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Olvida a Canelo y Chávez: Brutalidad Femenina que superó a Leyendas

La mujer que abrió la puerta para que todas las que vinieron después tuvieran un camino por donde caminar. Cuando Jacki se cñó ese cinturón, no estaba sola en el ring, estaba abriendo el camino para todas las niñas mexicanas que algún día iban a soñar con hacer lo mismo. Y desde entonces Jacki no paró. Nueve campeonatos del mundo en dos divisiones distintas, 23 peleas titulares.

Una racha que parecía no terminar nunca. La princesa azteca se convirtió en lo que hoy todos reconocen, incluso Eddie Reynoso, el entrenador del propio Canelo, que dijo sin titubear que Jacki es la mejor boxeadora mexicana de todos los tiempos, la más grande. Pero al otro lado del mapa, mientras Jacki se forjaba en Tijuana, en el centro del país nacía otra historia paralela, igual de poderosa, igual de épica, la historia de Mariana Juárez.

Mariana nació en Tlaxcala, pero creció en la ciudad de México, en sus barrios, en sus colonias populares, en esa metrópoli inmensa que devora a los débiles y eleva a los fuertes. Desde niña le decían la Barbie porque era guapa, porque era delicada, porque parecía una muñeca y a ella eso la enfurecía, porque dentro de esa cara bonita había un huracán esperando a salir.

Mariana no quería ser muñeca de nadie. Mariana quería romperle la cara a todo el que la subestimara. Mariana debutó como profesional en 1998, 3 años antes que Jacki, léelo bien, 3 años antes, porque cuando Jackie estaba dando sus primeros pasos, la Barbie ya estaba abriéndose paso a codazos en gimnasios de la capital, donde los hombres se reían cuando la veían entrar.

Mariana tenía un hub punzante que parecía un latigazo. Tenía una agresividad que rompía planes de pelea. Tenía una capacidad de soportar castigo que nadie podía explicarse porque debajo de esa cara de muñeca había una mandíbula de granito y un corazón de fierro forjado a martillazos. La Barbie coleccionó cinco campeonatos mundiales en tres divisiones distintas.

13 defensas exitosas en peso mosca, nueve más en peso gallo, 69 peleas profesionales antes de subirse al ring de Tijuana esa noche de octubre. 517 rounds disputados en su carrera. 517 rounds. Para que entiendas la dimensión, esos son más de 1000 minutos siendo golpeada en la cara por mujeres profesionales que querían arrancarle la cabeza.

Y ahí seguía la Barbie sonriendo, coqueteando con el público, bailando en el ring, saludando a sus fans, convertida en una de las atletas más queridas y más reconocidas de México, no solo por sus puños, sino por su carisma, por su simpatía, por esa capacidad única de hacerte sentir que aunque estuviera molida a golpes, todavía tenía energía para regalarte una sonrisa y una foto.

Y aquí está el problema, querido espectador. Aquí está el drama que durante más de una década tuvo a todo el boxeo mexicano con el alma en un hilo. Estas dos mujeres, las dos máximas exponentes del boxeo femenil mexicano, las dos pioneras, las dos campeonas, las dos iconos, nunca se habían enfrentado, nunca.

En 10, 15, 20 años de carreras paralelas, nunca habían cruzado guantes. Y la culpa no era de ninguna de las dos en particular. La culpa era de un ecosistema que durante años no quiso pagar lo que esa pelea valía. La culpa era de promotores que preferían cuidar el negocio en lugar de hacer historia. La culpa era de calendarios que nunca cuadraban, de divisiones que no coincidían, de cinturones que se interponían, de egos heridos, de declaraciones cruzadas, de promesas que se hacían en la zona mixta y se rompían a la semana siguiente. En

agosto de 2018, todo parecía listo. Coincidieron en una cartelera en la Arena Ciudad de México. Hubo abrazos, hubo fotos, hubo un pacto de palabra a la salida del recinto. Iban a pelear en noviembre de ese año. La afición estalló de emoción y entonces, silencio. Mariana firmó contra otra rival. La pelea se cayó.

Jackiei, herida, lo dijo años después con una franqueza que dolió. Dijo que se había molestado mucho, que había sido casi una traición, que había sentido que la habían usado. Hubo un segundo intento. Mayo de 2020. Esta vez sí estaba todo firmado. Anunciado por el propio presidente del Consejo Mundial de Boxeo, Mauricio Suleimán.

Cinturón en disputa, promoción en marcha y entonces el mundo se cayó. La pandemia del COVID-19 paralizó al planeta entero. Las arenas cerraron, los aviones dejaron de volar y la pelea se canceló otra vez y otra vez los aficionados al boxeo femenil mexicano apretaron los puños y maldijeron al destino. Porque parecía que esta pelea jamás iba a suceder.

Parecía que estas dos mujeres se iban a retirar sin haberse visto las caras, dejando a México con la espina clavada de no saber nunca quién era la mejor. Hubo un tercer intento. Cartelera de Canelo Álvarez contra Caleb Plant en noviembre de 2021. Las dos mexicanas como pelea coestelar. Una idea hermosa, una idea épica, una idea que hubiera llevado el boxeo femenil mexicano a su pico de exposición histórico y otra vez, no sin explicación pública, sin causas claras, solo un no frío que dejó a todo mundo con la boca abierta. Jacki,

indignada, lo dijo en una entrevista que se hizo viral. Lamentaba que esta pelea no figurara en una cartelera con el peso que merecía. Y la afición empezó a temer otra vez que esto nunca iba a pasar. Pero entonces, cuando ya nadie esperaba nada, cuando ya todos pensábamos que nos íbamos a quedar para siempre con la duda, Sanfer Promotions y Box Azteca se pusieron las pilas.

Fernando Beltrán, uno de los promotores más respetados de México, decidió que ya bastaba, que esta pelea tenía que pasar, que el aniversario 15 de Box Azteca era el escenario perfecto, que el mes rosa, el mes de la lucha contra el cáncer de mama, era la causa perfecta y que Tijuana, la ciudad de Jacki, era la sede perfecta.

La fecha quedó marcada con tinta roja en el calendario. Sábado 30 de octubre de 2021. Auditorio Municipal de Tijuana. 10 rounds de 2 minutos. Cinturón diamante rosa del Consejo Mundial de Boxeo en Juego. La pelea que México había esperado por más de una década finalmente iba a suceder. La semana de la pelea fue distinta a todo lo anterior.

No hubo el habitual trash talk, no hubo amenazas cruzadas, no hubo careos donde tuvieran que separar a los entrenadores. Algo había cambiado. Quizás eran los años, quizás era el peso del momento, quizás era la conciencia de que ambas estaban llegando al final de sus carreras y de que esta era la última oportunidad.

En la conferencia de prensa, Jackie habló de guerra entre dos guerreras mexicanas y la Barbie, con una madurez que sorprendió a más de uno, dijo que respetaba toda la carrera de Jacki, que había trabajado mucho, que era una gran mujer y una gran madre. Las palabras pesaban, el aire estaba cargado. No era una pelea cualquiera, era el cierre de un ciclo.

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