de pelea. Tenía una capacidad de soportar castigo que nadie podía explicarse porque debajo de esa cara de muñeca había una mandíbula de granito y un corazón de fierro forjado a martillazos. La Barbie coleccionó cinco campeonatos mundiales en tres divisiones distintas.
13 defensas exitosas en peso mosca, nueve más en peso gallo, 69 peleas profesionales antes de subirse al ring de Tijuana esa noche de octubre. 517 rounds disputados en su carrera. 517 rounds. Para que entiendas la dimensión, esos son más de 1000 minutos siendo golpeada en la cara por mujeres profesionales que querían arrancarle la cabeza.
Y ahí seguía la Barbie sonriendo, coqueteando con el público, bailando en el ring, saludando a sus fans, convertida en una de las atletas más queridas y más reconocidas de México, no solo por sus puños, sino por su carisma, por su simpatía, por esa capacidad única de hacerte sentir que aunque estuviera molida a golpes, todavía tenía energía para regalarte una sonrisa y una foto.
Y aquí está el problema, querido espectador. Aquí está el drama que durante más de una década tuvo a todo el boxeo mexicano con el alma en un hilo. Estas dos mujeres, las dos máximas exponentes del boxeo femenil mexicano, las dos pioneras, las dos campeonas, las dos iconos, nunca se habían enfrentado, nunca.
En 10, 15, 20 años de carreras paralelas, nunca habían cruzado guantes. Y la culpa no era de ninguna de las dos en particular. La culpa era de un ecosistema que durante años no quiso pagar lo que esa pelea valía. La culpa era de promotores que preferían cuidar el negocio en lugar de hacer historia. La culpa era de calendarios que nunca cuadraban, de divisiones que no coincidían, de cinturones que se interponían, de egos heridos, de declaraciones cruzadas, de promesas que se hacían en la zona mixta y se rompían a la semana siguiente. En
agosto de 2018, todo parecía listo. Coincidieron en una cartelera en la Arena Ciudad de México. Hubo abrazos, hubo fotos, hubo un pacto de palabra a la salida del recinto. Iban a pelear en noviembre de ese año. La afición estalló de emoción y entonces, silencio. Mariana firmó contra otra rival. La pelea se cayó.
Jackiei, herida, lo dijo años después con una franqueza que dolió. Dijo que se había molestado mucho, que había sido casi una traición, que había sentido que la habían usado. Hubo un segundo intento. Mayo de 2020. Esta vez sí estaba todo firmado. Anunciado por el propio presidente del Consejo Mundial de Boxeo, Mauricio Suleimán.
Cinturón en disputa, promoción en marcha y entonces el mundo se cayó. La pandemia del COVID-19 paralizó al planeta entero. Las arenas cerraron, los aviones dejaron de volar y la pelea se canceló otra vez y otra vez los aficionados al boxeo femenil mexicano apretaron los puños y maldijeron al destino. Porque parecía que esta pelea jamás iba a suceder.
Parecía que estas dos mujeres se iban a retirar sin haberse visto las caras, dejando a México con la espina clavada de no saber nunca quién era la mejor. Hubo un tercer intento. Cartelera de Canelo Álvarez contra Caleb Plant en noviembre de 2021. Las dos mexicanas como pelea coestelar. Una idea hermosa, una idea épica, una idea que hubiera llevado el boxeo femenil mexicano a su pico de exposición histórico y otra vez, no sin explicación pública, sin causas claras, solo un no frío que dejó a todo mundo con la boca abierta. Jacki,
indignada, lo dijo en una entrevista que se hizo viral. Lamentaba que esta pelea no figurara en una cartelera con el peso que merecía. Y la afición empezó a temer otra vez que esto nunca iba a pasar. Pero entonces, cuando ya nadie esperaba nada, cuando ya todos pensábamos que nos íbamos a quedar para siempre con la duda, Sanfer Promotions y Box Azteca se pusieron las pilas.
Fernando Beltrán, uno de los promotores más respetados de México, decidió que ya bastaba, que esta pelea tenía que pasar, que el aniversario 15 de Box Azteca era el escenario perfecto, que el mes rosa, el mes de la lucha contra el cáncer de mama, era la causa perfecta y que Tijuana, la ciudad de Jacki, era la sede perfecta.
La fecha quedó marcada con tinta roja en el calendario. Sábado 30 de octubre de 2021. Auditorio Municipal de Tijuana. 10 rounds de 2 minutos. Cinturón diamante rosa del Consejo Mundial de Boxeo en Juego. La pelea que México había esperado por más de una década finalmente iba a suceder. La semana de la pelea fue distinta a todo lo anterior.
No hubo el habitual trash talk, no hubo amenazas cruzadas, no hubo careos donde tuvieran que separar a los entrenadores. Algo había cambiado. Quizás eran los años, quizás era el peso del momento, quizás era la conciencia de que ambas estaban llegando al final de sus carreras y de que esta era la última oportunidad.
En la conferencia de prensa, Jackie habló de guerra entre dos guerreras mexicanas y la Barbie, con una madurez que sorprendió a más de uno, dijo que respetaba toda la carrera de Jacki, que había trabajado mucho, que era una gran mujer y una gran madre. Las palabras pesaban, el aire estaba cargado. No era una pelea cualquiera, era el cierre de un ciclo.
El día del pesaje, ambas subieron a la báscula con la concentración de quien sabe que mañana se juega la vida. Jackie marcó dentro del límite la Barbie también. No hubo empujones, no hubo el clásico cara a cara con miradas de odio fingido para vender la pelea. Hubo, en cambio, dos mujeres profesionales mirándose con un respeto profundo, con la solemnidad de dos guerreras que saben que mañana una de las dos va a salir del ring vencida y que esa derrota va a doler.
Va a doler mucho, no solo en el cuerpo, sino en el alma. Porque cuando llevas 20 años construyendo una leyenda, una derrota, así se siente como si te arrancaran un pedazo del corazón. Y entonces llegó la noche. La noche del 30 de octubre, Tijuana se vistió de gala. El auditorio municipal estaba lleno hasta el último rincón.
3,000 almas apretadas, sudando, gritando, con cervezas en la mano y banderas en la otra. La cartelera previa había calentado al público con peleas de buen nivel, pero todos sabían a qué venían. Todos esperaban una sola cosa. Cuando se apagaron las luces y empezaron a sonar los acordes que anunciaban a las protagonistas, el auditorio entero rugió.
Era un rugido distinto al de los conciertos. Era un rugido más grave, más antiguo, más visceral. Era el rugido de un pueblo que sabe que está a punto de presenciar historia. Primero salió la Barbie. Vino acompañada de su himno, levantando los brazos, sonriendo a las cámaras, lanzando besos a la afición. Aunque pelear como visitante en territorio rival no era cualquier cosa, Mariana actuaba como si estuviera en su casa, como si el público de Tijuana fuera el público de la Ciudad de México.
Esa era una de sus armas más temibles. Nunca, nunca le importó el escenario. Subió al ring, saludó al árbitro y se quedó esperando en su esquina con esa mirada de muñeca que esconde un demonio. Y luego llegó Jacki y la arena se vino abajo. que cuando una guerrera regresa a su tierra, cuando una hija de Tijuana pisa el ring de Tijuana ante el público de Tijuana, lo que pasa no se puede explicar con palabras.
La gente se levantó de sus asientos. Las pancartas con la cara de Jacki se alzaron al cielo. Los gritos de Jacki, Jacki, Jacki rebotaban contra las paredes y volvían multiplicados. Jackie caminó hacia el ring con esa serenidad de quien no necesita demostrar nada porque ya lo demostró todo. Subió al cuadrilátero, miró a la Barbie y la Barbie le sostuvo la mirada.
Y en ese instante, sin que ninguna de las dos dijera una sola palabra, entendieron lo que estaba en juego. Entendieron que durante los próximos 20 minutos, el boxeo femenil mexicano entero iba a quedar suspendido en el aire, esperando a ver cuál de las dos lo cargaría sobre los hombros para llevárselo a casa. Sonó la campana del primer round y empezó.
El primer asalto fue de tanteo, de estudio, de medición, como cuando dos animales salvajes se cruzan por primera vez. y se rodean antes de atacar. Mariana, más alta con más alcance lanzó su jub izquierdo varias veces intentando establecer la distancia. Jacki, más baja, más compacta, esperó. Esperó como quien sabe que tiene tiempo. Esperó como una cobra.
Y de repente, cuando Mariana se acercó un poco más de la cuenta, Jackie soltó dos ganchos al cuerpo secos, certeros, que sonaron como dos tambores en la caja torácica de la Barbie. Rodo, la emoción nos invade y la Barbie no se quejó. La Barbie nunca se queja. Pero cuando regresó a su esquina al final del round, sus ojos ya estaban un poco hinchados.
Era la primera señal, la señal de que esta noche iba a ser larga. Round dos. Y aquí, querido espectador, aquí pasó algo que cambió toda la pelea, algo que ni la propia Mariana esperaba. Salieron las dos al centro del ring, intercambiaron golpes y de repente Jackie soltó un zurdazo recto, sin aviso, sin telegrafiar, que conectó de lleno en la cara de Mariana.
La cabeza de la Barbie se sacudió hacia atrás, sus piernas se tambalearon por una décima de segundo. El público se puso de pie y Jacki, que es demasiado lista para lanzarse a buscar un knockout precipitado, retrocedió, midió, esperó. La Barbie, profesional como pocas, se rehizo, levantó las manos y siguió peleando, pero algo dentro de ella se había roto.
Después de la pelea, Mariana confesaría que en ese segundo round, cuando ese golpe le impactó la nariz, sintió que algo se había desconcentrado en su cabeza, que el plan de pelea de repente ya no servía, que la velocidad de Jackie era distinta a la que ella había estudiado en los videos, que esa noche todo iba a ser cuesta arriba.
Round tres. Jackie ya tomó control. Empezó a moverse de lado, a entrar y salir, a soltar combinaciones cortas, dos golpes, tres golpes y a salir. Antes de que Mariana pudiera responder. La Barbie buscaba con desesperación contestar, lanzaba su jab, intentaba colocar su derecha, pero Jacki ya no estaba donde ella apuntaba. Jackie ya se había ido.
La velocidad de manos y de piernas de la Tijuanense en este round se convirtió en un problema imposible de resolver. Bien. Mariana La Barbie y Juárez da respuesta inmediata. El público local enloquecía. Cada combinación de Jackie era recibida con un grito de eso, princesa. Cada intento fallido de Mariana era recibido con un ay decepcionado, casi compasivo, porque ojo, el público tijuanense no fue cruel con Mariana, la respetaba, la admiraba, pero esta noche estaba con su hija.
Esta noche era de Jackie. Round 4. Y aquí la pelea cambió para siempre. Aquí, en algún momento entre el inicio del round y el final del mismo, en medio de un intercambio que parecía uno más, la nariz de Mariana Juárez se rompió. Reventó por dentro. Lo dirían días después las radiografías. Lo confirmaría la propia Mariana después de pasar por el quirófano.
Pero esa noche en el ring, la Barbie no dijo nada, no se quejó, no le hizo señas a su esquina, no le pidió al árbitro que detuviera la pelea. Mariana siguió. Mariana siguió porque para Mariana abandonar no era una opción. Mariana siguió porque entendía que estaba escribiendo en ese momento una de las páginas más dolorosas y más hermosas de su carrera.
Una página de coraje puro, de entrega total, de ese boxeo mexicano que nos enseñaron desde niños. El boxeo que no se rinde, Elo muere de pie, el boxeo de Salvador Sánchez, el boxeo de Carlos Sarate, el boxeo de aquellos guerreros que preferían perder con honor antes que ganar con vergüenza. Round C. La Barbie empezó a sangrar.
Hubo un cabezazo accidental, sin malicia. En uno de los intercambios, la sangre comenzó a correr por la cara de Mariana, mezclándose con el sudor, manchándole el peto del torso, manchando los guantes blancos de Jacki. La afición hizo un silencio extraño, un silencio respetuoso, casi de iglesia, porque ver a una guerrera sangrando, sin importar de qué lado estés, es siempre un momento que pesa.
Mariana se limpió con el dorso del guante y siguió. Avanzó hacia Jacki buscando lo único que le quedaba, el milagro, el gancho de Dios, el golpe único salido de la nada que pudiera cambiar la noche en un parpadeo, pero Jacki, lectura pura, esquivaba con cintura, salía por los costados, no se quedaba quieta para que Mariana pudiera plantarle un golpe definitivo.
Pero sí, definitivamente Yi se ve como de tr un cierre espectacular en este roundis. El árbitro, viendo el pómulo cada vez más hinchado de la Barbie, pidió revisión médica. El médico de la comisión subió al ring, le tocó la cara, le hizo seguir un dedo con los ojos, le preguntó si podía continuar y Mariana, con esa voz que combinaba dulzura y guerra, dijo que sí, que claro, que faltaba mucho. El médico autorizó.
La pelea siguió y aquí hay que detenerse un segundo, querido espectador. Detenerse y entender lo que estamos viendo. Porque cuando una mujer con la nariz rota, con el pómulo hinchado, con los ojos cerrándosele por la inflamación, decide seguir peleando contra una rival que le saca velocidad, técnica y dominio.
Eso ya no es boxeo, eso es algo más grande. Eso es la encarnación pura del orgullo mexicano, de ese orgullo que prefiere caer 1000 veces antes que rendirse una sola. Y eso, eso es lo que la Barbie Juárez le regaló a México esa noche. No una victoria, algo mejor, una elección. Round si aquí vino el round más duro, el round más castigador, el round del que muchos hablarían después como el momento en que la pelea dejó de tener cualquier duda.
Jackie soltó las manos, soltó todo, combinaciones de tres, cuatro, cinco golpes, ganchos al cuerpo y rectos al rostro. Mariana, atrapada en las cuerdas en algunos momentos, cubriéndose como podía, tirando golpes a ciegas, intentando con pura voluntad mantenerse de pie. El público de Tijuana coreaba el nombre de su princesa.
El narrador de Vox Azteca no podía contener la emoción en su voz. La esquina de Mariana le gritaba que se moviera, que rotara, que saliera de las cuerdas. Pero la Barbie ya no podía. Ya no podía moverse como en sus mejores años. El cuerpo le pesaba. La inactividad de los meses previos le estaba pasando factura y Jackie, implacable, no le daba un solo segundo de respiro.
Y llevando la batuta de la repite con la mano izquierda. Cuando sonó la campana del séptimo round, todo el mundo en el auditorio sabía que la pelea estaba sentenciada. Solo faltaba esperar a que llegara la campana final. Pero acá viene el detalle, querido espectador, el detalle que hace épica esta historia, porque aunque la pelea estuviera sentenciada, aunque las tarjetas estuvieran ya prácticamente firmadas, aunque cualquier rival normal habría buscado la forma de aguantar los rounds restantes y llegar a la campana, la Barbie Juárez no era una
rival normal. La Barbie siguió peleando, siguió tirando, siguió avanzando, siguió buscando ese milagro que ya no iba a llegar, pero que ella con la fe de los grandes todavía seguía persiguiendo. Round 8o. Mariana volvió al centro del ring sangrando, hinchada, con el pelo pegado a la cara por el sudor y la sangre y aún así soltó un par de combinaciones que hicieron retroceder a Jacki por un instante.
Por un instante, eh, solo un instante. Fue como cuando una vela está a punto de apagarse y de repente da una última llamarada brillante, intensa, antes de morir. Esa fue la Barbie en el octavo, una llamarada, el último estertor de una guerrera que se negaba a aceptar que su noche había terminado en el cuarto. Jacki, con la inteligencia de los grandes, no se desesperó, aguantó la presión, dio dos pasos atrás, esperó a que pasara la tormenta y cuando Mariana se vació le respondió con un contragolpe limpio que le hizo a la Barbie tocar las
cuerdas con la espalda. El cambio de guardia con el que pinta y está sacando de balance precisamente la Barbie Juárez, que trata de ir a esconderse en la cuerda. La afición rugió, la esquina de Jacki levantó los puños. El round acabó con dominio claro de la Tijuanense. Round nueve. Y ya estábamos en el final.
Solo dos rounds más. Dos rounds para que Jackie cerrara el ciclo. Dos rounds para que la Barbie pudiera escribir, aunque fuera con tinta de derrota, una página digna de su leyenda. Mariana salió de la esquina con esa cara que ponen los boxeadores cuando ya no les queda nada en el tanque, pero la dignidad les ordena seguir adelante.
Su entrenador, con voz quebrada le había dicho algo en el banquillo, algo entre los dos. algo que solo ellos saben. Pero ella subió al ring con la frente en alto con esa elegancia rara que nunca la abandonó, con esa sonrisa de muñeca rota que la hacía aún más conmovedora. Jackie, por su parte, mantenía la cabeza fría porque, ojo, esta es la parte que muchos no entienden del boxeo.
Ganar no es solo soltar golpes. Ganar es saber administrar, saber cerrar, saber no caer en provocaciones, saber no relajarte cuando ya tienes la pelea controlada. Y Jackie sabía todo eso. Jackie llevaba 20 años aprendiéndolo. Jackie no iba a regalar nada en estos últimos rounds. Iba a ir, iba a trabajar, iba a soltar lo justo y iba a regresar a su esquina sin un rasguño.
Jackie estaba peleando como pelean los grandes, como peleó Mayweather contra Pacquiao, como peleó Márquez contra Pacquiao en la cuarta, como pelean los maestros que entienden que el boxeo es un examen mental antes que físico. El noveno round se desarrolló bajo esa lógica. Mariana intentó. Jackie respondió. Mariana presionó.
Jackie giró sobre su eje y le encajó dos golpes limpios. Mariana avanzó. Jackie retrocedió y la dejó pasar como un torero deja pasar al toro. Y así, segundo a segundo, la Barbie se fue desgastando aún más. Sí. Fíjate, Rodolfo, que si el rey no tuviera cuerdas. Cuando sonó la campana del noveno, Mariana caminó a su esquina con la cabeza baja por primera vez en toda la noche.
Era la primera vez, solo por un instante. Pero ahí estuvo y todos lo vimos. Y entonces llegó el round que todos estaban esperando, el décimo, el último, el round que define carreras, que sella historias, que marca a fuego la memoria de quienes lo presencian. La esquina de Mariana le suplicó, casi le rezó, que tirara con todo, que ya no tenía nada que cuidar, que dejara todo en el ring, que peleara por orgullo, por historia, por todas las niñas mexicanas que estaban viendo la pelea en sus casas y que no podían imaginarse que su ídolo se iba a rendir. Mariana asintió, se
levantó, caminó al centro y lo dio todo. Lo dio absolutamente todo. La Barbie Juárez, con la nariz rota, con la cara desfigurada, con los pulmones quemándole de cansancio, soltó en el último round del boxeo más valiente de toda la noche. Salió a buscar a Jackie con la rabia de saber que esta era la última oportunidad de su vida.
Soltó combinaciones, empujó a Jacki contra las cuerdas en un par de momentos, lanzó ganchos, lanzó rectos, lanzó todo y el público, hasta los aficionados más fanáticos de Jackiei, se levantó a aplaudirla, porque eso ya no era contra Jacki, eso era por orgullo de boxeo mexicano, eso era por respeto, eso era por reconocer que delante de ellos, al borde del knockout, había una guerrera que estaba escribiendo en tiempo real uno de los rounds más conmovedores de la década.
Jackiei, por su parte no se durmió. Jackie aguantó la tormenta con esa paciencia de los maestros, sacó la cintura, esquivó algunos golpes, recibió otros sin perder la postura y en los últimos 30 segundos, cuando vio que Mariana ya no podía más, soltó una combinación final limpia, técnica, que fue el último castigo de la noche.
La princesa Azteca, últimos 10 segundos. A ver que se guardaron. Quiere dejar una grata impresión la Cuando faltaban 10 segundos, ambas se miraron. Jackie levantó las manos en señal de respeto. Mariana se las levantó también y siguieron peleando hasta que sonó la campana. Y ahí, en ese último cruce de miradas antes del final, pasó algo que solo el boxeo puede regalar, porque una rivalidad de más de 10 años, todas las palabras cruzadas, todos los reproches, todas las traiciones, todas las negociaciones rotas, todos los
promotores que las habían enfrentado en el papel sin enfrentarlas en el ring, todo eso se disolvió. se disolvió porque ahí entre cuerdas, después de 10 rounds, lo único que quedaba era el respeto puro entre dos mujeres que se acababan de partir el alma una a la otra y que entendían, porque solo ellas dos podían entenderlo de verdad, lo que significaba haber llegado hasta ahí.
Sonó la campana final. Mariana fue hasta Jacki y la abrazó. La abrazó fuerte. Le dijo algo al oído que solo ellas dos saben. Jackie le devolvió el abrazo con la misma intensidad. El público se levantó a aplaudir, el auditorio entero, mexicanos de un lado y otro de la frontera, fanáticos de Jackie y fanáticos de la Barbie, se pusieron de pie y reconocieron lo que acababan de ver.
20 minutos de boxeo del más puro, 20 minutos de orgullo mexicano, 20 minutos que iban a quedar grabados en la memoria del boxeo femenil de este país para siempre. El anunciador subió al ring, el sobre amarillo en la mano. Mauricio Suleimán, el presidente del Consejo Mundial de Boxeo, esperaba en una esquina con el cinturón diamante rosa entre las manos.
Las dos peleadoras, lado a lado, esperaban el veredicto, aunque todos sabían el resultado, aunque las cámaras lo intuían, aunque la afición lo había sentido durante toda la pelea, el momento de escucharlo en voz alta tiene siempre algo solemne, algo casi religioso. El primer juez, 10 rounds a cero para Jackie Nava. La afición rugió.
Mariana cerró los ojos un instante. El segundo juez, nueve rounds a un. Jackie Nava. El cuadrilátero entero retumbó con el grito de la afición tijuanense. El tercer juez 7 a TR Jackin Nava. Y aunque esta tarjeta era más cerrada, ya no importaba. Jackie había ganado por decisión unánime. Jacki había ganado de manera contundente. Jackie había ganado como ganan las grandes.
La princesa azteca cayó de rodillas en el centro del ring. 20 años de carrera concentrados en una sola noche. Su esquina la levantó. La cargaron sobre los hombros. Mauricio Suleimán leñó el cinturón Diamante Rosa, el primero de su tipo en la historia del Consejo Mundial de Boxeo. Hecho especialmente para esa pelea dedicado a la lucha contra el cáncer de mama.
Jackie levantó el cinturón al aire y miró hacia el techo y en ese instante todo México la miró con orgullo. Todo el boxeo femenil del mundo la reconoció y todas las niñas que vieron esa pelea entendieron que ellas también podían llegar ahí algún día porque una mujer tijuanense con 41 años acababa de demostrarles que los sueños sí se cumplen, que las puertas se rompen a puñetazos, que ser pionera es difícil, pero también es eterno.
Pero el momento más conmovedor de la noche no fue ese. El momento más conmovedor de la noche fue el que vino después cuando el reportero le acercó el micrófono a Mariana cuando le preguntó qué había pasado, cuando todos esperaban excusas, lesiones, peros. La Barbie Juárez, con la nariz rota, con la cara hinchada, con los ojos cerrándosele por la inflamación, miró a la cámara, sonrió con la dignidad de las grandes y dijo palabras más, palabras menos.
Que esa había sido la noche de Jackiei, que ella no había podido encontrar su ritmo, que no era pretexto, que no era queja, que reconocía la grandeza de su rival. y luego agregó con el mentón en alto que no se iba a retirar, que ella seguía en pie de guerra, que ella seguía siendo la Barbie Juárez. Y ahí, querido espectador, ahí entendimos lo que habíamos visto.

Ahí entendimos que esta pelea no había tenido perdedoras. Ahí entendimos que en realidad las dos habían ganado. Jackie había ganado el cinturón, la pelea, el reconocimiento histórico de ser ratificada como la mejor boxeadora mexicana de todos los tiempos. Pero Mariana, Mariana también había ganado porque Mariana había salido de ese ring con la nariz rota, pero con el corazón entero.
Mariana había demostrado que su grandeza no estaba en el resultado de una sola pelea, sino en la dignidad con la que peleaba cada round, cada minuto, cada segundo. Días después, cuando los médicos confirmaron que la nariz estaba fracturada y que iba a necesitar cirugía, Mariana publicó un mensaje en sus redes sociales que rompió el corazón a más de uno.
dijo con esa voz suya que mezclaba ternura y guerra, que sí, que la nariz se había roto, pero que ella no había querido abandonar, que había dado todo lo que tenía en el momento, que el boxeo es así, que México es así, que ella es así y que México entendiera que aunque la Barbie hubiera perdido, la Barbie seguía siendo la Barbie.
La revancha, claro, todos la pidieron, Mariana la pidió, la afición la pidió, los promotores la pusieron sobre la mesa, pero Jacki, con la frialdad de los campeones que saben administrar su capital, dijo lo que tenía que decir, que había sido una pelea de un solo lado, que ella ya no sentía que la rivalidad le interesara tanto a la afición y que si se iba a hacer una segunda pelea tenía que ser por una buena bolsa, porque al final el boxeo es boxeo, pero también es negocio.
Porque Jackie, después de 20 años abriendo puertas para todas las que vinieron después, ya tenía derecho a poner sus condiciones. Y han pasado los años. Mariana ha seguido peleando, ha tenido victorias, ha tenido derrotas. Cada vez que entra al ring, cada vez que levanta el puño, recuerda esa noche en Tijuana, recuerda a Jacki, recuerda el cinturón rosa que se le escapó y sigue lanzando una y otra vez la invitación pública a la revancha.
sigue diciendo con esa terquedad maravillosa que la define, que ella quiere ese segundo round, que ella quiere la oportunidad de cerrar su carrera con esa pelea pendiente. Y Jacki, por su parte, ha reducido su actividad. Se ha convertido más en mentora, en empresaria, en figura, pero cada vez que le preguntan por la revancha, no la cierra del todo, la deja en el aire, como si supiera que algún día, cuando los astros se alineen y la bolsa sea la correcta, esas dos guerreras puedan volver a verse las caras una última vez. Ahora bien,
querido espectador, antes de irnos, quiero que pienses en algo. Quiero que pienses en lo que significan estas dos mujeres para el boxeo mexicano. Quiero que pienses en todo lo que tuvieron que romper para llegar hasta donde llegaron. Quiero que pienses en todas las puertas que cerraron trás de sí para que las niñas mexicanas de hoy puedan entrar a un gimnasio sin que nadie las mire raro, puedan firmar contratos profesionales, puedan ganarse la vida con sus puños.
Eso lo lograron Jackie y Mariana. Cada una a su modo, cada una con sus virtudes y sus defectos, cada una con su historia. Cuando hablamos de los grandes nombres del boxeo mexicano, cuando enumeramos a Chávez, a Canelo, a Barrera, a Morales, a Márquez, a Salvador Sánchez, tenemos que parar y recordar también estos dos nombres: Jackie Nava, Mariana, la Barbie, Juárez, porque ellas también son parte de esa historia, porque ellas también ondearon la bandera tricolor sobre los hombros, porque ellas también hicieron sangrar a
sus rivales por amor a este país, porque ellas también cada vez que se ponían los guantes, llevaban con ellas a un pueblo entero. Y la noche del 30 de octubre de 2021 en el auditorio municipal de Tijuana, esas dos mujeres nos regalaron a todos los mexicanos una de las páginas más hermosas, más dolorosas, más épicas que el boxeo femenil de este país jamás haya escrito.
Una página que vale por 1000, una página que ningún libro de historia del boxeo nacional puede dejar fuera. Yeah.